PLUMA AL VUELO: 139 AÑOS DEL NACIMIENTO DE UN GRAN HONDUREÑO

 Oscar Aníbal Puerto Posas

1. Aproximaciones

Alfonso Guillén Zelaya, nació en Juticalpa, Olancho, el 27 de junio de 1887. Hijo de don Miguel Guillén y doña Jesús Zelaya. Asumo que en el seno de una familia económicamente próspera. En tanto, su casa natal, está lindante con el Parque Central. Ahí solo se situaban las familias ricas. La pobrería siempre ha ocupado, en las ciudades, las áreas marginadas. Lo triste es así…

Ramón Oquelí Garay (1934-2004), de repente el historiógrafo que más se ocupó del gran olanchano, refiere que era el único varón de una familia integrada por cinco hembras. Hizo sus estudios primarios en su ciudad natal y asumo que su bachillerato lo cursó en el Instituto “La Fraternidad”, de donde egresaron hondureños notables: José Antonio Domínguez (1869-1903); Medardo Mejía (1905-1981); Céleo Murillo Soto (1911-1966) y otros ilustres más. Aclaramos sí, que Céleo no era olanchano, era natal de Olanchito; pero, para entonces, la hoy denominada, merecidamente, “Ciudad Cívica”, carecía de colegio. Su padre, el coronel Gumersindo Murillo, lo envió a proseguir estudios a Juticalpa. El cubano Francisco de Pablo Flores, sembró la semilla de la cultura, en el fértil departamento.

Alfonso Guillén Zelaya, inició estudios de Derecho, en la Universidad Nacional de Honduras (hoy Universidad Nacional Autónoma); los que no concluyó, debido a un “incidente”. (Oquelí, no describe en qué consistió, pero es probable que tenga que ver con el uso de armas de fuego, en lo que todo olanchano es diestro). A raíz de ese incidente, emigró a los Estados Unidos. 

Gobernaba su paisano, el Dr. Francisco Bertrand (1866-1926), quien lo nombra secretario del Consulado de Honduras en Nueva York, con un sueldo raquítico $ 75.00. Don Miguel Guillén, le enviaba una suma para que no pereciera de inanición. En esos tiempos la paternidad llevaba componentes de ternura. Nueva York le permitió a Alfonso Guillen Zelaya, adquirir una segunda lengua: el inglés. También, tuvo tiempo para aproximarse a la literatura, dirigió la revista “Other”, fue el inicio de una pasión que consumió su vida: la literatura, sobresaliendo en el periodismo escrito.

José González (1953), poeta él también, lo enjuicia así: “Aunque su don poético no es muy conocido, lo es su labor como periodista y libre pensador. Fue director de los periódicos capitalinos “El Cronista” y “El Pueblo”. En Juticalpa, dirigió “El Tocoma”, en 1911. Antes de volver a Honduras, hizo escala en Guatemala. Ahí cultivó amistad con Ricardo Arenales (Porfirio Barba Jacob) y con otros intelectuales, entre ellos Alberto Velásquez.

Guatemala, era entonces, la “Atenas de Centroamérica”. Era escala obligada al éxito. Allí vivió el principal poeta hondureño Juan Ramón Molina (1873-1908). “Poeta Gemelo de Rubén Darío”, lo llamó Miguel Ángel Asturias (1899-1974). Premio Nobel de Literatura en 1967. Luengos años de la vida del poeta comayagüense, Ramón Ortega (1886-1932), transcurrieron en “el país de la eterna primavera”. Su famoso soneto: “El Amor Errante”, se lo disputaron Comayagua y Antigua Guatemala. Dos ciudades, muy semejantes. No sé por qué a Ortega se le ocurrió volver a Honduras. Aquí se volvio loco. Honduras enloquece, en término patológico, si uno no anda con cuidado. Transcurrirían varias décadas para que otro hondureño brillara en Guatemala: Medardo Mejía, durante la llamada “Revolución de Octubre”, fue una figura destacada. Dirigió el “Diario de Centroamérica”. Se dice que asesoró a dos mandatarios: Juan José Arévalo y José Jacobo Árbenz. Murió en su país, sumido en la pobreza.

2. Los tres deberes del hombre

Según reza un aforismo, todo hombre justifica su vida cumpliendo tres deberes: 1. Tener un hijo. 2. Escribir un libro y 3. Sembrar un árbol. 

Alfonso Guillén Zelaya, no cumplió con estos dictados. Vemos:

1) No escribió un libro. No obstante, es una de las máximas figuras de las letras nacionales. Hizo poesía bellísima, a mi gusto, cito algunas: “El almendro del patio”, “La casita de Pablo” (que “era verde y tendida / como un ala en el mar”); fue el poema que dulcificó mi infancia. En los “actos cívicos” (que no entiendo quien los suprimió de la malla pedagógica escolar), lo declamaba Sonia Murillo Campos (hija del poeta Céleo Murillo, quien cultivaba en su hija el amor por la literatura). Después amé otras páginas de Alfonso Guillén Zelaya. “El oro” (dedicado a Ricardo Arenales); “Los dos silencios”, dedicado a su esposa Isabel Alger. Y, desde luego, “El almendro del patio”. Insisto, no publicó ni un solo libro. Ni de poesía ni de ensayos, en su lugar, lo hicieron otros. Medardo Mejía, publicó en la revista “Ariel” (segunda etapa), “El Quinto Silencio”. Después la Editorial Universitaria lo reeditó el año 1993. Felipe Elvir Rojas (1927-2005). En la revista “Pegaso”, publicó una selección de poemas guillenianos, bajo el título: “Ansia Eterna”. De no ser la intercesión de otros intelectuales, la obra poética de Guillén Zelaya, se hubiera difuminado en el olvido. Sus ensayos, bajo el título: “Conciencia de una Época”. Un bello “dossier” de meditaciones, escritas pensando en el destino de la humanidad.

Textos recopilados por Medardo Mejía, Julio Rodríguez Ayestas, Tomás Erazo y Ramón Oquelí. El último de los mencionados escribió un prólogo que es, a fe mía, lo mejor que se ha dicho respecto a Alfonso Guillén Zelaya. Oquelí le puso un título precioso: “Don Alfonso, el de la inmensa fe”. La Editorial Universitaria, entonces la dirigía Juan Ramón Martínez (1941), el mismo que publica ahora este artículo en su semanario digital: “Contracorriente”. Me honra con su amistad. Muchos de estos ensayos los publicó en México. País donde emigró en 1932. Después de cerrar “El Pueblo”, que fracasó por motivos económicos. En “El Pueblo”, Guillén, haría, él lo confiesa, de todo: “editorial, gacetillas y a veces repartidor”. Durante se publicó el periódico, gobernaba el Dr. Vicente Mejía Colindres (1876-1966), médico de profesión. Ningún presidente está a su altura en cuanto al respecto a las libertades públicas. Entre ellas, la libre expresión del pensamiento. Su sucesor, el abogado y general Tiburcio Carías Andino (1876-1969), fue otro espécimen: implacable perseguidor de los derechos humanos. Guillén Zelaya, intuyó lo que venía, hizo maletas y se fue con su mujer: Isabel Alger (en sus venas circulaba sangre anglosajona) a México. Ahí le abrió las puertas de su periódico: “El Popular”. Vicente Lombardo Toledano (1894-1969). Abogado, político y dirigente sindical mexicano. Guillén Zelaya, no era un periodista de mesa de redacción. Lombardo lo ubicó en la página editorial del periódico. Lentamente, dejó de lado el liberalismo y se hizo marxista. Medardo Mejía, con quien compartieron exilio, dice que en sus últimos días solo leía “El Capital”, de Carlos Marx, “porque allí encontraba literatura, historia y filosofía”. Es decir, lo que Guillén Zelaya amaba.

2) No tuvo un hijo. Pero sí un sobrino guerrillero. Isabel, su esposa, no le dio un hijo. Debe haber significado para el escritor una frustración; ya que en “Lo Esencial”, proclama: “… Tener un hijo inteligente y bello y luego pulirle y amarle y enseñarle a desnudarse el corazón y a vivir a tono con la armonía del mundo, esas son cosas eternas”. Ese niño “inteligente y bello” nunca iluminó su hogar. En cambio, tuvo un sobrino Alfonso Guillén Zelaya Alger, que teniendo solamente 19 años acompañó a Fidel Castro (1926-2016) y al “Ché” Guevara (1928-1967), en la expedición del “Granma”. Sobrevivió al episodio bélico. Murió -supongo que, en La Habana-, el 22 de abril de 1994. Recoge su nombre el escritor cubano, Mario Mencía, en el libro “Tiempos Precursores”. Comenta que “es extensa la lista de los mexicanos que prestaron decidida ayuda (a Fidel) pero solo uno entre tantos, “el joven estudiante Alfonso Guillén Zelaya Alger, fue el único mexicano que integró la expedición armada”. 

3) Sembrar un árbol. Dudo que Guillén Zelaya haya plantado un árbol. Pero escribió el más bello poema escrito a un árbol. Lo tituló: “El almendro del patio”, donde hay un verso que dice: “¿Y quién no ha sido bueno debajo de los árboles?” Entonces, no lo sembró. Pero lo cantó y lo inmortalizó.

Sombras vesperales

Guillén, murió en México, D.F. (ahora ciudad de México, el 4 de septiembre de 1947. Hicieron guarda de honor intelectuales de nota. Firmes, ante su ataúd). En su sepelio, hablaron Dagoberto Marroquín, intelectual salvadoreño. Sus compatriotas Porfirio Hernández y Rafael Heliodoro Valle. Valle, dijo la oración más bella. Se titula: “El almendro está triste”. Comienza así: “Así como los altos pinos traicionados por la tempestad, así ha caído Alfonso Guillén Zelaya”… Llevaba en su mente esa niebla de melancolía que baja de las montañas paternas, se deshace en ternura y magnifica los valles y los ríos…”. Desde Tegucigalpa, ciudad que tanto amó. Constantino Suasnávar (1912-1974), poeta vanguardista. Autor de “Números”, etcétera. Proclamó: “El alto comisario del verso, Alfonso Guillén Zelaya, ha muerto”. Sola está “La casita de Pablo…”.

Otras de sus facetas

Además de poeta, escritor y periodista, amó la actividad política. El ex canciller Andrés Alvarado Puerto (1917-2004), lo conoció y lo trató, lo que da, sobrada razón para decir acerca de él: “Don Alfonso no solo era ese poeta exquisito al que todos conocemos, sino que era un estadista fuerte, conocido y respetado por mucha gente, de gran altura a nivel continental” (La Tribuna, 19/V/2002). 

También fue un hombre ético. Trabajando en “El Popular”, jamás aduló en un artículo elogioso a su director Vicente Lombardo Toledano. En algunas ocasiones disintieron públicamente, sin faltarse al respeto.

Amó a Honduras inmensamente. Como pocos. Aún quedan familiares suyos, residiendo en Tegucigalpa; son fieles a su memoria y orgullosos de llevar su sangre. ¡Ojalá que me estén leyendo!

Bibliografía

- Alfonso Guillén Zelaya, “Conciencia de una época”, Editorial Universitaria (dar tomo), Tegucigalpa, diciembre de 1999.

- ___________________ “Ansia eterna”, revista “Pegaso”, director: Felipe Elvir Rojas, marzo de 1960. Editorial del Ministerio de Educación Pública.

- González, José, “Diccionario de literatos hondureños”, Editorial Guardabarranco, Tegucigalpa, mayo de 2003.

- Mencía, Mario. “Tiempos Precursores”, Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, Cuba, 1986.

- El Quinto Silencio. (Poemas). Recopilación y prólogo de Medardo Mejía, publicado por Editorial Universitaria, Tegucigalpa, Honduras, mayo 1994.

Tegucigalpa, 27 de junio de 2026.

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