Cosas del español (98): MI BUENOS AIRES QUERIDO: EL LUNFARDO

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, surgió en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores una jerga que se conoce con el nombre de “lunfardo” y que, de manera habitual, se asocia a los ambientes marginales de la delincuencia. No es baladí que el mismo término fuera empleado para designar a los delincuentes. Borges subrayó esta condición gremial, aunque algunos estudiosos cuestionan este extremo, caracterizando el “lunfardo” como lenguaje propio de las clases más humildes y no exclusiva del mundo de los bajos fondos.

En tanto que registro característico de rufianes y maleantes, el “lunfardo” habría recurrido a numerosos términos propios de la lengua de germanía peninsular, que se mezclaron con palabras italianas. No en vano la mayoría de los inmigrantes llegados al país desde finales de los años cincuenta del siglo XIX procedían de España (en particular de Galicia, de ahí el termino gallego con el que se denomina a los españoles en Argentina) y, sobre todo, de Italia.

Todo ello originó esta peculiar variedad lingüística en cuya configuración también habrían desempeñado un papel relevante términos específicos -indígenas, de origen africano o de filiación gauchesca- y préstamos de otros idiomas, por ejemplo del francés y del portugués. No ha de olvidarse tampoco el aporte de esa curiosa jerga formada por palabras cuyas sílabas y sonidos se alteran para dificultar su reconocimiento, el “revesado” – característico también del léxico de germanía, donde el termino “chepo” significa ´pecho´- que es una suerte de metátesis.

Con el tiempo, una cantidad significativa de estos vocablos, giros y expresiones del “lunfardo” quedaría incorporada al español popular de las clases bajas tanto de Argentina como de Uruguay, penetrando en la cultura y en la música a través del tango, que está asociado a los ambientes arrabaleros rioplatenses.

«Sola, fané y descangayada…», reza el tango de Enrique Santos Discépolo, que tanto éxito alcanzó interpretado por Gardel -el Troesma, ´maestro´ por transposición de las sílabas-. Pues bien, fané es vocablo lunfardo y procede del francés fané, que quiere decir ´marchito´, ´demacrado´, idéntico significado con que habría pasado al español.

Otras muchas voces del “lunfardo”, algunas muy extendidas, se consideran hoy simplemente coloquiales o vulgares, y no exhiben en el diccionario vinculación alguna con el habla “lunfa”. Entre ellas, podemos mencionar: bacán (´persona adinerada´), engrupir (´hacer creer una mentira´), cana, que designa tanto la cárcel como al cuerpo de la Policía y a cada uno de sus miembros, vichar (´atisbar, observar furtivamente´ o ´vigilar con la mirada´), mina (´mujer´), fiaca (´pereza, desgana´ o ´perezoso, indolente, desganado´), pucho (´resto, residuo, pequeña cantidad sobrante de alguna cosa´ y, mas concretamente, ´colilla´), o morfar, sinónimo de comer.

El “lunfardo” no introduce innovaciones ni en la flexión de adjetivos y sustantivos ni en la conjugación de verbos. La morfología y la sintaxis son las del castellano. 

(Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs., 246 y 247).


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