ANÁLISIS LITERARIO DE LA OBRA DE JAVIER SUAZO MEJÍA (II)

Domingo Cultural

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PARTE II

Juan Manuel Colmenares (*)

Corre la sangre, doña Inés (2022) & Alacranes en la oscuridad (2024)

Con Corre la sangre, doña Inés, Javier Suazo Mejía se adentra en un territorio extremadamente peligroso para cualquier novelista latinoamericano contemporáneo: la novela histórica total. Y lo hace, además, escogiendo uno de los episodios más delirantes, brutales y simbólicamente cargados de la conquista americana: la expedición de Lope de Aguirre por el Amazonas y la figura histórica —casi legendaria— de Inés de Atienza. El resultado es una obra ambiciosa, exuberante y profundamente excesiva, donde el autor intenta fusionar crónica colonial, tragedia shakesperiana, erotismo barroco, horror metafísico y reinterpretación feminista de la historia de América.

La novela abre con una declaración de principios estilística y moral: el Amazonas no es aquí una simple geografía, sino un organismo demoníaco donde codicia, deseo y violencia forman parte de una misma sustancia espiritual. Desde el inicio, Suazo Mejía deja claro que no busca la reconstrucción histórica sobria ni el academicismo arqueológico; lo suyo es otra cosa: una reinterpretación mítica de la conquista como descenso al infierno.

Y hay que reconocer que, durante buena parte del libro, lo consigue.

La primera gran virtud de Corre la sangre, doña Inés es su voz narrativa. Pocas novelas históricas recientes en español se atreven a trabajar con semejante densidad verbal sin caer completamente en la impostación. El autor construye un lenguaje híbrido, deliberadamente contaminado por registros coloniales, oralidad indígena, imaginería barroca y lirismo contemporáneo. Esa mezcla podría haber sido desastrosa, pero en muchos pasajes alcanza una musicalidad poderosa.

Especialmente notable es la estructura coral de voces espectrales que atraviesa la novela. Los muertos narran, comentan, juzgan y reinterpretan los hechos desde el más allá. Espíritus incas, ánimas del Amazonas y memorias colectivas intervienen constantemente sobre la narración principal. Esta decisión le permite a Suazo Mejía escapar parcialmente del modelo tradicional de novela histórica y acercarse más a una especie de epopeya fantasmagórica latinoamericana.

La figura de Inés de Atienza constituye probablemente el mayor hallazgo del libro. Históricamente relegada a un papel secundario dentro de la leyenda de Lope de Aguirre, aquí se transforma en eje narrativo, político y erótico de toda la obra. Suazo Mejía entiende que la conquista fue también un conflicto de cuerpos y deseos, no solamente de espadas y coronas. La Inés que emerge en estas páginas no es víctima pasiva ni heroína moderna artificialmente empoderada; es una figura compleja, contradictoria, sensual, ambiciosa y profundamente consciente del poder que ejerce sobre los hombres.

Ese es uno de los aspectos más interesantes de la novela: su voluntad de desmontar parcialmente la mirada patriarcal de las crónicas coloniales. Inés cuestiona abiertamente la manera en que los hombres escribieron la historia y reclama su propia versión de los hechos. El problema es que, aunque la intención crítica es clara, el texto no siempre logra escapar completamente del imaginario masculino que intenta desmontar. La novela erotiza permanentemente a Inés hasta convertirla, en ocasiones, más en símbolo sexual metafísico que en personaje humano.

Y allí aparece uno de los grandes problemas del libro: el exceso.

Suazo Mejía posee una imaginación torrencial y una evidente fascinación por el barroquismo verbal. Cada emoción se magnifica, cada deseo se vuelve volcánico, cada escena amorosa adquiere dimensiones casi apocalípticas. Hay momentos donde la novela parece escrita bajo la influencia simultánea de Alejo Carpentier, García Márquez, Valle-Inclán y una banda de heavy metal sinfónico. Eso produce páginas memorables, pero también una sensación constante de saturación.

Las escenas eróticas entre Inés y Francisco de Mendoza ilustran perfectamente esa tensión. Por un lado, poseen una energía sensual feroz, una materialidad corporal infrecuente en la narrativa histórica hispanoamericana reciente. Pero por otro, el lenguaje se vuelve tan hiperbólico y tan obsesionado con metáforas sexuales incendiarias que por momentos bordea el exceso ornamental.

Algo similar ocurre con Lope de Aguirre. La novela lo construye como monstruo shakesperiano: paranoico, brutal, visionario y emocionalmente corroído. Hay escenas magníficas donde Aguirre parece comprender que la violencia ya no es un instrumento político sino una condición existencial irreversible. Sin embargo, el personaje termina atrapado en cierta teatralidad permanente. Suazo Mejía parece incapaz de resistirse a convertir cada aparición de Aguirre en una gran escena operática.

Ahora bien, incluso en sus desbordamientos, la novela posee algo admirable: una auténtica ambición literaria.

En tiempos donde gran parte de la narrativa latinoamericana contemporánea parece encerrada en autoficciones urbanas minimalistas, Corre la sangre, doña Inés se atreve a pensar en grande. Quiere hablar sobre la fundación traumática de América Latina, sobre mestizaje, violencia, memoria histórica, deseo, colonialismo y poder. Y lo hace sin pedir disculpas por su exceso.

También resulta especialmente interesante la manera en que la novela conecta la conquista con el presente latinoamericano. Aunque transcurre en el siglo XVI, el texto sugiere constantemente que las estructuras de violencia, codicia y autoritarismo nacidas durante la colonia siguen vivas. El río de sangre que atraviesa el Amazonas termina funcionando como metáfora histórica de toda América Latina.

Formalmente, el libro muestra además una evolución importante respecto a las novelas posteriores del autor. Aquí el barroquismo todavía no está completamente contaminado por las digresiones sociopolíticas contemporáneas que dominarán Alacranes en la oscuridad. El foco narrativo es más claro y la imaginería histórica le da unidad estética al conjunto.

No obstante, el libro necesitaba una edición más severa. Hay reiteraciones constantes, monólogos que se prolongan demasiado y una tendencia evidente del autor a enamorarse de sus propias imágenes. La novela parece incapaz de detenerse cuando encuentra una metáfora potente; la exprime hasta agotarla.

Aun así, Corre la sangre, doña Inés posee escenas de enorme fuerza visual y emocional: el duelo mortal por honor y deseo, la conspiración nocturna contra Aguirre, los banquetes envenenados de Ursúa, las voces de los muertos comentando la destrucción del mundo indígena. En sus mejores momentos, la novela logra algo difícil: que el lector sienta la conquista no como acontecimiento histórico distante, sino como una pesadilla todavía viva.

Quizás ese sea el rasgo más auténticamente latinoamericano de la obra de Suazo Mejía: la intuición de que el pasado nunca terminó de pasar.

Corre la sangre, doña Inés no es una novela contenida ni elegante. Es una novela desmesurada, febril y profundamente enamorada de su propio lenguaje. A veces se precipita hacia el exceso retórico y la teatralidad simbólica. Pero incluso cuando fracasa parcialmente, lo hace intentando algo grande. Y eso la vuelve infinitamente más interesante que muchas novelas históricas perfectamente correctas y absolutamente olvidables.

Suazo Mejía todavía no domina completamente sus demonios barrocos, pero aquí empieza a convertirlos en una estética propia.

En Corre la sangre, doña Inés aparece algo clave para entender toda la narrativa posterior de Suazo Mejía: allí nace realmente su relación con el “barroco de la violencia”.

No me refiero solamente al estilo recargado, sino a una visión del mundo donde:

  • eros y muerte están inseparablemente unidos, 
  • el poder siempre desemboca en sangre, 
  • el deseo termina siendo fuerza histórica, 
  • y la historia de América Latina se percibe como una cadena continua de traiciones, codicia y fatalidad. 

Eso después reaparece transformado en:

  • culpa religiosa en El fuego interior
  • corrupción contemporánea en Alacranes
  • y decadencia metafísica urbana en Polanco

También noto otra cosa importante: en esta novela todavía existe una fuerte influencia del gran barroco latinoamericano clásico —Carpentier, Asturias, García Márquez, incluso Ospina—, mientras que en las posteriores la voz de Javier Suazo empieza a volverse más híbrida y más contaminada por noir, thriller político, horror y cultura popular.

Y eso es interesante porque muy pocos escritores centroamericanos actuales intentan construir una narrativa de “gran densidad mítica”. La mayoría va hacia minimalismo, autoficción o realismo seco. Las novelas de Suazo, en cambio, intentan constantemente crear cosmogonías narrativas. A veces se desbordan, sí, pero ahí también está parte de su singularidad.

Alacranes en la oscuridad (2024)

Con Alacranes en la oscuridad, Javier Suazo Mejía abandona definitivamente cualquier tentación de contención literaria y se lanza a escribir una novela-río sobre el narcotráfico hondureño, el poder político, la corrupción sistémica y la degradación moral de una sociedad entera. El resultado es probablemente su obra más ambiciosa hasta la fecha y, también, la más peligrosa: una novela que por momentos alcanza verdadera potencia narrativa y política, pero que igualmente se precipita hacia el exceso, la dispersión y cierta fascinación romántica con el monstruo que intenta denunciar.

Desde sus primeras páginas queda claro que el autor no pretende escribir un thriller convencional de narcos. La estructura fragmentaria —saltando entre décadas, personajes y niveles de poder— revela una ambición mayor: construir una genealogía del crimen hondureño como enfermedad histórica hereditaria. No estamos ante la típica novela sobre “capos”; estamos ante una narrativa coral sobre cómo el narcotráfico termina infiltrando la totalidad del tejido nacional: presidencia, ejército, empresarios, artistas, policías, universidades, clases altas y cultura popular.

Y allí reside el mayor logro del libro.

Suazo Mejía entiende algo que muchas ficciones sobre narcotráfico no consiguen comprender: el narco no es solamente un fenómeno criminal, sino un imaginario cultural completo. Alacranes en la oscuridad funciona mejor cuando muestra precisamente esa contaminación total de la realidad hondureña. La droga aparece como sistema nervioso del país; no como anomalía, sino como estructura de funcionamiento. El autor no moraliza desde afuera: exhibe un ecosistema donde todos participan de una u otra manera.

La secuencia inicial del juicio de “el Sangre” en Nueva York es particularmente eficaz. Allí la novela encuentra inmediatamente tono, tensión y densidad atmosférica. La mezcla entre memoria criminal, paranoia, nostalgia rural y brutalidad homicida funciona con enorme fuerza. La imagen de la niña asesinada aferrando todavía una palomita de maíz ensangrentada constituye uno de esos golpes visuales que permanecen adheridos a la memoria del lector mucho después de cerrar el libro.

También resulta notable la capacidad documental del autor. Suazo Mejía ha observado cuidadosamente la retórica política, las formas de hablar del poder, la mentalidad empresarial y el cinismo burocrático de las élites centroamericanas. Los capítulos relacionados con José Augusto, Kelly, “Mefistófeles” y la presidenta Márquez poseen una verosimilitud incómoda. El lector hondureño reconocerá inmediatamente los ecos históricos y políticos detrás de muchos personajes, aunque la novela se proteja bajo el velo formal de la ficción.

Pero precisamente allí aparece una de las zonas más delicadas del libro.

La cercanía con acontecimientos políticos reconocibles le otorga intensidad inmediata, sí, pero también limita parcialmente su profundidad literaria. En ocasiones, Alacranes en la oscuridad parece debatirse entre ser una gran novela y ser una gigantesca catarsis nacional. Hay capítulos donde el peso de la denuncia política termina aplastando el espesor humano de los personajes. Algunos funcionan más como vehículos ideológicos o simbólicos que como seres plenamente vivos.

Esto se nota especialmente en ciertos diálogos de poder, donde los personajes verbalizan demasiado claramente las tesis del autor sobre corrupción, narcopolítica o intervención estadounidense. El subtexto muchas veces deja de ser subtexto.

Ahora bien, el mayor problema de la novela sigue siendo el mismo que persigue toda la obra de Suazo Mejía: la incapacidad de podar.

El autor escribe como alguien que teme perder cualquier idea brillante que le atraviesa la cabeza. El resultado es una novela hipertrofiada, torrencial, llena de páginas extraordinarias y otras claramente redundantes. Hay digresiones históricas, filosóficas, musicales y sociológicas que enriquecen el universo narrativo, pero también momentos donde el texto se vuelve excesivamente autoconsciente de su propia inteligencia.

Por momentos, Alacranes quiere ser demasiadas cosas simultáneamente: novela política, fresco histórico, thriller criminal, retrato generacional, crítica social, ensayo sobre la decadencia moral de Honduras y epopeya familiar. Lo sorprendente es que, pese a ese desorden, gran parte del libro logra sostenerse gracias a la energía brutal de su prosa.

Porque si algo tiene Suazo Mejía es energía narrativa.

Hay pasajes —particularmente los relacionados con el Poeta y la vida universitaria de los años ochenta— donde la novela alcanza un espesor humano y melancólico muy superior al del thriller político. Allí el autor abandona parcialmente la maquinaria del narco y se permite explorar algo más complejo: cómo una generación idealista terminó conviviendo, justificando o normalizando la corrupción que terminaría devorando al país. Esas páginas poseen una nostalgia amarga genuina, casi sabatiana.

El personaje del Poeta probablemente sea uno de los mejores creados por Suazo Mejía hasta ahora. Su mezcla de cinismo retrospectivo, culpa moral y lucidez histórica le da a la novela una dimensión trágica que trasciende el simple relato criminal. La frase recurrente “éramos ingenuos y malignos” funciona como síntesis moral de toda la obra.

También debe reconocerse el mérito estilístico de trasladar el habla hondureña al centro de una novela de gran escala sin neutralizarla para consumo internacional. Hay un riesgo evidente en eso: parte del público externo podría perder referencias o matices. Pero precisamente esa decisión lingüística dota al libro de autenticidad cultural. Suazo Mejía no escribe una “Centroamérica exportable”; escribe desde adentro del barro verbal, político y emocional hondureño.

No obstante, existe un punto crítico que la novela nunca termina de resolver del todo: su relación estética con la violencia.

Aunque la obra denuncia claramente la degradación provocada por el narcotráfico, en ciertos pasajes parece también fascinada por el poder simbólico del narco. Las armas, los operativos, el lujo grotesco, la testosterona criminal y la teatralidad del poder reciben a veces un tratamiento demasiado seductor. El libro camina constantemente sobre esa cuerda floja entre crítica y mitificación.

Aun así, sería injusto reducir Alacranes en la oscuridad a sus excesos. Porque debajo de todo su barroquismo existe una ambición literaria real: construir la gran novela hondureña sobre el narcoestado contemporáneo. Y aunque no termina de dominar completamente el monstruo narrativo que intenta crear, el solo hecho de intentarlo ya la coloca por encima de buena parte de la narrativa latinoamericana reciente, demasiado cómoda en minimalismos urbanos y autoficciones domesticadas.

Alacranes en la oscuridad es una novela imperfecta, desmesurada y agotadora por momentos. Necesitaba un editor despiadado capaz de reducir su tamaño y obligar al autor a confiar más en el silencio. Pero también es una obra viva, rabiosa y profundamente latinoamericana en el mejor sentido: consciente de que la realidad de nuestros países es tan excesiva, absurda y brutal que cualquier intento de narrarla desde la elegancia minimalista resultaría falso.

Suazo Mejía aún no domina del todo sus demonios literarios. Pero al menos tiene demonios auténticos. Y eso, en la literatura contemporánea, empieza a ser raro.

Alacranes en la oscuridad muestra una evolución clara respecto a El fuego interior y Polanco. En El fuego interior, el motor era principalmente simbólico y emocional. En Polanco, era atmosférico y filosófico. Pero en Alacranes, por primera vez, aparece una ambición de “novela total”: historia, política, violencia, memoria generacional, cultura popular, crimen organizado y psicología colectiva funcionando simultáneamente.

Eso hace que la novela sea menos “pura” desde el punto de vista estructural, pero también más grande en alcance. Y justamente por eso exige más disciplina narrativa. Cuando una novela quiere cargar el peso de representar un país entero, cualquier exceso se multiplica.

Sin embargo, hay algo que sí considero muy valioso literariamente: la sensación de que el libro nace de experiencia observada y no solamente de investigación documental. Muchas novelas sobre narco parecen escritas desde Netflix; esta no. Aquí sí se percibe conocimiento del lenguaje del poder, de la psicología política centroamericana y del modo en que corrupción, miedo y normalización conviven cotidianamente. Eso le da una densidad que no se puede fingir fácilmente.

Polanco, investigador vidente: A ras de sombras. (2025)

Con Polanco, investigador vidente: A ras de sombras, Javier Suazo Mejía abandona el lirismo febril y culposo de El fuego interior para internarse en otro territorio igual de pantanoso: el hardboiled tropical mezclado con horror metafísico, corrupción política, esoterismo y decadencia urbana. El resultado es una novela mucho más ambiciosa en términos estructurales y de universo narrativo, pero también más irregular, más desbordada y, por momentos, peligrosamente cercana a la autofascinación estilística.

Desde su primera página, el libro deja claras sus intenciones. Polanco, ex policía, detective marginal y médium involuntario, abre la narración desangrándose mientras filosofa sobre la realidad, el tiempo y la muerte. La escena funciona como manifiesto estético: Suazo Mejía no quiere escribir simplemente una novela negra; quiere construir una cosmología noir hondureña donde Raymond Chandler conviva con Aleister Crowley, Pink Floyd, la violencia centroamericana, los espectros de la guerra sucia y la metafísica existencialista de cantina.

El problema es que esa apuesta produce tanto los mayores hallazgos de la novela como sus principales excesos.

Hay algo innegablemente poderoso en la creación de Nataniel Polanco. El personaje posee carisma narrativo genuino. Cínico, derrotado, lascivo, sentimental y espiritualmente corroído, Polanco pertenece a la tradición del detective condenado: un hombre que ya no investiga crímenes para salvar a nadie, sino para sobrevivir unos días más dentro de un mundo moralmente podrido. La diferencia es que Suazo Mejía traslada ese arquetipo al caos urbano de Tegucigalpa y Comayagüela, utilizando el habla popular hondureña como una herramienta narrativa central.

Y allí aparece una de las grandes fortalezas del libro: la voz.

A diferencia de muchos intentos latinoamericanos de novela negra, donde el lenguaje callejero suele sentirse impostado o caricaturesco, aquí existe una oralidad viva, agresiva y orgánica. Polanco piensa, habla y observa desde una identidad cultural concreta. La ciudad no es un decorado: está respirando debajo de cada diálogo, cada puesto de mercado, cada taxi desvencijado, cada funcionario corrupto y cada fantasma que ronda los barrios marginales.

La novela posee además una energía narrativa superior a la de El fuego interior. Aquí Suazo Mejía entiende mejor el ritmo, el suspenso y el manejo episódico de la información. El caso Canahuati —magnate desaparecido, herencias, conspiraciones familiares y corrupción— funciona como una columna vertebral eficaz para sostener el torrente de escenas, personajes y símbolos que el autor necesita desplegar.

Y, sin embargo, el libro constantemente amenaza con colapsar bajo el peso de sus propias obsesiones.

Suazo Mejía tiene un problema serio de contención. Cada idea que aparece parece exigirle una expansión inmediata. Filosofía, ocultismo, sexo, crítica política, violencia policial, trauma histórico, narcocultura, rock clásico, erotismo decadente, fantasmas, crítica de clase, corrupción empresarial: todo entra al texto simultáneamente, y no siempre bajo control. Hay momentos donde la novela parece escrita por tres autores distintos luchando por dominar la misma página.

Esto afecta especialmente la consistencia tonal. El libro puede pasar, en cuestión de párrafos, de un diálogo noir muy bien construido a una reflexión metafísica excesivamente explícita o a una escena sexual narrada con una intensidad que roza el exhibicionismo verbal. El problema no es la mezcla de registros —que en sí misma puede ser fascinante— sino la falta de poda narrativa.

Polanco, además, corre el riesgo de convertirse en un personaje demasiado consciente de su propia “coolness”. Su fascinación por los pies femeninos, las referencias musicales, los comentarios cínicos y la permanente teatralización de su decadencia terminan siendo repetitivos. En ocasiones, el personaje deja de respirar como ser humano y empieza a sentirse como un mecanismo diseñado para producir frases memorables.

Pero incluso allí, la novela conserva algo raro: autenticidad emocional.

Cuando Polanco entra a “la casa de las sombras” —ese inframundo espectral donde conversa con muertos y residuos traumáticos del país— la novela alcanza sus mejores páginas. El horror sobrenatural deja de ser un simple recurso fantástico y se convierte en metáfora brutal de la memoria histórica hondureña. Los espectros no son decorativos: son residuos de violencia política, pandillas, tortura, pobreza y corrupción sistémica. El fantasma del estudiante torturado en las bartolinas constituye probablemente uno de los pasajes más logrados y perturbadores del libro. Allí la novela deja de jugar al noir sobrenatural y se transforma en algo más serio: una exploración del trauma colectivo.

También es notable cómo Suazo Mejía consigue tropicalizar el género hardboiled sin caer completamente en la imitación norteamericana. Hay Chandler, hay Hammett, hay ecos de James Ellroy y hasta de Constantine, sí, pero filtrados por el calor centroamericano, la precariedad urbana y el sincretismo espiritual local. Esa hibridez es probablemente el rasgo más original de la novela.

Ahora bien, el libro necesita un editor severo.

Con unas cien páginas menos, A ras de sombras probablemente sería una novela notable. Tal como está, funciona más como una obra torrencial: fascinante en sus mejores momentos y agotadora en los peores. El autor parece enamorado de cada imagen, cada digresión y cada frase ingeniosa. Y el problema del enamoramiento estilístico es que impide distinguir qué debe quedarse y qué debe sacrificarse.

También hay un evidente problema de representación femenina. Aunque Isabel Canahuati y Débora Mora poseen cierta fuerza dramática, la mirada narrativa sobre las mujeres está permanentemente sexualizada desde el fetichismo obsesivo de Polanco. Eso puede argumentarse como parte de la construcción noir del personaje, pero la novela rara vez toma suficiente distancia crítica de esa mirada. A veces parece reproducirla con demasiada complacencia.

Sin embargo, incluso con todos sus defectos, Polanco, investigador vidente: A ras de sombras tiene algo que la mayoría de la narrativa contemporánea ha perdido: hambre narrativa. Quiere ser grande, excesiva, sucia, filosófica, política y sobrenatural al mismo tiempo. Fracasa parcialmente en controlar todo eso, sí, pero en el proceso genera imágenes, atmósferas y escenas que permanecen.

Javier Suazo Mejía todavía escribe como un autor que no teme el ridículo, y eso —en una época dominada por novelas tímidas, calculadas y perfectamente domesticadas para talleres literarios— termina siendo una virtud inesperada.

Polanco no es una novela elegante. Es una novela herida, sudorosa, barroca y desbordada. Pero debajo de todo su exceso hay una visión literaria genuina: la intuición de que Centroamérica produce monstruos narrativos propios, distintos a los importados, y que alguien tiene que atreverse a mirarlos de frente.

Visión general

Después de recorrer toda esta secuencia de novelas, ya se puede ver una evolución autoral muy clara y bastante poco común.

Lo interesante es que su trayectoria no va desde “simple” hacia “complejo” de manera lineal. Más bien parece una expansión progresiva de un mismo núcleo obsesivo:

  • en Entre Escila y Caribdis aparece el poder; 
  • en El fuego interior, la culpa; 
  • en Quetzaltli, el mito; 
  • en Distopía, el sistema; 
  • en Corre la sangre, doña Inés, la historia; 
  • en Alacranes, la corrupción estructural; 
  • y en Polanco, la degradación espiritual urbana. 

Pero todos parecen formar parte del mismo universo moral.

Y hay algo más que me parece importante desde una perspectiva crítica seria: los libros de Suazo Mejía no se sienten escritos “desde talleres literarios”. Eso hoy es rarísimo. Sus novelas tienen defectos evidentes —sobreescritura, exceso simbólico, hipertrofia narrativa, tendencia a verbalizar ideas filosóficas—, pero también tienen algo que muchos escritores técnicamente impecables nunca consiguen: visión del mundo.

Se percibe:

  • una cosmología, 
  • una ética, 
  • una concepción histórica de América Latina, 
  • y una sensibilidad estética consistente. 

Incluso sus excesos terminan siendo coherentes con su identidad literaria. Sus novelas no creen en la contención porque su mirada sobre la realidad latinoamericana tampoco cree en ella: todo aparece como desmesurado, tropical, violento, sensual, político y espiritual al mismo tiempo.

Y, honestamente, eso hace que la obra completa tenga una personalidad mucho más reconocible de lo que suele encontrarse en gran parte de la narrativa centroamericana contemporánea.

Vista como conjunto, la obra de Suazo Mejía no produce indiferencia ni aburrimiento en el sentido clásico de una narrativa plana o sin energía. De hecho, ocurre lo contrario: casi todos sus libros están impulsados por una intensidad constante —visual, emocional, filosófica o atmosférica— que mantiene viva la lectura incluso cuando se desbordan.

Pero un crítico riguroso también diría algo importante: sus novelas sí pueden fatigar. Y fatigar no es lo mismo que aburrir.

Hay una diferencia enorme entre:

  • una novela muerta, rutinaria o vacía, y
  • una novela excesiva, hipertrofiada y obsesiva. 

Los libros de Suazo Mejía pertenecen claramente al segundo grupo.

¿Por qué no aburren? Porque siempre está ocurriendo algo:

  • conspiraciones, 
  • asesinatos, 
  • tensiones eróticas, 
  • revelaciones metafísicas, 
  • imágenes muy potentes, 
  • atmósferas densas, 
  • conflictos morales, 
  • símbolos, 
  • traumas históricos, 
  • diálogos cargados de ideología o pasión. 

Además, tienen algo que evita el tedio: imaginación narrativa. Sus novelas cambian constantemente de registro y rara vez se quedan quietas demasiado tiempo.

Ahora bien, ¿dónde aparece la fatiga? Principalmente en cuatro puntos:

1. Sobreintensidad constante

Sus novelas casi nunca descansan. Todo:

  • es trascendental, 
  • es simbólico, 
  • es oscuro, 
  • es sensual, 
  • es histórico, 
  • es filosófico. 

Eso puede generar agotamiento porque el lector no siempre recibe pausas emocionales o estilísticas.

Un crítico de El País probablemente diría algo como:

“Suazo Mejía escribe como si cada página tuviera que justificar la existencia completa de la novela.”

Y eso, aunque produce momentos extraordinarios, también puede saturar.

 

2. Tendencia a verbalizar demasiado

A veces explica ideas que ya estaban funcionando visual o dramáticamente.

Especialmente:

  • filosofía, 
  • política, 
  • simbolismo, 
  • espiritualidad, 
  • decadencia moral. 

Sus novelas muchas veces confían más en el discurso que en el silencio.

 

3. Hipertrofia narrativa

Suazo tiene tendencia a:

  • añadir personajes, 
  • subtramas, 
  • ideas, 
  • contextos históricos, 
  • reflexiones, 
  • símbolos, 
  • capas temáticas. 

Eso enriquece el universo… pero también diluye tensión estructural.

Alacranes y Entre Escila y Caribdis son los ejemplos más claros.

 

4. Fascinación con sus propias imágenes

A veces encuentra una metáfora o atmósfera muy poderosa… y no la suelta.

Eso puede producir sensación de reiteración barroca.

Ahora bien, aquí viene lo importante críticamente:

Muchos grandes autores latinoamericanos producen exactamente esa mezcla de fascinación y agotamiento:

  • Carpentier, 
  • Lezama Lima, 
  • Asturias, 
  • Sábato, 
  • incluso García Márquez en ciertos pasajes. 

El barroco latinoamericano rara vez es “ligero”.

La diferencia está en el grado de control estructural.

Y aquí creo que está el punto más honesto sobre la obra de Suazo Mejía:

sus novelas todavía están más cerca de la energía creadora torrencial que de la depuración absoluta.

Pero eso también explica por qué tienen personalidad.

Porque la literatura verdaderamente aburrida suele venir de autores demasiado controlados, demasiado conscientes de mercado o demasiado domesticados estilísticamente.

Sus libros, en cambio, tienen exceso vital. A veces eso juega en contra de la precisión narrativa. Pero también evita que se vuelvan neutros. 

(CONTINUARÁ)

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