Mirador: CIUDADES HONDUREÑAS Y POBLACIÓN
Juan Ramón Martínez
Hasta 1980 Honduras fue receptora de población.
Desde entonces empezó a crecer en forma tan acelerada que ahora, somos
expulsores de personas que el sistema económico no absorbe. La mitad de la
población económicamente activa trabaja en Estados Unidos, España, Portugal,
Suiza e Italia. En España por el número de inmigrantes, Honduras empieza
a destacar. En Madrid, Barcelona y Girona, la presencia hondureña es muy
notoria.
Los efectos en el interior son igualmente
elevados. Tegucigalpa tiene 3.002.460 habitantes. San Pedro Sula 1.234.883.
Choloma 396.952. Danlí 343.789. La Ceiba 232.696. El Progreso 204.420.
Villanueva 190.085. Comayagua 184.694. Choluteca 175.056. Juticalpa 155.171.
Puerto Cortés 142.311. Catacamas 140.548. Olanchito 124.286. Siguatepeque
117.468. Tocoa 111.972 y Tela 110.255. Las ciudades son abiertas. Sin planes de
desarrollo y sin consideración a los temas de empleo, seguridad, recreación y
bienestar. Están confiadas “a la mano de Dios”. Y a la improvisación.
Los legisladores del pasado estuvieron más
preocupados del tema que los actuales. Las leyes municipales preveían el
establecimiento y arraigo de sus habitantes. Llevaban el registro de sus
vecinos. Y cuando uno cambiaba de lugar, hacia el reporte para que lo
eliminaran del censo local. En la ciudad en donde se establecía, solicitaba el
arraigo pertinente, para efectos de tributación y ejercicio de derechos. Durante
la dictadura de Carias Andino se llegó al abuso. Para moverse de una ciudad a
otra, por razones particulares, había que sacar el pasaporte respectivo. El
control tenía finalidades de dominación; y limitación de la libertad ciudadana.
Ahora lo que priva es el desorden. Bajo una
equivocada visión de la libertad, nos movemos de una ciudad otra, sin los
procesos ordenados correspondientes. Por ello el crecimiento de las
ciudades es caótico. Y el comportamiento de los ciudadanos – especialmente los
inclinados al irrespeto de la ley – se orienta hacia la comisión de
infracciones en una ciudad; y para evitar la sanción se cambian a otra. Donde
llegan nadie pregunta de dónde viene. Que quiere. Y menos a que se dedica.
Pero lo peor es que la autoridad ha perdido el
control informativo de la población. Las autoridades policiales tienen
dificultades para capturar a los que incurren en delitos o cometen violaciones
administrativas de la ley. Este fenómeno no es de ahora, ni fruto de la
“dictadura” como le gustaba decir a Xiomara golosamente. Viene desde hace
muchos años.
En 1963 salí de Olanchito y me establecí en
Tegucigalpa. La Alcaldía de Olanchito no me retiró de los contribuyentes
locales hasta donde sé. La de Tegucigalpa, ignoro en qué momento me incluyeron
como vecino de la capital. Le preguntare al nuevo alcalde que si conozco. Y
habla conmigo.
En 1989, un campesino de Corquín que lleva mí
mismo nombre mató a otro hombre. Huyó. Nunca fue capturado. El delito ha
prescrito. Sin embargo, cada vez que salgo de viaje, me interrogan. Y
solo el Jefe de Migración que ve televisión y lee periódicos se ríe; y me pide
disculpas. Es decir que no hay sistemas de actualización de la información;
ni mecanismos para que los ciudadanos recibamos el respeto que nos merecemos.
Es inevitable concluir que no podemos seguir en
este caos. Es necesario legislar y ordenar la vida ciudadana. El clima de
desorden desde la ciudadanía y desde la autoridad, no crean un ambiente de
seguridad que permita una vida confortable en las ciudades. Y menos que atraiga
la inversión. Hay que retomar el camino de la ley y la regulación. El
derecho y la ley dan seguridad. El camino que seguimos para darnos seguridad es
tonto, inefectivo; y en vez de producirnos resultados, nos empuja hacia el
centro del caos.
(La Prensa,
San Pedro Sula, jueves 12 febrero).

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