Contracorriente: PODER ABSOLUTO CADUCIDAD ABSOLUTA
Juan Ramón Martínez
“No hay poder que dure cien años; ni cuerpo que
los resista”, dice el popular refrán. Algunos gobernantes se imaginan
inmortales. Pero todos tienen caducidad. Ramsés el faraón egipcio, Napoleón
Bonaparte, Hitler, Stalin, Fidel Castro, Carías Andino. Todos terminan
arrinconados en el polvo del olvido. Claro, se imaginan misioneros, creadores
de nuevas culturas y sociedades; e incluso, como decía Hegel de Napoleón, con
tanto poder que imaginaban podían “poner fin a la historia” como recuento de
conflictos y confrontaciones. O Hitler que creía que inauguraba un gobierno en
que la superioridad blanca se impondría durante más de mil años. Trotsky y
Fidel Castro sostuvieron con terquedad la “revolución permanente” e indefinida,
como final de la dialéctica.
Santiago Posteguillo en “La sangre de los
libros” narra la historia del poder de Ramsés y sus fuerzas militares
imbatibles. Al final, agrega como contrapunto los esfuerzos de los ingleses por
llevar un monumento gigantesco suyo a los museos de Londres. “Era un imponente
monumento levantado por Ramsés II, el antiguo “Rey de Reyes” como le gustaba
autodenominarse el faraón del siglo XIII AC. El propio Napoleón había intentado
trasladar el monumento a París, “pero tuvo que desistir”. Alrededor de este
tema Percy B. Shelley “escribió uno de los poemas más famosos de la
literatura inglesa, el que tituló Ozymandias, nombre que no es otra cosa
más que la transliteración griega de uno de los apelativos con los que Ramsés
II le gustaba ser conocido. Se trata de un soneto donde un viajero encuentra en
medio del desierto de Egipto los restos de una estatua de colosales dimensiones
de la que apenas queda nada: un pedestal, unos pies y un rostro medio
enterrado en el suelo. Ruinas transformadas en el testimonio mudo del
enorme poder de quien ordenó su construcción en otro tiempo, pero de quien ya
no queda ni poder ni casi memoria; el viajero ve entonces unas palabras
escritas en el pedestal: Mi nombre es Ozimandias, rey de reyes/ ¡mirad mis
obras, vosotros poderosos, y desesperad¡. Y, sin embargo, solo hay ruinas y
las arenas del desierto alrededor; una gigantesca metáfora sobre lo pasajero
del poder que abandonó siempre a todos, incluso a los faraones”.
Algunos tuvieron suerte. Lenin, Stalin y
Khrushchev no imaginaron que en 1989 la Unión Soviética colapsaría. Se
derribarían sus estatuas. Muchos discutirían sobre la conveniencia de
enterrar la momia de Lenin en el Kremlin, ante la cual que según Montoya
lloró Ubodoro Arriaga. Fidel Castro murió sin imaginar que su revolución y los
cumpleaños de su hermano Raúl, se verían afectados por los Estados Unidos,
poniendo de rodillas a los guerrilleros avejentados que derrotaron a Batista en
1959.
Carías Andino es el gobernante más longevo de
la historia de Honduras. López Arellano, Carlos Flores, Mel Zelaya y JOH,
compiten por la vigencia eterna de su fuerza y beligerancia en la vida
política. Flores tiene más de 23 años de “gobernar” el país, insinuando,
recomendando; e imponiendo sus reglas y caprichos. Convencido que la
democracia no sobrevivirá al día que deje de respirar sobre la tierra
florecida.
Mel, logro reelegirse sin violar la ley – con
la complicidad de Nasralla – imponer a su mujer como espantapájaros. JOH,
insiste desde Nueva York por mantener una vigencia que solo asusta a sus
correligionarios. Pepe Lobo desde sus intereses familiares agredidos,
mantiene en el ejercicio de la venganza una vigencia apurada en la vida
política nacional cada vez más menguante. Osvaldo López Arellano, descansa en
una tumba solitaria cerca de una instalación militar. Esperando el
reconocimiento eterno de sus méritos, inútilmente olvidado sobre el polvo de
los caminantes que circulan por la zona.
Carías Andino es el más afortunado. Todavía
tiene seguidores entre los nostálgicos de la paz. Y entre los que celebran a
Bukele. Ahora que este ha logrado imponer la fuerza en El Salvador, con los
mismos métodos de los dictadores del pasado. Su residencia sigue en pie. Y la
carretera que impusiera para que los viajeros llegarán a comer en el merendero
de su esposa, pasa cerca de los negocios que recuerdan sus glorias que muriera
creyendo que serían eternas.
Una sola estatua queda de Carías Andino. Un parque de Choluteca tiene un
busto suyo en bronce que fuera rescatado por los nostálgicos cachurecos del
fondo del río, donde los enardecidos liberales buscaron humillarlo para el
resto de los tiempos. No en la arena, sino que los fangos del río perezoso que
avanza hacia el mar.
Nada es eterno. Todo pasa y la arena cubre las estatuas de los poderosos gobernantes hondureños del pasado.

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