Mirador: MONSEÑOR RAÚL CORRIVEAU, OBISPO Y EDITOR
Juan Ramón Martínez
El 21 de septiembre de 1975 – hace más de
cincuenta años – llegó a Honduras Raúl Corriveau,
estableciéndose en Choluteca, donde fue nombrado Vicario de la Parroquia de la
Catedral. Inició una dinámica acción pastoral en los barrios de la Catedral; y
en los del resto de la ciudad. El 8 de diciembre de 1980, por sus méritos y
dedicación pastoral, fue nombrado Obispo Coadjutor de Monseñor Marcelo Gerin,
primer Obispo de la Diócesis de Choluteca. Su lema fue “Servir en Comunión”.
Cuatro años después, cuando Monseñor Gerin ya
no pudo continuar su labor en vista que había cumplido la edad establecida para
el retiro; y después de las prórrogas solicitadas por el Santo Padre, Monseñor
Raúl fue nombrado segundo Obispo de la Diócesis de Choluteca el 4 de abril de
1984. Trabajador infatigable e inteligente organizador, creyó que había llegado
el momento de la revisión y de un nuevo dinamismo, para lo que convocó el
Primer Sínodo Pastoral Diocesano. Animó, organizó, escribió, visitó sus parroquias.
Y recibía en su oficina a amigos y compañeros en la fe.
En la década de los ochenta, fui visitante
asiduo de su oficina en el Obispado. Siempre atento y afable. Muy conversador y
dispuesto a apoyar iniciativas. En varias oportunidades me llamó por teléfono
para felicitarme por un artículo publicado en La Tribuna; o para hacerme
algunos comentarios sobre la realidad, – insinuando muy discretamente como
acostumbraba –,
“si fuera escritor como tú, lo abordaría así”. Era su forma pastoral de animar
y estimular. Casi siempre las visitas, donde él se mecía invariablemente en una
mecedora – mientras sobre la guayabera inmaculada llevaba la cruz
pectoral – eran largas; y al final me invitaba a que almorzáramos.
Algunas veces un par de sacerdotes se agregaban haciendo una inolvidable
tertulia de hermanos en la fe católica. Siempre tenía el dato, la idea y la
sugerencia, no tanto para mí, sino para recordarse a sí mismo, llevarla a la
práctica inmediatamente que yo le dijera adiós.
En el año 2000 Su Santidad Juan Pablo II,
organizó un evento mundial dedicado a la prensa católica. Me llamó para decirme
que le gustaría que fuera a Roma. Como no tenía suficiente dinero, me dijo que
su Diócesis cubriría el pasaje; y que yo asumiera el hospedaje y la
alimentación. Me pareció una buena idea. En Roma escuche a los más talentosos
Cardenales de la Curia. Oí sobre teorías pastorales; y participé en
conversaciones con colegas latinoamericanos. La mayoría eran profesores
universitarios. Ninguno hacía periodismo por lo que no tenían mis visiones de
la política y conciencia de la vinculación de los evangelios en la lucha entre
grupos y sectores siempre enfrentados. Después de ver al Papa, por la
generosidad del embajador ante el Vaticano Alejandro Valladares, – decano
del cuerpo diplomático –, visité la Capilla Sixtina, recibiendo
explicaciones de sus maravillas por una curadora experta en arte sacro.
Monseñor Raúl una vez que cumplió los 75 años,
interpuso su renuncia. Inquieto e imaginativo, con el apoyo de Rolando Sierra
fundó “Ediciones Subirana”, bajo cuyo título publicó 51 textos, de enorme
difusión en Honduras; y en el continente. Es una obra editorial que nadie puede
superar. Publicó más libros que la UNAH y que la Secretaría de Educación.
Oí misa en su última residencia: la Parroquia
San Ignacio de Loyola. Al lado del padre Calderón. Su prédica
evangélica era vigorosa y sus enseñanzas – en un español rápido y exacto –
fortaleció nuestra fe. Viajó a Canadá para morir allá. Acaba de entrar a la
vida eterna. Tenía 95 años bien vividos y entregados a Cristo. Paz a su alma.
La Prensa, San Pedro Sula, 8 de enero del 2026.

Comentarios
Publicar un comentario