DOS CUENTOS DE ERNESTO BONDY REYES (*)


1.    LA EFIGIE DEL LÍDER

Desde la tribuna, apoltronado, el líder observó el mitin, reparando minuciosamente en la vestimenta de los más jóvenes, en sus camisetas con grabados variopintos del Che, de Mikey Mouse y algún otro de Sandino, preguntándose a propósito adonde andaría su asesora de imagen.

Ella le había prometido un bosquejo envidiable. No más boinas etarras ni melenas revueltas, ni la calvicie de Mao; ni el cucurucho de Gadafi, ¡ no¡ -- señalo entonces—sino una silueta conmovedora para ser admirada por todas las generaciones.

“Para su rostro delinearan un perfil con sombrero como símbolo de autoridad, complementado con el trazo fino de unas gafas breves para resaltar su inteligencia. Además, el estampado resaltaría la arrogancia latina del bigote…” Así le había explicado ella, agregando que varios dibujantes políticos de países amigos trabajaban actualmente en el diseño del arte. Solo había que esperar.

Imagino su imagen con bigote tupido y sincero difuminándole el perfil, cual las alas de un cóndor cayendo sobre los labios en un ángulo sensual respecto a la horizontal, la línea de los dientes, como si con su gesto se expresara algún pensamiento discursivo, o quizás un beso…. Y si el Stetson Hat de los corridos del carro rojo, símbolo latifundista y petrolero tejano: el poder y la riqueza …  

Observo la masa de los pobladores esperando el momento de su discurso y se complació. Todo marchaba bien. Ya le habían esculpido una estatua de prócer, oleos y acuarelas y un conocido académico editaba en su nombre el poemario “Los Motivos del Líder”. Baladas populares lo mentaban por la radio, pero faltaba la imagen, la estampa, y la bendita consultora de imagen no aparecía.

“Llegarán los tiempos en que me adoren – especuló regocijado --, me cantarán cantores y declamaran los bardos, y entonces, los jóvenes revolucionarios y el pueblo lucirán mi efigie en sus camisetas”.

La imagen se repujaría en monturas, gabachas de obreros y blusas domingueras de las domesticas, estaría en los pergaminos de graduación de escuelas y universidades, en pines, en hebillas, calendarios, en blusas de lentejuela en discotecas y malles… Ya un palestino ofreció pintarle cien mil camisetas para los desfiles patrios, casi regaladas, con solo introducir la tela por alguna aduana, pero por ningún lado veía a su asesora.

Al dio siguiente amaneció en otro país. Hombres uniformados lo sacaron de su recamara para exiliarlo.

¿Y la silueta prometida? ¿Y su consejera de imagen?

2.     EL DESVARIO DENTAL

El psicólogo se sintió agotado, dejó el documento sobre la mesa y limpió una basurilla en su hombro. La investigación había dado resultados aterradores: durante el transcurso de ese año, decenas de profesionales jóvenes ingresaban trastornados a los manicomios con aprensiones persecutorias y tendencias suicidas.  Una de estos pacientes, encerrado en una celda con paredes acolchonadas, huía neurótico de los acosos de Darth Vader, el infame maloso de la serie “Guerra de las Galaxias”. También, entre los casos del día anterior: una mujer enfermaba alucinaba con la figura de Chucky, el muñeco diabólico de la TV, quien la perseguía para mordisquearle los muslos, mientras que en la celda de al lado, un  abogado paranoide insistía en que, cuando asistía al peluquero, le aterrorizaba recordar las tijeras sanguinolentas de Edward Scissorhands tras sus orejas. Otros deliraban con gremlin, la motosierra Friday 13 o los dedos de Fredy Krueger, personajes espantosos de viejas series de televisión y películas de terror, quienes se habían hospedado en el subconsciente de estos pacientes desde que fueran adolescentes y jamás habían sido citados en tratados de manía persecutoria.

El motivo, según las investigaciones: radiación de torio adquirida a través del nervio trigémino. Según sus expedientes, cuando fueron jóvenes todo ellos usaron frenillos para alinear su dentadura, uno artilugios fabricados de alambre endurecido con una aleación radiactiva, cuya emanación penetró por el nervio dental acumulándose en el tálamo, trastornando posteriormente los impulsos de la actividad eléctrica de las neuronas.

¿Mas… yo? – titubeo el psiquiatra, y corrió atemorizado hasta el espejo a observarse sus incisivos: bien uniformes, porque en sus tiempos de mozo también le colocaron frenillos para emparejarle la dentadura.

n  ¡OH

De pronto, percibió angustiado por el reflejo de una sustancia salivosa que se derramaba sobre su hombro y un pánico súbito le impidió ver hacia el techo.

--- ¿Alien? – Se imagino --- . ¿ Alien en su baño? Y recordó vivamente la viscosidad que fluía del hocico que aquel reptil alienígena cuando vaciaba las entrañas de sus víctimas.

n  ¡¡¡ No puede ser¡ -- se reprobó--- . Él era el psiquiatra del asilo y no podía ocurrirle algo así.

(*). Ernesto Bondy Reyes, hondureño. Tegucigalpa 3 de julio de 1947. Ingeniero agrícola, Universidad La Molina, Perú. Subsecretario de Recursos Naturales (1998-2000). En 1999 empezó a escribir cuentos, obteniendo en 2017 el Primer Lugar en el Concurso de Cuentos Cortos e Inéditos Rafael Heliodoro Valle. Fue miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. En 2020 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa. Publico tres novelas: De Ninfas, Sabores y Desamores (2003), Caribe, Cocaína (2006) La Mitad Roja del Puente: Nacaome Action. (Jose Gonzales, Diccionario de Literatos Hondureños, pág. 31) Falleció en Tegucigalpa, en noviembre de 2025.

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