Cosas del español (93): EL LADINO, UN ESPAÑOL MUY ANTIGUO
Tras su expulsión de España en 1492 por orden
de los Reyes Católicos, los judíos llevaron con ellos su lengua -en esencia, la
misma que empleaban los habitantes del territorio peninsular abandonado-, y
preservaron su uso en los nuevos lugares de asentamiento, dando origen al
ladino, sefardí o judeoespañol.
Los sefardíes que se establecieron en Asia
Menor, la región balcánica, Israel o el norte de África fueron los más fieles a
su lengua de origen, en la que pervivieron determinados rasgos del castellano
anterior al siglo XVI. No obstante, el ladino fue incorporando préstamos
léxicos procedentes no solo del hebreo, peculiaridad que ya se daba en el
español de los judíos antes de abandonar Sefarad (nombre de la península
ibérica en la tradición hebrea), sino también de aquellas lenguas con las que
los expulsados estuvieron en contacto, árabe, turco, italiano, griego o lenguas
balcánicas, y fue también capaz de crear sus propios términos a partir de la
base del español.
Hasta el siglo XIX, el judeoespañol utilizó
preferentemente el alfabeto hebreo, dando lugar a la escritura aljamiada. A
partir de entonces, en especial en Turquía, aunque con una ortografía peculiar.
Algunas de sus características más llamativas son la conservación de
determinados sonidos perdidos en el español actual, la distinción fonética
entre b y v, y la transformación del grupo -rd-
en -dr- (guadran por guardan).
También mantuvo la preferencia por las formas verbales vo, do,
esto o so (en lugar de voy, doy,
estoy o soy), así como la extensión de la
terminación del indefinido -i e -imos a verbos de
la primera conjugación: favlí, favlimos (en lugar
de hablé, hablamos, la f inicial latina se ha
conservado en algunas áreas). La presencia y ausencia de diptongos resulta
inesperada: adientro por adentro, preto
por prieto.
El ladino tiene carácter arcaizante (se pueden
encontrar voces como agora [ahora], mancevo
[´mancebo´], falduquera [´faltriquera´, ´bolsillo´] u ogaño
[´hogaño´], y tendencia a generar formas específicas para el femenino en los
adjetivos -también en los sustantivos- invariables, lo que da lugar, por
ejemplo, al uso de jóvenas para designar a un grupo de muchachas.
A partir de mediados del siglo XIX, con la
creciente influencia de Occidente en el Mediterráneo oriental y el norte de
África, su uso quedó relegado al ámbito familiar o doméstico y a grupos
sociales de escaso poder adquisitivo y formación. En octubre de 2019 la Real
Academia Española aprobó la constitución en Israel de una Academia Nacional del
Judeoespañol.
(Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs., 235 y 236).

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