LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO (1947-1965)
Anales Históricos
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Parte I
Juan Ramón Martínez

El relato de la vida campeña, sus formas de
trabajo y su vinculación con la ciudad es muy incipiente. Hay algunos artículos
desperdigados en los periódicos de La Ceiba, Atlántida y un trabajo perdido de
un salvadoreño sobre los campeños y que fuera publicado fragmentariamente por
la semanaria “Patria” de Olanchito en la década de los cincuenta del siglo
pasado cuando me iniciaba en las tareas periodísticas. Por eso el
relato literario y cultural es más fuerte y negativo que el histórico para
explicar la presencia de la bananera en el Valle del Aguan y estudiar sus
relaciones con los ganaderos locales. “Las obras de los artistas y de
los hombres de letras sobreviven a las acciones de los comerciantes, soldados y
estadistas. Los poetas y los filósofos se destacan sobre sobre los
historiadores, mientras que los profetas y los santos sobrepasan y
sobreviven a todos los demás”. (Arnold J. Toynbee, La Civilización
Puesta a Prueba, EMC Editores 1960, pág. 10).
Por ello, la fuente de mayor uso por
quienes desde largo intentan comprender el impacto de la industria bananera en
la Costa Norte, especialmente en la llamada Costa Arriba, es una “novela
regional” “Prisión Verde” de Ramón Amaya Amador –Olanchito, abril 1916 /
Europa, noviembre de 1966. En su primera edición en forma de folletín semanal
en el Semanario “Alerta” en el año 1945, lleva la frase adicional “novela
regional”, sin que Amaya Amador haya explicado en ningún momento la razón de
ese subtitulo lo que esclarece poco el asunto. No es un documento histórico; ni
siquiera es un testimonial como nos vendió exitosamente el concepto -- con
fines políticos-- Longino Becerra. “Prisión Verde” es en realidad es más bien
un alegato literario en contra de la agricultura capitalista, por el
acaparamiento de tierras, el tratamiento a sus trabajadores; y la resistencia
de los empresarios capitalistas y los funcionarios gubernamentales, en contra
de la organización de estos para la defensa de sus intereses y derechos. Y un
muestrario del temor de los pequeños y medianos ganaderos –muchos de los que no
tenían siquiera tituladas sus tierras, de modo que enfrentaban dificultades
para confirmar su calidad de propietarios en caso de querer venderlas— y su
disputa inevitable por la escasa mano de obra, con la empresa que llegaba ofreciendo
mejores salarios y diferentes condiciones de empleo para su mano de obra que
hasta entonces, mantenía bajo absoluto control; y con bajísimos salarios.
Los temas de los salarios afectaron mucho a los ganaderos del Valle del Aguan.
La bananera venía pagando el triple del salario que ellos acostumbran, lo que
no dejó de afectar a los pequeños y medianos ganaderos de los alrededores de
Coyoles Central, especialmente Coyoles Caserío, Chorrera, Nombre de Jesús,
Medina, Tejeras, San Lorenzo, Teguajal, y Santa Bárbara. Además, venía a
cuestionar y modificar las relaciones laborales en el interior del “modo de
producción” establecido por los ganaderos desde los años de la consolidación
del sistema colonial. “Tanto los hijos del propietario como los empleados se
relacionaban como amigos y con gran solidaridad. No se veían en los estatutos
de empleado o hijo. El trabajo los juntó y las dificultades y logros los
hermanó como personas con sentimientos y sueños. La vida laboral compartida, el
esfuerzo de todos para sacar adelante la unidad productiva, eleva la relación
(laboral) a rangos de amistad. El éxito de la finca beneficia a trabajadores y
propietarios”. (Luis Zavala, 2017).
En cambio las relaciones capitalistas que
introduce la bananera a la zona son otra cosa. Más frías, impersonales,
individualistas y metálicas. Ancladas en un uso diferente del tiempo, la
uniformidad de las tareas, la clasificación ordenada de las acciones; y las calidades
uniformes de los productos obtenidos. Dentro del proceso productivo cada quien
hace lo suyo, tiene lo suyo; recibe lo suyo; y sufre lo suyo. No hay
intercambio de favores; ni formas de lealtades más alla del cumplimiento de las
tareas con los resultados anticipados; y el pago. Otra cosa son las relaciones
de la empresa bananera con los gobiernos centrales y municipales que bien valen
para otra investigación. Este tema no lo manejamos sino muy marginalmente en este
ensayo. Pero es un importante filón que hay que explorar para conocer en
el futuro los efectos que tiene la industria bananera en los ingresos y poder
del Gobierno Central, las municipalidades de Olanchito, Arenal, Sonaguera, La
Ceiba, Jutiapa, Balfate, Tocoa, Trujillo y Progreso. Y conocer la forma como se
usó ese poder en beneficio de los miembros de las comunidades o de las
oligarquías locales. Apenas, por razones obligadas, nos atrevemos a anticipar
que la modernidad del capitalismo bananero, tuvo evidentes efectos en los
entornos no solo en términos cuantitativos – crecimiento de la población,
aumento de las actividades productivas y cambios en los modos de producción
tradicionales – sino también en términos cualitativos. Se mejoró la educación
primaria y secundaria, se estimuló la circulación de las ideas; y de alguna
manera, en la cresta de la criticidad, aumento la libertad de opinión yse
fortaleció el partido de oposición al régimen dictatorial, el Partido Liberal.
Y en la ceiba además, se crearon las primeras células del Partido Comunista. Y
se forjo, un sistema mutualista cercano al socialismo, impulsado por lo
profesores, obreros y artesanos de Trujillo, La Ceiba, Olanchito, tela y
Progreso. . Circularon periódicos en Olanchito y en la Ceiba – mucho más,
por cierto en esta última ciudad – generando un cambio cultural y político que
vale la pena explorar en el futuro.
El relato literario de “Prisión Verde” en el
fondo, se basa en el supuesto que, para asegurar la vida futura de los
habitantes de las localidades de la zona, el discurso efectivo es “no vendan
sus tierras”; y que, además por reflejo, significa que no adopten las practicas
capitalistas de la agricultura moderna por lejana, impersonal, deshumanizada e
insolidaria. Las respuestas a este discurso fueron diferentes en cada una de
las municipalidades mencionadas. En El Progreso, Tela y La Ceiba la agricultura
era más moderna que la de Olanchito, Arenal y Sonaguera. Desde principios del
siglo veinte los “poquiteros” se habían dedicado al cultivo, corte y
exportación de bananos especialmente en la zona de El Progreso y Tela. Tenían
un mejor concepto del tiempo, habían descubierto la complementariedad del riego
y, lo más singular, algunos de los productores conocían del tema de la división
del trabajo, la asociación y la inversión con capitalistas extranjeros. Para el
periodo que estudiamos, Zemurray había experimentado operaciones de coinversión
en Cuyamel y Tela. Incluso algunos prestanombres y cabilderos de las
compañías fruteras, recibieron fincas que asesoradas por los técnicos de las
bananeras, fueron el origen del capitalismo de la Costa Norte. Algunos tuvieron
éxito. Otros fracasaron estrepitosamente. Darío Euraque ha estudiado con
mucho éxito estas relaciones.
La mano de obra: de dónde vienen los peones.
Tampoco los historiadores locales y
nacionales, se han ocupado de estudiar y escribir sobre las condiciones
de vida de la mano de obra contratada por la empresa bananera, el origen de su
masa laboral; y las condiciones de vida en que se desempeñan en sus lugares de
origen, en comparación con salarios y condiciones de salud y vivienda de las
poblaciones vecinas y del resto del país, sino en escasas oportunidades. En
los últimos tiempos, ha espigado exitosamente en este tema Marvin Lemus Rivas
en Pesquisa del Oro Verde, Migraciones internas hacia las zonas bananeras de
Honduras (1899—1932), utilizando como una de sus fuentes los registros de
matrimonios en algunas de las municipalidades mencionadas anteriormente.
En nombre de la defensa de los
trabajadores explotados por la bananera, Ramón Amaya Amador en su novela –que
de eso se trata de una novela, una obra de ficción realista; no de un
testimonio de un obrero bananero como la han querido presentar– defiende a los
ganaderos locales; y pone en evidencia, el rechazo de la mayoría de la
población urbana de Olanchito en este caso, ante la presencia de la bananera.
Las fuerza económicas urbanas de Olanchito, no comparten necesariamente esos
temores. Lo meta literario esta dirigido no al habitante urbano, sino que
a los ganaderos locales. Esta confrontación entre agricultura elemental y con
muy escasa tecnología,-- que es en caso de Olanchito la actividad menor-- y la
ganadería, de mayor impacto en el sostenimiento de la ciudad y ejercido
por los hombres y mujeres de poder de la ciudad, igualmente poco ha sido
estudiada. Apenas tenemos algunas referencias de las relaciones contradictorias
entre minería y ganadería en los siglos XVII y XVIII, específicamente en los
casos de Tegucigalpa, Valle de Ángeles, Santa Lucia, Yuscarán y Danlí. “En el
siglo XVIII surgieron las grandes haciendas alrededor del Real de Minas de Tegucigalpa
como las de Archiaga, Guadalquivir, El Hato, los Agurcias y San Diego. El Censo
de Tegucigalpa de 1777, muestra un estado cambiante de cosas. Treinta y cuatro
años antes se habla de negros y mulatos en su conjunto, en ese censo el numero
solo de mulatos asciende a 3.768 y en 1800 solo quedan 185; los españoles –con
toda probabilidad se trata de criollos no mestizados-, suman 398, los indios de
Comayagüela continúan siendo un alto número, 1273 para entonces, en contraste
con los 115 que habitaban en Tegucigalpa. Para ese entonces, los indios se
habían desplazado hacia las riberas del Rio Grande a los lugares que luego se
llamaron Rio Hondo y después Pueblo Abajo, cuyos límites alcanzaban hasta la plaza
de los Dolores”. (Rolando Soto, Gloria Lara de Pinto: Parroquia de San
Miguel de Tegucigalpa, ICOMOS de Honduras, pags.19, 20).
Esta falta de población y su dispersión,
afectaron la minería; y se crearon relaciones contradictorias con los
ganaderos. En el siglo XIX, el problema adicional eran los vicios
-especialmente el alcoholismo- que alejan a los obreros de sus trabajos en las
minas. Para corregir tal anormalidad, se emiten severas leyes en contra de la
vagancia y el alcoholismo. Se define entonces como vago “el que no tiene
ocupación de por lo menos dos días durante la semana”. En la Ceiba, Antonio
Canelas ha efectuado los estudios más críticos sobre la influencia de la
transnacional bananera en el pasado y futuro –del tiempo histórico de Canelas
Diaz– pero que se ha explorado muy poco en el presente. La Ceiba de finales del
siglo pasado y la ciudad de principios del siglo XXI, son diferentes y ofrece
excelente espacio de estudio comparativo. Igual cosa ofrece también Olanchito,
aunque en una dimensión más modesta
Volvamos a nuestro asunto. El primero hecho que
se torna inevitable atender es el de la mano de obra que necesita la industria
bananera desde el año 1936 especialmente. En los municipios de Sonaguera,
Tocoa, Jutiapa, Olanchito y Arenal no había suficiente población y en
consecuencia la mano de obra era relativamente exigua. En 1945 la población
total del municipio de Olanchito era de 20.701 personas. 11.398 eran hombres y
9.303 eran mujeres. La mayoría de la población estaba auto ocupada y en
menor proporción ocupada por la ganadería. Los censos de los contribuyentes
de los municipios dan fe que los proletarios sin bienes, eran reducidos. De
forma que para atender la demanda de mano de obra de un cultivo anual como es
el banano, -que exige más personas por hectárea en producción, contraria a la
ganadería en la que un hombre puede manejar hasta cuarenta cabezas de ganado y
administrar hasta cincuenta hectáreas- en las zonas en donde se estableció
la bananera no había población suficiente. Era entonces inevitable la
necesidad de atraer población de otras partes y concentrarla en campamentos,
para garantizar la continuidad de sus servicios. Surgió así el campamento
bananero que al paso del tiempo, se conoció como “El Campo”. El pueblo
bananero.
En Olanchito a partir de 1936, -- como decíamos
-- la compañía bananera no encuentra en el valle arriba del rio Aguan población
entre la cual reclutar la mano de obra que necesita para sus operaciones. No
hay en la zona, suficiente población para ser empleada en las plantaciones y,
además, la población culta –que sabe leer y puede cumplir instrucciones– tiene
un evidente rechazo cultural a emplearse como jornaleros u oficiales en la
empresa bananera. Contrario a la Ceiba que es más urbana y el empleo por cubrir
es más técnico y profesional, la oferta de empleo de la Standard es para
personas en su mayoría con nivel de estudios escolares terminados. Requiere
peones para la realización de las tareas básicas del proceso productivo que
incluso no sepan leer y escribir siquiera. Las aldeas y pueblos de los
alrededores: Sonaguera, Sabá, San Francisco, Potrerillos, Ocote Aldea, Nombre
de Jesús, Calpules, Coyoles aldea, Chorrera, Medina, San Dimas, San Lorenzo,
Santa Bárbara, San Marcos, La Lima, Teguajinal, Teguajal, Santa Cruz y el municipio
de Arenal tienen poca población disponible. La mayoría son pequeños productores
de subsistencia que no tienen interés en emplearse en la frutera, tanto por los
temores hacia lo nuevo y al nuevo modo de producción, como por el hecho que el
trabajo significa alejarse de sus familias; descuidar a sus animales y
desatender pequeñas propiedades. La población alfabetizada de Olanchito
–profesores rurales empíricos la mayoría y algunos graduados en Tegucigalpa, ex
militares o burócratas desempleados– muestran poco interés en el trabajo en la
industria bananera. No lo valoran como uno que les dará prestigio. Incluso en
lo referido al autor del relato más importante y popular sobre la vida
bananera, no hay pruebas que Ramón Amaya Amador haya sido trabajador en
algún momento de la empresa Standard y mucho menos que haya sido “venenero”
regando caldo bordeles con el cual se combatía la sigatoka que afectaba a las
plantaciones. Su condición de alfabetizado es notoria. Es un joven
inteligente, deportista apasionado y un hijo único de una madre soltera con la
cual maneja una cercanía que nunca le habría permitido la obligada separación
que el trabajo bananero le habría impuesto. Más bien lo que hay son evidencias
que desempeñó en algunos momentos como profesor suplente y temporal en la
Escuela Modesto Chacón (Francisco Murillo Soto, Director Escuela Modesto
Chacon, Diario Pedagógico, 1940) para suplir ausencias de maestros
permanentes que eran afectados por problemas alcohólicos o por otras
enfermedades. Además, por el nivel cultural suyo, si hubiese querido
ingresar a la empleomanía de la Standard le habría asegurado una posición de
capataz e incluso de tomador de tiempo o Time kiper. O mandado de Finca.
Tampoco hay evidencia alguna de asociación de dueños de tierra y empresa
bananera para sembrar banano como si se encuentra en el distrito de El Progreso
y en Tela. Evidencia que las fuerzas capitalistas locales en Olanchito también
eran muy incipientes.
Los peones, provienen mayoritariamente de El
Salvador. En 1932, cuatro años antes la dictadura militar de Maximiliano H.
Martínez, había chocado con la revuelta campesina que reaccionó negativamente
al avance cafetalero en contra de los intereses de los campesinos de
subsistencia. Los que sobrevivieron a la matanza, se trasladaron a Honduras,
atraído por las noticias de la feracidad de las tierras, la falta de brazos
para cultivarlas y las oportunidades de trabajar con “los yanquis en la
industria bananera”, (conversación con Marcial Hernández, 1975). Es
decir que una gran parte de los salvadoreños que llegan al distrito de Coyoles
Central e isletas, ya estaban en Honduras. Solo se mueven de una zona a otra.
Desde Olancho, se moviliza una fuerte cantidad de hombres jóvenes hacia la
Costa Norte. Provenían la mayoría de Esquipulas del Norte Juticalpa, Manto,
Campamento Concordia, la Unión, San Esteban, Salamá, El Rosario, Silca y Yocón.
En la Jigua, en 1950 la mayoría de los peones eran olanchanos. Le seguían los
sureños –Nacaome, Choluteca, El Triunfo, Pespire, y Langue– y en último lugar
los occidentales llamado entonces “pata de pluma” que se distinguían por su
piel más blanca que la del resto de los peones.
1.
El problema de la temporalidad y espacialidad de la historia de la industria
bananera.
Otro problema en el enfoque histórico del tema
bananero es de carácter temporal y espacial. Los relatos se congelan y se
generalizan, dando la impresión que lo ocurrido a finales del siglo XIX, se
repite en forma mecánica durante los años veinte –con el quiebre de la crisis
capitalista de 1929- la transición de los liberales a los nacionalistas de los
años treinta en el control del poder; y en el periodo post huelga laboral de
1954. Además, los estudios no diferencian entre las empresas. Lo que vale para
la Cuyamel, no se aplica como generalización para la Truxillo, United Fruit Co.
y la Standard, porque son empresas diferentes, con liderazgos diferentes; e
incluso con relaciones de sus empresarios con la población local diferentes.
Por ello se pasa por alto por ejemplo, que los inversionistas de la Vacaro
Brother son católicos. Que incluso construyen iglesias. Mientras los de la
Cuyamel, La Truxillo, son judíos o protestantes que no ven con ninguna simpatía
la religiosidad católica popular. Algunos historiadores van más allá. Creen que
el cultivo del banano es igual en Costa Rica, Nicaragua y Panamá. Algunos
historiadores nacionales, formados en la UNAH y la UPN, para efectuar sus
descripciones de las características de la industria hondureña, usan como
fuente referencial los estudios hechos en Costa Rica lo que representa un error
y una falla metodológica muy significativa.
En loa referido a la mano de obra más
especializada – distante de los peones o campeños -- son muy poco los nombres
de familias de Olanchito que se emplearon en la bananera como capataces,
mandadores e incluso como técnicos. Osvaldo Ramos Montoya, Octavio Ramos Montoya,
Francisco Núñez Oseguera, Fabio Bardales Rivera, Sergio Castro, Alfonso Urcina,
Hernán Posas Núñez, Ricardo Vallecillo, Antonio Núñez, Armando García,
Pedro Cruz, son la excepción. Todos se emplearon en el distrito de Olanchito. Benigno
Gonzales, Enrique Galo, Terencio Puerto-- todos profesores--, fueron
mandadores en el distrito de El Progreso. Osvaldo Ramos Montoya, fue además
Superintendente del distrito bananero de la Standard en esa zona. El que más
éxito tuvo en el mundo bananero del periodo que estudiamos fue Hernán Posas que
sin ser agrónomo siquiera llego a ser gerente de Producción de las plantaciones
bananeras de la Standard Fruit Co. en las Filipinas. Y después en Honduras. Y
al final de su vida económica, incursionó en el cultivo del banano en Ecuador y
en el Perú, cosa que ningún hondureño que sepamos ha podido realizar. Los
mandadores, tomadores de tiempo, Jefe de Comisarito, médicos, enfermeras,
operadores de equipo pesado y capataces eran mayoritariamente de la
Ceiba, Olancho, Jamaica y la zona sur.
La Ceiba, aportó contadores, capataces y
mandadores. Las oficinas centrales eran el corazón de la ciudad, que no solo
ordenaba las cosas materiales, sino que estableció los horarios para las
comidas de los ceibeños. Una sirena sonaba y le daba ritmo a la ciudad.
Olanchito en 1955, siguió el ejemplo de La Ceiba.
Además la bananera hizo uso de mano de obra
traída de otros países: de Jamaica, para trabajar en el tendido de las líneas
férreas, operación y manejo de las locomotoras y mantenimiento de las vías
férreas; y de guatemaltecos, salvadoreños, nicaragüenses, cubanos, españoles y
mejicanos y hondureños originarios del departamento de Olancho, Santa Bárbara,
Choluteca, Valle y Comayagua, especialmente para capataces porque esta posición
exigía que supieran leer y escribir.. En los primeros años, hasta finales de la
II Guerra Mundial los mandadores de las fincas era estadounidenses, la mayoría
de Luisiana, específicamente Nueva Orleans Para entonces, la
población de origen palestina que se había establecido en el distrito de
Trujillo, cuando la bananera cerro sus operaciones, se establecieron la mayoría
en Olanchito. En la década de los cuarenta, la inmigración árabe en la ciudad
de Olanchito es numerosa. Hay muy buenos registros de los que se naturalizaron
y trajeron consigo o mandaron por sus esposas de Belén y de Belth Yala,
preferentemente. No hay un solo chino. Solo un culie (Hindu) (Aly) que fundo y
manejo la primera panadería de la ciudad de Olanchito y que giraba con el
nombre comercial de “Indostan” y un polaco (Juan Zemack) que era
experto en el mantenimiento y reparación de motores y que si se empleó como
técnico en la Standard. La población garífuna, -de vocación pescadores- no
tenía disposición hacia la agricultura, de modo que los pocos que se
establecieron en la bananera o en Olanchito, lo hicieron como cocineros,
jardineros, músicos, estudiantes ocasionales o “hijos de casa”, niños que sus
padres entregaron para su crianza a algunas familias de Olanchito y Sabá.
Después de los palestinos la inmigración más numerosa y más influyentes fueron
los salvadoreños, jamaiquinos, cubanos y españoles. Ellos tenían la ventaja que
sabian leer –por ello son empleados la mayoría de ellos como capataces– y los
que se quedan en Olanchito o se establecen en los alrededores de los campos
bananeros tuvieron gran disposición hacia el comercio. En Tejeras, se
establecieron dos negocios: la tienda de artículos generales de Salomón Barjun
y la sastrería de Arturo Zelaya. En Olanchito, después de los palestinos, los
salvadoreños controlaron el comercio múltiple, en tiendas que mezclan la venta
de artículos de consumo, con ropa y zapatos. Y algunos otros, que hacen
comercio ambulante: Pio Carrasco y Francisco Bonilla, son de Aramecina.
Destacan como más exitosos los salvadoreños Ramón Pineda, Chano Navarrete,
Jacinto Sorto y Ángel Orellana. Este último iniciador de la primera zapatería
con ánimo industrial de la ciudad de
En cambio, en La Ceiba, la actitud hacia la
empresa frutera es diferente. Las oficinas centrales de la empresa están en la
misma ciudad. En Olanchito en cambio se establecieron a 14 kilómetros hacia el
noreste, en Coyoles Central. El puerto de embarque de la fruta hacia los
mercados de los estados Unidos. estaba al final de la avenida La
Republica y la mano de obra para cargar bananos, vive allí mismo en el Barrio
Ingles. La mayoría son garifunas La mayoría de los contadores eran jóvenes
caribeños. Los oficiales de cada finca, mandadores – de finca y de agua—los
time kipér eran en su mayoría originarios y formados en la Ceiba.
2.
Los campamentos o “campos”, residencias de la mano de obra.
Para poder retener la mano de obra, -porque en
la industria bananera no hay tiempo muerto como en el cultivo de la caña, en
vista que la operación laboral es continua e ininterrumpida-, la empresa
bananera tiene que construir campamentos, conocidos como Campos, con
viviendas de madera, -llamadas barracones- parecidas a los modelos de viviendas
de Nueva Orleans, Estados Unidos. Son construidos los barracones sobre pilotes
para enfrentar las inundaciones, alineados alrededor de una “calle” central, en
la que en uno de sus lados, existe un pequeño canal cubierto de cemento que
evacua las aguas lluvias y las aguas servidas en las cocinas que son
depositadas en un crique que forma parte del sistema de drenaje general de la
plantación. Entre las viviendas no hay cercos, no se permiten las ventas
permanentes –los campeños compran sus bienes de consumo en los comisariatos de
la empresa- y tampoco la crianza de cerdos. Los trabajadores bananeros
compran productos traídos desde los Estados Unidos y granos básicos, ropa,
calzados y bebidas en los comisariatos y a precios inferiores que los que se
venden esos productos en las tiendas de los “turcos” en el caso de Olanchito.
Lo que se permite – en vista que cerca de 30% de los campeños son
solteros – es que algunas esposas de corteros o capataces, tengan comedores en
donde por un lempira al día, ofrecen tres tiempos de alimento puntual. El
desayuno y la cena se hacen en el comedor, normalmente la parte baja del
barracón. El almuerzo durante los días de la semana laboral – que va de lunes
hasta sábado y algunas veces hasta el domingo cuando hay corte de fruta-,
normalmente niños hijos de los peones los llevan la comida-- por veinte
centavos-- a los trabajadores, que interrumpen sus labores en la finca para
comer. La oferta local – la de las aldeas vecinas-- es poco competitiva,
lo que indica que las fuerzas económicas vecinas a las plantaciones bananeras
no tienen fuerza y pujanza, y tampoco responden como se podía imaginar a una
demanda que tiene dinero en forma fija y continua. Frente a este vacío en que
las localidades no ofrecen maíz y carne de cerdo en 1913, la Vacaro Brother obtuvo
una concesión para traer desde Estados Unidos carne de cerdo y maíz, porque no
había oferta en el país que satisficiera sus demandas y las de sus
trabajadores. En el periodo que estudiamos, en cada una de las fincas, operaba
una pesa – venta de carne de res– que vendía carne cada semana, a un
precio inferior del que se vendia ocasionalmente en las aldeas cercanas.
Las viviendas eran de dos tipos: las de
carácter familiar, normalmente para que residieran dos familias y que tenían
dos cuartos en la parte alta y en la parte baja, una cocina, unida por unas
gradas con los cuartos indicados. Había agua potable y unas letrinas comunes
que eliminaban orines y heces fecales mediante chorros de agua. Y
frecuentemente, además, había un campo deportivo en donde los campeños más
jóvenes – e incluso algunos pasados de años y con algunas barrigas
visibles—practicaban el fútbol por las tardes y los domingos. De estos campos
bananeros salieron jugadores con figuración nacional: Coyoles Rosales, Selvin
Cárcamo, Orlando Caballero y Macho Figueroa, Zacarías Vilorio y otros más.
(CONTINUARÁ)
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