Cosas del español (92): A MAL TIEMPO, BUENA CARA

Las redes sociales, en las que prima la economía del lenguaje, han recurrido a representaciones icónicas para complementar el texto. Hablamos de los emoticonos, formas de comunicación características de los medios digitales y que introducen matices o añaden complicidades en el mensaje.

La palabra procede del inglés emoticon, acrónimo de los términos emotion (´emoción´) e icon (´icono´). En origen, el emoticono era una combinación de signos del teclado alfabético con la que se representaban de forma esquemática determinadas emociones o sencillos objetos con el fin de transmitir una idea o un estado de ánimo. Para entender el mensaje bastaba con inclinar un poco la cabeza. Enseguida, las aplicaciones informáticas se encargaron de transformar automáticamente la secuencia de puntos, guiones y paréntesis en pequeñas caras (estas imágenes se denominan emojis):

Alegría :) →😊

Tristeza :( →☹

Ironía ;) → 😉

Aunque los emoticonos son elementos característicos del lenguaje escrito, acercan a quien recurre a ellos al ámbito de la oralidad, en ese estilo híbrido de comunicación que es típico de las aplicaciones de mensajería digital. Poseen idéntica función a la que, en una conversación entre interlocutores que se están viendo, se atribuye a un gesto facial, al cambio en la entonación o en el volumen de la voz, o a determinado movimiento del cuerpo, en definitiva, a la llamada comunicación no verbal, campo de estudio de la pragmática.

Un gesto de ironía actúa como comodín que permite reinterpretar la intención del emisor y quitar hierro a lo dicho con apariencia de brusquedad. Los emoticonos expresan perplejidad, indican que uno despliega la paciencia de un santo, pero también que, rojo de ira, está a punto de estallar, que hace frío, llega el sueño o algo da que pensar, que estamos enfermos o pedimos discreción… Siempre hay una cara oportuna a la que recurrir. Pero no todo son gestos y rostros, existe un amplio catálogo de animales, objetos y figuras que, como refuerzo de la palabra, van trazando el contexto del mensaje que se quiere trasladar. Un puño cerrado, unas manos que aplauden, un pequeño mono que se tapa los ojos o dos jarras de cerveza que entrechocan permiten empatizar con el receptor en momentos difíciles y desearle ánimo, compartir la alegría de sus éxitos, expresar vergüenza o entender que hay cita con los amigos.

En definitiva, estas imágenes potencian la función expresiva del lenguaje en un contexto en que los códigos comunicativos, incluso tratándose de mensajes objetivos, se resisten a ser del todo asépticos. Los emiticonos, elementos de expresión subjetiva, aunque puedan expresar sentimientos universales, son producto de la convención y tienen una importante carga cultural.

(Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs., 230 y 231).

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