LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO (1947-1965)
Parte II
Juan Ramón Martínez
El sistema de salud
Para atender los problemas de salud de los peones y sus familias, operaba un sistema de oferta de servicios hospitalarios de tres niveles: un dispensario en cada campo con una enfermera que podía aplicar inyecciones, hacer curaciones de emergencia; un pequeño hospital en Coyoles Central con un médico, algunas enfermeras y cinco camas para atender enfermos; y otro en Isletas, Sonaguera. Y en el tercer nivel el hospital de la Ceiba –el Vicente D´Antony- donde se atendía los heridos y accidentados en las jornadas laborales, a los niños enfermos y a las parturientas que allí parían sus hijos. En Coyoles e Isletas, aunque había médicos graduados en la UNAH, como en el titulo no decía que tenían entrenamiento como parteros, no podían atender partos y estaban obligados a remitir a las parturientes al hospital Vicente D’Antony, de la Ceiba.
En el periodo que nos ocupa, en La Jigua, Campo Rojo y Buenos Aires, no conocimos a nadie que hubiera muerto por causas naturales. La población era joven, en un promedio de 35 años. Los muertos fueron producidos -en su casi totalidad- por peleas entre sí, embrutecidos por el alcohol; o por reacciones de los campeños ante la arbitrariedad de algún comandante. O reacciones rencorosas contra algún supervisor que les hubiera llamado la atención por el desempeño irregular de sus tareas. La muerte de Anastasio Reyes, sub comandante de Teguajal a mano de José Reyes, -capitán de Finca de la Jigua- la de Sabino Cartagena –jefe expedicionario- a manos de Alejandro Flores, la muerte de Carlos Díaz,-- Capitán de Agua-- a manos de Julio Mencía un regador que había incumplido las órdenes recibidas, fueron excepciones. Tampoco la mortalidad infantil muy era alta. No tenía comparación con los índices regionales o nacionales que eran muy elevado para entonces. No recuerdo la muerte de uno solo en la Jigua. Y tampoco en Nerones, Colon. Uno de mis hermanos, -- de mejor memoria -- dice que recuerda la muerte de un niño. Pero no recuerda el nombre de los padres. Ninguna mujer murió de parto. En caso de problemas sanitarios que por su complejidad no podía manejar la enfermera, una ambulancia motorizada se movilizaba y llevaba a los heridos o enfermos al hospital indicado. Bien a Coyoles Central, Isletas Central o al Vicente D´Antony de la Ceiba. Había comunicación telefónica, entre las oficinas de todos los campos – normalmente segregadas y protegidas con alambre de púa y malla de ciclón como medida de protección y seguridad de los empleados de confianza. Las residencias de los empleados de confianza estaban a distancia del campo donde Vivian los peones. Las casas más dotadas y amuebladas, con luz eléctrica, ventiladores y baños interiores eran residencia del Mandador de finca, el Spray master –encargado del riego y la fumigación de las plantaciones—y los times speaker o tomadores de tiempo.
El Sistema de Salud estaba financiado con el 3% de los salarios de los trabajadores y el resto por la empresa. Cubría la atención de los problemas de salud del peón bananero, su esposa o mujer – en asuntos de maternidad-- y los niños, desde su nacimiento hasta cinco años de edad. Además, había en operación un sistema de fumigación de “quineles” o criques para combatir los sancudos. La malaria, era la enfermedad más común y que más efectos dañinos tenía en el desempleo de las labores por los peones.
Los peones, clasificación, salarios y estabilidad.
Los trabajadores se clasificaban en el orden siguientes: capataces –en la mayoría de los casos salvadoreños, que sabían leer y escribir, muy exigentes- y los campeños, que a su vez se clasificaban en dos clases: permanentes,-- la mayoría-- y los temporales. En cada Campo o finca había dos capitanes: uno de finca y otro de riego. En el Comisariato, un Jefe y un sub jefe. La escuela estaba cargo de una maestra.
Los peones de la finca tenían una categoría que puede definirse en orden de importancia desde los corteros, los “zanjeros” – encargados del mantenimiento y limpieza del sistema de drenaje de las fincas – el juntero, los muleros (después los “yondileros”, que manejaban los tractores John Deere) los lavadores de banano en las “vacadías”, los acomodadores de la fruta en el vagón que iría, arrastrado por una locomotora, hasta el puerto donde era embarcado hacia los Estados Unidos. Además, los regadores – por tierra o aéreo – encargados de mantener la humedad necesaria en la plantación por lo que el riego era durante las veinte y cuatro horas—los “veneneros” o pericos encargados del riego del caldo bordelés – una mescla de cal, cobre—que se hacía con mangueras que conectada a una red alimentada por una bomba impelente que operaba al efecto. Este riego de banano se efectuaba en forma ordenada y coordinado por un capitán de Spray y el Capitán de Agua, para que el caldo bordelés estuviera un tiempo determinado sobre las hojas y solo después, podía caer el agua del riego por aire desde las llamadas torres que giraba proyectando un chorro fuerte de agua que era alimentado por una bomba que casi siempre operaba igualmente las veinte y cuatro horas del día, menos en los día de lluvia. Las lluvias se producían en los meses de diciembre, enero y febrero, mayo y junio y septiembre y octubre.
La cumbre de la jornada de trabajo en la finca bananera, era el corte de fruta. Cada finca tenía una meta en el corte que se hacía una vez por semana y en casos de mayor demanda de los mercados del exterior, dos veces por semana. Cada cortero tenía un área determinada y se comprometía a cortar y entregar al carro que los llevaría a la Ceiba, un determinado de número de racimos, en las calidades pedidas: 7, 8 o 9. Los racimos, una vez cortados, eran cargados en mulas que los llevaban hasta la vacadia – dos por mula – por un mulero que conducía por lo menos cuatro mulas una tras de la otra. Aquí en la vacadía, -- ubicada frente a un un ramal ferrocarrilero de unos cien metros—se estacionaba el vagon de rejillas; y allí los bananos previamente lavados en agua limpia y en agua con detergente en dos tanques de madera. Una vez lavados los bananos era entregados a los cargadores que los acomodaban en el interior del carro de rejillas que en horas determinadas era enganchado y después llevado en convoy a la Ceiba por una o dos locomotoras. El corte era, una fiesta de trabajo y actividad que, al fin de la tarde, era tema de conversación por los cansados trabajadores, una vez que después de la cena se reunían en pequeños grupos a conversar.
En La Jigua, había una “mulera”, en donde desensillaban las mulas que habían sido empleadas en las tareas de transportar el banano y eran alimentadas por zacate y cereal traído de los Estados Unidos. Eran mulas de enorme altura,-- de Kentucky decían-- que eran criadas en aquel estado de la unión americana. Las mulas hondureñas eran muy pequeñas. En las cercanías de las Oficinas de la Finca – espacio cercado, residencia de los empleados de confianza—había un área en donde pastaban y se alimentaba vacas que producían leche que se daba gratis a los empleados de confianza y algunos toretes que eran sacrificados en las “pesas” que funcionaban en cada campo; y donde se vendía carne a los peones. A un precio inferior a la que vendían la carne en las aldeas vecinas.
Los más jóvenes jugaban futbol. Otros sobre la grama jugaban las cartas en grupos de cuatro personas. Cuando llego la radio a la Jigua – a la casa de Cleofes Vilorio – los campeños se situaban en las gradas de su barracón. Doña Tila, su esposa le subía el volumen al radio y todos gozaban con mucha emoción las radionovelas cubanas, en emisoras como “CMQ” –que ofrecía Los Tres Villalobos, Tres Patines, La Galleguita y la cumbre de las radionovelas cubanas: El Derecho de Nacer--; y “Radio Mundial” de Managua, que daba la serie La “Mujer Ajena”, una historia de singulares infidelidades. Otro grupo se formaba en las gradas de barracón de nuestra familia donde Gregorio Corleto,-- un narrador oral nacido en El Salvador-- con cada noche sus aventuras amorosas en Sonsonate y Ahuachapán, en donde se enfrentaba con los padres rencorosos que le perseguían porque les había secuestrado a sus jóvenes hijas. A las ocho de la noche, todo el mundo dormía, porque el día siguiente a las 4am, todo el mundo debía estar en pie, porque la jornada de trabajo empezaba a las cinco y media de la misma mañana.
Hasta los años sesenta, la casi totalidad de los peones eran hombres. En esta fecha, se empezó a enviar el banano en cajas de 40 libras, “des manado” y empacado después de haber sido lavado por mujeres fundamentalmente. La mano de obra cambio su composición sexual y el papel de la mujer se modificó drásticamente.
Autoridades militares.
En cada campo había un Cabo Comisario, un peón líder respetado que mediaba en los problemas menores, cuidaba las chiviadas y organizaba batidas para capturar a los que habían cometidos delitos de sangre. En Coyoles Central, había un destacamento militar al mando de un sargento y por los menos veinte soldados. Destacan en el periodo Humberto Regalado y Antonio Garcia. Además, había en Olanchito, Jefes expedicionarios que hacían viajes de vigilancia, persecución de delincuentes – asaltantes de comisariatos u homicidas de jefes o empleados de importancia – y que eran los encargados de vigilar y manejar a discreción las chiveadas que, durante los días de pago, funcionaban en cada uno de los campamentos o campos bananeros. Los nombres de Jefe Expedicionarios más importantes en este periodo fueron Sabino Cartagena, Balbino Leiva y Tulio Garín. En Olanchito, había un destacamento militar con un Sargento y por lo menos diez soldados. El sargento que estuvo más tiempo y mantuvo mejores relaciones con la comunidad, fue Eligio Bautista. Incluso contrajo matrimonia con una joven de la ciudad. La red de comisariatos – uno en cada finca – estaba atendida por dos personas en cada comisariato: un jefe y un sub jefe. En Campo Rojo, recodamos a Balbino Leiva, Manuel Artiles y Miguel Mejía. Los mandadores en la Jigua, fueron al principio estadounidenses, casi siempre originario de Nueva Orleans y después ceibeños: Mister Vans, Ricardo Becerra los que más recuerdo. En Nerones – el segundo campo donde vivió nuestra familia—fueron mandadores Osvaldo Ramos Montoya, Tulio Sosa y Alonso Medina. El capitán de finca fue Antonio Laínez, salvadoreño.
Escuelas.
En la mayoría de los campos había una escuela uni-docente. En la Jigua no había. Estaba en Campo Rojo. Mi papa no creía que dieran buenos conocimientos aquí. Por ello, a nosotros nos mandaron a estudiar a Olanchito. En Coyoles e isletas – que eran Centrales – había escuelas primarias, con seis profesores para atender los seis grados. La de Coyoles, la “Esteban Sosa” tenía un elevado prestigio, igual que la de isletas, departamento de Colon. Además en la zona del Mess Hall, había una escuela bilingüe que funciono hasta que Coyoles dejo de tener el carácter de central de la bananera.
Los campos bananeros fueron los siguientes: Planes –sin plantación bananera— Bohemia, Vally, Copete, Nerones, Isletas (Central), Guanacaste, La Paz, Santa Inés, Palo Verde, Agua Buena, El Chorro, Balsamo, Coyoles (Central) El Cayo, Envidia, Bomba Nueve, Culuco, Tiestos, Campo Rojo, La Jigua, Santa Cruz, Bujaja, Limones 8 y 6, Trojas, 2, 3, y 4, Ocote. Adicionalmente la Standard Fruit Co. tenía en operación en el distrito del Progreso, en donde – contrario en Olanchito que nunca se produjo tal fenómeno por falta de fuerzas capitalistas locales-- junto a una o dos fincas propias, estableció contratos de proveeduría de bananos a cambio de compra exclusiva, financiamiento y asistencia técnica para asegurar la uniformidad de la calidad del banano, con finqueros individuales o cooperativas. Las fincas proveedoras de banano fueron GAGS, fincas 9, 10, 11 y12, en Guanchias la 46 y 47 y en Higuerito Central: Garroba, Barranco, El Olivar, el Llano y en San Manuel, Cortes, la cooperativa Casmul. En cada una de ellas, el mandador era nombrado y pagado por la Standard y la dirección de la asistencia técnica proveída por la bananera y los programas de corte y mantenimiento de las operaciones determinadas por esta. Esta práctica de asociación entre el capitalista estadounidense y el empresario local, la inaugura posiblemente Zemurray, que forma una sociedad con Enrique Elvir para manejar una plantación en Puerto Arturo. Después, se asocia con Gregorio Ferrera, Camilo Rivera Girón y Rafael López Padilla. Este último fue cabildero suyo hasta la crisis del 29 y el cambio de gobierno entre Mejía Colindres y Carias, en que los cabilderos fueron nacionalistas sustituyendo a los liberales, entro en dificultades, no pudo manejar la relación con la bananera y se precipito en la pobreza. Darío Euraque ha escrito sobre su odisea en un bien documentado libro intitulado “Un hondureño ante la modernidad de su país” .En Olanchito, esta práctica empresarial no se produjo, posiblemente por la falta de ánimo empresarial en la burguesía ganadera de la población de la ciudad.
La estructura empresarial de la bananera
Olanchito, La Ceiba y El Progreso
La sede de la empresa en Estados Unidos, estaba en Nueva Orleans; y el puerto principal hacia donde se dirigían sus exportaciones y colocaba las frutas en los mercados era Galveston, en el Golfo de México.
En la Ceiba, funcionaba la Oficina Ejecutiva principal. Aquí, además, se encontraba la zona de residencias de los ejecutivos y las oficinas principales de la empresa. La más popular era la Oficina de Contabilidad, en donde trabajaban muchos compatriotas hondureños, especialmente ceibeños. La ciudad de la Ceiba, era una ciudad diferente. Las casas – en su mayoría – seguían el modelo residencial de Nueva Orleans y el diseño de sus calles, paralelas al mar seguían el modelo cuadricular. En el barrio Mazapan, Vivian los ejecutivos y altos empleados de la bananera. Allí también funcionaba una escuela primaria bilingüe y la secundaria donde se formaban los niños y las niñas de extranjeros y nacionales. Después, ingresaron los hijos de los principales líderes de la Ceiba, así como la pujante clase media que tenía como modelo el estilo y las visiones de los estadounidenses sobre la vida, el éxito, las relaciones familiares, la religión e incluso las visiones referidas a la política y al tiempo.
Al lado, funcionaba en la Ceiba, el Instituto Manuel Bonilla – uno de los más importantes del país en ese entonces – donde cursaban estudios los hijos de los que no tenían planeado que continuarán estudios en los Estados Unidos. Como los Vacaro eran italianos católicos, la bananera no favoreció sino el sostenimiento del catolicismo. Siempre mantuvieron buenas relaciones con la Iglesia y dieron generosas contribuciones y donaciones para la construcción de iglesia y capillas, tanto en la Ceiba como en Coyoles Central. Aquí, construyeron una Iglesia dedicada a una santa italiana. Por esa razón, en el periodo que estudiamos las iglesias protestantes tuvieron un bajo nivel de desarrollo. En Olanchito funcionaba una capilla evangélica con capacidad para unas cuarenta personas y casi nunca – pese a que se inició en 1927 – sus cultos lograron llenarla totalmente. En la Ceiba, en cambio, la influencia cultural de los estadounidenses era total. Incluso el tiempo para las comidas, era manejado por la empresa que, para orientar a sus trabajadores, tenía una sirena que sonaba en las horas del ingreso al trabajo, de la salida al mediodía para almorzar; y la hora en la tarde para entrar y salir al final del día en horas de la tarde. Allí, funcionaba entonces, una de las oficinas del Banco Atlántida, fundado por la empresa en 1913 para manejar sus operaciones. Este banco funciono como entidad emisora de billetes y monedas para el estado hondureña durante bastante tiempo. Para principios de 1950, Honduras todavía no había consolidado su sistema monetario. En Olanchito entonces se usaban términos como “reales”, “medios”, “cariocas” y “pesetas”, así como monedas de los Estados Unidos: cinco centavos, diez centavos –búfalo– y veinte centavos –daime-.
En la Ceiba, operaba un comercio y un empresariado muy dinámico que competía y, además, anunciaba sus productos en semanarios, semi diarios y diarios que circulaban en un número de los más altos de todo el país. Hasta la década final que estudiamos la Ceiba, ya había empezado a ceder espacios al dinamismo de SPS. Entre los intelectuales, abogados y periodistas en la medida en que la ciudad tuvo éxito, crecieron sus negocios y la compañía frutera aseguró su dominio sobre el crecimiento de la ciudad, empiezo a crearse un sordo espíritu anti estadounidense. Se fundan los primeros grupos marxistas y en los periódicos, se hacen severas críticas en contra de la empresa a la que se le conoce, más que un estímulo para el desarrollo, un obstáculo para el desarrollo de la misma. En los periódicos de la época, hay muchos artículos e incluso se publicaron libros, en la década de los cuarenta en los que se demostraba que la empresa bananera había sido el obstáculo parta el desarrollo de la ciudad. El autor que más escribió defendiendo estas tesis fue Antonio Canelas Díaz. Se pasó por alto que ella, al crear empleo en sus fábricas y oficinas, había desarrollado una clase obrera singular y dinámica, donde algunos incluso crearon varias células comunistas. Pero el rechazo no solo era desde la izquierda – en la que destacaban los Monterrosa, los Miralda y los Pinel—sino que también desde las filas de la derecha también se hicieron críticas hacia la empresa en la persona de sus modelos de organización e incluso de relaciones con la población local. Una de estas figuras Ángel Moya Posas, director del diario “El Atlántico”, que publico textos críticos; “La muerte de los poquiteros” (1927) “El Estrangulamiento Económico de la Ceiba” (1939). En el fondo el argumento más serio en contra de la bananera era el rechazo por el acaparamiento de las tierras urbanas – que había conseguido mediante sendas concesiones con el Estado Hondureño – y la expansión y crecimiento de la ciudad que se veía constreñida por las propiedades de la Stándard Fruit Co.
El poder político de la ciudad, estuvo durante todo el periodo de Tiburcio Carias Andino en manos del general Rufino Solís, un emigrante de Olancho que se había forjado en las luchas dentro de las guerras civiles, tras la figura del general que para entonces era el Presidente y dictador de Honduras. El dominio de Rufino Solís era absoluto. Incluso le gustaba irrespetar las reglas de la competencia: la leche que producía en su hacienda, debía ingresar primero que todas la de los demás ganaderos, para dominar y satisfacer el mercado y, además, políticamente exhibía una conducta altiva y arrogante, en que su principal característica era el menosprecio a la población negra de la ciudad. Se decía que cuando caminaba por la ciudad, los negros tenían que bajarse de la acera para dejarle el paso a quien era la autoridad política y militar máxima de la ciudad. Lo que, hacía eco al racismo de la Ceiba, que ha sido tradicional y que entonces era mutuamente aceptable por ambas partes. Los “blancos” tenían su propio Centro Social y los negros, el suyo propio. Incluso en la feria de San Isidro en Mayo, los ladinos tenían su reina; y los negros la suya. Y desfilaban engalanadas, en carrozas diferentes.
La superintendencia de la Estándar Fruit Co. en Coyoles Central.
En Coyoles Central a 12 kilómetros entonces de Olanchito, funcionaba una Superintendencia Regional, “bajo la responsabilidad míster H. L. Vernon y sus principales asistentes eran Robert Hewiik,-- superintendente de Spray y Riego—H.L. Clinton – superintendente de ingeniería y Construcción—Míster Stevenson y míster Getzen” (Juan Fernando Ávila Posas, Tierra Natal, pag.58).
Las residencias y oficinas de la bananera estaban en un lugar cerrado dentro de Coyoles Central, que, además, en la parte alta tenia viviendas y oficinas fuera de esta zona americana y en la que destacaban un Hospital que entonces dirigía el doctor Víctor Herrera Arrivillaga que no podía atender partos, porque aunque se había graduado en la Universidad Central de Honduras, no tenía especialización en partos. Estos eran inevitablemente remitidos a la ciudad de la Ceiba en donde operaba el mejor hospital de Honduras en ese momento, el Hospital Vicente D’Antony, un Comisariato donde podía comprar todo el mundo artículos normalmente llegados desde los Estados Unidos y a precios inferiores que los que ofrecían los negocios similares en Olanchito. En la parte baja de Coyoles Central, había dos filas de barracones de color gris, destinados vivienda de los trabajadores de la finca de Coyoles Central. Aquí se estableció en octubre de 1939, Juan Martínez Cruz y Mercedes Bardales Colindres de Martínez, recién casados. Martínez, era un emigrante del Concordia en el norte del departamento de Olancho, desde donde había llegado al Progreso y después, formo parte de los primeros trabajadores que se establecieron y que prepararon los terrenos e iniciaron las primeros cultivos de las plantaciones de banano en la zona y abrieron los cerrados bosques por donde posteriormente se tendieron los rieles del ferrocarril que desde la Ceiba, llegaría todas las plantaciones, desde las que llevaba los racimos de frutos – y las cajas a partir de 1960 – para el muelle de la ciudad en donde barcos de la Flota Blanca los conducía hasta los Estados Unidos.
El ferrocarril de la bananera: pasajeros y carga.
El ferrocarril de la Standard, que llegaba hasta Tela y concluía en Barranco de Piedra en el Municipio de Olanchito, era de vía estrecha – diferente al de la Tela y el Nacional que eran de vía ancha – transportaba bananos, productos locales granos básicos, mercaderías y pasajeros. Entre la Ceiba y la zona de Coyoles Central, había dos trenes: el Pasajero – muy lento y que se iba deteniendo en muchas estaciones, más barato y con vagones de pasajeros con asientos de madera-- y el Rápido que circulaba los viernes, más rápido y con asientos acojinados y de consiguiente cobraba un pasaje más caro..
El Pasajero salía de la Ceiba a las seis de la mañana y llegaba al mediodía a El Elixir, Colon en donde esperaba la circulación de las maquinas cargadas de fruta que viaja en sentido contrario. Además, conectaba con un tercer tren llamado La Balbina que recorría desde el Elixir todos los campos del distrito de isletas, deteniéndose en los campos siguientes: Bohemia, Vally, Copete, Nerones, Isletas, Guanacaste, la Paz, El Olvido y Santa Inés. Este tren circulaba diariamente en horas de la mañana desde Santa Inés a Elixir y en horas de la tarde en sentido inverso. Llevaba normalmente pasajeros y alguna carga; pero en términos de peso, era mucho menor que los dos trenes que circulaban entre La Ceiba, Coyoles y viceversa, entrando de ida a Olanchito. De regreso, los pasajeros de Olanchito tenían que viajar a dos puntos uno de ellos Crucete y el otro llamado La Estación. Hay que recordar que la línea era de una sola vía y que en determinados puntos un tren debía esperar para dar el paso al otro. Las ordenes de parada y avanzar con obligaciones de reportarse, eran dadas por un sistema de teléfonos ubicados en ciertos puntos de la vía y trasmitidas verbalmente por un despachador que ordenaba detenerse en ciertos puntos, dar pasada a otros vehículos; o anunciar que el transporte fuera despacio en ciertas zonas en donde hacían reparaciones a la vía; había ocurrido un descarrilamiento producido un homicidio bien entre pasajeros; o por alguna persona que por efecto de las bebidas alcohólicas se había quedado dormida sobre las vías y arrollada por maquinas en horas nocturnas especialmente. En dos momentos, ocurrieron incidentes mortales en el interior del tren de pasajeros que los inmovilizaron hasta que las autoridades hicieron el levantamiento de los muertos. El más sonado de este periodo ocurrió entre Trojas y el Ocote, en una recta en que un campeño mato a machete al señor Sabino Cartagena Jefe Expedicionario que durante la campaña electoral de 1948, había obligado al homicida que se tragara un botón metálico con el membrete del Partido Liberal y le golpeo porque andaba sobre la camisa blanca, un pañuelo rojo. Este -- ofendido-- juro que lo mataría, cosa que cumplió. El tren se detuvo y se inició entonces una cacería en su contra, de la que nos ocuparemos en otra parte de esta reseña histórica. Algunos años después en Carbajales, una importante estación entre Olanchito y el Elixir, un pasajero ofendido por la acción violenta de un conductor que se le apodaba a sus espaldas como Tirantes, le privo de la vida. El tren fue estacionado durante más de ocho horas mientras las autoridades hacían el levantamiento cadavérico. En otro caso, entre Campo Rojo y Santa Cruz, accidentalmente falleció el brequero atrapado por la máquina que el maquinista movió en el momento en que él brequero estaba en la zona de enganche entre esta y un vagón de conducir bananos. Quedo atrapado entre hierros, dañado su cuerpo en la parte central de la pelvis. Su muerte fue muy dolorosa. Doña Mencha mi madre, le ayudo a morir, rezando junto al moribundo varios “padrenuestros” y “Aves Marías”. Estos accidentes, aunque eran muy raros – nosotros no recordamos ninguno más y mucho menos que hubiera habido muertos o heridos en los mismos – por el costo de los mismos, la empresa bananera evitaba con mucha diligencia. Las maquinas, todas ellas hasta los años setenta, era movidas a vapor, es decir con calderas alimentadas con carbón mineral o leña. En determinados puntos de la vía, había tanques de agua, en donde las maquinas cargaban aguas para su sistema de producción de vapor. Cada máquina y sus respectivos vagones, era manejada por un maquinista y un fogonero, asistidos por un brequero, encargado de las señales, de abrir los “suiches” y hacer los pegues entre los vagones o separarlos en los casos en que los distribuyeran antes de los cortes de fruta. El maquinista conducía el convoy y el fogonero, era el encargado de mantener las calderas operando a las temperaturas que exigían el equipo para poner en movimiento el tren. En los trenes de pasajeros, además, viajaba un Conductor encargado de cobrar los pasajes, de bajar bruscamente a los que no tenían con que pagar el pasaje. Algunos los hacían con los trenes en movimiento. Las maquinas eran viejas y muy lentas. Podían alcanzar sesenta kilómetros por hora como máximo. Esta velocidad no creemos que nunca se haya alcanzado porque la vía no tenía grandes rectas, sino que seguía los cursos del rio Aguan en un gran trecho y los niveles más uniformes del terreno. Entre Planes y Jutiapa la línea Férrea tenía una pendiente mayor, de forma que los convoyes de vagones cargados de banano, eran llevados por dos locomotoras: una adelante; y atrás, otra llamada empujadora. El tren avanzaba tan lentamente que en el algunos momentos era una proeza masculina, que un pasajero que viajaba en la parte superior de los vagones y se bajaba de uno de los más cercanos a la máquina y defecaba plácidamente; y después abordaba el último de los vagones y caminando, de unos en otros mientras el convoy iba en marcha, se reunía con sus amigos que le celebraban la proeza. Tegucigalpa, julio 1 de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario