Contracorriente: HONDURAS COMO PROBLEMA Y LA POLÍTICA Y LOS POLÍTICOS COMO SOLUCION (3/4)
Juan Ramón Martínez (*)
José Ángel Zuñiga Huete
En el discurso de Ramón Rosa, pronunciado en la inauguración del ciclo académico de la Universidad Central -donde trae a un país obscurecido las luces del “positivismo” de Augusto Comte-, no hay afirmaciones liberales, ni conceptos democráticos relevantes, pese a que para entonces, Tocqueville había escrito su valioso texto sobre la democracia estadounidense. Pero hay que entender que no se conocía bien siquiera el acta de independencia de Estados Unidos y el concepto de pueblo, no era de uso corriente siquiera entre los intelectuales de la epoca. Por ello aquí en Honduras no se ha podido entender que la democracia no es natural, que nadie nace demócrata; y que más bien la experiencia empírica confirma que se aprende, que se nace indócil, silvestre; y que nos hacemos, por talento natural y por ejercicio magisterial demócratas. En el interior de las familias, en las aulas escolares, en los recintos universitarios o en la vida social. Aquí, encontramos entonces la justificación que para que Honduras pueda construir su democracia es inevitable que formemos una cultura democrática y graduemos políticos democráticos. Que vean la política como misión y el servicio a la colectividad la mejor manera de ser personas respetables. Desde luego imaginándose como instrumentos, como medios para que la democracia en un ambiente fértil y adecuado pueda echar raíces y sobrevivir. Y entendiendo la democracia como un espacio comunitario que se amplia y de mejora, en la medida en que se usa y se pone al servicio del bien común. Es decir que vas más allá de los conceptos griegos, más allá de Pericles. Y se estaciona en Hannah Arendt y los demócratas liberales modernos. Debo reconocer que en Honduras estas ideas no son muy populares.
Por razones de tiempo, muy brevemente quiero compartir una anécdota que demuestra que estas ideas que presento y que ustedes pueden aceptar con la mayor normalidad, no siempre se han manejado en la historia política hondureña: José Ángel Zúñiga Huete es de los políticos nacionales con Policarpo Bonilla, poseedores de las de mayores luces y lecturas. Zúñiga Huete vivía en la Calle Real de Comayagüela. Todas las tardes durante los veranos, sacaba una silla mecedora a la acera frontal; y con un libro en las manos, leía; y decía adiós, trabando conversación con los escasos vecinos interesados que circulaban por la entonces elegante avenida capitalina. Era su vecino Miguel Navarro, parlamentario inteligente, orador de muchos recursos y hábil en el manejo de la ironía. Una vez que paso y lo vio, entregado a le lectura de un grueso libro le dijo: “Changelito” –a José Ángel, amigos y correligionarios le decían “Changel” cariñosamente– cada página que lees, te aleja de la presidencia de la república”. La intención era clara: de acuerdo con la historia política hondureña, para ser gobernantes no era necesario tener lecturas o formación. Ahora tampoco. Bastaba la voluntad, la fuerza, el capricho y la capacidad de matarse unos con otros, para ascender y convertirse en el caudillos que el pueblo avalaba con sus votos no siempre voluntarios; y se tornaban gobernantes legítimos del país. Zúñiga Huete, nunca fue presidente, aunque fue candidato presidencial en dos oportunidades: en 1932 y en 1948.
En 1932 lo derroto Carias Andino; y en 1948, Juan Manuel Galaviz, dos políticos de los que no se sabe que alguna vez hayan leído un libro más allá del que sus maestros usaron para enseñarles las primeras letras.
Ahora veamos el sistema jurídico. La Constitución de Centroamérica fue una copia desafortunada de la de México; y esta, fruto de una mala traducción de la de Estados Unidos. Aplicada a realidades diferentes de las que los propietarios estadounidenses conocían y manejaban. Al margen de las instituciones que contiene, hay que observar el escaso y poco claro papel del ciudadano – palabra que suena como eco de la revolución francesa entre los políticos centroamericanos – en la limitacion del poder. Aquí esta posible la primera piedra – obstáculo o fundamento -- en cualquiera edificación democrática futura. Ciudadano no era cualquiera. Era quien tenía bienes y además, residía en las ciudades o pueblos. Después se le exigía que supiera leer; y que ejerciera el voto, en alta voz, para que todos supieran – especialmente el caudillo que le hacía favores y era su paño de lágrimas en las dificultades inevitables de la pobreza – por quien votaba. Los liberales hondureños en el siglo XIX defendían el voto público, para que ustedes vean la calidad de políticos que teníamos. Tiempo después, el fraude electoral se impuso y las elecciones las ganó siempre quien tenía el poder. El continuismo y la reelección –fruto del irrespeto a la ley– se convirtieron en dos prácticas abusivas que retardaron la eficiencia del sistema democrático. (CONTINUARA)
(*) Conferencia dictada en la Universidad Católica de Honduras, Tegucigalpa en la inauguración de las clases de la carrera de la Facultad de Ciencias Políticas.

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