Los Nuestros: DANIEL LAINEZ, “EL POETA DE LOS POBRES”

Juan Ramón Martínez

Daniel Laínez (1908-1959)

Jorge Luis Borges, cuando le preguntaron por Gabriela Mistral, contestó con una pregunta. ¿Sabe usted algún verso suyo? Si aplicamos esta norma a la poesía hondureña, tenemos que concluir que entre los poetas de las diferentes generaciones desde 1935 hasta ahora, es decir en 90 años, los aedas más declamados y en consecuencia más conocidos –porque en alguna parte se recita un verso suyo—son: Daniel Laínez, Juan Ramón Molina, Roberto Sosa y Antonio José Rivas. Molina con su “Salutación a los poetas brasileños”; Sosa con el verso, “los pobres son muchos/ y por eso/ es imposible olvidarlos” y Rivas con su inevitable soneto A la catedral de Comayagua: Comayagua o su arena fatigada/ alza en la fe su mineral creyente/ y coloca su amor al occidente/ para que lo ilumine tu mirada. Pero Laínez es el más eufónico, más fácil para declamarle y más cercano en el discurso formal con las necesidades humanas de la juventud y de los declamadores en escuelas y colegios.

La “Salutación a las Madres Hondureñas”, no tienen parangón y es obligada en los días de la madre. Madres dulces/ madres buenas/ resignadas madres tristes, que pasáis por este mundo/ con un llano en las pupilas, un aqueja en la garganta/; y “Agora ya es tarde querida hermanita”: Eran bien fundados todos mis temores/ que se vayan al diantre todos los doctores/ con sus porquerías/, es la más acabada descripción de la inevitabilidad de la muerte, el valor de la madre en el círculo de la vida familiar y la desgracia y el desamparo de la pobreza ante las contingencias de la vida.

Igual que Molina, que murió a los 33 años, Laínez murió también muy joven, a los 51 años en marzo de 1959 en el Barrio La Ronda.

Había nacido en Tegucigalpa, en el Barrio Abajo, en el hogar de Jesús Laínez y de Ventura Barahona, el 10 de abril de 1908. Era un obrero. Fue tipógrafo, periodista, poeta, dramaturgo, editor de libros y brevemente empleado público en Amapala. Casi todos sus libros publicados los conoció, menos “Manicomio” que fue editado por la Editorial Universitaria de la UNAH, cuando Daniel Laínez, ya había muerto. En 1956, le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa por su obra poética y novelística.

Formó parte de la llamada Generación de la Dictadura (Generación del 35) y es el escritor que más logros alcanzo en la búsqueda de una literatura nacional, innovando las formas de presentar sus ideas en poesía, la búsqueda de nuevos lenguajes – tanto en sus trabajos narrativos—y especialmente en su única novela (La Gloria) y su bien logrado libro de cuentos “El Grencho”. Tenía un discurso poético muy claro y definido: mostraba la cara de la pobreza, el desamparo de los pobres y la urgencia de hacer de la vida de sus contemporáneos una fórmula para conocerse unos a los otros. En su dramaturgia, estudió muy bien el carácter de los hondureños. Desentrañando el interior de los rencores, las venganzas, el dolor ante el engaño, la traición y la fuerza, disgusto y odio contra la mujer amada cuando descubre que llega mancillada al tálamo nupcial.

Pero, además, en el discurso poético en Daniel Laínez, hay una búsqueda de un lenguaje nuevo –nunca antes visto en los poetas anteriores y posteriores de Honduras– a partir de la realidad que se vive. Poniendo el oído sobre las formas y las cadencias del lenguaje de los hondureños pobres. Mientras sus colegas buscan afuera, Laínez va hacia el interior de Honduras. Puso el oído atento y trato, con mucho éxito – tarea que no era fácil lograrlo todo--, recoger las palabras sueltas, las expresiones verbales, las cadencias orales y las quejas del pueblo fuera de la capital y las cuatro ciudades principales de su tiempo. Y en Amapala, atrapo el lenguaje de las olas, el ruido de los pájaros y los susurros del viento.

Por primera vez en la historia literaria, el lenguaje de los campesinos –con muchas palabras de español antiguo— y la percepción de la forma como los escuchaba Daniel Laínez, se convirtieron en material poético y llegaron de visita a las pupilas de los capitalinos. Los pobres fueron protagonistas destacados de la poesía de Daniel Laínez. Los dos mejores momentos de mayor intensidad en su poesía los logra en el lamento de los hermanos ante la madre muerta y el reclamo urgido del honor y vergüenza del matón encarcelado que recibe la noticia de la muerte de su madre y cuando empieza a llorar le pide a un amigo, tápame voz Albertino/ que si me ven llorando/ me van a perder el miedo. Solo Adilia Cardona –poeta olanchana– siguió brevemente los pasos en que el poeta, va y encuentra en las palabras del pueblo material para la construcción de su narrativa poética. Y lo hace circular, nobles y distinguido ante las clases semi urbanas de Honduras. Un hecho relevante en que, pese a todo, los pobres en Daniel Laínez, no están irremediablemente condenados. Hay en ellos una fuerza significativa para resistir que, anuncia que, pese a las dificultades, sobrevivirán a las tempestades. Y en el largo tránsito hacia el bienestar construirán el puente que usarán para dejar atrás sus desgracias. Tenían más esperanzas los pobres Daniel Laínez que los de Roberto Sosa, que construyen el puente para abandonar las desgracias no “es imposible”.

Era un bohemio total Daniel Laínez. Hombre de copas y parrandas prolongadas, largas conversaciones y anécdotas incalculables. Bien vestido, cuidadoso de su imagen, sombrero de pelo a la moda, ladeado sobre la frente despejada. Fue un obrero de tipografía dotado de un oído especial, de una gran capacidad para la construcción poética y la habilidad singular para describir caracteres. Tuvo una sola hija que le sobrevivió y cuatro nietos. Nunca contrajo matrimonio.

Manejó el soneto complicado con maravillosa habilidad. Le fue familiar el verso asonantado y el verso libre se aquerenció en sus manos, haciendo valiosas contribuciones formales que creemos que no han sido suficientemente estudiadas. Y en la narración, fue muy cuidadoso –como tipógrafo de su tiempo– en la construcción narrativa y en la temática, sin caer nunca en la adulación a la dictadura; y menos a sus caudillos. Oscar Flores Midence, decía que era el mejor poeta. Su poeta preferido.

Su muerte, fue accidental. Con una enfermedad incurable —ulcera varicosa- y de difícil manejo para los médicos de su tiempo “en un viaje a México, le recomendaron (el uso de) una plancha eléctrica que se debía aplicar durante cinco minutos. En una ocasión en casa de sus padres, se le pasaron las copas, se quedó dormido con la plancha puesta y eso le provocó la muerte”. (Martha Brand, hija de Daniel Laínez, Revista Jambalaya Cultural, 24 de octubre de 2012 citada por Cinthia Dayana Reyes Barahona, Imágenes Marinas en la poesía de Daniel Laínez, UNAH, Tegucigalpa, 2015)

Está enterrado en el Cementerio General de Tegucigalpa, en una tumba descuidada donde recibe muy pocas visitas. Su única hija, que sobrevivió a la muerte de su padre murió hace pocos años en los Estados Unidos. Quedan cuatro nietos de los que ignoramos sus nombres. Y solo un pariente suyo, Juan Ramón Laínez el gran pintor, hijo de su hermano Ernesto Laínez hace sonar su nombre entre las glorias de Honduras. No hay una calle, una escuela que lleve su nombre. Tampoco un busto que embellezca con su sombrero elegante, los paseos y parques de su ciudad natal.

Tegucigalpa, 26 de febrero de 2026.

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