Contracorriente: UN GOBIERNO DE INTEGRACIÓN

Juan Ramón Martínez



Durante la última campaña recomendé que ante la amenaza que representaba el gobierno del PLR –que había tomado una deriva totalitaria– era necesario un gobierno de integración nacional con participación de los dos partidos democráticos: el PL y el PN. Y además, era urgente un esfuerzo concertado para que abandonando las posturas partidaristas o grupales, era conveniente entender que requeríamos de unidad para enfrentar los graves problemas del país. Tanto los que ancestralmente han sido descuidados, como los que la negligencia de Xiomara Castro y la torpe asesoría de Mel Zelaya habíamos agregado en el último cuatrienio.

Tanto amigos como adversarios, se fueron por las orillas y me animaron para que probara que el PLR no era democrático. Igual que el PL y el PN eran partidos de raigambre liberal y democrática. Rehuí el envite. Porque ese no era el tema. Lo central es la gravedad de los problemas, la parálisis del sistema económico incapaz de dar empleo a la población económicamente activa que anualmente se incorpora al mundo laboral; la crisis del sistema de seguridad que no permite la tranquilidad ciudadana; la incapacidad para resolver los problemas de la ENEE –postergados desde el 2007- y la disminución de una burocracia parasitaria que consume la mayoría del presupuesto e impide hacer las inversiones requeridas para garantizar su crecimiento en el ritmo que impone la región y el mundo. Repasar estos problemas bastan para entender la necesidad de un gobierno concertado en que se definan las prioridades, de designen los recursos; y se planifique la ejecución correspondiente en el tiempo más inmediato posible.

Por supuesto, también aclare los problemas culturales que enfrentamos. El sistema educativo esta partido: el público atiende a los niños pobres – la mayoría --, con una oferta de baja calidad, con maestros poco comprometidos con el concepto que la educación es la única alternativa que tienen los sectores de bajos ingresos para salir de la pobreza: y el privado donde reciben educación las clases medias –media baja, media-- media;  y media superior- y los grupos de élite de la economía y la política nacionales.

Esta segunda oferta, tiene más calidad, continuidad y vinculación con las exigencias internacionales para egresados medios y universitarios. Y envolviendo todo este sistema agregué en la oportunidad del periodo electoral, que los valores que maneja la sociedad, las certezas dentro de las que se mueven los grupos que hacen decisiones en el país, no tienen raigambre nacionalista, carecen de mentalidad crítica; y acusan una actitud dependiente que no facilita la creatividad y la invención. Somos la sociedad que tiene menos patentes registradas por universitarios egresados de nuestras universidades de todo el continente americano.

Y en términos de comportamiento social, es notorio dije –y lo sostengo ahora– la falta de capacidad de diálogo y discusión, lo que incapacita para lograr acuerdos; y la diferenciación de lo que son áreas de discusión imposibles de las que son permisibles. Si se confunden se pone en peligro la existencia de la sociedad hondureña.

Los resultados electorales nos dieron la razón. El electorado democrático está emparejado. Menos de 17.000 votos separan al ganador Asfura del PN de Salvador Nasralla del PL. Ello significó un mensaje muy claro: la necesidad de unir las dos fuerzas para aislar al PLR; y defender la marcha de un gobierno coherente, dinámico e imaginativo.

Pero unas declaraciones imprudentes de la designada presidencial María Antonieta Mejía, reclamándole al Partido Liberal que deje la alianza que manejan; y que devuelvan los cargos concedidos, ha venido a mostrar la fragilidad de los políticos; y el escaso compromiso que manejan cuando se tratan los asuntos nacionales. Porque en estos momentos de lo que se trata es de los intereses del país, que como tales tienen prioridad encima de los intereses partidarios. De forma que como en los buenos matrimonios, hay líneas rojas que no se pasan en las discusiones, en este momento los partidos no deben comprometer los intereses nacionales en inútiles discusiones como las referidas. Este es tiempo de madurez y de compromiso. La unidad del país está por encima de la bilis de algunos o de las declaraciones imprudentes de la señora Mejía.

Los líderes de los partidos Liberal y Nacional deben tener cuidado en lo que dicen. Los cuestionamientos que son naturales en momentos como el que vivimos, deben tener interlocutores válidos. No puede hablar cualquiera porque con solo que diga una imprudencia, todo se vendrá abajo. Porque no estamos en buenas manos. Los políticos serios defienden el bien común. Y solo el bien común.

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