Contracorriente: ENTRE “BABEL” Y LA “CIUDAD DE DIOS”

Juan Ramón Martínez 

La Iglesia Católica -- fiel a su magisterio-- continúa acompañándonos. León XIII, se ocupó de la cuestión obrera. Reclamo ver al hombre, más allá de simple productor de plusvalía. Pio XII en 1929, introdujo la “cuestión social”. Juan XXIII enseñó que somos uno y la Iglesia es maestra para ayudarnos. Y Francisco, llamó la atención sobre la obligación de preservar la “casa común”. Ahora León XIV, urge atender el desarrollo tecnológico y evitar el riesgo que entre Babel y la Ciudad de Dios, tomemos el camino equivocado. Nos invita a “desarmar la palabra, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo; y relanzar el dialogo y el multilaterismo”. 

El Papa está preocupado. Teme al desarrollo tecnológico, al discurso unilateral, al desarrollo incontrolable de la IA, las imposiciones de visiones desde perspectivas post humanistas, en que la mayoría somos cosas de segunda clase, que usemos la tecnología para hacernos daño. Igual que con la “energía nuclear”, ve riegos que si no se controla la revolución tecnológica, el hombre se haga daño, aparezcan visiones totalitarias del poder. Y los fascismos, amenacen y esclavicen a los seres humanos. 

“Magnifica humanitas” aparece en un momento de incertidumbre civilizatoria. No es casual que haya sido publicado cuando parece debatirse entre el deslumbramiento tecnológico y la pérdida de sentido espiritual. En una época donde los algoritmos empiezan a sustituir la deliberación. Y donde la IA amenaza con transformar no solamente el trabajo sino también la conciencia colectiva. Ante esos hechos, el Papa hace una pregunta fundamental: ¿qué significa seguir siendo humanos? 

La grandeza de este texto radica en haber comprendido que el problema no es tecnológico, sino moral. La técnica nunca ha sido neutral. Toda herramienta termina reflejando la visión del mundo de quienes la crean y la controlan. Durante siglos, las sociedades occidentales pensaron que el progreso científico produciría progreso humano. No fue así. El siglo XX, que alcanzó las mayores conquistas científicas, también produjo Auschwitz, Hiroshima y los sistemas de vigilancia totalitaria. 

La IA es una “nueva frontera”. Sus defensores la presentan como la solución definitiva a los límites humanos. León XIV advierte que detrás de esa promesa existe una tentación: reemplazar la dignidad de la persona por la eficiencia de la máquina. Este es el núcleo del debate. Una civilización obsesionada con el rendimiento terminará considerando inútiles a los débiles, a los ancianos, a los pobres y a aquellos que no producen beneficios.  

En Latinoamérica esta discusión es más dramática. No participamos en la revolución industrial. Ahora corremos el riesgo de quedar subordinados a la revolución digital. La dependencia no se medirá por el control de materias primas, sino por el dominio de los datos, los sistemas de información y las plataformas tecnológicas. El nuevo colonialismo no llegará en barcos ni con uniformados, sino en algoritmos diseñados lejos de nuestras necesidades culturales. 

La encíclica no solo condena la tecnología. Reconoce que la IA puede mejorar la medicina, facilitar la educación y ampliar el acceso al conocimiento. El problema es cuando el ser humano deja de ser central; y se convierte en un dato. La tecnología debe servir a la persona y no al contrario. Esa afirmación es una posición revolucionaria. 

Hay otro asunto: crítica la fragmentación moral del mundo. Las sociedades digitales producen individuos hiperconectados pero profundamente aislados. Nunca hubo tanta información: Pero nunca fue tan difícil el diálogo auténtico. Las redes sociales multiplican opiniones, pero reducen la reflexión. La velocidad de la información destruye la capacidad para pensar. El resultado es una cultura impulsiva, incapaz de distinguir entre conocimiento y propaganda. Destruye incluso la belleza de las palabras. 

El peligro es claro. Una humanidad incapaz de contemplar, de leer críticamente; y de construir memoria histórica termina siendo manipulable. Las democracias están amenazadas. No por golpes militares, sino por sistemas invisibles de control psicológico. La libertad no se pierde solamente por la fuerza; también por saturación informática, por dependencia tecnológica; o por simple indiferencia intelectual. 

En ese sentido, la encíclica conecta con una vieja tradición humanista que defiende la centralidad de la conciencia moral frente a las estructuras del poder. Desde el Renacimiento el “Humanismo” insistió en que el hombre no podía reducirse a una cifra económica; ni a una función productiva. La encíclica recupera esa herencia. Y la proyecta hacia el siglo XXI. 

“Magnifica humanitas” nos recuerda que el futuro todavía está en nuestras manos. No son inevitables todos los cambios tecnológicos. La IA es controlable. Podemos decidir qué tipo de civilización deseamos mantener. 

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