Contracorriente: CUBA, EL CAMBIO IMPUESTO
Juan Ramón Martínez
Al final de la tragedia que vive el pueblo de
Cuba, Miguel Díaz-Canel reconoció que hay momentos en que “la realidad
obliga a tomar decisiones que no se comparten”. Confirmando que los
cambios, inevitables en una revolución materialista y revolucionaria –como
predicaban los cubanos que era la suya– los cambios son inherentes al proceso e
inevitables por el imperativo que determina la dialéctica. Pero ocurre que en
Cuba posiblemente nunca hubo una “revolución”. Fue más bien un “golpe de
estado” contra Batista, el ascenso de Fidel Castro -caudillo mesiánico y
oportunista– que eliminó toda oposición; y en vez de la “dictadura del
proletariado”, impuso la “dictadura castrista”; y de sus amigos.
Fidel no es dictador original. Su conducta en
el poder, especialmente el irrespeto de las reglas democráticas no es invención
suya. El liderazgo latinoamericano, con algunas excepciones, ha tenido la
pierna izquierda más corta. Herederos del concubinato del segundón español,
que hizo la conquista con sus medios y se cobró con lo conquistado; y el
chamán indígena, dueño de la resistencia con medicamentos caseros, jamás han
tenido respeto por la leyes “burguesas”, aceptado las teorías democráticas y
compartido las ideas originarias del llamado pacto social que le da origen al
poder. Han sido más discípulos de Maquiavelo que de Santo Tomas de Aquino.
Por ello, la democracia no ha sido un
componente en la creación de naciones ordenadas y florecientes. Marx no se
equivocó. Juzgó que Bolívar no era confiable. Y si hubiese conocido a Fidel
Castro, habría tenido una opinión negativa. Posiblemente solo hay dos
excepciones continentales entre el liderazgo que surge en la guerra civil
continental y que terminará en la independencia de las llamadas colonias americanas:
Francisco Morazán, que al final reconoció que debió haber sido más
democrático y cambiado las ideas que tenía para manejar tales sentimientos.
Y el otro es José Martí, muy magullado por los “neo marxistas” cubanos, que
sospechaba siempre de los hombres armados con poder y temía que la dirección de
las repúblicas estuviera al mando de quienes lo habían conquistado en forma
violenta, real o fingida. O exagerada como el caso de Fidel Castro.
El marxismo latinoamericano, ha tenido poco que
ver con Marx. Ha sido más influenciado por Maquiavelo. El basamento histórico,
es muy poco fiel. Fidel hizo de la “revolución” –un medio- para caprichosamente
convertirla en un fin que a tiempo después, dialécticamente terminó
anquilosada. La revolución que debió haber evolucionado de acuerdo con las
leyes de la dialéctica se congeló. Se colocó de espaldas a las leyes de la
dialéctica; y en vez de evolucionar, cayó en la trampa de la vereda y terminó
convertido en un “fidelismo” que fue más hermano de los fascismos que de las
ideas de crecer al lado del proletariado y luchar por la conquista por este de
los factores de la producción. Donde Engels puso trabajadores, Fidel Castro
escribió militares. Donde requería factores de producción, pusieron negocios y
transacciones capitalistas con las que creían que algún día derrotarían al
capitalismo estadounidense. Mediante una trampa en que los militares fueron los
empresarios descalzos, en tanto al pueblo se le obligaba a los sacrificios que
lo llevaron a la impotencia, los militares operaron empresas capitalistas,
hicieron negocios con los capitalistas del exterior; y crearon una ficción: el
fidelismo como algo nuevo y superior a las estaciones mecánicas que Marx había
establecido. Nunca crearon socialismo real. No pasaron del populismo de
izquierda. Y jamás establecieron estaciones para construir una sociedad sin
clases. Más bien crearon una de clase única, dura e inconmovible a la que nunca
la realidad podía haber cambiado. Hasta ahora.
Un régimen que vivió desde el principio
subordinado al exterior, que hacia adentro no pudo movilizar sus fuerzas para
crear un espacio de libertad para su pueblo y para sus instituciones, anduvo
con la mano extendida hacia la URSS, Rusia, Venezuela y ahora –puede parecer
extraño– regresa a los Estados Unidos, país del que ha vivido y del cual Fidel
prometió que se liberaría. Ahora, han dejado atrás la hipocresía y han
terminado, en un realismo obligado volver al capitalismo del que nunca se
despidieron del todo. Porque Fidel hablaba en su contra y vivía de sus migajas,
siempre y siempre.
Lo grave es el tiempo perdido. 67 años después,
Cuba arrodillada acepta cambiar. Y hace una propuesta a una administración como
la de Trump poco interesada en los temas democráticos y en la que Cuba admite
el capitalismo. Deja a su pueblo acostumbrado a la dependencia en la calle; y
se reserva el control político. Un capitalismo a lo chino que deja que los
empresarios jueguen a hacer dinero, con tal que no hagan política; y que
además, obedezcan a los burócratas del Partido Comunista de Cuba.
Es improbable que los cubanos del exilio
–incluido Marco Rubio y el liderazgo del senado y la cámara baja– acepten la
propuesta de Díaz-Canel. Les entrega los problemas y les deja hacer negocios; pero
se reserva el poder. Sigue la “revolución”, viviendo del exterior. Esta
vez, cerrando el círculo de la dependencia de los Estados Unidos, el
enemigo ante el que habían jurado que nunca doblarían las rodillas.

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