Contracorriente: MUJERES MAL HABLADAS
Juan Ramón Martínez
La política es para Max Weber una vocación. Que
impone una misión y una energía singulares. En las primeras clases de Ciencias
Políticas, nos enseñaron que era tan buena como el sacerdocio. Obliga a la
ejemplaridad, porque quien hace política, enseña con todo. El sacerdote con la
sotana –dicen los miembros de la Fraternidad de Pio X– porque esta es una
bandera. El político con su vida, que es un mapa de acciones destinadas a
lograr el bien común. Por supuesto, frente a la política, hay una “anti política”.
Buenos y malos políticos. Mientras la política es sacrificio, la segunda es
oportunidad. La primera construye el bien común. La segunda rompe la piñata, se
vive del dinero público y abusando del poder, se navega en las aguas bravas de
la corrupción, gozando los beneficios tentadores de lo mal habido.
Conversando con el Arzobispo de Tegucigalpa
Monseñor José Vicente Nácher, le decía que en Honduras necesitamos santos, a
quienes admirar por sus virtudes heroicas, que orienten a las nuevas
generaciones. Concedimos que la santidad es ejemplaridad y motivación para
servir a los otros. Ahora los jóvenes no tienen ejemplos que imitar. Abundan
los anti ejemplos. Los delincuentes reciben más espacio en las noticias que los
que se portan bien y respetan las normas sociales y cumplen la ley.
Monseñor José Vicente agregó: también
necesitamos políticos ejemplares. Asentí. Le conté que había estado leyendo
sobre el “Opus Dei” y que a partir de su idea que la santidad, se puede lograr
en el trabajo, pensaba que, en este momento, había que animar que la política
–como reto– debía ser un espacio para lograr la santidad. La ejemplaridad en
los comportamientos.
Desde entonces, estos días de la semana he
estado hablando con Roberto Vallejo sobre el tema. Vallejo es metódico,
reflexivo, casi un santo varón; pero no le suenan bien mis pretensiones
religiosas. Menos cuando le diferencio un cristianismo simbólicamente centrado
en la cruz, con un Jesucristo muerto y dolorosamente ofendido y otro, en la
Santa Cena –lo litúrgico agrego Monseñor Nácher– que incita a la
comunión; pero se anima cuando le digo que al pueblo le apasiona la Virgen
María y el Cristo Negro.
No le he contado; pero he estado a punto de
hacerlo que Arístides Calvany ex Canciller de Venezuela con Rafael Caldera, que
fuera nuestro profesor de Ciencias Políticas en el IFEDEC en Caracas y muerto
en un accidente aéreo junto a su esposa en Guatemala, varios movimientos
católicos quieren iniciar en Roma un proceso para elevarlo a los altares. Y
colocarlo entre los hombres ejemplares, como políticos y funcionarios. Es
probable que este esfuerzo tenga éxito –como me escribe David Trejo, católico y
político salvadoreño, ex diputado social cristiano– similar al que acaba de
lograr el doctor Hernández, el médico de los pobres, elevado al Santoral
Católico.
La santidad en política no es imposible. En
estos momentos de crisis urgimos de personalidades ejemplares en la política,
que no busquen el beneficio personal, no se enriquezcan en el poder -robando el
dinero público-; irrespeten la ley más bien se dediquen al mejoramiento del
bien común, es decir a la consolidación de las condiciones que hagan posible
que los individuos y la sociedad en general, puedan pasar de unas condiciones
menos humanas a otras más humanas. Y que no animen a la división y la pelea.
El escenario político está lleno de diablos.
Predominan los oportunistas, los vividores los ladrones y traidores. Las
conductas ejemplares son excepcionales. Pocos, por cierto. No tengo cifras. Hay
que hacer cuentas prolijas. Pero vidas ejemplares como Cabañas, no se repiten.
Se celebran muy poco entre nosotros.
Le contaba a Rodrigo Wong Arévalo, después del
programa Cara a Cara en Canal 10, que cuando Vicente Mejía Colindres dejó la
Presidencia de la República, sus amigos hicieron una colecta para comprarle una
casa en La Esperanza, porque no tenía donde residir. Ahora, los que han sido
presidentes, no vuelven a trabajar jamás en la vida. La Partida Confidencial,
que es un pasaporte vitalicio para el robo en despoblado. Les da cifras
estratosféricas. Sin rendir cuentas
Veamos el lenguaje. Los santos, no son mal hablados. Los buenos políticos tampoco. Pero ahora cuando tres mujeres, Julia Talbot, Alia Kafaty e Iroshka Elvir, intercambian improperios, nos damos cuenta espantados que hemos avanzado hacia el precipicio. Antes eran los hombres los vulgares. Ahora, las mujeres hablan como el diablo. Y se ofenden entre sí y nos ofenden a todos. Cerrando las puertas del infierno donde estamos encarcelados.

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