EL ESCRITOR
Abel García Cálix
Para mis inteligentes amigos José Mercadal, Benjamín Urbizo Vega.
He aquí el paladín de todas las conquistas, el bravo defensor de las instituciones libérrimas, el quebrantador de cetros y coronas, el conductor de pueblos; el de encumbramientos de cóndor y mirada de águila, el que tiene de la grandeza del océano, del derbordamiento del volcán y de la majestad de la montaña; he aquí el insurrecto, al rebelde glorioso, que sabe romper las lanzas neronianas cuando estas van a herir las espaldas del pueblo infortunado; he aquí al del gesto trágico, al que no comulga con los falsos ideales ni con el anarquismo claudicante, al que sabe llorar por sus credos destruidos y con las naciones vencidas, y cantar con las águilas victoriosas; he aquí al justiciero (cuando es honrado), al vidente al vidente que dice a los pueblos la palabra profética, al que lleva en la sangre el fuego de los verdaderos evangelistas y su pluma el poder milagroso del desastre y las gotas mágicas de_ _la_ _redención_…… _vedle_……observadle_…… _
El_ _dispara a los cuatro vientos la metralla maravillosa que filmina relámpagos: la idea: el derrama sobre el sangrante corazón y cabezas de los pueblos el ungüento del consuelo con las rosas de su palabra; el, como los israelitas, hace sonar su bronce, que se humaniza, que toma forma, que salva o que sepulta: que se convierte en canto, o en anatema, en grito de guerra, o en lamento: el Verbo.
El escritor es un manso y un colérico a veces es fontana murmurante que arroba las almas con su música de selva, ruiseñor melodioso que enamora y arrebata, que implora y que seduce, que gime y que solloza; es mirlo y es alondra, que trina tan hondamente tierno como sólo suelen hacerlo las vírgenes románticas del patrio solar; y a veces es león, que descuartiza con su zarpa temeraria; es incendio, que sepulta como la tempestad; luchador terrible que tiene cóleras insostenibles de revolucionario… _
Hay en las estepas de la vida intelectual un luminoso sembrador; en la sociedad del orbe un conservador locuaz que os cuenta la historia de cuentos fenecidos, que os refiere las múltiples revoluciones de la civilización, y que o habla, más que todo, del mundo de maravillas que pueblan el país de la Quimera o del sueño, por do han pasado, cual divinos sonámbulos, huroneando, los peregrinos del Arte, como aquellos altísimos de Byron, el dulce melancólico de la lira virgiliana; Rabelais, el satírico Maravilloso; el Ticiano; el inimitable; de Vinci, el glorioso; y el célebre autor de la Jerusalén Libertada …; y ese es el Escritor.
Quien interroga a la vieja esfinge y os hace la terrible revelación; él es quien os guía en la vida y uno de los que os preparan para el honor y la libertad; quien os señala los escollos y encrucijadas del camino, quien os delata el peligro y aun os arma para la pelea; él es quien con su Verbo, convertido en espíritu, asciende a la cresta más alta de la hija de Sion, para llevar a los reyes y príncipes del antiguo Egipto. Ascalón, Palestina, Tiro, Zimri y Elam; a Tema, Edom, Moab y a los descendientes del bíblico Ammón, la palabra de Jeremías.
El escritor es una entidad profunda y compleja: ora tiene de las visiones y creaciones del poeta, ora de la frase evangélica del predicador, ora del poder analítico del filósofo, del psicólogo y del sociólogo, ora del numen del historiador y del arrojo del noble guerrero, que al ceñirse la armadura de los caballeros clásicos y juntarse en el tiempo con Nabucodonosor se va a la toma de Jerusalén: es un reflexivo insondable y un impresionable, que al oír la frase de Ezequiel y las lamentaciones de Jeremías, dice con el uno la terrible profecía y con el otro llora la desgracia de un pueblo.
El escritor sincero dice lo que piensa y siente, se estereotipa en sus obras; es un vidente, un luminoso y un predestinado. Es por esto, que el escritor verdadero, el escritor de vena, el cerebral aquilatado, el paciente meditativo, es más digno que todos los reyes y conquistadores del mármol glorificador, de ocupar un puesto en el monumento de los inmortales, más alto que el de Ulpiano Trajano en el Foro de Roma Juticalpa, Mayo de 1913
(Fuente: PRO-PATRIA, La Ceiba, Atlántida, Junio 14, 1913, Año II, N°. 98, pág. 1ª.)

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