Contracorriente: ORDENAR Y CONSTRUIR OTRA HONDURAS

Juan Ramón Martínez

No hay que hacer del “Juicio Político” un espectáculo para la holganza. O para la renuncia de nuestras responsabilidades. Honduras además de los daños que Mel y sus compañeros le ha inferido, tiene problemas de carácter estructural que hay que atender. Además de las exigencias coyunturales que plantean las circunstancias actuales. De manera que no hay que embrocarnos todos en el espectáculo del Congreso; y cruzarnos de brazos. Todo lo contrario. Hay que dejar que los diputados hagan sus tareas –para eso les pagamos– y el resto debemos enfrentar los retos de una estructura económica lenta y poco productiva, para aumentar los índices de inversión creando riqueza y empleo necesario para una población que está creciendo en forma inesperada. O por lo menos no anticipada por los planificadores del país.

Tenemos que entender que el sistema educativo está colapsado. Aporta más funcionarios públicos y empleados que creadores de riqueza: hombres y mujeres que sientan placer en la aventura del riesgo y la creatividad en una sociedad inestable. Que no forja el carácter. Que más bien, fortalece la dependencia, el lamento colectivo y la falta de esperanza. Tenemos más abogados de los que necesitamos. En tanto nos faltan ingenieros que construyan edificaciones civiles, construyan carreteras rectas e inventen soluciones para reducir los costos en las vías, aumentando la durabilidad de las mismas. Ahora que han proliferado las viviendas verticales, hay que reflexionar sobre la seguridad de los apartamentos, la fortaleza de los edificios para soportar temblores; y la capacidad de los bomberos para atender los incendios y la evacuación de personas en circunstancias de peligro. Ingenieros que estudien las aguas, construyan represas y aporten soluciones baratas para las comunidades pequeñas. Y los más importante: urbanistas que modifiquen el gusto de los hondureños por vivir separados en el campo; y suprimir la insistencia de poner “negocios” en las orilla de las carreteras comprometiendo el “derecho de vía” y utilizando como suyas las calles y aceras de las residencias urbanas.

Hay que formar administradores de hospitales, de empresas agrícolas; e industriales. Hay que formar negociadores inteligentes y hábiles para buscar alianzas con el capital externo, de forma que podamos aprovechar las oportunidades que tiene el país, por su cercanía a mercados de alta demanda y elevada capacidad de compra.

Hay que revisar que hemos hecho mal. Para aprender y rectificar. Creemos que no debemos conformarnos con la exportación de mano de obra. Debemos animar al hondureño para que  se quede aquí; y que no se prepare para servir otras economías. Es necesario aumentar la confianza del hondureño, mejorando la seguridad jurídica, para que de nuevo controle el espacio público que en los últimos tiempos está en manos de los delincuentes. La mayoría “egresados” de un sistema educativo que no les dio formación cívica y ciudadana, sino que enseñó a triunfar de la forma que fuera, incluso pasando por encima de la ley y las convenciones sociales.

Necesitamos formar una nueva clase política, que más que “chambera”, tenga vocación de servicio. Los partidos no pueden seguir siendo agencias de empleo; ni menos instancias de descalificación y rechazo de los que se sienten orgullosos de sus saberes y competencias, para disputar con todos, en términos de igualdad.

El tema de la competitividad del hondureño no ha sido estudiado suficientemente. Hace cincuenta años, había más competencia deportiva que ahora. Los torneos deportivos entre los colegios de la capital: Central, San Miguel, San Francisco y La Americana, han dejado de mantener en la mente colectiva que el esfuerzo, la dedicación y la disciplina son superiores al talento mismo. Que el éxito no es fruto de la suerte sino de su búsqueda ordenada. Solo ha quedado el fútbol que incluso la violencia ha hecho que los estadios, contrario a otros países, estén vacíos  por el temor al asalto y la agresión de personas indeseables e irrespetuosas.

Es inevitable concluir que para hacer que el país camine más rápido que hasta ahora, necesitamos reconstruir las familias -- resaltando la presencia del padre responsable --, mejorando las escuelas colegios y universidades; y haciendo de los medios de comunicación social, un espacio de celebración del trabajo creativo, los análisis juiciosos y el compromiso para lograr resultados dentro de la decencia, el respeto de la ley y la conveniencia nacional. Es inevitable reconocer eso sí, que nada será factible si no producimos una nueva clase política que entienda que la política es algo más que “el amen”, o el camino de la riqueza personal. Que además de clase, tenga decencia, vergüenza y honradez.

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