CUATRO CENTROAMERICANOS EN THE CAMBRIDGE HISTORY OF LATIN AMERICAN LITERATURE
Jorge Eduardo Arellano (*)
Autores
varios: Historia de la literatura hispanoamericana. Tomo II: El siglo
XX. Madrid, Editorial Gredos, 2006. 784 p.
Editada por los scholars Roberto
González Echeverría y Enrique Pupo-Walker, consiste en una traducción de The
Cambridge History of Latin American Literature (1996), a cargo de Ana
Santoja Querol y Consuelo Triviño Anzola. Su original inglés fue posible
gracias a una beca de tres años otorgada a González Echeverría y a Pupo-Walker
por el Fondo Nacional para las Humanidades de los Estados Unidos y a otra por un
año de la Fundación Rockefeller. Además, durante los cinco años que duró el
proyecto, tuvo el apoyo del Centro para Estudios Iberoamericanos de la
Universidad de Vanderbilt y del Departamento de Español y Portugués de la
Universidad de Yale.
Dieciséis suman sus autores (todos catedráticos
de universidades estadounidenses) y diecisiete sus extensos capítulos. En
cuatro de ellos son estudiados, más o menos a fondo, los centroamericanos Rubén
Darío, Miguel Ángel Asturias, Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal. Además,
es citado el nombre de Rodrigo Rey Rosa, narrador guatemalteco como Asturias.
RUBÉN DARÍO
Kathy L. Jrade ––de la Universidad de Vanderbilt–– analiza
"La poesía modernista" (pp. 95-137). Autora de Modernismo,
Modernity and the Development and the Spanish American Literature (Austin,
University of Texas Press, 1998), traza una muy apreciable y resumida
trayectoria poética-biográfica de Darío (pp. 60-75), no exenta de algunos
errorcillos. "Poco después de su nacimiento, sus padres se separaron"
afirmó; sin embargo, al nacer en "una pequeña ciudad" [el villorrio
de Metapa] ya Rosa Sarmiento y Manuel Darío estaban separados. Y exagerada e
imprecisa resulta esta otra afirmación de Jrade: "La vida peripatética lo
llevó por todos los rincones del mundo hispánico, en la mayoría de los casos,
por la necesidad económica". Eso sí: interpreta correctamente los
principales poemas de Azul… (1888), Prosas profanas (1896), Cantos
de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907) y El canto
a la Argentina y otros poemas (1910).
En concreto, considera el "Canto a la
Argentina" "una obra maestra de la poesía cívica que revela vínculos
ocultos con otra literatura hispanoamericana. Su visión es de largo alcance y
lo incluye todo, se mueve libremente por escenas de la mitología griega hasta
alcanzar los campos de trigo de las Pampas y a los inmigrantes más recientes
que buscaban alivio y sustento en su nueva patria. Mientras que algunas
secciones son patrióticas y grandilocuentes, otras son intimistas y líricas. Su
exuberancia general, sin embargo, se expresa a través de una abundancia de
imágenes y una descripción detallada y elaborada. Todos estos elementos, el
tono, las imágenes y, en cierta medida, los temas, recuerdan la Historia
General y Natural de las Indias de Oviedo, 'A la piña' de Zequeira y
Arango, 'La agricultura de la zona tórrida' de Bello, las Odas seculares de
Lugones, así como algunas secciones del Canto general de Neruda, con
su impulso de reescribir la historia, incluir al hombre medio y afirmar una
nueva perspectiva hispanoamericana. Esta perspectiva, aunque enraizada en el
pasado, tomó forma y fuerza dentro del movimiento modernista".
Aníbal González ––de la Universidad del Estado de
Pensilvania–– estudia "La prosa modernista" (pp. 95-137), no pudiendo
dejar de reconocer el valor pionero de Los Raros (1896) y los libros de
crónicas de Darío: España contemporánea y Peregrinaciones (ambos
de 1901), La caravana pasa (1903), Tierras solares (1904) y El
viaje a Nicaragua… (1909). "Todas ellas se caracterizan por una
prosa muy cuidada y todavía merece la pena leerlas, sobre todo por lo que nos
revelan de su vida interior. En ellas, Darío se nos representa como un
'peregrino' (aunque su destino final no queda claro, un personaje errante y
patético ––a veces un exiliado y a veces un apátrida–– prisionero de su propia
celebridad. Precisamente, la mayor diferencia entre las crónicas de Darío y las
de sus predecesores está en el tono autobiográfico y confesional de este.
Surgido de motivaciones literario-históricas y personales. A diferencia de
Martí, Darío había empezado a emocionarse con las obras de los decadentes
franceses de finales de siglo, como con la novela de Joris Karl Huysman À
rebours y en la prosa de Los Raros". Y prosigue:
Sin embargo, a Darío le influyó mucho (al igual
que otros modernistas) la guerra de Cuba de 1898 y las muertes de los primeros
modernistas (Julián del Casal en 1893, Gutiérrez Nájera y Martí en 1895 y José
Asunción Silva en 1896). Además, Darío comenzó a alejarse del «Decadentismo» y
sintió la necesidad de cambiar su actitud y dar a sus escritos más pertinencia
social. Este impulso es claramente visible en sus crónicas de viajes,
especialmente El viaje a Nicaragua, en el que Darío intenta reconciliar
su problemática personalidad y su celebridad (y las crecientes
responsabilidades sociales que traía), a la vez que describe su regreso
triunfal a su país nativo en 1907.
Como todas las crónicas modernistas, El
viaje a Nicaragua tiene diferentes niveles de interpretación: en apariencia
es simplemente la narración de un viaje; en un nivel más profundo, se trata de
la historia de una conversión; y aún tiene un nivel más, que es una meditación
sobre el significado de la historia en el contexto de las cuestiones que tienen
que ver con el regreso. Como narración de viaje, el texto de Darío describe en
parte el itinerario del poeta desde su salida de Le Havre en Francia hasta su
llegada al puerto de Corinto, Nicaragua, tras una breve parada en Nueva York
(capítulo I), y la visita de Darío a las ciudades nicaragüenses de Masaya
(capítulo 9) y León (capítulo 10). Darío también dedica un capítulo a la
descripción de su visita a una plantación de café (capítulo 2). Los otros siete
capítulos del libro forman una breve historia cultural de Nicaragua que cubre
aspectos tan variados como la variedad étnica de los nicaragüenses (capítulo
3), los orígenes y desarrollo de la literatura nicaragüense (capítulo 4) y las
características de las mujeres nicaragüenses (capítulo 7).
Lo que da unidad estilística a todas estas
secciones es el «yo» de Darío, que viaja por el texto coordinando, explicando,
citando fuentes tan diversas como el cronista colonial Francisco López de
Gómara (1510-1572) o el historiador nicaragüense José Dolores Gámez
[1851-1918]. Este no es, sin embargo, el yo altivo del filólogo o el crítico;
el de Darío es mucho más humilde y débil; es un «yo» en busca de la paz y la
felicidad. Al referirse a las plantaciones de café, Darío afirma: «Más de una
vez he pensado que la felicidad se puede encontrar en uno de esos deliciosos
paraísos, y que un cierto peregrino inquieto y apasionado podría haber
encontrado refugio en esos reinos desconocidos en vez de atravesar la vasta
tierra en busca de ideales inalcanzables y de una paz inexistente».
El viaje a Nicaragua está estructurado en torno a un
«yo» autobiográfico y cuenta la historia de su búsqueda de la paz como una
peregrinación, un regreso al origen y una búsqueda de la renovación. No es
sorprendente en este contexto que Darío «orientalice» Nicaragua en sus descripciones,
ya que Oriente simbolizaba, en la filología romántica que Darío y los
modernistas heredaron, el origen de la civilización humana y la fuente de la
renovación espiritual y cultural. En una fiebre orientalista, Darío compara a
los soldados nicaragüenses con los del Mikado y la ciudad de Masaya con Bagdad.
La cosecha número uno en exportación de Nicaragua, el café, que crece entre
montañas volcánicas, simbolizaba para Darío la capacidad de la naturaleza
nicaragüense para dar un nuevo vigor a sus poderes poéticos: «Una buena taza de
esa bebida negra, bien preparada, contiene tantos problemas y poemas como un
bote de tinta».
Otro aspecto interesante de El viaje a
Nicaragua es el contraste explícito que hace Darío entre su país y los
Estados Unidos, específicamente Nueva York, que acaba de visitar en su camino a
su patria. El contraste se explica, sobre todo, en términos de temporalidad e
historia. Nicaragua, más cerca del Origen, es también un lugar de «tiempo
congelado» (según las palabras de Darío), donde el tiempo se paró desde el
Génesis y la naturaleza reina en un silencio y una armonía numinosos. En Nueva
York, por otra parte, donde reina el «progreso», todo está en continuo
movimiento: las multitudes se apresuran por grandes avenidas cumpliendo
encargos incomprensibles; ascensores turbo se disparan hasta la cima de enormes
edificios; el tiempo parece fragmentado y rápido y la falta de armonía y la
decadencia son la norma. Nicaragua es la tierra de los poetas y la poesía;
Nueva York es «la vasta capital del cheque». En todo caso, la actitud de Darío
hacia el «progreso» económico e industrial (representada por sus comentarios
sobre Nueva York) es ambigua; en otros textos alaba al presidente nicaragüense
José Santos Zelaya por aumentar el comercio y la industria de su país y
––aunque nos sorprenda de un autor que en Azul... se refiere con
desprecio a «el rey burgués»–– expresa su aprobación ante el poder del dinero:
«Hoy como siempre el dinero hace la poesía, llena de belleza nuestra
existencia, trae cultura y progreso, embellece nuestras ciudades y da una
felicidad relativa a los trabajadores».
González no puede tampoco prescindir, como
ejemplos renovadores de la prosa modernista, cuatro cuentos de Darío:
"Thanathopia" [sic, pues ya fue descubierto su verdadero título
"Thanathofobia"], "La pesadilla de Honorio", "La
larva" y "Huitzilopoxtli", que no es un intento fallido de darle
sentido a la Revolución Mexicana, pues Darío ve en dicho acontecimiento
"un acto de inmolaciones masivas al estilo de los sacrificios
aztecas" (p. 110).
La Vanguardia nicaragüense
El tercer capítulo de esta Historia de la
Literatura Hispanoamericana se titula "La Vanguardia y sus
implicaciones" (pp. 138-159) y lo escribió Hugo J. Verani ––de la
Universidad de California, Davis–– quien dedica este párrafo significativo a
nuestro país (p. 154): "En Nicaragua encontramos el único grupo
deliberadamente programático en América Central, que revivía patrones
iconoclastas que nos recuerdan a los movimientos de principios de los años 20. José
Coronel Urtecho preparó el camino con la publicación en 1927 de ‘Oda a
Rubén Darío’, el primer ejemplo del esfuerzo en curso por romper con las
tradiciones heredadas, un rechazo de la herencia más grande de la poesía
latinoamericana, la de Darío. Como consecuencia, otros jóvenes escritores,
especialmente Joaquín Pasos y Pablo Antonio Cuadra se le unieron
para desquiciar deliberadamente las categorías literarias típicas. Revivieron
las características distintivas de la primera Vanguardia: fundaron un grupo en
1931, bajo el título Vanguardia e incluso una Anti-Academia nicaragüense para
atraer seguidores, lanzar manifiestos, mostrar su rabia en público, etc., hasta
que terminó en 1933. Este fermento de actividad llevó a un desarrollo de la
renovación de la cultura de importancia primaria, enraizada profundamente en
las dimensiones vernáculas del país, a la vez que asimilaba el carácter
distintivo de la época. Poemas nicaragüenses de Cuadra sigue siendo un
ejemplo de pericia literaria de primera línea".
En las restantes colaboraciones específicas no
se localizan datos relacionados con escritores centroamericanos. Me refiero a
"La literatura indigenista", por René Prieto (pp. 160-184); "La
literatura afrohispanoamericana", por Vera M. Kutzinski (pp. 185-213);
"La novela criollista", por Carlos J. Alonso (pp. 214-230); "La
novela de la revolución mexicana", por John Rutherford (pp. 231-243);
"La novela hispanoamericana desde 1950 hasta 1975", por Randolph D.
Pope (pp. 244-294); y " La novela hispanoamericana de 1975 a 1990",
por Gustavo Pellón (pp. 295-317). Apenas en otro capítulo, el excelente ensayo
de José Quiroga de la Universidad de George Washington, "La poesía
hispanoamericana entre 1922 y 1975" (pp. 318-373) se incluyen valoraciones
––desconocidas en Nicaragua–– de dos voces: las de Pablo Antonio Cuadra y
Ernesto Cardenal.
PABLO ANTONIO CUADRA
Sobre el primero, ubicándolo en su contexto histórico
anota Quiroga: "El cambio en el lenguaje poético que los críticos sitúan
hacia el comienzo de la década de los cuarenta, es el resultado de una nueva
generación de poetas nacidos entre 2010 y 2023: el cubano José Lezama Lima
(1910-1976), el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), el
mexicano Octavio Paz (1914-1918) y el chileno Nicanor Parra
(1914). La estética de este período va desde el hermetismo de Lezama Lima al
coloquialismo de Parra, y a las escenas nicaragüenses de Pablo Antonio
Cuadra, quien delimitó los temas básicos de su poesía muy pronto. En
cambio, Paz y Parra cambiaron con el tiempo su poética". Prosigue Quiroga:
Aunque los poetas y escritores de Orígenes iniciaron una revolución en la cultura cubana, la suya no fue la visión de la revolución ni de la sociedad que estaba en discusión a partir de 1959. Una versión diferente del proyecto de poesía nacional que surge de la circunstancia política de los años treinta y cuarenta se puede apreciar en el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra (1912-2002). Cuadra fue uno de los miembros del Movimiento de Vanguardia nicaragüense (1928-1934), que apareció en Nicaragua más tarde que en otros países hispanoamericanos, y siendo capaz de incorporar la experimentación cosmopolita más atrevida de sus precursores en un contexto nacional particular. Que la Vanguardia nicaragüense manifestara una preocupación temprana por la situación nacional se debe, sin duda, al hecho de que se mantuvo activa en un período de agitación social y política, que coincide con la intervención de los EE.UU. en el país y la lucha revolucionaria de Sandino.
El segundo libro de Cuadra, Poemas
nicaragüenses 1930-1933 ilustra este momento vanguardista a través de una
poesía cercana a la tierra y al habla común. Como reacción a los exquisitos
juegos lingüísticos y lugares exóticos de su compatriota Rubén Darío, Cuadra
descubrió el paisaje y las gentes de su país. El «espíritu» nacional que evoca
se ha interpretado teniendo en cuenta que su política de emancipación iba
dirigida al mismo hombre medio al que se dirigía Sandino. Los siguientes libros
de Cuadra, entre ellos El jaguar y la luna, siempre han estado
firmemente enraizados en Nicaragua. Se trata de una poesía que trasciende la
situación política concreta, enmarcando al paisaje y a sus habitantes dentro de
una comprensión humanista estilizada. En toda su obra, Cuadra no solo trata el
presente: en El jaguar y la luna rescata leyendas amerindias, y en Cantos
de Cifar escribe sobre un presente ahistórico y épico. Desde su primer
libro hasta estas colecciones tardías, Cuadra va de la situación nicaragüense
más concreta a una búsqueda espiritual de un mito sincrético que vincule el
mundo grecorromano con el universo mesoamericano. En Cifar cuenta las
aventuras de Cifar que, como si se tratara de un nuevo Ulises en los lagos de
Nicaragua, encuentra situaciones y personajes que tienen resonancia de
alusiones míticas. Esto puede entenderse como la culminación del viaje poético
de Cuadra, que empieza con el intento de resolver la oposición entre lo
provinciano y lo cosmopolita, y que termina con la fusión de lo nacional y lo
universal, manifestada a través de varias formas de expresión: desde la
estilización de formas métricas populares al verso largo con resonancias
bíblicas.
La creencia católica de Cuadra en la salvación
y la redención invita a comparar su obra con la de Lezama y otros poetas de Orígenes.
A pesar de la diferencia de estilos, ambos poetas proceden de creencias
religiosas muy profundas, que explican la ausencia de ruptura violenta más
predominante en la primera Vanguardia. También debemos recordar que Cuadra,
como muchos de los poetas cubanos, vivió para ver cómo se concretaron o
reinterpretaron los proyectos nacionales de los cuarenta en movimientos
concretos de lucha política ––en Cuba después de 1959 y en Nicaragua después de
1979. Las posiciones de estos dos poetas dentro de las revoluciones permiten
que la crítica examine las diferentes reescrituras del proyecto nacional en las
generaciones sucesivas. Lezama guardó silencio con respecto a la situación
política reverenciado, pero, a la vez, condenado al ostracismo internamente por
el sistema, pero Cuadra le hizo una crítica abierta a los sandinistas y nunca
abandonó Nicaragua. Criticando el sistema desde dentro, su visión de Sandino
chocaba con los métodos sociales y políticos del partido revolucionario.
Teniendo en cuenta algunas diferencias en el contexto político entre 1959 y
1979, el espacio crítico que separa a estos dos autores de las revoluciones
dentro de las cuales vivían simboliza muy bien el abismo que existía entre la
idea de cultura, tal como se entendía en los años cuarenta y la revisión
marxista de los sesenta. La diferencia en las respuestas de Lezama y Cuadra a
las revoluciones cubana y nicaragüense, verbal la del último y pasiva la del
primero, contradice su propia diferencia de la generación que los siguió.
ERNESTO CARDENAL
El segundo autor nicaragüense de The
Cambridge History of Latin American Literature también es contextualizado a
partir del acápite "Traducciones de la historia": "A lo largo
del siglo XX, los poetas hispanoamericanos rechazaron el lenguaje de sus
precursores debido, precisamente, al hecho de que se trata de un lenguaje poético.
La reacción de Parra a la retórica de la poesía hispanoamericana es emblemática
de la reacción que siguió en los años sesenta, cuando la propia 'literalidad'
era un tema muy cuestionado. Este antagonismo ante la literalidad va unido al
compromiso político de poetas como Ernesto Cardenal, Roque Dalton,
Fayad Jamis o Heberto Padilla. Estos poetas se relacionan entre
sí por su participación en el campo social. Ernesto Cardenal fue Ministro de
Cultura en Nicaragua durante el gobierno sandinista, mientras que Roque Dalton
murió siendo un guerrillero clandestino [asesinado por sus compañeros]. El
gobierno revolucionario de Fidel Castro publicó la poesía de Heberto Padilla,
pero éste pronto fue censurado y condenado al ostracismo". Y prosigue
Quiroga:
Este cambio estético va unido a la confusión política de los años sesenta y es parte de un modelo general que se expande por los Estados Unidos, Europa e Hispanoamérica. Que el contexto político esté más presente en los poetas hispanoamericanos que en otros se debe a los sucesos ocurridos en sus países y a ideologías que trataban cuestiones importantes para los intelectuales hispanoamericanos. Fueron los años del triunfo de la Revolución Cubana y la promesa de más cambios sociales en Bolivia, Chile, Argentina, Nicaragua y El Salvador. Los poetas participaron en la tarea de definir una cultura hispanoamericana, en algunos casos llevando su poesía a la calle o hablando clara y directamente de los problemas sociales a mano. En términos estéticos esta politización debe entenderse dentro del contexto de la tradición poética hispanoamericana desde el Modernismo, como se aprecia en Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío, donde a una visión explícitamente crítica de los Estados Unidos se suma la promesa de un ideal unido continental. Los poetas en los años sesenta prefirieron esta versión tardía de Darío, a la del joven poeta de la media luz y la fantasía delirante, aunque también se esforzaron por marcar una distancia respecto al llamamiento de Darío a la «raza» hispana, mucho más anacrónico […]
Sería erróneo concluir que la estética común
que vincula a poetas como Cardenal, Dalton o [el peruano] Heraud fue solo el
deseo de luchar en una guerra revolucionaria o dar voz a los desposeídos.
Ernesto Cardenal, por ejemplo, pretende una meditación mucho más profunda sobre
la posición del individuo dentro del cambio histórico que toma de modelos tan
dispares como Ezra Pound o Pablo Neruda. Cardenal lee la poesía clásica como
queda filtrada por el deseo de Pound de «renovarla». Resucita el epigrama, escribe
una imitación de salmos bíblicos, rescata los mitos centroamericanos y
construye una epopeya histórica documental: El estrecho dudoso. Puede
comenzar un poema imitando una estrofa clásica en ritmo y forma, con palabras
que imitan sonidos unas de otras, sólo para deshacer esta imitación clásica
nombrando al azar una serie de objetos de la vida cotidiana, en un abrupto acto
de consumación que al parecer desmiente el deseo de resurrección del poema:
Detrás del monasterio, junto al
camino,
existe un cementerio de cosas
gastadas,
en donde yacen el hierro sarroso,
pedazos
de loza, tubos quebrados, alambres
retorcidos,
cajetillas de cigarrillo vacías,
aserrín
y zinc, plástico envejecido, llantas
rotas,
esperando como nosotros la
resurrección.
Lo interesante aquí es la representación que
Cardenal hace de los objetos emblemáticos de la civilización industrial
contemporánea como conjunto de deshechos que se producen en el presente. Son
objetos con una función utilitaria ––hierros, tubos, cables–– o que al menos
han tenido una función (aserrín, llantas rotas, plástico viejo) pero que ahora
viven en una curiosa segunda vida. Uno siente que Cardenal quiere que estos
objetos se conviertan en reliquias de museo, piezas de una civilización
destruida. En ese sentido habla de una resurrección ––el objeto mismo en este
punto inserto en la marcha inexorable del tiempo––. Este deseo se puede
comparar al de Neruda de lograr una poesía impura, solo que Cardenal nombra los
objetos sin utilizar metáforas.
La resurrección que Cardenal desea es la que ya
está prefigurada en su poema: la resurrección del objeto como imagen. Esta
también se prefigura en Hora 0, donde Cardenal habla de las noches en
Managua a través de una serie de escenas ideogramáticas unidas, de un poder
misterioso y atrayente. Tal resurrección también está presente en una
afirmación punzante en «Managua 6:30 P.M.» en donde el poeta observa los
letreros de neón que iluminan las calles en la noche de Managua. Los neones,
Venus y la luna se unen en esta pieza corta en la que incluso las luces rojas
de los automóviles son «místicas». Cardenal nos prepara para el repentino
discurrir de símbolos que imitan a los letreros de neón que ve. Descentrados a
la derecha de la página, los lectores pueden ver en ellos un jeroglífico
estático de la contemporaneidad que se interpreta solo si se accede a los
códigos del capitalismo transnacional. A través de la atmósfera mística creada
en el poema, los letreros se convierten en imágenes y estas imágenes
particulares son sinécdoques del tiempo; constituyen un presente violento que a
la vez es la pura definición de la modernidad. La distancia particular del observador
sobrepasa el presente y Cardenal exclama: Y si he de dar un testimonio sobre
mi época / es éste: fue bárbara y primitiva / pero poética.
Lo que implica o significa aquí Cardenal por
poética guarda alguna semejanza con las visiones en torno a las creaciones del
capitalismo de Walter Benjamín [1892-1940]: un efecto del anacronismo
deliberado y casi intencionado, e incluso una nostalgia que se refleja en el
poema. Es difícil de encontrar en los poetas de la generación posterior, que
maduraron con la Revolución Cubana de 1959, la atmósfera fundamentalmente
religiosa que rodea la poesía de Cardenal. El propio Cardenal asumió la
Revolución con fervor místico y, tras la muerte del Che Guevara [en octubre de
1967] y su visita a Cuba, se comprometió totalmente en la defensa de los
gobiernos revolucionarios desde un punto de vista religioso que vincula a los
poetas con la teología de la liberación política y social.
En otros tres capítulos no está presente ningún
autor centroamericano. Aludo a los titulados: "El ensayo moderno en
Hispanoamérica" (pp. 374-428), por José Miguel Oviedo de la Universidad de
Pensilvania; a otro de Aníbal González: "La crítica literaria en
Hispanoamérica" (pp. 429-459); y al de Silvia Molloy, de la Universidad de
Nueva York: "La narrativa autobiográfica" (pp. 460-466). Para la
Academia Norteamericana, en consecuencia, carecemos en nuestros países de
notables ensayistas modernos, críticos literarios y autobiógrafos.
Evidentemente, esta autora desconoce La vida de Rubén Darío escrita por él
mismo (1915), obra que no cita.
No es el caso de Daniel Balderston, de la Universidad de Tulane, en el capítulo "El cuento hispanoamericano en el siglo XX" (pp. 467-497), en donde ubica a Darío entre uno de los iniciadores del cuento moderno en el subcontinente, pero sin analizar ninguna de sus piezas, ni enumerar a ningún otro cuentista centroamericano.
Por su lado a Sandra M. Cypers, de la
Universidad de Maryland, tampoco se le ocurre citar a ningún dramaturgo de
nuestra misma área en "El teatro hispanoamericano del siglo XX" (pp.
498-525); únicamente a varios de Argentina, Chile, Perú, Colombia y México. Con
escasas palabras, Cypers se refiere al fenómeno de la creación
colectiva, la cual "se puede encontrar en todos los países, desde las
prácticas tradicionales en el escritor en la Argentina, hasta la Cuba u
Nicaragua socialistas postrevolucionarias" (p. 523). ¡Nada más! Para los scholars
de EE. UU. no existen dramaturgos en Guatemala, El Salvador, Honduras,
Nicaragua y Costa Rica.
Los últimos dos capítulos, debido a sus ámbitos
temáticos, no ofrecen información acerca de autores centroamericanos. Uno se
titula "Literatura latinoamericana (hispano-caribeña) escrita en los
Estados Unidos" (pp. 526-556), pues se limita a puertorriqueños, cubanos y
dominicanos, algunos en español e inglés y todos exiliados o inmigrantes. A
esta literatura se le puede rastrear desde principios o mediados del siglo XIX,
siendo Nueva York su principal centro escritural. No se olvide que dos nicaragüenses
publicaron en dicha Cosmópolis: School-day rhymes (St. John College,
1891. 52 p.) y Tropical
Town and Other Poems (John Lane Company, 1918. 132 p.). El granadino David Arellano
(1872-1928) fue el autor de ese primer poemario en inglés de un centroamericano
y el leonés Salomón de la Selva (1893-1959) el más conocido y valorado: Tropical
Town and Other Poems, cuya editorial era la de Swimburne "y de otros
pre-rafaelistas", y gozaba de fama por escoger lo más excelente para sus
publicaciones, entre ellas la del libro de Rupert Brooke, fallecido en
diciembre de 1914.
El otro capítulo versa sobre "Literatura
chicana" (pp. 557-585), remontada a la de los mexicanos que habitaban en
el territorio de su país despojado por los Estados Unidos en la Guerra de
1846-1848.
En cuanto a la bibliografía consultada de esta
cara y extensa Historia en dos tomos (en el primero se desarrollan las
letras coloniales), es bastante amplia, sin dejar de ser selectiva (pp.
587-749). Desde luego, se registran las obras de y sobre Darío ocho de Pablo
Antonio Cuadra (incluyendo Songs of Cifar and the Sweet de 1979), una de
Joaquín Pasos (su Breve Suma de 1947) y el ensayo de Jorge Eduardo
Arellano: "El movimiento nicaragüense de vanguardia" (Cuadernos
Hispanoamericanos, núm. 468, junio, 1989, pp. 7-44).
(*) Jorge Eduardo Arellano, nicaragüense, nacido en Granada, Nicaragua en 1946. Poeta, narrador y ensayista. Ha sido embajador en Chile, Presidente del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, Secretario de la Academia de Historia y Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y es especialista en Lexicografía Hispanoamericana por la Universidad de Augsburgo.

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