BRUNO FALCK EN HONDURAS (III)
Anales Históricos
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PARTE III
Melba Falck Reyes (*)
Bruno
con Luis Eggelser, operario molinero, procedente de Alemania, 1928
Bruno
y Carlota hacen camino al andar
“Carlota, quiero expresarte el gran cariño y
amor que supiste sembrar en mi corazón y decirte y repetirte cuan grande es la
alegría que siento por el paso tan trascendental que he dado en haberme unido
contigo para toda la vida… Quisiera repetírtelo mil veces, Carlota, cuan feliz
soy ahora que sé positivamente que nuestra unión tan deseada ya no es nuestra
quimera, sino un hecho consumado”, así escribía Bruno desde San José de Copán,
en la primera carta que enviaba a su amada Carlota después de haber contraído
matrimonio civil en San Jerónimo Copán. Allí, también se había llevado a cabo
el rito católico, que Bruno siendo metodista, aceptó gustoso para agradar a su
Carlota, ferviente católica. Así, en ese pequeño poblado, unieron sus vidas
estas dos almas, para emprender el camino buscando realizar sus sueños,
apoyándose siempre el uno al otro como lo expresaba Bruno en esa misiva:
“lucharemos juntos con más valor, con más abnegación, cada cual pensando en el
bien de otro”. Y así lo hicieron.
Los
primeros años compartidos
Mientras vivieron en San Jerónimo, Bruno seguía
en sus “andancias”, como él las llamaba, recorriendo todos los poblados de
Copán vendiendo seguros y cobrando pólizas. Escribía casi a diario a Carlota y
en sus cartas exponía sus peripecias: que si en época de lluvia, “los viajes
(en mula) se vuelven harto difíciles, que sí tuvo que cruzar el río Jaral a
nado o que ya tengo ahora una mula que llega en cuatro horas de Santa Rosa a
San Jerónimo, así que en la primera oportunidad voy a verte”. Y en esos recorridos,
siempre pensando en Carlota, los libros se convirtieron en los regalos que
Bruno enviaba a Carlota con amigos que se cruzaban en el camino, sabiendo que
ésta disfrutaba muchísimo de la lectura. Por su parte, Carlota continuó
ejerciendo la docencia en San Jerónimo. Allí nacieron sus dos primeros hijos.
Ana María y Emil Bruno.
Más el espíritu emprendedor de Bruno y la
ilusión de sacar adelante a su familia, lo motivaron a proponer a Carlota
trasladarse a vivir a Antigua, muy cerca de la capital de Guatemala, país en el
que la comunidad alemana era muy activa y la más numerosa en Centro América.
Los alemanes habían arribado a Guatemala desde
mediados del siglo XIX, pero fue a fines de ese siglo cuando se incrementó su
presencia en el país. Los primeros migrantes se dedicaron a la producción y
exportación de café, principal cultivo de exportación de Guatemala hasta la
segunda mitad del siglo XX. La migración alemana, compuesta mayormente por
agrónomos, fue nutrida por jóvenes comerciantes, que, representando a casas
comerciales o por su cuenta, emprendían negocios de exportación e importación.
Al igual que en Cuba y en Honduras, los alemanes importaban de su patria
productos demandados en los mercados locales como ferretería, químicos,
medicinas, mercería y maquinaria; además de estar involucrados en negocios
bancarios y comisionistas de casas comerciales.
Sin embargo, en Guatemala, Bruno y María
Carlota radicaron poco tiempo, ya que para ella fue mayor la nostalgia por su
Copán. Así a fines de 1924, regresaron a Honduras, decidiendo establecerse en
San Pedro Sula que, junto con La Ceiba, constituían las dos ciudades más
dinámicas de la costa norte hondureña. Efectivamente, los años veinte
representaron un periodo de auge para el comercio exterior de Honduras, que
llegó a convertirse en el primer exportador de bananos a nivel internacional.
Las compañías bananeras que arribaron al país en la costa norte propiciaron, a
base de concesiones gubernamentales, la construcción del ferrocarril y el
desarrollo de transporte en vapores, al tiempo que diversificaban sus
actividades en fábricas de cerveza, ingenios azucareros, fábricas de aceite
vegetal y de calzado, entre otros giros. Este dinamismo económico en el norte
propició tanto la migración interna de campesinos y jornaleros del sur, así
como la inmigración internacional de árabes, chinos, caribeños y centroamericanos.
Así, la inversión extranjera no solo tuvo un
impacto en la esfera económica, sino también en la esfera política.
Precisamente en ese año de 1924, al desatarse una guerra civil por la falta de
acuerdo con respecto a los resultados de las elecciones presidenciales de 1923,
Tegucigalpa fue sitiada y bombardeada. Estados Unidos intervino enviando un
pelotón de marines a la capital para “proteger a los ciudadanos
estadounidenses”. Permanecieron allí desde marzo a abril de ese año, hasta que
se firmó un pacto de paz en un buque estadounidense en el puerto de Amapala.
Esta intervención extranjera a territorio hondureño, sería un referente para la
oposición al antimperialismo que se suscitaría años más tarde en el país. A
partir de 1925 retornó la paz interna, que se prolongaría hasta 1932. Y estos
episodios de inestabilidad política, que se suscitaron en repetidas ocasiones
en el país en los años compartidos por Bruno y Carlota, incidieron en los
escritos posteriores de María Carlota que se convirtió en una gran promotora de
la paz, considerándola como uno de los valores más preciados.
Desde San Pedro Sula, Bruno continuó con sus
actividades comerciales recorriendo al país, dedicándose a la “compra y venta
de toda clase de productos del país”, así como a representar casas comerciales
extranjeras, como la Bristol-Mayers de productos farmacéuticos y la Singer de
máquinas de coser, además, de continuar en el negocio de seguros de vida y
comisiones.
Molino
Nacional de Harina S.A., La Ceiba, Atlántida, Bruno fue socio accionista
En La Ceiba, Bruno participó en el negocio de
la producción de harina de trigo, convirtiéndose en accionista del Molino de
Harina Nacional, que había alcanzado prestigio por sus eficientes procesos de
producción con maquinaria avanzada de la época. Bruno hizo contacto con un
operario molinero en Alemania, Luis Eggelser, quien se trasladó a Honduras para
operar el molino. Años más tarde, Eggelser apoyaría a la familia
Falck-Contreras.
En San Pedro Sula, Bruno tuvo por socio a
Yanuario Landa Blanco a quien había conocido años atrás en La Ceiba, cuando
éste era gerente del Molino Nacional de Harina, S.A. Con esa experiencia
decidieron fundar el Molino Central Harinero en San Pedro Sula.
En esta ciudad norteña nacieron Carlota Eva, a
la que de cariño llamaban Carlotía (1925) y Elsa Marina (1927). Elsie, como la
llamaba Bruno, falleció de difteria a temprana edad y ello sumió en una
profunda tristeza a María Carlota.
Para ese entonces, la prima Sarita y su esposo,
Octavio Pineda, compadres de Bruno y Carlota, y que radicaban en Trinidad de
Copán, al enterarse de la situación de los Falck-Contreras, les propusieron
mudarse a este poblado, con el fin de ayudarles a superar la tragedia de su
hijita.
Así, a fines de los años veinte, Bruno, Carlota
y sus tres hijos: Ana, Emil y Carlotía, como llamaban a esta última, regresaron
a Copán, a ese Trinidad que se convertiría en su hogar durante la mayor parte
de su vida juntos.
(*) Fuente: Una Contreras no se rinde: La Historia de María Carlota Contreras de Falck, Guadalajara, Jalisco, México, 2025.


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