Mirador: BLECUA, LA HUMANIDAD DE LAS PALABRAS
Juan Ramón Martínez
Ninguna palabra es fría. Ni siquiera ártico, hielo, glaciar, “topo gigio”, “charamusca”. Todas tienen el calor del que las usa para comunicar sus emociones. Tienen carne y sangre. El español – como todas las lenguas – es un instrumento comunicacional. Las palabras son las herramientas con las que, dos desconocidos se detienen; y hablan en el borde de los caminos intercambiado sus intenciones. Pueden distanciarse mutuamente sospechosos. Iniciar una relación anudada en amistad. O explotar en colérico encono. Pelean los que no comparten.
Las palabras nos humanizan. El Papa pregunto
sobre los “indios” de América: “¿hablan y ríen?”. “Son humanos: tienen
derechos”. De allí que los idiomas singularizan, vuelven particulares a las
comunidades. Cuando empezó la guerra civil que terminó en la independencia de
Hispanoamérica – los españoles de este lado del océano – especialmente
los lingüistas colombianos, temieron que al construir nuevas naciones,
destruiríamos el idioma común. Afortunadamente no sucedió.
En el tiempo el idioma une. Retiene en sus
palabras calor, simpatía y afecto. O distancia infantil. El calor de la palabra
acerca o aleja. Los virus no son de los biólogos. Ni los quieren los que
los padecen. Tampoco las palabras son de los lingüistas. Los académicos
mejicanos, después de una gira continental, dijeron, cada vez que avanzaban
hacia el sur, “las palabras adquieren más música”. “Cantan el español”. Cada
pueblo le pone el calor que su humanidad les permite. Es identidad
comunitaria.
Estas cosas se me ocurren ante la muerte
de Juan Manuel Blecua y leyendo el artículo de Luis García Montero en “El
País”. En efecto Blecua fue un académico de la cordialidad. No se creía dueño
de las palabras. Aceptó que eran de los que las usábamos para
comunicarnos. No las temía. Por ello, escuchaba más que hablarnos.
Lo conocí en Burgos, en la sala donde
está el escritorio donde Franco firmó las sentencias de muerte de sus
enemigos. Blecua era el Director de la RAE. Darío Villanueva, su secretario.
Blecua cordial y humano. Villanueva distante, profesoral. Blecua, el
humano interesado en el otro, que desde las palabras, iniciaba un diálogo, para
construir un camino para la forja de la simpatía. Vivía distante de la
arrogancia de otros académicos. Parecía débil. Todo lo contrario. La
cordialidad y cercanía suya era fruto de sus estudios sobre las palabras,
en las que era un experto; y por ello quería oírnos. Era su humanidad
extraordinaria que lo aproximaba a quienes usaban las palabras que el admiraba.
Conté varias veces la historia de García la Concha, cuando llegó a Tegucigalpa
y las muchachas de la AHL, le dispensaron el cariño que Bad Bonny despierta en
sus conciertos. A Blecua, se le iluminaba el rostro. Reía espontáneamente.
Creía siempre – ahora que su muerte nos ha golpeado como un puño rencoroso –
que no era el frío académico, sino que un pleno ser humano que se acercaba al
otro que veía como hermano. Él no era frío como otros que no se interesan en
los demás. Como los médicos con los cobayos, que estudian y diseccionan. Blecua
nos quería, porque usábamos las palabras que eran el objeto de sus estudios
dilatados y profundos. Y su afecto era natural. Gozaba oyéndonos.
No soy filólogo; ni hispanista. Me interesa el
idioma por humano. Blecua, era sin duda – en cerrada competencia con
García de la Concha—experto en afectos. Fue más allá del hispanismo
lingüístico. Evito el colonialismo. Nos enseñó que el idioma español no es
de los españoles, sino que de los que lo hablamos, con el tono que nos
humaniza; poniéndole calor a las palabras.
Salud Juan Manuel Blecua, ¡Pase! ¡La
inmortalidad lo espera querido profesor!
La
Prensa, SPS, Honduras 4 de junio de 2026.

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