Cosas del español (84): UN MUNDO NUEVO
Domingo Cultural
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Las primeras palabras nacidas en el continente
americano que retornaron a España, enriqueciendo la lengua peninsular, lo
hicieron de la mano de cronistas, navegantes, exploradores y poetas que, como
el propio Colón, las incluyeron en los escritos dedicados a recoger sus
impresiones sobre el Nuevo Mundo.
Las obras de fray Bartolomé de las Casas (Historia
de las Indias), Díaz del Castillo (Historia verdadera), o
las cartas que envió Hernan Cortés a las autoridades españolas -algunas de la
reina Juana y al emperador- se encuentran entre las que tienen mas fama, pero
la nómina es muy extensa. La integran nombres como Pedro Martír de Anglería,
Juan de Castellanos, Gonzalo Fernández de Oviedo, José de Acosta o Alonso de
Ercilla, autor del poema épico La Araucana.
Todos ellos contribuyeron a la difusión de
indigenismos que designaban las realidades desconocidas en el Viejo Continente.
Muchos de estos términos hacían referencia al mundo animal y vegetal autóctono,
otros estaban relacionados con fenómenos naturales o designaban objetos de uso
cotidiano y formas de vida y organización social particulares de aquellas
tierras.
Dado que el primer desembarco de Colón tuvo
lugar en el área antillana, la influencia del vocabulario de los pobladores de
esta región en el léxico de los recién llegados fue muy temprana. Las lenguas
del grupo caribe y algunas otras como el taíno, de la familia arahuaca,
prestaron numerosos términos al castellano ya desde los momentos inmediatamente
posteriores a la colonización. Junto con ají, hamaca o canoa,
son voces derivadas del taíno caimán, bohío, maíz (de mahís),
huracán o nagua (a partir de la cual se creó enagua).
Proceden del caribe cacique, sabana, caoba, barbacoa, loro (de roro)
o piragua.
Los españoles fueron entrando en contacto con
las grandes culturas americanas, de las que tomaron otros términos. Muchos de
ellos proceden del quechua, que fue la lengua del Imperio Inca y del náhuatl,
lengua del Imperio Azteca. Caucho (de kawchu), pisco
(de pishku), cóndor (de cúntur) o vicuña
(de vicunna) derivan del primero, mientras que voces tan comunes
como cacao (de cacáhua), chicle (de tzictli)
o tomate (de tomatl) proceden del náhuatl, que ha
pervivido en diversas zonas de Mexico. Idéntica filiación presentan copal
(de copalli), hule (de ulli), jícara
(de xicalli, ´vaso hecho de la corteza del fruto de la güira´) o petate
(de petlatl, ´estera´). Aunque su etimología es discutida,
probablemente también chocolate sea una voz náhuatl (de xocoatl,
integrado por xoco, ´amargo´, y atl, ´agua´, pues
las aztecas lo consumían como bebida aromatizada con especies).
Otras lenguas amerindias como las
tupí-guaraníes, el araucano, el aimara o el chibcha también aportaron
indigenismos al castellano. La influencia es tan diversa que, a veces, se
emplean dos voces de distinto origen para designar una misma realidad. Del quechua
procede palta, utilizada en el Cono Sur y en Perú, que designa al
aguacate, préstamo del náhuatl. Cacahuate, del
náhuatl cacáhuatl, encuentra correspondencia en maní,
voz propia del área antillana. Mención especial merece un españolismo como
patata, que es un híbrido, un cruce entre batata, quizá de origen
taíno, y el quechua papa.
Se hace difícil imaginar nuestra lengua y el
mundo que hoy conocemos antes de la epopeya colombina.
(Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs. 209, 210 y 211).

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