Contracorriente: INTELECTUALES Y TOTALITARISMO
Juan Ramón Martínez
Al inicio del año 1990 Televisa de México difundió una serie de conferencias magistrales, mediante la comparecencia de altos intelectuales del mundo. Presidió la dirección del esfuerzo cultural Octavio Paz, el más destacado intelectual de México. Y fueron invitados pensadores, escritores, novelistas y poetas para evaluar con su limpia pupila, lo ocurrido en la historia, y para atisbar con serenidad el futuro. En uno de esos programas que se retrasmitieron en Honduras, tuvimos la oportunidad de escuchar una animada conversación entre Mario Vargas Llosa y Octavio Paz. El tema, ¿Cuál era el mejor siglo de todos los evaluados? Para el novelista de “Conversación en la Catedral”, era el siglo XX.
Decía Vargas Llosa que el desarrollo del capitalismo había dado como resultado el mejoramiento de la vida de millones de personas, la libertad para los pueblos, y además, facilitado el perfeccionamiento de la democracia. Paz no estuvo de acuerdo. El creía que el Siglo de la Ilustración había sido el mejor; y contra atacó, señalando que el siglo XX era el que más terribles cosas nos había dado: el totalitarismo fascista, el nacional-socialismo y el comunismo. Los argumentos fueron de un lado para otro, entre dos hombres brillantes como Paz y Vargas Llosa. En una de las intervenciones de este último, soltó la frase aplicada al PRI y al Gobierno de México que no le gustó inicialmente a Paz: la “Dictadura Perfecta”. En el rostro mostro el poeta mejicano su disgusto. Era un hombre meticuloso y además, seguro de su fuerza e influencia intelectual, por lo que la atrevida calificación de Vargas Llosa le provocó un rictus de inevitable y visible desagrado.
En 1953, en ocasión de la denuncia del Secretario General del Partido Comunista de la URSS de los crímenes de Stalin, los intelectuales franceses encabezada por Jean Paul Sartre, se enfrentaron al dilema que al criticar a Stalin, censurando sus métodos y mostrando las debilidades morales del marxismo, se colocaban al servicio de la propaganda anticomunista liderada por los Estados Unidos. Años antes, Albert Camus había caído en la cuenta que el régimen soviético ahogaba la libertad, prostituía el respeto a los derechos humanos; y convertía a las personas en piezas al servicio del régimen, articulado en una línea vertical en donde el partido era una nueva “religión” totalitaria y el Secretario General del PC el diabólico “pontífice” supremo del mal. Sartre arremetió contra Camus. Camus sereno, siguió sus tareas y produjo sus mejores textos, privilegiando los valores de la libertad y la justicia. Y en la distancia solitaria Hannah Arendt, descubrió las terribles infectadas vísceras del totalitarismo que de repente en términos políticos, es el fondo obscuro de la maldad humana disfrazada de poder en contra de la humanidad. Tony Judt, dejo para la posteridad y para los estudiosos, un valioso análisis del dilema y la forma como los intelectuales franceses enfrentaron las obligaciones inevitables de los pensadores; y además, las formas como algunos no pudieron evitar que la ideología les impidiera ser consecuentes con la denuncia contra la dictadura, la censura a los crímenes del totalitarismo; y el rechazo al “gulag” en donde se ahogaron las vidas de miles de personas condenadas por el régimen soviético.
Muchos a años después –muerto Sartre y Camus— al verificar las cuentas inevitables, caemos en la certeza que Sartre se equivocó y cayó, con todo su talento a los pies de la dictadura y a la obediencia de los caudillos. Y que en cambio Camus, había tenido la razón. El existencialismo sartreano nunca levanto cabeza, posiblemente porque le falto la idea de la justicia, la libertad y la defensa de la dignidad humana, ante cualquiera ideología. Sartre no tuvo la humildad de reconocer como Camus, que “entre la justicia y su madre, escogería a su madre”.
Los latinoamericanos no hemos asumido esos dilemas. La dictadura ha sido una tentación. Se justifica a Fidel Castro, Chávez y Maduro. En Honduras se hacen loas a Mel Zelaya. Y no son pocos que, en un realismo maligno, alimentado por las servidumbres ideológicas, defienden la dictadura con tal que sea efectiva y de resultados. Bukele, tiene un discurso en que da bienestar y seguridad a cambio de entregar libertad. Igual que Ortega –y Carías en su tiempo– garantiza la paz, permite la vida tranquila; pero vuelve prisioneros a todos los ciudadanos negándoles su libertad.
Muchos intelectuales de América Latina –incluidos varios hondureños– se llaman al silencio. Ven de reojo la política y se aíslan, justificando al dictador y favoreciendo las tendencias totalitarias. No condenan a Castro. Le tienen miedo a su “espíritu”.

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