Mirador: JARDEL QUESADA ABOGADO, EMPRESARIO
Juan Ramón Martínez
“Era una antorcha encendida y el viento la
apago”. Un carácter para la imaginación y la acción. Solo la muerte lo detuvo.
Era un músculo creador, constructor de realidades que el corazón fatigado lo
mandó a descansar. Murió el 19 de mayo en San Pedro Sula. Tenía 86 años. Todos
dedicados al trabajo, al servicio de los demás. Con énfasis en la creación de
empleo.
Fue bachiller por el Instituto Mejía y
Licenciado en Derecho por la UNAH. Fue juez y ejerció la profesión del derecho
con pulcritud y honradez. Lo conocí desde niño en la comunidad familiar de la
ciudad natal. Su padre, Fabio Bardales Rivera era hermano de doña Mencha,
nuestra madre. Y su madre Lucy Quesada, contemporánea de mis tías, hija de
Francisco Murillo, el líder educativo más importante de la cívica ciudad
norteña. Vivíamos muy cerca.
Desde los primeros años de nuestra infancia le
admire mucho. Jugaba fuera de casa, pasaba tiempo en el Parque Morazán, iba al
cine Gardel cuando quería; y se acostaba cuando le daba sueño. Lucy, su madre,
le tenía siempre la puerta entreabierta.
Al concluir su bachillerato viajó a Tegucigalpa
a estudiar a la UNAH en 1962. Es el primer universitario de nuestra familia que
siempre creyó en los valores de la educación; pero éramos de los pobres de
entonces. Un año después, fui el segundo. Él pudo hacerlo por el sacrificio del
tío Fabio y la voluntad férrea de Jardel que siempre estuvo abierto al trabajo.
Yo con una beca. Él se ayudaba trabajando como escribiente en la Corte de
Apelaciones. Florencio Puerto lo nombró. Pero como era liberal y votaba por el
FRU los del Frente Unido, dirigidos por Chale Madrid, lograron destituirlo del
cargo.
Cuando en 1963 nos vimos, me regaló una camisa
de las que no había en Olanchito. Solo me la puse una vez, dijo. La use con
orgullo al regresar de vacaciones. A fines de 1963, regresamos a Olanchito y
necesitando trabajar, Hernán Posas nos consiguió empleo temporal en el campo
Nerones, Isletas como “capitanes de cuadrilla”. Dirigiendo 12 hombres
que sembraban varas y amarraban al falso tallo del banano para que no los
derribaran los vientos traicioneros. Una mañana me dijo: hoy no voy a trabajar.
Iré a Sonaguera a casarme. Salió caminando y en la tarde regresó. Estoy casado.
¿Y la esposa?, le pregunté: se fue para Olanchito, dijo con mordaz naturalidad.
Poco tiempo después se divorció. De aquello, queda su hijo mayor.
Era buen comunicador; pero no le gustaba la
oratoria. Tampoco la política. Me admiraba; pero decía “contigo basta”.
Graduado, se estableció en Olanchito. Ejerció su profesión. En 1971, contrajo
nupcias con Isabel Martínez Sosa. Establecido y con hijos, mostró su carácter
innovador que le permitió introducir la hotelería moderna: fundó tres
hoteles, construyó un centro comercial, una escuela bilingüe y un restaurante.
En La Ceiba construyó y operó un hotel, convirtiéndose en el primero de
nuestros paisanos que hizo inversiones en una ciudad mayor que la natal. Probó
ser ganadero. Descubrió que no era para él la inmóvil espera de las
lluvias. Fue uno de los hombres que más empleo creó en Olanchito. Al final
residio en La Ceiba, logrando buenas relaciones y creando amistades que hoy
lamentan su ausencia.
Tuvo cuatro hijos. Jardel, Denis, Jardiel y
Lucy. Su muerte creó un vacío entre nosotros y en las dos ciudades. Un líder
natural, que animaba iniciativas, apoyando inversiones en la zona. Su muerte
nos deja huérfanos a los que le quisimos. Siento no haberle acompañado en su
encuentro con la tierra donde descansan sus restos. Un abrazo para Chabelita,
su viuda y compañera.
SPS,
Honduras, mayo 28 de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario