Y ME HICE SAMPEDRANO
Tito Ortiz
Teníamos cuatro años de casados
cuando Julio Cantero me llamó para ofrecerme la Gerencia de la Joyería Cantero
en San Pedro Sula.
Gilda y yo teníamos 26 años de
edad y lo sentimos como una gran aventura el cambiar de ciudad. Ya teníamos dos
hijos, Claudia y Roberto, además de una perra Gran Danés llamada Fox.
No conocíamos San Pedro Sula, no
conocíamos a nadie. Me vine yo primero a buscar casa. Recordé que en La
Cervecería Hondureña trabajaba Salvador Roldán como ejecutivo. Lo había
conocido en Tegucigalpa. Lo fuí a buscar al trabajo y se alegró mucho de verme.
Somos de la misma edad, él se había casado con una jovencita de 19 años,
guatemalteca y me invitó a cenar a su casa esa misma noche. Me dijo que su
esposa hacía unas hamburguesas deliciosas. La casualidad de que yo había
conseguido una casa bella en el Barrio Los Andes a una cuadra de distancia de
la casa de él. A las siete de lo noche estaba tocándole la puerta. Me abrió
Lucrecia, su esposa. Salió Salvador y nos presentó. Se disculparon conmigo por
un momento y se fueron a su dormitorio. Yo podía oir claramente la discusión que
tenían. Ella le decía: Es un ruco ( yo no sabía que quería decir ruco, luego
supe que era un viejo), Salvador le contestaba defendiéndome diciéndole: Somos
de la misma edad. Entonces ella le decía: Yo no sé, mírele el pelo. Salvador
salió del cuarto y me dijo: te voy a llevar a un lugar en donde hacen
hamburguesas deliciosas. Nos fuimos solos y en cada ventana que yo me veía
reflejado me revisaba el pelo disimuladamente. Ya tenía mi primer amigo.
Fuimos a un drive in que era de
Jerry Padgett, se llamaba Mc Pato. Allí conocí mi segundo amigo: Ferdinando
Zornitta, y a su esposa Estela.
Ese mismo año se vino Carlos
D'arcy con su esposa Norma. Carlos venía como gerente de Ficensa. Chiqui
Mendoza nos presentó a su esposa Peggy. Marco Álvarez que es como un hermano
para mí, vino a la boda de Rafael (Lito) Kafie con Lily Canahuati, y nos hicimos
amigos con ellos. Luego vino José Borrel con su esposa Suyapa, total, armamos
un bonito grupo, con la venida de Sergio Castellón y su esposa Ruth y con los
dueños de la casa de Salvador el Dr. Lisandro Oviedo y su esposa Marta Susana.
Nos reuníamos todas las semanas.
Por otro lado, conocimos a Florencia Talbot y los Fertcsh, Hernán y Liliana.
Cuando salí de Tegus, Marco
Álvarez me dio una tarjeta personal de él para un amigo que había conocido en
Monterrey. Fernando Naranjo. En la tarjeta le decía que yo era su amigo y que
me ayudara si yo se lo pedía. Son incontables las veces que Fernando me ayudó.
Para esa fecha, Octubre del 74, a
un mes del Fifí, toda la cordillera se veía como que un tigre gigante la
hubiera rasgado, por los derrumbes. La colonia Jardines del Valle había sido
inundada hasta el techo de las casas. Se notaban las manchas del agua en las
paredes. Todas las casas tenían un rótulo de "Se vende"
El parque central pasaba lleno de
gente pues estaban vacunando gratis.
Se oían vendedores de la calle
anunciando "Chorizos que no son de Choloma" pues decían que en
Choloma había perecido más de diez mil personas. Toda la economía estaba por
los suelos. Sin embargo, recuerdo que iba a la segunda tanda del cine Tropicana
y a las once de la noche me iba a pasear al Parque Central sin ningún temor. No
existía esta delincuencia que tenemos ahora.
En Tegucigalpa decían que San
Pedro era un pueblón, nos enamoramos del pueblón. Las personas tan acogedoras,
la vegetación frondosa en todas sus calles sin excepción. Las montañas verdes
imponentes. Los manchones de amarillo incrustados en ellas en el mes de Mayo
cuando florece el árbol San Juan, me hicieron comprar un par de lotes en el
cementerio en nuestro primer año de residir en San Pedro.
Me dí cuenta de que ya era
sampedrano cuando fuimos a la boda de Roberto y Paulina Paredes, que un
fotógrafo dijo, los de San Pedro de este lado y sin pensarlo dos veces me fui
para ese lado.
Ese mismo año nació mi hija
sampedrana, Gilda.
En el primer mes de vivir en San
Pedro tuvimos 54 huéspedes. Invitábamos a todo el mundo y todo el mundo nos
hacía caso. Se venían en bandadas y los disfrutábamos enormemente.
Decidimos ir a pasar un fin de
semana largo a Roatán. No conocíamos. Íbamos cuatro parejas, salvador y
Lucrecia, Ferdinando y Estela, Carlos y Norma y nosotros. Era la primera vez
que nos separábamos de nuestros hijos. Mi cuñada Anita se vino a cuidarlos.
Estábamos emocionados. Las mujeres compraron bikinis, tenían 28 años. Gilda
dice que no eran bikinis, que eran trajes de dos piezas. Anteojos de sol. A los
hombres nos compraron trajes de baño con su camisa que hacía juego, pero como
las mujeres no tienen buen gusto para las cosas de los hombres, eran bien feos.
Ferdinando compró un Kepi o gorra de capitán de barco.
Estaba de moda la música de la película
Grease, con John Travolta y Olivia Newton Jones. Barry White con You're the
first, The last, my everything. Elton John con Don't go breaking my heart. Bee
Gees con Stayin’ alive. Anita Ward con Ring mt bell. Village People con Ymca.
Gloria Gaynor con I will survive. Rod Stewart con Da ya think I'm sexy. Lou
rawls con You'll never find another love like me, Hopelessly devoted to you y
otras. Las bailabamos, bueno pués, las bailaban. Pues yo no era muy bueno para
el baile, a pesar de las clases de Disco que nos daba Rodolfo Torres Lazo en la
casa de Pinky Orizola.
La primera noche tuvimos una cena
deliciosa, langosta, mientras comíamos se nos acercó el dueño del hotel y nos
dijo: esas muchachas que trajeron están buenísimas! Carlos D’arcy le contestó molesto, son
nuestras esposas, el dueño del hotel se excusó ante todos nosotros argumentando
que a las islas nadie llevaba a las esposas. Para compensarnos por el error cometido,
dijo que nos iba a prestar su yate personal para ir a una islita desierta
cercana a tener un picnic. Por supuesto Ferdinando con su gorra de capitán de
barco, todos estrenando trajes de baño y anteojos de sol y cámaras. Lucrecia en
la Proa del yate agarrada a una barandilla de aluminio. Parecía como ese adorno
de los camiones Mac que tienen un perro en la trompa. Para ese tiempo ya éramos
amigos y no me veía tan ruco.
Todo iba bien hasta que salimos
del arrecife de coral. El yate empezó a moverse bastante. Saltando las olas.
Empecé a preocuparme. Le dije a Gilda que chequeara si estaba bien cerrado su
Rolex. Cada vez saltaba más aquel barco. Empezó darme miedo. Entonces le dije a
Gilda que si algo pasaba, que se salvara ella. Que no me ayudara. Ví que
Lucrecia corría peligro donde estaba y yo le gritaba: Lucrecia, pero ella no me
oía. Después de un rato de desgalillarme, ella me volvió a ver y con lágrimas y
mocos en la cara me dijo: No sé nadar. Le pregunté al encargado por los
chalecos salvavidas y me dijo que solo andaba uno. Se lo pusimos a Lucrecia.
Llegamos a la isla y el encargado dijo que no podía llegar hasta la playa
porque encallaba. Que teníamos que nadar una cuadra.
Entonces Salvador que es de
Cortés agarró la gran canasta con la comida y con una mano nadó hasta la
orilla. Ferdinando llevó una gran hielera y Carlos la otra. Las mujeres se
tiraron al mar y con gran estilo se fueron las cuatro, parecían de esas de las
Olimpiadas, que cuando sacan la cabeza del agua lo hacen con una gran sonrisa.
Sólo quedaba yo. Qué pena. Yo solo sé nadar como perrito. Aprendí a nadar yo
solo, sin embargo, para tirarme soy un campeón. Le gano a Esther Williams.
Desde la orilla me gritaba Gilda: Cora!!!!!!!!! venite. Y yo le contestaba: Me
voy a quedar cuidando las carteras. Entonces me gritaban todos en coro: Venite.
Al fin agarré valor y me tiré. A la media cuadra de nadar como perrito, sin
importarme ya las apariencias sentí que me ahogaba. Ya no aguantaba más. Empecé
a rezar el Salmo 23, especialmente la parte que dice: "aunque ande en
sombra de valle de muerte, no temeré mal alguno porque tu estarás
conmigo". Y resignado y dejándome ir dije, En tus manos encomiendo mi
espíritu. Y sentí la arena tan cerca que me paré y el agua me daba por las
rodillas. Después de almorzar un moreno me remolcó agarrado yo de una faja y
moviendo los pies a toda velocidad hasta llegar al yate. Así terminó nuestro
viaje de Ricos y Famosos.
Como nos reuníamos todas las
semanas, empezamos a inventar actividades diferentes. Por ejemplo, una vez
compramos un tablón de madera y lo pusimos a nivel del suelo y sentados en
cojines como japoneses comimos un exquisito Fondue.
Otra vez Lili hizo una cena de
hamburguesas de diferentes países, poniéndole una banderita encima del lugar de
donde era, estaban tan deliciosas que escondí una en una macetera para
llevármela después de la fiesta. Pasó el tiempo y en la siguiente reunión Lili
estaba contando que un mal olor había inundado la casa y no se explicaban de
donde salía el olor, y viéndonos a las caras nos dijo: No me lo van a creer.
¡Una hamburguesa adentro de una
macetera! Ahí me acorde que se me había olvidado llevarme mi hamburguesa.
Las reuniones eran en casas
diferentes, entonces Gilda inventó hacer una fiesta en todas las casas en una
misma noche, “La Cena Progresiva”.
La cosa era media hora en cada
casa y de ahí salir a toda velocidad a la siguiente casa.
Empezamos en la casa de Salvador
y Lucrecia a la hora exacta. Todos llegamos al mismo tiempo. Seis en punto. Nos
tenían finos licores para escoger. Unos traguitos de aperitivo. A la media hora exacta a la casa del Dr.
Oviedo para disfrutar de unas boquitas deliciosas. A la media hora salimos
disparados para la casa de Ferdinando y Estela. Ferdinando como buen italiano
tenía lista una ensalada exquisita que el preparó personalmente. A la media
hora exacta salimos volados para la casa de Sergio y Ruth, que nos tenían
camarones para empezar. Nerviosos, por la carrera y el tiempo, además que en
cada casa era un traguito, ya estábamos carones. Salimos corriendo para donde
Lionel Robinson y Lety que acababan de venir de La Ceiba.
Nos tenían lista una paella
riquísima.
Con los Robinson nunca dejamos de
frecuentarnos, me hicieron padrino de uno de sus hijos. Lionel. Igual con mi
compadre Anzoni Gómez que vivía en Yoro pues trabajaba con FIAFSA y me mandó a
su esposa Katina un mes antes de que naciera Máximo, ya que Yoro además de
largo no tenía una buena carretera. Terminamos la cena progresiva en mi casa,
ya sin hora de irse, con un buen postre. De repente tocaron la puerta. Era un
amigo que andaba sin la esposa y medio bolo. Se puso a piropear a nuestras
esposas y decidimos deshacernos de él. Pasamos la voz en secreto que nos íbamos
a hacer los que la fiesta había terminado. Iban a salir de la casa, nos íbamos
a despedir, se iban a subir a sus carros e iban a dar la vuelta a la manzana
para luego regresar a mi casa. Mi amigo se fue.
Otra vez Lito y Lily Kafie nos
invitaron a una Fiesta Romana. Tuvimos que mandar a confeccionar togas, comprar
sandalias o caites para parecer romanos en el tiempo de Cristo. Gilda me llevó
a donde su costurera para tomarme las medidas. Cuando estuvo terminado me ví en
un espejo y no me gustó. No parecía romano, más bien me parecía a mi abuelita
Toña. Ferdinando como era galán, solo se enrolló una sábana alrededor del
cuerpo, recogió laureles del jardín de su madre y se elaboró una corona y puro
romano. (Ferdinando es italiano).
Cenamos costillas de cerdo con las manos y recostados de lado. Orgía no
hubo, éramos romanos decentes.
Los Cantero tenían tres casas en
Tela y me dieron las llaves para que fuéramos cuando quisiéramos. Decidimos
invitar a los gringos de la oficina de Gilda en la Embajada Americana. Esa
oficina era del ataché de Defensa de la Fuerza Aérea para Centroamérica. Era de
jefe el coronel Shull, que piloteaba el avión de ocho plazas que tenían. El
copiloto era el Mayor Johnson. El Sargento Blaze era el mecánico, y el Sargento
Fowler era el encargado del radio. Jaime, hondureño era el motorista y Gilda la
secretaria.
Me encantaban las reuniones de
ellos. Servían tragos como Gin Tonics, screwdriver, martinis, etc. Me encantaba
ver como invitaban al motorista con su señora a las reuniones y el respeto y
camaradería con que los trataban. No estaba acostumbrado a ver eso en los
hondureños. Jaime era un caballero. Nos contaba que cuando los invitamos a Tela
no sabía cómo hacer con su esposa para el viaje. Le preguntó al coronel Shull
que como hacía y él le contestó: Muy fácil, mi esposa y yo atrás y ustedes dos
adelante.
Tuvimos que usar las tres casas
para acomodar tanta gente. El Sábado en la tarde las gringas les dieron libre a
las empleadas domésticas para ir a la playa p, Jaime fue con ellas.
Al rato regresó Jaime muerto de
la risa. A una de las empleadas en una ola se le salieron las placas de la boca
y estaba llorando. Entonces el Mayor Johnson se levantó inmediatamente para
irse al mar a ayudarle a su muchacha a buscar sus dientes. El resto de nosotros
al ver su caballerosidad lo imitamos y nos fuimos detrás de él. Ya dentro del
mar, sabíamos que era imposible encontrar la placa. Jaime se burlaba a
carcajadas. De repente veo que se pone bien serio y se zambulle varias veces
seguidas. Entonces yo le grite: ¿Las vio Jaime? Y Jaime bien triste me dijo: No
friegue Tito, se me perdieron las mías.
Jaime se encerró en un cuarto y no volvió a salir más.

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