Contracorriente: FAMILIA, PRIMERA MAESTRA
Juan Ramón Martínez
Juan Martínez nos enseñó que
estábamos pobres; pero que no éramos pobres. La sutileza impidió que la
pobreza que él heredó la trasmitiera a sus hijos. Nos enseñó que debíamos
educarnos. Formarnos para no ser peones como él. Y que debíamos evitar andar
con la “majada”. Un tiempo después descubrí que enseñaba a buscar las mejores
relaciones, para que los amigos en vez de desprestigiarnos nos honraran.
Después me explicó que con los “majaderos” no se aprende nada bueno. Y tenía
razón. No sabía leer y escribir; pero no lo pregonaba. Porque no buscaba
compasión. “Quien siente pena por ti, te menospreciara”, repitió. Y siempre
creyó que debíamos buscar con nuestro esfuerzo, resultados y, fundamentalmente
respeto. Incluso de nuestros enemigos.
Doña Mencha, nuestra madre, era la compasión,
el amor al prójimo y la voluntad de servir a los demás. Católica fervorosa.
Sin Iglesia y cura a medio día de distancia era inevitable catequista y
rezadora. Cuando los niños tiernos enfermaban, anunciando sus calenturas
que la muerte rondaba cerca, los bautizaba en “el nombre de Dios, Jesús y María
Santísima”. El agua vertida, sus fervorosas oraciones; y la misericordia de
Dios, hizo que durante los años que vivimos en la Jigua, municipio de Arenal
nunca supe de un niño que se le haya muerto. Era partera y cuando la
parturienta era urgida por la naturaleza, ayudaba en el nacimiento de
centenares de niños que le guardaron cariño singular. Tenía muchos ahijados. A
todos los recordaba por su nombre. A mi hermana Toñita, desde niña la obligó
a que fuera madrina y comadre de mujeres de adelantada edad. Cuando la
visitaban las comadres, lloraba porque tenia pena saludarlas.
Cada Semana Santa organizaba el viacrucis. Ella
hacía las oraciones, dirigía la construcción de los altares, nos vestía de
ángeles; y se abstenía de castigarnos esos días que teníamos prohibido
pelear con los amigos, tirar piedras y matar pájaros o “pichetes”. Tuvo
siete hijos: cuatro varones y tres mujeres. No enterró a ninguno.
Cuando tuve la primera novia y en su presencia
me entregaron una carta que finalizaba con la expresión, “con todo el amor
que me has inspirado”, doña Mencha noto el orgullo vano de su hijo mayor.
Aprovecho para darme la definitiva lección magistral: “nadie tiene
obligación de quererte”. ¿De verdad mamá? Si. Ni siquiera yo que soy tu
madre. El cariño uno se lo gana con cada quien, dando cariño; y sirviendo
al prójimo. Con ella aprendí que no tenía que sentirme mal cuando no me
quisieran, si yo no había hecho lo suficiente para que me quisieran. No usé
nunca mis debilidades para buscar compasión.
Aprendí que todo debía ganármelo. Cuando
descubrí muchos años después que personas que no me conocían hablaban mal de
mí; y que mostraban sus desafectos en la primera vuelta, me expliqué que yo no
había hecho nada para que ellos cambiaran de opinión. Surgió así del interior
del magisterio de una mujer trabajadora, creyente en Dios y amiga de todo el
mundo, el concepto que venimos a la vida a sembrar, a servir; y que
cosechamos lo que habiamos plantado con amor y buena voluntad.
El cristianismo que he defendido de las
embestidas de profesores universitarios que una vez dijeron que entrara a
clases de Filosofía 105; pero que dejara a Dios sentado en la puerta. Al
finalizar la clase le di la lección de su vida: ¿no hay porque discutir
sobre algo que usted considera inexistente, no le parece profesor?
Respondió: discúlpeme Juan Ramón. Después nos hicimos buenos amigos. Siempre le
celebré el “honor” que le hubiera dado las primeras lecciones incompletas de
marxismos a Mel Zelaya. Y que este no le haya entendido cómo era la cosa.
Digo esto porque mis padres, el abuelo y las
tías, fueron mis primeros maestros. Los demás, pulieron lo que ellos habían
depositado en mí. Sartre, decía que “éramos lo que otros habían depositado
en nosotros”. De allí que, si tenemos que hacer algo es crear familias,
tener padres que no hereden amarguras, sino que enseñen que la vida no es
fácil; pero que ofrece oportunidades si abordamos sus realidades y exigencias
con una visión positiva, en que el servicio a los otros, es el eje central de
nuestra fórmula de convivencia. Que podemos sobrevivir.
No todos somos iguales. Dios nos hizo únicos e irrepetibles. Todos responsables e integrados, sirviéndonos complementariamente en el esfuerzo amoroso de vivir. Sin reclamar lo que nos hemos aportado. Solo así podemos construir la “República del amor” que anunciaba Martí.

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