OTRA MIRADA AL PASADO DE COPÁN, RUINAS

Juan Ramón Martínez 

Como muchos otros, he visitado varias veces las Ruinas de Copán. Y también he pasado varios días en Copán Ruinas. La última vez, debía viajar en avión, acompañando al Director de la RAE Darío Villanueva al que teníamos de visita en Honduras, a las Ruinas de Copán. Desafortunadamente las condiciones climáticas en la zona no eran las mejores. Los pilotos de la Fuerza Aérea desaconsejaron el viaje. Por eso no pudimos ir. Pero en los viajes anteriores fue poco lo que pude descubrir en la condición de apurado turista. Las ruinas de Copán son algo complejo y extraordinario, detrás de las que hay más que las sintéticas explicaciones de los guías que no explican, el discurso de la majestuosidad de la piedra y las virtudes de una cultura de un pueblo extinguido. Igual ocurre con la ciudad de Copán Ruinas. No sabemos si estuvo antes o surgió después, cuando los extranjeros empezaron a llamarnos el interés sobre el pasado maya de Copán. Hasta ahora, de la ventana de Julia Aguilar, nos aproximamos al pasado de Copán. “Desde Mi Ventana, una mirada al pasado de Copan”, (2025) es de un bello libro que todos debemos leer. Julia Aguilar (Copán, Ruinas 1945) su autora, dice que le “ha tomado varios años escribirlo, siguiendo las huellas del pasado de mi querido pueblo, Copán Ruinas. Investigando, escudriñando sus orígenes, rebuscando los hechos más importantes en un retrospectivo y fascinante viaje.”

En efecto, en un magistral ejercicio pedagógico basado en un muy documentado basamento histórico – Julia Aguilar maestra de generaciones como se les llama en Honduras – nos lleva a conocer a Copán Ruinas, “un pueblo que es guardián de los vestigios de una de las ciudades más importantes del mundo maya, que brilló con luz propia durante varios siglos y cuyo misterioso pasado se encuentra plasmado en sus piedras dormidas, en sus templos que se elevan al cielo en una eterna plegaria ante sus dioses”. Ubica el objeto de su estudio, “en la zona occidental del país, en el departamento que lleva su nombre, limita al noroeste con la república de Guatemala, al sur con el departamento de Ocotepeque, al este con el municipio de Santa Rita y Cabañas y al noroeste con el municipio de El Paraíso. Tiene una superficie de 360.7 km cuadrados. Cuenta con 50 aldeas y 152 caseríos, con una población aproximada de 40.000 habitantes”.

Como no podía ser de otra manera empieza narrando desde lo más antiguo del pasado hasta nuestro presente. Ella narra que todo empezó, dice “en el año 426 de nuestra era con el hombre que vino del oeste, Kinich Yax Kuk Mo, el fundador de la ciudad maya de Copán”. Refiere que los españoles dieron cuenta de lo que hoy conocemos como las Ruinas de Copán que en 1596 Diego García de Palacio en carta de 18 de marzo dirigida al rey Felipe II, se mencionan las ruinas: “ Cerca de la ciudad de San Pedro, en el primer lugar de la Provincia de Honduras, que se llama Copán están unas ruinas y vestigios de gran población y soberbios edificios y tales que parece que en ningún tiempo pudo haber, en tan bárbaro ingenio como tienen los naturales de aquella provincia, edificio de tanta arte y suntuosidad; es rivera de un suntuoso río y en unos campos bien situados y extendidos, y de mucha caza y pesca”.

En 1628, sigue diciendo Julia Aguilar, “Domingo Lizarraga, vecino de Gracias a Dios solicitó a la Real Audiencia un fiscal para que midiera un terreno en el valle de Copán”. En ese terreno “fundo la Estancia de San Nicolás de Tolentino, misma que tomó el nombre de la Estanzuela al ser remedida en 1723” En el siglo XIX se encontraban debidamente titulados, los sitios de Los Hornillos, La Estanzuela, son Miguel de Copán, Petapa, Tapezco del Ávila, El Potrero, Llano Largo y otros más”.

En 1834 “un soldado de la Federación Centroamericana  llamado Juan Galindo, de origen irlandés, llegó a Copán para realizar un viaje de exploración en las ruinas. “Permaneció en Copán varias semanas”, rindiendo informes que ilustró con algunos dibujos “de la plaza, templos y estelas del sitio arqueológico, haciendo mención de una extraña mesa cuadrada, donde estaba esculpidos 16 personajes”.

Pero el hecho más importante ocurrió en 1839 cuando las ruinas fueron visitadas por John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood. Andaban en un viaje de exploración para conocer situación política de la zona y sus posibilidades, cumpliendo instrucciones del Presidente de los Estados Unidos. Llegaron a Camotan, Guatemala. Fueron capturados por las autoridades porque se consideraban intrusos. Liberados, avanzaron en la búsqueda de las ruinas. Llegaron a Copán y se hospedaron en la casa de don Gregorio Lugo. “Impresionados… inmediatamente cambiaron sus planes de tres días, para una estadía por tiempo indefinido”.

En 1872, después de practicar la medida del terreno llamado Copán “en jurisdicción del departamento que lleva su nombre, que dicho área de terreno comprende según el plano levantado que se ha tenido a la vista, el lugar donde se encuentran las Ruinas de la Antigüedad muy conocidas y notables como monumentos históricos. …. CONSIDERANDO, que según la disposición legislativa de 28 de enero de 1845, esos monumentos se declaran propiedad de la Nación y se mandarán a conservar bajo la protección del Gobierno de la República; que en cumplimiento de aquella disposición suprema no se debe expedir el título del terreno sin que se haga la exclusión correspondiente de dicho terreno, de un área que abrase las citadas Ruinas

Aquí Julia Aguilar hace la presentación del segundo personaje de esta bella historia. Dice que además, el gobierno central reconoce la existencia la aldea llamada Copan, “cuyo incremento al gobierno procurara tanto por su situación como por el cultivo del tabaco que es allí donde se produce de mejor calidad, que la población de dicha aldea mejorara notablemente (porque) están en terreno propio, ACUERDA: articulo 1. El gobernó nombrara el agrimensor para que en el terreno medido de Copán, trace el área de una caballería de tierra en que queden comprendidas las ruinas y demás monumentos de la antigüedad allí existentes”.

Desde este momento el destino de la aldea de Copán y el de las Ruinas de Copán estarán unidas para siempre. Por supuesto, para que el matrimonio se consolide hará falta algo más. Será la llegada de los arqueólogos e investigadores, atraídos por la ruinas, los que darán el toque de oferta turística que le permitirá a Copán Ruinas, un nuevo giro y un nuevo destino. Y la fuerza para iniciar su indetenible progreso. Junto a las ruinas, donde el tiempo se ha detenido, Copán Ruinas, construye su nuevo tiempo e inicia su desarrollo

Desde aquí, Julia Aguilar nos muestra con singular capacidad el desarrollo de Copán, que como es natural que se empiece a conocer como Copán Ruinas. Por décadas, empezando en 1890, narra los principales acontecimientos, resaltando el ese año haya llegado una expedición encabeza por Alfred Mausdlay, que hace excavaciones y descubre varias estructuras. “Fue pionero en nuevas técnicas. Sacó moldes en yeso, dibujó planos y tomó fotografías. Esta fue la primera investigación científica que se hizo en las Ruinas”.

La firma de un convenio con la Universidad de Harward y el museo Peabody de la misma universidad, permitió un estudio completo de las ruinas. Era el director de la expedición el señor John Owens, que llegó acompañado por George Byron Gordon, George Shorkley y Edmundo Lincoln. Lamentablemente Owens murió allí, al poco tiempo, víctima de la malaria. Está enterrado allí. Para entonces la población de la aldea de Copán estaba compuesta mayoritariamente por peones de las haciendas y fincas de los alrededores. Se cultiva el tabaco, se siembra maíz y se cuidan vacas.

Es la demanda de servicios por parte de los visitantes de la Ruinas de Copán que empieza  a ser objeto de cada vez mayor interés, el motor que le da dinamismo al crecimiento de  la dormida aldea de labradores sin bienes. Los peones y sus familiares empiezan a dar servicios de hospedaje y comidas. Después, la iniciativa de sus habitantes y la creatividad suya, hace posible la introducción de innovaciones, se construyen hospedajes, se levantan el edificio del cabildo y las escuelas; se arreglan los caminos y al final, se transforma en municipio y ciudad. Por supuesto en el fondo de este tiempo histórico, la autora describe el panorama de inestabilidad política del país, seguida de tiempo de paz y transformación. Ahora hay una carretera pavimentada, buenos hoteles, restaurantes y servicios de comunicación de primer nivel e  incluso un aeropuerto que todavía no se ha logrado introducir en la memoria de las agencias de viaje. Espacio que Honduras tiene poco cubierto. Y el Florido, en sus cercanías es punto importante en las relaciones con la República de Guatemala.

Julia Aguilar nos va mostrando además, década por década, los entramados familiares, las iniciativas innovadoras, los edificios, las instituciones; en fin los éxitos y los fracasos. Pero en el centro de esta historia, la continuidad institucional la aportan  los alcaldes municipales y sus obras. Tienen suerte los habitantes de Copán Ruinas de haber escogido casi siempre a las mejores personas para elegirlas como alcaldes municipales, lo que se traduce en una continuidad extraordinaria que de repente sigue los patrones del crecimiento de la antigua ciudad de la cual solo se conservan sus edificaciones y sus monumentos. Por ello Aguilar destaca como no podía ser menos, el dinamismo de los alcaldes que hay que reconocer que son el motor del desarrollo de Copán Ruinas. También hace visibles las innovaciones de los empresarios y maestros que le dan dinamismo a lo que hoy es una ciudad importante del país, la que tiene por sus propios méritos atractivo singular, por la belleza del ambiente, el clima y la amabilidad de su gente, dispuesto a hacer sentir bien a los visitantes . No solo lo que le animó a crear como respuesta al interés de la ruinas, sino además las que provocó la demanda de su propio dinamismo interno. Los nombres de las familias, los alcaldes municipales, director y profesores de escuelas y colegios secundarios y las obras realizadas, constituyen un recuento minucioso que el desarrollo tiene varios nombres, diferentes generaciones pero en una continuidad muy especial, donde no se notan rupturas.

E incluso las vinculaciones matrimoniales, hacen de este libro una bella oportunidad para los estudios económicos y antropológicos de una zona que ahora, se visita además en búsqueda de los fulgores de las Ruinas de Copán, para interactuar con una población dinámica e interesante. Y para ayudarnos, -- y que podamos movernos en una comunidad singular-- Julia Aguilar al final, nos da en su bello libro incluso un diccionario al uso, para que entendamos, los visitantes de otros sectores del país, las palabras que esta singular ciudad del occidente de Honduras usa para llamar a las cosas y a las personas. Y para hablar con los familiares de las personas que destacaron en el progreso de la ciudad, nos aporta muy buenas e interesantes fotografías.

Realmente Julia Aguilar abre la ventana, la suya; y desde allí, nos permite ver con otros ojos, uno de los más singulares lugares de Honduras, donde se encuentran y se unen, en un mestizaje extraordinario, el pasado Precolombino, la Colonia Española, el periodo republicano y la modernidad del país, especialmente la lograda en el siglo XX hasta ahora.

Julia Aguilar al final, nos proporciona generosamente una guía para visitar las ruinas de Copán y para conocer desde las ventanas abiertas de Copán Ruinas, un pueblo dinámico y una zona que debe ser motivo obligado para el encuentro de los hondureños con su futuro a partir de compartir gozosamente el pasado. Para atisbar con seguridad el futuro que se anuncia desde la ventana de la casa de una formidable escritora hondureña.

Con este bello libro su autora, aporta una obra que enriquece la bibliografía nacional útil para que, de igual manera, el turista extranjero y nacional, anticipen lo que deben ver—hacia dónde poner su interés -- cuando visitan Honduras. Por ello nos parece que debe servir de modelo para que otros escritores de las diferentes ciudades del país, desde su ventana como lo hace Julia Aguilar, nos presente sus ciudades, los pueblos y los atractivos singulares que tienen, para motivarnos en las mutuas visitas en la que los hondureños, al estrecharnos cordialmente las manos y vernos a los ojos, creamos comunidad y nación para siempre. Felicitaciones Julia Aguilar. 

Tegucigalpa, junio 5 de 2026.

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