Contracorriente: ALEJANDRO LÓPEZ, ALEGRE Y LUCHADOR

Juan Ramón Martínez


En 1968  llegué a Choluteca.  Alejandro López Tuero ( Marianao, Cuba 1935) ya estaba allí. Éramos jóvenes. El seis años mayor. Más alegre, comunicativo y festivo. Mientras consolidaba mi vocación intelectual y mis tareas magisteriales, Alejandro era el artista, el músico que dirigía coros; y animaba los cantos usadas en las misas parroquiales. Era la alegría.  Los “alabados tristes” y llorosos,-- que doblaban de la pena a los que llegaban cargando penas--, fueron sustituidos por canciones alegres, de más ritmo y con letras en las que,  en vez de queja y  dolor--, palpitaban las semillas de la esperanza y la belleza de la salvación en Jesucristo. 

En Olanchito, la Eucaristía aunque renovada: de frente, en español y con predicas nuevas, no tenía la dinámica que los “javerianos” habían introducido. Tanto Alejandro, como Monseñor Marcelo y los sacerdotes: Eloy,  Iván, Juan Pablo, Juan María, Bernardo, Benito,  Mario, Pedro, Blanchard, Enrique, Nadó, Rogelio, (canadienses) Jesús (cubano) y Julio – el primer hondureño --,  antes habían servido en Cuba. Los misioneros dejaron Cuba una vez que Fidel Castro se hizo con el poder. Vinieron a Honduras. Alejandro y Francisco Santana eran seminaristas en su última fase formativa. Se ordenaron en Choluteca. Estuve en la ordenación de Santana. En 1970 Alejandro fue ordenado por Monseñor Gerin en Choluteca. No estuve presente por viaje fuera del país.

En la diócesis de Choluteca la novedad pastoral era la Celebración de la Palabra. Donde no había sacerdotes, los campesinos elegían uno, que capacitado y apoyado con textos escogidos por un equipo en el cual destacaba Alejandro López, cada domingo celebraban la jornada comunitaria con las familias honrando al Cristo y consolidando su hermandad en el encuentro con Dios. En un momento, tiempo después Alejandro me escribió –con su letra hermosa de artista definido— que él creía que la Celebración de la Palabra, había perdido espontaneidad porque los “celebradores” habían sido sometidos a la condición de “curas descalzos”, y que algunos se distanciaban de las comunidades a las que servían y tendían a imitar a los sacerdotes como era natural. Es probable que Alejandro exagerara; pero lo recuerdo para resaltar su vocación innovadora, la profundidad de su pensamiento teológico y la búsqueda del concepto que la misión sacerdotal tenía una dimensión que debía rendirse ante la santidad de aquellos campesinos que predicaban la “Palabra de Dios” con enorme celo y dedicación.

Una vez ordenado –igual que sus colegas— tuvo claro el reto que representaba la pobreza para la predicación del Evangelio. Idealizar la pobreza, no era cristiano. Había que buscar salidas. No recuerdo en que momento, lo encontré en la parroquia San José Obrero –entonces las más pobre de Choluteca– buscando fórmulas para crear empleo. Me enseñó que hacia guantes. Que los colocaba en todas las ferreterías del país.

Después, trajo -como resultado de generosas donaciones de amigos suyos de Miami– artículos usados en buen estado y empezó a venderlos a los pobres que, no podían adquirir nuevos. Y junto a las ventas, creo un taller de carpintería, donde surtía de puertas y muebles de cocina, a los mercados de Choluteca y Tegucigalpa. Al final, cuando la muerte lo citó, la Asociación San José Obrero es una fundación generosa y de amplia proyección que da empleo en forma que nunca nos imaginamos.

Tiene además, un cementerio e iniciado la consolidación de la fé en la Santa Virgen María, animando peregrinaciones maravillosas. Todo dentro de la concepción de la integralidad, cooperación y desinterés en el servicio comunitario.

En un momento, hace algunos años, me llamó para hablarme de su idea de hacer un gran mural sustituyendo al viejo altar mayor de su iglesia. Me hablo del “Cristo de la Libertad”. Y de un pintor—Maltéz --- que dejó en el pincel su maestría y su fe. El Cristo, es una figura esperanzadora y fuerte que obliga seguirle. No sé si sigue allí; o lo han cambiado de lugar.

Durante su última enfermedad lo visite en el Hospital. En su entrega a la tierra generosa de Choluteca, no pude llegar a tiempo. Me contó Vicente Williams – gran amigo de Alejandro y mío– que la misa fue presidida por el obispo emérito Monseñor Guido y animada por el coro creado por Alejandro. Maravilloso. Me lo imagino.

Alejandro fue hombre bueno, extraordinario sacerdote y promotor insuperable. Su muerte deja un vacío. Difícil que llenar para sus amigos y admiradores. Pero Alejandro apostó que lo lograríamos. Nos dejó la fuerza y la ruta para hacerlo. ¡Hasta luego Alejandro! Gracias por estar con nosotros.

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