Contracorriente: ESTADO INÚTIL, PUEBLO POBRE

Juan Ramón Martínez 

Desde 1950, se inició en Honduras un modelo de estado empobrecedor. En las primeras décadas, se justificó interviniendo en el mejoramiento social y económico de las condiciones de vida de los hondureños. Pasamos entonces del estado indiferente y distante al “estado social”, interesado en los menos favorecidos y en las soluciones para atender a las mayorías. Se le dieron barniz a las orillas; pero el centro empeoro. Empezó dando señales de ineficiencia  disimulando cobros anticipados a los productores.

Desde 1975 se puso la careta de “reformista”. Quiso manejar y dirigir la economía, volviéndose el hipócrita que disimulaba un hecho que pocos prestaron atención: empezó a gastar más de lo que recibía. Y vía el endeudamiento y las donaciones, estableció un modelo que al final, no es sostenible porque opera en forma deficitaria: endeudándose para pagar las deudas.

No solo es la corrupción el problema. Porque aunque lográramos que los burócratas fueran unos santos, los políticos unos ángeles; y los cajeros fueran unos vírgenes impolutas, no habría dinero suficiente para sostener el aparato gubernamental y desarrollar al país. Menos para financiar los servicios a los que nos hemos acostumbrado. Es decir que aunque se produjera el milagro que los ladrones no se robaran un lempira, no tendríamos dinero suficiente para subvenir nuestras necesidades.

Es decir, no es cosa de presupuesto. Es un problema elemental, un ejercicio de fin de semana. El problema es que tenemos un modelo de estado destructor, que vive de los pobres y que explota a los productores, en forma que no hay un sistema de convivencia alguna. Si no cambiamos el modelo de estado depredador ebrio y despilfarrador, por otro austero, pequeño, descentralizado, menos intervencionista y creamos un mercado dinámico que maneje la iniciativa privada, aquí siempre tendremos en operación una sociedad de la pobreza, que la justifica y sostiene con subsidios engañosos y con servicios de precio alzado.

Hasta 1963, teníamos unas municipalidades pequeñas. De razonable costo operativo que manejaba la educación, vigilaba la salud y la seguridad  ciudadana. Pasamos esas funciones a Tegucigalpa, y desde aquí, dirigen a los maestros, pagan a los doctores y mantienen a los policías y militares que viven felices cuando mentirosos incorregibles dicen que trabajan por nuestra seguridad. Sin que les controlemos.

La centralización coincidió con el crecimiento de la población, el aumento de los costos de las exigencias de la vida; y los sueldos incontrolables de los burócratas improductivos. Aumentaron en forma tal, que resulta una carga insoportable. Desde 1973, al establecerse la jornada única, los profesores, los doctores y los demás burócratas redujeron su jornada a la mitad. Por esa vía, duplicaron salarios: muchos maestros tienen dos jornadas pagadas, igual que los médicos, las enfermeras y los vigilantes cuando antes pagábamos un solo salario.

La producción no ha crecido en la proporción debida para sostener un estado despilfarrador. Cambiar un foco necesita tres operarios. Y para reparar una avería del agua potable, hay dos supervisores: uno que supervisa al supervisor. El tamaño del gasto público, no tiene relación con la producción nacional.

No hay otra alternativa: disminuimos el costo del gobierno y mejoramos la inversión para que la producción y el empleo mejoren; o aumentamos la productividad media de los hondureños para financiar a un estado despilfarrador y arrogante.

Honduras puede operar con una burocracia más eficiente. Y más pequeña. El problema es ¿dé que van a vivir? Los mejores están capacitados para subsistir bajo el sobaco público que cada cuatro años, como tapas de pastel amargo,  coloca una encima de la otra los correligionarios, hasta que llega un momento que la mesa se rompe. Cada cuatro años, tenemos nuevos ricos; y nuevos aspirantes a serlo.

La política no es aquí acción para hacer de lo imposible algo posible. Los políticos no multiplican los peces. Tampoco los panes. Cada día los hacen más pequeños; o se roban los canastos de los inocentes que los descuidan en las orillas de los lagos inseguros. Vivimos con un modelo de estado que nos está comiendo cada día que pasa. Tanto por indolencia como porque creemos que no hay alternativa.

Hay salidas. Tenemos que reducir el costo del gobierno, volverlo eficiente y además, buscar mediante estímulos ordenados, provocar aumentos de la productividad. Mientras nos sigamos engañando discutiendo el presupuesto nada pasará. Es necesario producir un nuevo motor estado, pequeño y eficiente, en que la administración cueste menos y los burócratas rindan más. No hay alternativa. Equivocarse: más pobreza. 

En el 2002 nos condonaron la deuda externa. 24 años después, estamos peor: más endeudados. Rebeca con 20 camionetas blindadas.

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