Los nuestros: ROBERTO SOSA, EL POETA DEL SIGLO XX

Juan Ramón Martínez 

Roberto Sosa nació en la ciudad de Yoro, cabecera del departamento del mismo nombre el 18 de abril de 1930. En su casa –construida de lodo y tierra y en el modelo del bahareque- hay una placa que hace constatar el hecho. Está a menos de cien metros de donde descansan los restos del Santo de los indios más pobres de Honduras, -Manuel Subirana-, en la Iglesia de la comunidad en donde llueven peces, una vez al año, religiosamente. Fue hijo de una hondureña y de un salvadoreño “nacido en Cuscatlán” y atraído al mundo bananero por las noticias que allá sonaron sobre el oro de Honduras. Fue escolar en Yoro. E inició estudios secundarios en el “Manuel Bonilla de La Ceiba” que interrumpió por motivos familiares. Concluyó su bachillerato en Ciencias y Letras en San Pedro Sula.

Viajó a Tegucigalpa donde se estableció. La vena poética que le palpitaba en el pecho, se desarrolló en Tegucigalpa. En 1963, dijo Andrés Morris –español que daba clases de literatura en la Escuela Superior del Profesorado y animaba el más generoso esfuerzo por revivir el teatro en Honduras- que Roberto Sosa, Julio Escoto y Rodolfo Sorto eran lo mejor que tenía Honduras y que Sosa -de 30 años-, sin duda serie el gran poeta del siglo XX. Para entonces había publicado Caligramas y Muros, sus cartas de presentación.

Sosa supo desde el principio que la ruta no era fácil. La literatura no tenía entonces -y ahora tampoco– espacios de libertad para dejarla que camine descuidando las urgencias de la existencia humana. Trabajó en Salud Pública y desde aquí, con  la solidaridad de Oscar Acosta, entró en el mundo de las revistas y su difícil distribución. Lograr anuncios para que ellas sobrevivieran, fue tarea difícil en la que Sosa probó su templo. De la batalla, no salió indemne. Las negativas de los anunciantes, las excusas de los libreros y el menosprecio del arte por los burócratas, moldearon su carácter. Si era un hombre de hablar suave, tímido por momentos y esquivo en el trato hacia los extraños, aquí forjó una visión de Honduras y de su gente que lo volvió escéptico, crítico y en momentos mordaz y vidrioso. La poesía, la poesía de Sosa –iracunda y colérica- bajo a la calle y junto al verso certero también tuvo oportunidad para la metáfora del apodo. Refieren que los inventaba y después entre amigos, competían a quien se lo atribuían con una generosidad nunca antes vista en la capital de Honduras. Fue una de las múltiples formas de retar al poder y darle a la imaginación la oportunidad de la burla, para intentar doblegar a los que no podía dominar. Y para reírse de todos. Por ello, su poesía  -sus críticas y sus delaciones- tienen como el eje central el tema del poder. Son “Los Pobres” los que sufren el abandono y los excesos del poder, y son ellos los que muestran sus debilidades cuando construyen un “Mundo Para Todos Dividido”. Sosa se convierte entonces, en el poeta que enfrenta las locuras del poder, primero con ternura y después con dureza. Tiene que pagar por ello. En lo mejor de su poesía, no se rinde y mantiene guardada y protegida la ternura de las cornadas de la ingratitud y la palabra vuela, sin volverse panfleto o declaración. En sus últimos libros, especialmente “Secreto Militar” deja la puerta abierta al enemigo y este le hace daño a su palabra, a su poesía, disminuyendo su calidad de hombre y de conservador de sus ternuras. Sabía que nadie sale indemne cuando se enfrenta solo al poder.

En lo peor de los tiempos confortativos, deja la UNAH y emigra del país. Encuentra en Estados Unidos espacio para estudiar y ensayar. Al regresar continúa su labor infatigable, defendiendo el oficio que lo hace, sin ningún género de dudas, la mejor voz poética de Honduras después de Juan Ramon Molina. Algunos creen que caminando a su lado Edilberto Cardona Bulnes, que igual que Sosa enfrentó al poder, en una ciudad más triste que Tegucigalpa; y tampoco se rindió. Aunque sufrió menos embestidas que el poeta nacido en Yoro, meses antes que del cielo cayeron los peces, en una suerte de poesía acuosa y brillante, disparando como flechas los pequeños peces cayendo como palabras vivas sobre las hierbas verdes de los campos solariegos.

Murió en Tegucigalpa el 23 de mayo de 2011. Tenía 81 años y era, cuando la cita mortal del ataque cardíaco lo invita en despoblado, un poeta completo que había dado lo mejor que un hombre de su talento podía darle a Honduras. Fue el mejor del Siglo XX, sin duda alguna.

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