Mirador: 1969: EL SALVADOR CONTRA HONDURAS
Juan Ramón Martínez
Hace 57 años el Cap. Douglas V. Varela muere al ser derribado en combate aéreo dentro de territorio hondureño, en el marco de la Guerra de las 100 horas, Julio 15 de 1969.
Para
justificar el error político, Fidel Sánchez Hernández, llamo a la invasión en
contra de Honduras guerra de “legítima
defensa”. 57 años después, Centroamérica y las dos sociedades: la
salvadoreña y la hondureña, siguen mostrando las heridas de aquella acción
política irracional que solo dictó la falta de liderazgo consistente en los dos
países, con capacidades para mantener el dialogo; e impedir llegar al uso de
las armas para desangrar a las dos naciones más parecidas de la región. El
padre Ellacuría –muerto por los militares salvadoreños en forma criminal y cobarde–
escribió que los dos países tenían ideas
equivocadas, uno del otro. Y que por ello no se entendían. Y tenía razón.
Unos
pocos dirigentes de El Salvador y de Honduras, han creído que el peligro para
la existencia de su país, es el vecino. Y que por ello, deben estar preparados
para matarse. Mientras tanto, hacen lo posible para debilitar al otro. Ahora es
Bukele, dentro de un esquema de mercadeo que quiere destruir la seguridad en sí
mismos de los hondureños. Para lo que ha emprendido una campaña del “buen
vecino”, amigo del pueblo; pero enemigo de los gobernantes que no tienen la
popularidad suya; y tampoco el control y domino dictatorial con la que quiere
conquistarnos y dominarnos.
Se cree
Morazán. Se coloca por encima de los demás gobernantes –a los que menosprecia
sin disimulo– y además, levanta el
espíritu del héroe de Perulapan, sobre cuyos despojos incluso ha emprendido una
extraordinaria modificación de su monumento funerario, para confirmar su
superioridad; y hacer que los hondureños se
sienten cada día menos ante su figura mediática y su voluntad de carcelero
universal.
La
guerra de 1969 dejó una lección: en los
conflictos armados algunas veces pierden los dos contendientes. La
incapacidad militar para dominar a Honduras, como era el objetivo cuscatleco,
creó las condiciones para la guerra civil y el fin de la hegemonía de los
militares en el control del poder. Frenó el desarrollo económico de El Salvador
y el ímpetu de su crecimiento jamás ha sido recuperado.
Honduras
también perdió. “El Reformismo Militar” -en Honduras- se ahogó en la sangre de
los inocentes de Olancho y en las lágrimas de los salvadoreños expulsados en
forma ingrata desde territorio hondureño. Y aunque regresamos al estado de
derecho con la inauguración de un gobierno civil en 1982, jamás hemos podido eliminar
los problemas que impiden nuestro desarrollo. Seguimos –con una población triplicada– siendo el país de menor
desarrollo de Centroamérica.
En vez
de la guerra precedida de las conductas inamistosas por ambas partes, lo
cerebral y correcto es la rectificación. No
pueden seguir creyendo que Honduras es conquistable con pedazos de dulce de
panela. O que El Salvador va dejar de imaginar que le queremos invadir
militarmente cada vez que un desfile de nuestros burócratas uniformados se
coloca frente a sus ojos. El mundo
requiere actitudes nuevas para enfrentar los retos que no tienen límites y que no se detienen en
las fronteras.
Esta
es la época de la cooperación constructiva, de la competencia bajo reglas
claras. Sin cartas marcadas bajo la mesa. El tiempo de las trampas infantiles,
el juego de querer entrar por la puerta de la cocina, abandonando lo principal
donde esperan los saludos fraternos, es una estupidez.
Aunque los hondureños no son santos y en 1969 no siempre fueron justos con los salvadoreños que vivían en Honduras y que contribuían al desarrollo de nuestro país, este no es el momento de la revancha o el resentimiento ciego. Es la hora de ver hacia adelante. Cooperando las dos naciones, para construir el futuro común.
La Prensa, SPS, Honduras 9 de julio de 2026.

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