BORGES, ESPLENDOR Y DERROTA
María Esther Vázquez
Conocí a Borges los últimos días de un invierno muy frío y lluvioso de hace demasiados años. Yo acababa de cumplir diecisiete y luchaba esforzadamente con el latín y el griego del primer curso de la Facultad de Filosofía y Letras, que todavía funcionaba en el antiguo edificio de la calle Viamonte, frente al convento de Las Catalinas cuyas campanas cortaban melancólicamente el tiempo de las piadosas monjitas de clausura, que aún lo habitaban, y con mucha menos melancolía nuestras clases de trabajos prácticos.
Mis compañeros eran todos mayores que yo, demasiado tímida para seguirlos, y se reunían en el bar Florida y en el Jockey, más para hablar de política que de literatura. Yo leía compulsivamente todo lo que caía en mis manos; la literatura era la única materia que me interesaba de verdad. En esa época ya conocía textos de varios escritores y poetas argentinos y mis últimas adquisiciones habían sido Borges y Mallea. Por eso, la mañana en que, por casualidad, oí cómo cuatro compañeros de mi curso se ponían de acuerdo para visitar a Borges, decidí ir yo también. Tomé nota de la dirección y de la hora, y quince minutos antes toqué por primera vez el timbre del sexto piso B de Maipú 994.
Durante unos años no volví a verlo, hasta que en 1957 o 1958 empecé a trabajar en la Biblioteca Nacional. Fue mi primer empleo. Pero no estuve mucho tiempo; emprendí un largo viaje por Europa y al regresar empezó, entonces, lo que sería una entrañable amistad y una larga serie de tardes y de mañanas de labor compartida.
Si pienso en aquella primera vez que estuve en su casa, debo confesar que no recuerdo casi nada de aquella visita, más allá de las miradas iracundas de mis compañeros al descubrirme ya instalada en el living, y de un té, servido por Leonor, que no pude tomar; estaba demasiado impresionada por Borges. Pensando en esa tarde, la veo como suspendida en el tiempo. ¿Qué se ha hecho de la muchacha que fui?¿Dónde está aquel hombre que recitaba en voz alta y levantando la cabeza los versos de Hamlet: "¿Qué habré de temer? No le doy a mi vida más valor que el de un alfiler. En cuanto a mi alma, ¿qué podrá hacerle? Si es inmortal”. Se los oí decir tantas veces a lo largo de los años; se los oí en la explanada del castillo de Elsinor en Dinamarca, me los dijo antes de emprender el último viaje.
¿Dónde está aquel hombre que recorría feliz los laberintos oscuros de la Biblioteca Nacional, tanteando con el bastón delante de sí para no tropezar, recitando versos en anglosajón?
Pienso en Borges y me parece que lo veo con asombrada alegría escudriñar el reloj de arena que acaba de dar vuelta con la esperanza de vislumbrar la lluvia dorada. Pienso en Borges y me parece oírlo hablar con sentida ternura de Beda el Venerable, a quien imaginaba con total precisión, hasta físicamente, traduciendo para los monjes de su convento los códices sagrados, a la luz de una vela en la helada celda de un invierno de doce siglos atrás.
Pienso en Borges y lo recupero en el esplendor de su genialidadcreadora y, al mismo tiempo, en el árido dolor de sus derrotas sucesivas, tantas, que conformaron un rosario de penas. Borges, inmerso siempre en la literatura, decimonónico en la concepción del amor y de las mujeres, vio a ambos a través de los libros que había leído y, por eso, como aquellos trovadores de las cortes galantes, vivió siempre en estado de enamoramiento ideal; exaltando al objeto de su amor, cuanto más desdeñoso y lejano, tanto más querible.
No importaba -como en el texto de Don Giovanni de Mozart-que fuera linda o fea, simpática o sosa, graciosa o desgarbada; él veía (en especial después de que lo alcanzó la ceguera) a todas altas, rubias y de ojos azules, inteligentes, cultas y reservadas con sus sentimientos.
Solía tener, sin embargo, una cierta intuición de la belleza y, por su puesto, coincidiendo con su visión idílica de las relaciones amorosas, prefería las púdicas e inexpertas a las veteranas. No obstante, se enamoró de algunas mujeres casadas y desdichadas en el matrimonio, generalmente por la conducta brutal del marido o su falta de sensibilidad.
Se enamoró de heroínas literarias sublimadas por su propia desventura. Adoraba a Edith, Cuello de Cisne, la desdeñada amante de Harold, príncipe de Inglaterra, que al ser abandonada se refugió en un convento y sólo dejó su retiro el día en que Harold murió en la batalla de Hastings. Salió para buscar el cadáver del amado despojado de sus ropas, de sus insignias, de sus joyas, desnudo entre los otros cuerpos exangües en el campo de la lucha. Emocionado por el amargo destino que le tocó vivir, la imaginaba a la luz de las antorchas, ahogada por el llanto, suelto el pelo largo y rubio, caminando entre los muertos.
Pero la verdad fue que desde aquella lejana Ulrica de Lugano, que perdió apenas la hubo encontrado, casi todas las mujeres lo abandonaron. Y cuando él las dejó, fue porque advirtió que la realidad distaba mucho del ideal imaginado. Precisamente por esa razón excluyó de su vida a las que se le ofrecieron o le confesaron su amor antes de que él notara sentimentalmente su existencia.
Lo más cruel fue que no se dio cuenta de que los años iban pasando; el mismo fervor juvenil que alentó su amor por la tímida Concepción Guerrero lo acompañó hasta la vejez. Detrás de ese anciano febril, conocedor de literaturas y de lenguas, dueño de una erudición sólo comparable a su memoria prodigiosa, burlón con quienes lo atacaban, duro y hasta cruel con quienes menospreciaba, se ocultaba un adolescente romántico, temeroso, encendido de pasión, que temblaba ante el contacto de la mano querida. Pero, al mismo tiempo, era el hombre que se avergonzaba de las necesidades de su cuerpo, odiaba su cuerpo, desdeñaba la carnalidad, se despreciaba por los oscuros deseos que le encendían la sangre. Era el hombre que en los años treinta y hasta ya avanzados los cuarenta, se acostaba vestido para ignorar el contacto de su propia piel. En esa época, cuando encontró el definitivo camino de la literatura, se sentía al mismo tiempo desgraciado: padecía de insomnio y de terribles dolores de muelas y en la larga noche no podía dejar de pensar en la lenta corrupción de su carne, en las caries que silenciosamente minaban sus dientes, en el cuerpo obeso y pesado que arrastraba y aborrecía.
Las sucesivas Ulrica, Beatriz Viterbo, Matilde Urbach, TeodelinaVillar, aquellas que le llevaron a decir «me duele una mujer en todo el cuerpo» o a ofrecer «el núcleo de su ser», «su hombría», «la lealtad de un hombre que nunca fue leal» conforman un solo rostro inaccesible.
Borges triunfó y se vio envuelto en el esplendor de la fama, de los halagos, de los premios. Eso lo hizo feliz. Y, sin embargo, fue incapaz de lograr un amor entero en el momento adecuado.
Más allá del esplendor, encontró la derrota.

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