Mirador: LA CRISIS DEL ORIENTE MEDIO
Juan Ramón Martínez
Nadie quiere un conflicto armado en ninguna
parte del mundo. Menos en Oriente Medio. El ataque de los Estados Unidos contra
Irán – acompañado de Israel – que posiblemente creían los
analistas de Washington que provocaría una intensificación del diálogo
estancado por las respuestas insatisfactorias de los iraníes; y que significa
un retraso o desaceleración del programa nuclear iraní, no ha tenido la
respuesta esperada. La muerte de su líder máximo no ha detenido la embestida de
Irán y su determinación atacando con un volumen balístico inesperado, lo que
configura la gravedad de la situación. Teherán ha atacado bases estadounidenses
y a Israel, con una fuerza inesperada, que hace pensar que Estados Unidos no
valoro porque estaban escondidas en las montañas.
Esta fuerza es indicativa de una voluntad
política y militar iniciada desde la década de los setenta del siglo pasado de
tener armas nucleares necesarias para asegurar su supervivencia. Israel
considera que esto indica que las usara en su contra. De allí que su oposición
sea lógica. También Israel tiene la voluntad política que, para asegurar su
existencia debe impedir que Irán tenga la bomba atómica con la cual le borrara
de la faz de la tierra. La intervención de Estados Unidos en apoyo natural a su
aliado principal en la región, busca un objetivo imposible. Irán hoy o mañana –
porque esa es su voluntad política – tendrá las armas
nucleares para nivelar su poderío con Israel que es un secreto a voces que
también las tiene. De repente no hay otra alternativa desde una perspectiva
realista que buscar la postergación del momento en que Irán tenga poderío nuclear.
En la seguridad que cuando los enemigos se nivelen, tendrán miedo similar e
igualado; y no se atacarán.
Es decir, la opción cero. Que ha funcionado
entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Y aparentemente opera también entre
China y Estados Unidos. Y entre dos potencias menores visceralmente
enfrentadas: India y Paquistán.
La solución militar de Israel y Estados Unidos
abre otras frentes. Irán tiene además de fuerza de voluntad, capacidad para
resistir y el control del estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del
petróleo mundial. A estas horas, Irán tiene vedado el paso y Estados Unidos,
que tiene sus dos portaaviones mayores en la zona, arremeterá limpiando el
paso. Superado este problema que no significa que la operación del flujo
petrolero regresará a sus niveles anteriores al inicio de hostilidades, no
aumentará el precio del barril de crudo en los mercados internacionales.
Entonces quedará pendiente el segundo objetivo que Estados Unidos persigue al
atacar a Irán: el cambio de régimen. Esta teocracia que gobernó al antiguo
imperio persa, es algo duro y fuerte. Tiene dominio sobre la población y está,
desde el manejo de los conceptos de la vida y la persona humana, tienen una
fuerte disposición para sortear el sufrimiento mucho más allá de los
indicadores occidentales.
Y Estados Unidos, de repente equivocado por el
éxito en Venezuela, tendrá que enfrentar el dilema de poner hombres en tierra.
Un régimen como el de los “ayatolas” no se derrota solo con acciones marítimas
o áreas. Es necesario ocupar ciudades, dominar poblaciones y ocupar territorios
extensos de difícil geografía que para los atacantes supondrá un elevado número
de bajas.
Aquí Estados Unidos es frágil. Políticamente
débil. La mayoría de la población no quiere guerras que comprometan la vida de
sus jóvenes. Y menos bajo el liderazgo de Trump, que atraviesa horas bajas
entre la opinión pública. Cuenta con menos del 31% de opinión favorable. El
Senado tendrá que pronunciarse inevitablemente.
Las guerras sabemos cómo empiezan. Pero
ignoramos lo que cuesta terminarlas.
La Prensa,
San Pedro Sula, Honduras. 5 de marzo de 2026.
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