Cosas del español (87): EL CATALÁN, UNA LENGUA MUY PRESENTE

La lengua romance que en la actualidad se habla en Cataluña y, con peculiaridades propias, en otros territorios de la antigua corona de Aragón -Baleares, la franja oriental de Aragón o la Comunidad Valenciana, la ciudad sarda de Alguer, Andorra o el Rosellón francés- fue adquiriendo sus rasgos distintivos en la zona oriental de los Pirineos. Desde allí iniciaría su expansión, en contacto con los otros romances surgidos en áreas próximas, tanto dentro como fuera del ámbito hispánico. Son reseñables sus relaciones con el occitano -vía de expresión de los trovadores medievales- como resultado de la vinculación política y cultural de los territorios.

Si el papel relevante del reino de Castilla en la Reconquista determinó la expansión del castellano, otras lenguas romances peninsulares, como el catalán, preservaron su integridad y extendieron su dominio de norte a sur, aunque de manera más limitada. Compartió desde sus orígenes características léxicas o estructuras gramaticales con las lenguas más próximas, en cada caso con rasgos evolutivos particulares, y los préstamos entre unas y otras -todas hijas del latín- fueron moneda corriente.

Son numerosas las palabras castellanas que proceden del catalán, y no pocas presentan la terminación -el, tras la pérdida de la segunda ele (-ell) en el proceso de adaptación. Es lo que ocurre con doncel, de donzell (derivado de un hipotético latín vulgar domnicillus, diminutivo de domnus, ´señor´); granel, de granell, y con bajel, de vaixell; clavel, de clavell; pincel, de pinzell. No es el caso de papel, derivado del catalán paper (procedente a su vez del latín papyrus, ´papiro´, y este del término griego pápyros). Aunque el papel esté siendo sustituido por la pantalla (ya no pasamos página figuradamente, sino pantalla), se mantiene el origen catalán de la palabra, que es resultado de un cruce entre pámpol y ventalla (términos que tienen idéntico significado: ´pantalla de lámpara´).

El catalán no solo actuó como puente ocasional entre el latín y el castellano, sino que contribuyó a la penetración en este de voces procedentes de otras lenguas. Raíces árabes se le atribuyen a avería, que podría proceder del árabe ´awariyyah´ (´mercaderías estropeadas´) a través del catalán avaria; del gótico (de un hipotético af-maginon, ´perder fuerza´) parece derivarse amainar, y del franco (se supone que de krappa, ´gancho´), grapa, que el castellano tomó también de la lengua castellana.

En lo gastronómico, el léxico castellano encuentra en el catalán una nutrida cantera. El término manjar (´comida exquisita´) tiene su origen en el catalán antiguo u occitano manjar (´comer´), rape (de rap), chuleta, que habría pasado al castellano a través del valenciano xulleta, diminutivo del catalán xulla (´costilla´), butifarra (de botifarra) y alioli (de allioli), que incorpora los nombres de sus ingredientes, ajo y aceite. Del mallorquín procede ensaimada, donde está presente la raíz saim (´saín, grasa´). Del valenciano, fideuá y paella. Una curiosidad: panoli remite a la persona a la que se enseña con facilidad por su simpleza, y deriva de la voz valenciana panoli (´fruta de sartén´), como contracción de pa en oli (´pan con aceite´), que en Cataluña sería pa amb oli.

Son voces procedentes del catalán añoranza, cantimplora, cohete, congoja, cortapisa, fango, forastero, litera, mercería, muelle, naipe, prensa, reloj o salvaje. También, macarra (de macarró, y este del francés maquereau) y capicúa, derivada de cap i cua (´cabeza y cola´), que designa el número que se lee igual empezando por el principio (la cabeza) o el final (la cola).

(Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs. 217, 218 y 219).

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