Contracorriente: NO TODOS PODEMOS SER MAESTROS
Juan Ramón Martínez
Sócrates
Nací en una época y lugar donde la profesión
mejor valorada era la del maestro. Decirle profesor a una persona en
Olanchito era el mayor elogio. Todavía ahora varios de los que fueron mis
alumnos o mis contemporáneos me llaman profesor. E inmediatamente se disculpan.
“Perdón licenciado”. “O doctor”. Les explico que el mayor honor a una persona
es que la llamen profesor. Lo más elevado por experiencia y habilidad de un
profesional. En Europa llamar “Profesor” a una persona es el reconocimiento que
tiene no solo en docencia, investigación y aportes originales que corresponde a
una consagrada dedicación a sus tareas, sino que además maneja una actitud
favorable a la innovación y disposición para la búsqueda de nuevas formas de
interpretar los hechos; o para facilitar nuevos resultados.
Valle decía que en la categoría de los saberes
el más alto era el del sabio. Y Alfonso Guillen Zelaya, dijo que lo más importante no es ser
poeta, sino que hacer las cosas bien. No importa el oficio o la profesión,
sino que la dedicación y el cariño a la tarea, el orgullo de las cosas bien
hechas; y la conciencia que somos útiles para mejorar la vida de los
miembros de la sociedad.
Lo anterior me lleva a la conclusión que siendo
la tarea magisterial la más importante, no la puede ejercer cualquiera. No
todos podemos ser maestros. Ser inteligente, devorador de libros, citador
de expresiones de famosos; o coleccionista de libros y bibliotecas, no lo hace
mentor. Ni tampoco haber cursado los estudios y tener un título, hace maestro a
quien no tiene la disposición mental, la habilidad personal y la conciencia
filosófica para formar a las nuevas generaciones.
He tenido varias discusiones con amigos sobre
este tema. Hay
muchos que no les gusta la profesión que escogieron; y por obligación o por
necesidad ejercen una tarea que no les gusta. Y que no les llena
emocionalmente. Por supuesto tienen malos resultados. En vez de bien hacen mal,
producen daños. Y se dañan a sí mismos. Terminando amargados, contando
los días para jubilarse porque no quieren ver a “niños y jóvenes estúpidos” que
no “entienden lo que uno les quiere enseñar”.
Cuando me gradué de maestro trabajé en la misma
escuela en donde había hecho la primaria, formando grupo con mis antiguos
mentores. Fueron
dos años inolvidables que le dieron dirección a mi vida. Guardo fotografías de
mis alumnos, visito a sus hijos y nietos y experimento orgullo de sus éxitos y
logros. Una vez que descubrí que era la profesión de mi vida ingresé a la Escuela
Superior del Profesorado, la mejor institución especializada en la formación de
docentes para los niveles primario y secundario. Los mejores han destacado
en la educación universitaria. Uno fue vicerrector de la Universidad Central de
Cuba.
No fue fácil ingresar. Había que probar que
tenía vocación magisterial, para la enseñanza y capacidad para anticipar que en
los alumnos había personas superiores. Y que mi papel era contribuir a su
descubrimiento y realización. Nos sometieron a exámenes. Para seleccionar a los
que podíamos ser maestros. Fui escogido. Y durante tres años -tiempo completo-,
siete horas diarias de clase y prácticas nocturnas en colegios secundarios, me
gradué en 1965. Como quería servir, no quise quedarme en Tegucigalpa.
Escogí Langue, Valle donde concluí mi formación, conociendo la otra parte
desconocida de Honduras.
Cuando veo hacia atrás –ahora que la Superior
celebra 70 años de fundación– estoy satisfecho. Honre a mis
maestros. No les he fallado. Tampoco a quienes confiaron en mí. Les
recuerdo porque hago cosas en su nombre. Pero también – y esto es
inevitable reconocer – que muchos egresados, especialmente los
nuevos, no tienen vocación.
Dos ejemplos: Daniel Esponda y Edgardo Casaña. No tiene talante y talento de
maestros. Actitud orientadora y menos vocación de servicio honesto al logro de
los fines de la educación. El primero, mal maestro que no pudo en el cargo
hacer los cambios para revertir el centralismo educativo, el burocratismo,
el exceso de datos y conocimientos y el descuido de valores formativos en el
currículo de la primaria y secundaria. Ni revertir el “papelismo” al que
han condenado a los maestros que tienen que llenar más informes que dar clases,
sin tiempo para socializar con sus alumnos. Casaña, definitivamente no es
maestro. Y la culpa no es de ninguno de ellos. Es el sistema que confía
la formación de las nuevas generaciones en cualquiera persona sin vocación.
Lo que hace mucho daño a Honduras.

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