Contracorriente: "LA MATANZA DE LOS HORCONES"
Juan Ramón Martínez
Estoy por poner en circulación la última
investigación histórica. Debí haberla publicado el año pasado que se cumplieron
50 años de los hechos. Se llama “La Matanza de los Horcones”: memoria,
verdad y justicia en Honduras. Queríamos publicarla en ocasión del 50
aniversario del acontecimiento que fuera un parte aguas en las relaciones entre
los sectores populares y los militares. Y que pusiera punto final al último
tramo del llamado “reformismo militar”. Semanalmente he publicado el contenido
en la revista Contracorriente por lo que lo ha sido leído por millares de
personas del país y el mundo. Muchos lectores me han urgido la publicación.
Otros en cambio, cuando les he pedido ayuda; o
ellos inicialmente mostraron simpatía y quisieron ayudarme en el
financiamiento, una vez que supieron el contenido del libro, dijeron que
no porque eran amigos de Mel. En el libro se narra la participación como
cómplice del crimen al padre del ex presidente – muy documentada-- en la
captura, muerte y encubrimiento de los cadáveres de 9 personas que fueron
asesinadas en la “Finca los Horcones”, propiedad del señor Zelaya Ordoñez por
miembros del DIN y por el mayor Enrique Chinchilla y el teniente Benjamín
Plata. Los fallecidos fueron dos sacerdotes católicos – Ivan Betancourt –
colombiano -- y Casimiro Pzifer – estadounidense – dos mujeres Ruth Argentina
Mallorquín, María Elena Bolívar y 11 dirigentes campesinos y trabajadores de
organizaciones sociales de servicio a los campesinos.
Es un libro de historia. No es un ensayo
político. Tampoco un ajuste de cuentas. Menos un panfleto para pedirle cuentas
a los militares y a los ganaderos que participaron como autores y cómplices en
el asesinato de personas que no se merecieron el tratamiento recibido; y menos
las muertes y ocultamiento de sus cadáveres como ocurriera. Mi interés es la
búsqueda de la verdad, la explicación de porqué ocurrieron los hechos;
y para aprender cómo evitar que crimenes como el que nos ocupan, se volvieran a
repetir.
Cuando escribíamos no se habían producido los
hechos dolorosos de la aldea Rigores, municipio de Trujillo en que murieron 20
campesinos a manos de personas desconocidas; pero uniformadas como autoridad.
Hasta ahora, no se sabe, quienes fueron los culpables.
La historia no es un tribunal para enjuiciar,
absolver o condenar.
“La Matanza de los Horcones” no está escrita para condenar o absolver. Buscamos
comprender porque ocurrieron las cosas, porqué el clima de polarización en
el departamento de Olancho derivó en una matanza; y los efectos que tal
acontecimiento tuvo en la vida política, económica y social del país.
Por ello, la narración está basada en fuentes
documentales: declaraciones de los testigos, confesión de los implicados; y
resolución de los jueces y los tribunales. No hay ninguna afirmación que no
tenga respaldo objetivo. Las declaraciones de los testigos y los implicados,
por supuesto que tienen elevada subjetividad, porque no es menor el
interés de cada uno de los implicados. Los autores, ratificando su inocencia,
afirmando que no sabían nada de los hechos, que se enteraron por la radio y los
periódicos de lo que había ocurrido; y que no tenían razón para cometer tales
crímenes. Los abogados acusándolos.
Y es que en la primera parte los hechos fueron
manipulados por los criminales que crearon una cortina de humano: los
desparecidos -- dijeron-- se fugaron del presidio y se han internado en las
montañas para iniciar un foco guerrillero para derrotar al gobierno militar.
Dos periodistas fueron mencionados para vía pago, crear una campaña de
convencimiento de los hondureños que los desaparecidos – cosa que se sospechó
desde el principio—habían sido asesinados en la noche y en la madrugada del 25
y 26 de junio de 1975 y enterrados en un pozo de malacate de la hacienda los
Horcones, propiedad de Manuel Zelaya Ordoñez.
El gobierno era de facto. Los militares
creían que solo ellos podían efectuar las reformas políticas y económicas para
facilitar el desarrollo. La caída de López Arellano, en abril de 1975, hizo
pensar a los dirigentes campesinos sociales cristianos que era necesario actuar
con fuerza, para impedir que el reformismo militar – en el que creían – terminara
abruptamente. Los militares encabezados por Melgar, concibieron la marcha
campesina como un acto político destinado a derribarlos del poder. Chinchilla,
Plata y Ártica actuaron en cumplimiento de órdenes de Casa Presidencial. El
que una de las primeras medidas de la Asamblea Constituyente fuese una amnistía
para los culpables, indica que la acción fue de militares contra campesinos,
sacerdotes y líderes sociales.
El libro fue editado en el exterior. Está por llegar. Pronto estará en las librerías.

Comentarios
Publicar un comentario