CONTRACORRIENTE ESTADOS UNIDOS, 250 AÑOS DESPUES

 Juan Ramón Martínez

El acta de independencia de los Estados Unidos de América no es un retrato de la realidad de las trece colonias en 1776. Ni tampoco un reflejo de las virtudes de quienes hicieron posible la redacción del acta del 4 de julio; y menos una declaración jurada de las formas como manejaban las realidades económicas y políticas cada uno de sus firmantes. Es un documento político fundamental bajo cuyas normas y contradicciones, se ha creado una de las grandes naciones del mundo. Su lectura da la oportunidad para conocer la singularidad de un proyecto que ha terminado convertido en una cultura que ha dominado durante más de un siglo a occidente. En su totalidad. Y a grandes parte del mundo. 

La celebración de sus 250 años, tampoco tiene que hacerse desde la óptica de la derecha trampista y mucho menos del comportamiento del partido republicano que como nunca antes, se ha inclinado hacia una derecha que ha destruido, en menos de diez años, la imagen y el respeto que los Estados Unidos habían ganado en sus largos años más simbólicos. Especialmente desde 1945 en que asumió como sus valores básicos la libertad ciudadana, la democracia representativa y las relaciones internacionales basadas en el orden y el respeto a la ley. Con Trump, Estados Unidos ha mostrado lo peor de un imperio abusivo, por su voluntad de controlar a las demás naciones, sin respetar el derecho internacional, la defensa de los derechos humanos, la opción democrática, negando los valores de la declaración de independencia que fue y sigue siendo, un faro que ha alimentado la fe en la libertad y la confianza en los mejores valores de los seres humanos. 

No nos interesan las incoherencias entre el contenido de esa declaración y el comportamiento de sus firmantes. Y menos si las trece colonias respetaban el concepto de igualdad, porque todos sabemos que la mayoría de sus políticos eran esclavistas. Lo importante son los conceptos básicos que están contenidos allí. Y además, para tener el cuadro completo, escudriñando la historia, saber que no dijeron; pero que pensaban los fundadores de los Estados Unidos.

Hay que releer en su historia. Los peregrinos que llegaron al “nuevo mundo”, eran inmigrantes que buscando la libertad tenían el propósito, --alimentado por un fuerte cristianismo influido por Calvino--, de descubrir si estaban llamados a crear una gran nación, como prueba que Dios los había escogidos para ser salvos en el momento de su muerte. Por ello, llegan y trabajan sus tierras. No viven del trabajo de los “indios”, como los conquistadores españoles y sus descendientes que hacen del trabajo una forma de esclavitud no declarada; pero consentida. Cuando levantan su primera cosecha, le dan gracias al Creador; e inician la celebración más importante del calendario litúrgico popular de los Estados Unidos. El día de dar gracias a Dios.  

Como efecto de esta visión de sí mismos, creen que están llamados – una vez que rechazan el dominio y el imperio de Gran Bretaña--, a construir una nueva nación, en la que no hubiera un rey, sino que un gobierno elegido por los ciudadanos y los territorios en que su existencia se legitima por su voluntad de servicio a la colectividad. Y que jamás, comprometería acciones para impedir la práctica de su fe. Por eso, --Trump el gobernante más disruptivo, el que exhibe más pretensiones imperiales-- no toca el tema religioso. Más bien se apoya en “evangélicos” extremistas para presentarse como un “enviado” de Dios para consolidar la “grandeza” de los Estados Unidos.

El nombre no fue casual. Lleva implícito el “destino manifiesto”. Hasta Marx,-- acertado en sus reflexiones sociológicas--, creía que era la nación constructora del capitalismo eficiente; que le daría a la revolución mundial la fuerza obrera que tomaría el poder y crearían el nuevo régimen de los trabajadores. Descalifica a Bolívar, critica a los “criollos”; y duda de sus posibilidades. E insinúa el “destino manifiesto” para en nombre de su ímpetu dominar a todo el continente.

Hoy Estados Unidos es la gran potencia mundial. Con una cultura que domina al planeta. Una economía que da seguridad a las transacciones mundiales. Aporta un idioma de tránsito. Y lidera la investigación que enriquece el saber planetario. Y aunque ha perdido – con Trump – el carácter de “casa amiga” para los emigrantes, --no tiene rey. Es solo un presidente por pocos años más que, como otros, pasara al olvido. Al que el polvo cubrirá sus estatuas y sus destellos imperiales. Porque el pueblo recuperara-- otra vez-- su voluntad y fuerzas originales.

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