OTRA MIRADA AL PASADO DE COPÁN, RUINAS
Juan Ramón Martínez
En efecto, en un magistral ejercicio pedagógico
basado en un muy documentado basamento histórico – Julia Aguilar maestra de
generaciones como se les llama en Honduras – nos lleva a conocer a Copán
Ruinas, “un pueblo que es guardián de los vestigios de una de las
ciudades más importantes del mundo maya, que brilló con luz propia durante
varios siglos y cuyo misterioso pasado se encuentra plasmado en sus piedras
dormidas, en sus templos que se elevan al cielo en una eterna plegaria ante
sus dioses”. Ubica el objeto de su estudio, “en la zona occidental del país, en
el departamento que lleva su nombre, limita al noroeste con la república de
Guatemala, al sur con el departamento de Ocotepeque, al este con el municipio
de Santa Rita y Cabañas y al noroeste con el municipio de El Paraíso. Tiene una
superficie de 360.7 km cuadrados. Cuenta con 50 aldeas y 152 caseríos, con una
población aproximada de 40.000 habitantes”.
Como no podía ser de otra manera empieza
narrando desde lo más antiguo del pasado hasta nuestro presente. Ella narra que
todo empezó, dice “en el año 426 de nuestra era con el hombre que vino del
oeste, Kinich Yax Kuk Mo, el fundador de la ciudad maya de Copán”. Refiere
que los españoles dieron cuenta de lo que hoy conocemos como las Ruinas de
Copán que en 1596 Diego García de Palacio en carta de 18 de marzo dirigida al
rey Felipe II, se mencionan las ruinas: “ Cerca de la ciudad de San
Pedro, en el primer lugar de la Provincia de Honduras, que se llama Copán están
unas ruinas y vestigios de gran población y soberbios edificios y tales que
parece que en ningún tiempo pudo haber, en tan bárbaro ingenio como tienen los
naturales de aquella provincia, edificio de tanta arte y suntuosidad; es rivera
de un suntuoso río y en unos campos bien situados y extendidos, y de mucha caza
y pesca”.
En 1628, sigue diciendo Julia Aguilar, “Domingo
Lizarraga, vecino de Gracias a Dios solicitó a la Real Audiencia un fiscal para
que midiera un terreno en el valle de Copán”. En ese terreno “fundo la Estancia
de San Nicolás de Tolentino, misma que tomó el nombre de la Estanzuela al ser
remedida en 1723” En el siglo XIX se encontraban debidamente titulados, los
sitios de Los Hornillos, La Estanzuela, son Miguel de Copán, Petapa, Tapezco
del Ávila, El Potrero, Llano Largo y otros más”.
En 1834 “un soldado de la Federación
Centroamericana llamado Juan Galindo, de origen irlandés, llegó a
Copán para realizar un viaje de exploración en las ruinas. “Permaneció en
Copán varias semanas”, rindiendo informes que ilustró con algunos dibujos “de
la plaza, templos y estelas del sitio arqueológico, haciendo mención de una
extraña mesa cuadrada, donde estaba esculpidos 16 personajes”.
Pero el hecho más importante ocurrió en 1839 cuando
las ruinas fueron visitadas por John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood.
Andaban en un viaje de exploración para conocer situación política de la zona y
sus posibilidades, cumpliendo instrucciones del Presidente de los Estados
Unidos. Llegaron a Camotan, Guatemala. Fueron capturados por las autoridades
porque se consideraban intrusos. Liberados, avanzaron en la búsqueda de las
ruinas. Llegaron a Copán y se hospedaron en la casa de don Gregorio Lugo. “Impresionados…
inmediatamente cambiaron sus planes de tres días, para una estadía por tiempo
indefinido”.
En 1872, después de practicar la medida del
terreno llamado Copán “en jurisdicción del departamento que lleva su nombre,
que dicho área de terreno comprende según el plano levantado que se ha tenido a
la vista, el lugar donde se encuentran las Ruinas de la Antigüedad muy
conocidas y notables como monumentos históricos. …. CONSIDERANDO, que según
la disposición legislativa de 28 de enero de 1845, esos monumentos se
declaran propiedad de la Nación y se mandarán a conservar bajo la
protección del Gobierno de la República; que en cumplimiento de aquella
disposición suprema no se debe expedir el título del terreno sin que se haga la
exclusión correspondiente de dicho terreno, de un área que abrase las citadas
Ruinas”
Aquí Julia Aguilar hace la presentación del
segundo personaje de esta bella historia. Dice que además, el gobierno central reconoce
la existencia la aldea llamada Copan, “cuyo incremento al
gobierno procurara tanto por su situación como por el cultivo del tabaco
que es allí donde se produce de mejor calidad, que la población de dicha aldea
mejorara notablemente (porque) están en terreno propio, ACUERDA: articulo
1. El gobernó nombrara el agrimensor para que en el terreno medido de Copán,
trace el área de una caballería de tierra en que queden comprendidas las ruinas
y demás monumentos de la antigüedad allí existentes”.
Desde este momento el destino de la aldea de
Copán y el de las Ruinas de Copán estarán unidas para siempre. Por supuesto,
para que el matrimonio se consolide hará falta algo más. Será la llegada de los
arqueólogos e investigadores, atraídos por la ruinas, los que darán el toque de
oferta turística que le permitirá a Copán Ruinas, un nuevo giro y un nuevo
destino. Y la fuerza para iniciar su indetenible progreso. Junto a las ruinas,
donde el tiempo se ha detenido, Copán Ruinas, construye su nuevo tiempo e inicia
su desarrollo
Desde aquí, Julia Aguilar nos muestra con
singular capacidad el desarrollo de Copán, que como es natural que se empiece a
conocer como Copán Ruinas. Por décadas, empezando en 1890, narra los
principales acontecimientos, resaltando el ese año haya llegado una expedición
encabeza por Alfred Mausdlay, que hace excavaciones y descubre varias
estructuras. “Fue pionero en nuevas técnicas. Sacó moldes en yeso, dibujó
planos y tomó fotografías. Esta fue la primera investigación científica que se
hizo en las Ruinas”.
La firma de un convenio con la Universidad de
Harward y el museo Peabody de la misma universidad, permitió un estudio
completo de las ruinas. Era el director de la expedición el señor John
Owens, que llegó acompañado por George Byron Gordon, George Shorkley y Edmundo
Lincoln. Lamentablemente Owens murió allí, al poco tiempo, víctima de la
malaria. Está enterrado allí. Para entonces la población de la aldea de
Copán estaba compuesta mayoritariamente por peones de las haciendas y fincas
de los alrededores. Se cultiva el tabaco, se siembra maíz y se cuidan
vacas.
Es la demanda de servicios por parte de los
visitantes de la Ruinas de Copán que empieza a ser objeto de cada vez
mayor interés, el motor que le da dinamismo al crecimiento de la
dormida aldea de labradores sin bienes. Los peones y sus familiares
empiezan a dar servicios de hospedaje y comidas. Después, la iniciativa de sus
habitantes y la creatividad suya, hace posible la introducción de innovaciones,
se construyen hospedajes, se levantan el edificio del cabildo y las escuelas;
se arreglan los caminos y al final, se transforma en municipio y ciudad. Por
supuesto en el fondo de este tiempo histórico, la autora describe el panorama
de inestabilidad política del país, seguida de tiempo de paz y transformación.
Ahora hay una carretera pavimentada, buenos hoteles, restaurantes y servicios
de comunicación de primer nivel e incluso un aeropuerto que todavía no se
ha logrado introducir en la memoria de las agencias de viaje. Espacio que
Honduras tiene poco cubierto. Y el Florido, en sus cercanías es punto
importante en las relaciones con la República de Guatemala.
Julia Aguilar nos va mostrando además, década
por década, los entramados familiares, las iniciativas innovadoras, los
edificios, las instituciones; en fin los éxitos y los fracasos. Pero en el
centro de esta historia, la continuidad institucional la aportan los
alcaldes municipales y sus obras. Tienen suerte los habitantes de Copán Ruinas
de haber escogido casi siempre a las mejores personas para elegirlas como
alcaldes municipales, lo que se traduce en una continuidad extraordinaria que
de repente sigue los patrones del crecimiento de la antigua ciudad de la cual
solo se conservan sus edificaciones y sus monumentos. Por ello Aguilar destaca
como no podía ser menos, el dinamismo de los alcaldes que hay que reconocer que
son el motor del desarrollo de Copán Ruinas. También hace visibles las
innovaciones de los empresarios y maestros que le dan dinamismo a lo que hoy es
una ciudad importante del país, la que tiene por sus propios méritos
atractivo singular, por la belleza del ambiente, el clima y la amabilidad de su
gente, dispuesto a hacer sentir bien a los visitantes . No solo lo que le
animó a crear como respuesta al interés de la ruinas, sino además las que
provocó la demanda de su propio dinamismo interno. Los nombres de las familias,
los alcaldes municipales, director y profesores de escuelas y colegios secundarios
y las obras realizadas, constituyen un recuento minucioso que el desarrollo
tiene varios nombres, diferentes generaciones pero en una continuidad muy
especial, donde no se notan rupturas.
E incluso las vinculaciones matrimoniales,
hacen de este libro una bella oportunidad para los estudios económicos y
antropológicos de una zona que ahora, se visita además en búsqueda de los
fulgores de las Ruinas de Copán, para interactuar con una población dinámica e
interesante. Y para ayudarnos, -- y que podamos movernos en una comunidad
singular-- Julia Aguilar al final, nos da en su bello libro incluso un
diccionario al uso, para que entendamos, los visitantes de otros sectores del
país, las palabras que esta singular ciudad del occidente de Honduras usa para
llamar a las cosas y a las personas. Y para hablar con los familiares de las
personas que destacaron en el progreso de la ciudad, nos aporta muy buenas e
interesantes fotografías.
Realmente Julia Aguilar abre la ventana, la
suya; y desde allí, nos permite ver con otros ojos, uno de los más singulares
lugares de Honduras,
donde se encuentran y se unen, en un mestizaje extraordinario, el pasado
Precolombino, la Colonia Española, el periodo republicano y la modernidad del
país, especialmente la lograda en el siglo XX hasta ahora.
Julia Aguilar al final, nos proporciona
generosamente una guía para visitar las ruinas de Copán y para conocer desde
las ventanas abiertas de Copán Ruinas, un pueblo dinámico y una zona que debe
ser motivo obligado para el encuentro de los hondureños con su futuro a partir
de compartir gozosamente el pasado. Para atisbar con seguridad el futuro que se
anuncia desde la ventana de la casa de una formidable escritora hondureña.
Con este bello libro su autora, aporta una obra
que enriquece la bibliografía nacional útil para que, de igual manera, el
turista extranjero y nacional, anticipen lo que deben ver—hacia dónde poner su
interés -- cuando visitan Honduras. Por ello nos parece que debe servir de
modelo para que otros escritores de las diferentes ciudades del país, desde
su ventana como lo hace Julia Aguilar, nos presente sus ciudades, los
pueblos y los atractivos singulares que tienen, para motivarnos en las mutuas
visitas en la que los hondureños, al estrecharnos cordialmente las manos y
vernos a los ojos, creamos comunidad y nación para siempre. Felicitaciones
Julia Aguilar.
Tegucigalpa,
junio 5 de 2026.

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