Mirador: VIOLENCIA Y “EDUCACIÓN MORAL Y CÍVICA”

Juan Ramón Martínez

Hay muchas explicaciones sobre la violencia. La primera cree que se origina en el crecimiento de las ciudades. Más de 50 mil habitantes provocan la pérdida del control social. Aumenta  la pobreza por la falta de empleo, sostienen otros. Y al final, la supresión del servicio militar obligatorio explica las causas de la misma.

Creemos que esta además de las explicaciones anteriores, tiene que ver con la destrucción de la familia: padre, madre, hijo, abuelos, tíos y primos. Ahora la dirigen las abuelas. Alimentadas por la emigración. Y por las debilidades del sistema educativo, obsoleto, disfuncional; e inadecuado.

Antes la escuela era el espacio democrático, bajo el liderazgo de los maestros, que imponía el respeto entre los alumnos; y donde se ponían en práctica los hábitos ideales, fortaleciendo las normas superiores de la relación social, basadas en el respeto a los mayores, la honestidad en los actos ciudadanos, la obediencia a la voluntad de la mayoría, las bondades del trabajo en equipo, la aplicación de los métodos probados por su eficiencia. Y el respeto a las reglas del amor a la Patria, la obediencia a la autoridad; y la exigencia a cambio de esta de dar resultados fruto del cumplimiento del ejercicio de los cargos. Voto como poder.

Esta escuela no existe. Los alumnos cada día respetan menos a sus maestros. No cumplen las mínimas reglas del comportamiento: saludo a los mayores, respeto a los compañeros, decoro en el vestir, cuidado de la apariencia personal y obligación de presentar tareas, buscando la excelencia y compitiendo para ser los mejores entre los mejores.

Los alumnos no solo son diferentes, sino que además, tratan de romper la unidad y destruir la identidad. Algunos evitan el uniforme. Usan la cabeza para mostrar sus excentricidades. Cuelgan aros en la nariz. Se tatúan la piel. Se pintan las uñas, siguiendo modas extranjeras para no parecer hondureños.

Lo más grave de todo – y que apunta en la dirección causal que indicamos al principio – en la escuela, el colegio,  y la universidad no se forja el carácter ciudadano. El concepto de la persona humana y el respeto de sus derechos, garantizando la vida, el ejercicio de la libertad y la propiedad, no son parte del contenido reflexivo; y menos de la práctica educativa.

El carácter del ciudadano no es objetivo del maestro que en algunos casos, no se considera sino un simple cordero amenazado  al servicio de los caudillos que le ayudaron a conseguir el cargo; o que le permiten los ansiados aumento salariales.

No existe la idea de Patria. Menos que la auténtica vida esté al servicio del crecimiento y existencia de la misma. La práctica democrática, no sale de lo  teatral. Más que educación lo que exhibimos son juegos para imitar a ser mayores. Nunca oportunidad para la formación ciudadana.

Por ello, se ignora cómo funciona el gobierno, el valor de la ley; y la subordinación de las autoridades a los objetivos nacionales. Por supuesto, como efecto de rebote, esta debilidad de la entidad educativa refuerza las debilidades familiares. En un círculo infernal, cada dia que pasa tenemos una menor ciudadanía y un menor respeto de las reglas de la convivencia civilizada. El delito es entonces, el ejercicio de los más listos, hábiles y fuertes que se imponen por encima de los débiles y más indefensos.

Antes que Pineda Ponce fuera Ministro de Educación, se cursaba una asignatura llamada Moral y Cívica. Ahora no existe. Los profesores que iban a impartirla en todas las clases no tienen tiempo e interés. Ellos más bien son víctimas de su ausencia. El destino: el delito, la infelicidad.

La Prensa, SPS, 7 de mayo de 2026.

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