LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947-1965)
Anales Históricos
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Juan Ramón Martínez
El día de fiesta entre los campeños, era el día
de pago. La bananera pagaba en dos tiempos: a mediados y al fin del mes. La
primera era una “orden”, para ir con ella de compras al comisariato propiedad
de la bananera. Obviamente era una fórmula que protegía los intereses de la
empresa frutera. Y el pago del fin del mes, que era en efectivo. La alegría
entonces se volvía colectiva. Algunos iban al rio o a la “borda” – el canal que
alimentaba con agua a las bombas de riego de La Jigua y otros campos cercanos –
a lavar su ropa, porque había campeños solteros que solo tenían una mudada.
Lavaban la camisa, el pantalón; y el calzoncillo. Lo ponían a secar al sol. Al
final, se lo ponían para ir al pago. Entre los campeños había unos que se
“cuidaban solos”, es decir que no comía en los comedores, sino que ellos se
preparaban sus alimentos. Uno de ellos era salvadoreño, muy discreto y sin
vicio alguno. Ahorraba intensamente, por lo que ir al pagador y recibir el
salario era un asunto muy importante, que lo volvía amigable e incluso conversador.
El carro pagador llegaba a Campo Rojo y se
estacionaba cerca del Comisariato. La llegada del Tren “Pagador”, era
emocionante. Había vendedores de comida, cerveza, refrescos, pan y nacatamales.
Apurados achineros vendían de todo: ropa de partida – todavía no había
llegado la ropa usada –jabones de olor, perfumes populares, medicamentos,
calzado– de hombre y mujer –y ropa interior, femenina y masculina. Varias
mujeres circulaban anunciando, la venta de lotería apuntada – “la chica” – pero
no la oficial sino que “apuntada”, y además, algunas veces llegaba desde fuera
de la zona, personas que adivinaban la suerte con unos periquitos adiestrados que
sacaban un papel doblado donde los interesados leían las predicciones sobre su
felicidad futura. También vendían en carretas, ice crean y raspados de hielo.
En el interior de la finca, en forma discreta se ofertaba la venta de
aguardiente de caña – que la bananera prohibía nominalmente-, el juego de
chivo; y los servicios sexuales de prostitutas desconocidas venidas de otros
lugares; y que en nuestra casa, alguna vez oí que las llamaban “polacas”.
El guaro, era normalmente el “estancado” y que vendía el gobierno en la mayoría
de los casos; pero también se ofertaba el “gato de monte”, “cususa” o
aguardiente clandestino. Se vendia por octavos. Cada uno costaba treinta
centavos. El litro se vendía en esa oportunidad por tres lempiras.
La prostitución era un ejercicio público dentro
de la discreción masculina. La mujer yacía de “cubito supino” sobre una pequeña
lona, en el suelo húmedo, con las piernas abiertas. En una mano, tenía una
toalla muy usada y en la otra, apuñaba el dinero que le pagaban los apurados
clientes que hacían fila; e incluso, hablaban en forma nerviosa, apurando al
que estaba adelante en la faena sexual. Oí que el acto sexual costaba un
lempira. La única vez que fui testigo de este espectáculo que no me causó muy
buena impresión. No le conté a nadie entonces los que había visto. Años
después, compartiendo recuerdos con un paisano escritor, refirió que algunos
hombres para prolongar el coito – cosa que incomodaba a la prostituta y a los
clientes ansiosos que ganaba por el número de clientes atendidos – se
masturbaban antes de ir al pago. No me consta; pero era un mundo bárbaro,
violento y duro, aquel en donde la mayoría eran inmigrantes sin arraigo y con
muy pocos compromisos ideales sino con sus propias necesidades elementales.
En los primeros años, el “pago” era en monedas
de un lempira. Después empezaron a circular los billetes. El pagador entregaba
paquetes de cuarenta lempiras cada uno, de forma que la mayoría de los peones
recibía dos paquetes, de forma que llevarlos en el pantalón, y caminar
con orgullo mostrándolo, era una fórmula de consolidar la identidad como
campeño y trabajador permanente de la bananera. Pero además, era la oportunidad
de los acreedores para cobrar la comida, alguna ropa dada al crédito; o por
algún préstamo de emergencia. De forma que al final, una vez que se habían
hecho los pagos, la mayoría de los campeños no tenía nada que hacer, sino empezar
a endeudarse nuevamente para el siguiente mes de pago. “Vivian al día”, se
decía con alguna resignada disposición en aquel mundo bravo en donde no siempre
las esperanzas de mejorar se cumplían. De repente por ello, al caer la tarde la
mayoría de los peones mostraban los daños inequívocos de la ingesta alcohólica.
El placer era beber rápido para emborracharse. La mayoría gritaban, vivaban al
“Partido Liberal ¡hijos de puta¡” cuidando que no estuviera acerca la
autoridad, porque consideraban que aquel brusco ejercicio de la “libertad” de
expresión era una ofensa y un reto a la autoridad. Muchos, después de gritar,
terminaban amarrados en algunos postes cercanos, con la nariz estropeada por
los “culatazos” impartidos bruscamente por los soldados. Otros, embrutecidos
por el alcohol, se envolvían en discusiones extrañas que algunas veces
terminaban en recias peleas a puño cerrado, a machete filoso; o algunas veces
con pistolas que los campeños portaban ilegalmente y “camiceadas” como se decía
entonces. Se volvió tan rutinario el que un campeño se matara con otro que
decían algunos con sorna, que el pago no había sido bueno, porque solo “habían
habido heridos”; y ningún muerto. En Campo Rojo, los incidentes dolorosos que
terminaba en una muerte o con varios heridos, eran más frecuentes. En la Jigua
solo recuerdo dos incidentes: uno en que pareció que la locura colectiva se
hubiera apoderado de la mayoría, que no solo sacaron machetes, sino que además
“puyas” de cortar banano fueron usadas, embistiendo un grupo a otro grupo; pero
como si hubiera sido un ballet mortal concertado, solo una persona resulto
herido. No participaba en la refriega; pero que imprudente para mostrar su
hombría, salió a la “llave” a lavarse los dientes y le produjeron una herida en
un pie, aunque no fue de gravedad; pero le mantuvo varias semanas sin trabajar.
El incidente mayor que recordamos ya ha sido
mencionado antes. El sub comandante de Teguajal, Anastasio Reyes por una viva
al Partido Liberal dado por David Oliva, la emprendió a golpes con su pistola,
derribándolo al suelo. José Reyes, salvadoreño que era el Capitán de
Finca, le reclamo que no lo golpeara; pero el increpado, más bien se volvió y
le infirió un balazo en el pecho a José Reyes. Este, que estaba cerca, tuvo
fuerza, lo golpeo y tomando del pelo, le descargo la mayoría de los tiros de su
escuadra que portaba el capitán de finca. Mientras tanto un soldado, le disparo
a José Reyes y le daño parte de la tráquea y la lengua. Aun así no cayó al
suelo y avanzo tambaleante, intentando recargar su escuadra cuarenta y cinco; y
al final se desplomo al frente del barracón donde residíamos los Martínez.
Alguien trajo un albardón y sobre él, acomodaron al herido. Una persona salió
corriendo hacia las oficinas –ubicadas a tres kilómetros y medio de distancia–
para avisar a Coyoles y pedir una ambulancia. Mientras tanto, el soldado
acompañante del sub comandante Anastasio Reyes, salió despavorido por el monte,
se introdujo por la plantación; y llego a Teguajal a dar la infausta noticia.
El comandante del mínimo destacamento Juan Ruiz no estaba; pero si los otros
cuatro soldados que prepararon sus armas y junto con familiares de Anastasio
Reyes, en apurado convoy, se dirigieron hacia la Jigua. Los campeños,
encabezados por Marcial Hernández – también salvadoreño; pero agresivo y
dispuesto a la pelea—se reunieron alrededor del herido, anticipando que los
amigos del sub comandante fallecido tratarían de vengar su muerte. Y que ellos
no lo debían permitir. En efecto, cuando llegaron las intenciones que
expresaron no fueron pacíficas. Intercambiaron palabras duras los dos grupos; y
al final, varios de los campeños que habían contestado y defendido al herido,
fueron capturados y llevados al lugar que más temían los campeños, el presidio
de Yoro. Entre ellos, recuerdo a Marcial Hernández, compadre de mi madre
y padre de Lidia que para entonces, como había perdido su madre en un naufragio
mientras viajaba de la Ceiba a Iriona, vivía con nosotros, construyendo
una hermandad que aumentó el número de los miembros de nuestra familia. Ella se
convirtió en una de nuestras hermanas.
A medianoche, llego una ambulancia y José Reyes
fue traslado al hospital D’Antony de la Ceiba donde fue operado y salvado su
vida. Posteriormente lo encontramos en Guanacaste – distrito de Isletas
-- donde se desempeñaba como Capitán de Finca. De aquel incidente,
José Reyes quedo con dificultades para hablar porque el disparo que le daño la
tráquea parcialmente, también le afecto la superficie superior de la lengua.
Tenía entonces un apodo “Camalala”, porque cuando decía “camarada” por el
defecto lingual decía “camalala”. Marcial Hernández, estuvo bastantes meses
presos en Yoro. Su hermano Lorenzo Hernández que vivía en Potrerillos, Cortes
hizo gestiones políticas – como se acostumbraba entonces -- y nombró un abogado
defensor. Hernández, dejo la cárcel y se reintegró al trabajo en la empresa,
radicándose en el campo “El Cayo”, cerca de la Jigua.
Nuestra familia, cuando declino la
productividad de la plantación del banano de la Jigua, fue trasladada en 1958 a
Nerones, campo bananero ubicado en el municipio de Sonaguera. Aquí en ese
mismo año, nació Jorge Abel el último de mis hermanos. El campo de Nerones era
mayor que la Jigua: más personas y más familias, comisariato, una escuela
uni--docente con una profesora, un dispensario y una enfermera permanente. Un
médico visitaba Nerones cada semana. Una vez al mes llegaba un proyector de
cine que daba una película al aire libre. Además llegaba un tren que circulaba
todos los días. El número de barracones, era el triple que en la Jigua. El
mandador de Finca era Osvaldo Ramos Montoya. Cuando mis hermanos Vany Edgardo y
José Dagoberto, entraron al cuarto grado, tuvieron que ingresar a la Escuela
Primaria de Isletas Central, donde hicieron el cuarto, quinto y
sexto grado. Recuerda mi hermano Vany Edgardo que viajaban a pie – por la línea
– a Isletas. “Tardábamos una hora aproximadamente caminando rápido. El regreso,
cuando llegaba temprano, lo hacíamos en “La Balbina”. José Osvaldo Ramos Soto,
“era nuestro compañero; pero a él lo llevaban en motocarro a la escuela, no
olvidés, que él era el hijo del Mandador de la Finca”.
El 23 de julio de 1958 ocurrió en Nerones
la muerte de una niña de nombre Marina Martínez, de 9 años de edad, hija
de Antonio Martínez y Aurora Munguía. La niña andaba con María Cruz, una
anciana prima de nuestro padre de más de ochenta años de edad, originaria de El
Rosario Olanchito que nunca tuvo relaciones con ningún hombre, cortando ramas
para hacer escobas para barrer el patio en las cercanas del campo
de futbol. El homicida tomo a la fuerza a la niña y salió corriendo con ella.
Alertados los vecinos – porque el hecho ocurrió muy cerca de las viviendas--,
le dieron persecución al secuestrador. En un momento le dio muerte a la niña.
En la huida de los enardecidos vecinos, a Felix Cordero, se la cayó el sombrero
y se regresó a recorrerlo. Antonio Martínez, el padre de la niña le hizo seis
disparos al delincuente Cordero y no le acertó ninguno. Al final los
perseguidores lo rodearon. El padre de la niña y a todos los vecinos a machete
le quitaron la vida a Cordero, el cual el padre tuvo que enterar solo, porque
nadie le acompaño.
Ocho días después de estos hechos llegue a
Nerones a visitar a nuestros padres. La Balbina, el tren que cubría el ramal,
llego tarde. Era de noche. Y al no encontrar a mi papa, pregunte y doña Mencha.
Me dijo que estaba en un baile vigilando que los campeños no pelearan entre sí.
Mi para era una suerte de “auxiliar” de la comunidad bananera. Me encamine
hacia el lugar y allí nos encontramos con papá. Pregunte por el motivo de la
fiesta y él me dijo que estaban celebrando los nueve días de la muerte de
Marina Martínez, la niña asesinada. Los más alegres bailadores eran el padre y
la madre. Antonio y Aura, que bailaron hasta el amanecer. Me impresiono mucho
el acontecimiento, pero mi papa me dijo que los niños eran ángeles que Dios
recibía con gusto y felicidad, por lo que sus padres tenían que celebrarlo. Los
padres eran del sur de Honduras. Jorge Montenegro, muchos años después,
incorporo el relato del hecho de sangre en su programa y su libro
“Cuentos y Leyendas de Honduras”-
El 5 de abril de 1962, murió en Olanchito el
abuelo Victoriano Bardales Núñez. Tenía un problema de la vejiga y en las
primeras horas de la madrugada, un ataque cardiaco puso fin a su existencia.
Tenía 77 años. Había sido casado con Josefa Rivera Brand, con la cual procreo a
Julia, Fausto y Fabio. Este al momento de su muerte era el Jefe de la Bodega o
Comisariato de Sonaguera. Al morir la esposa del abuelo inicio relación marital
con Antonia Colindres, hija de Juan Colindres – un albañil y constructor
originario de Cedros, que había llegado a Olanchito a reparar la Iglesia
Católica y a construir la primera planta del Cabildo Municipal – y con la que
procreo a Mercedes Herencia – nuestra madre--, Doñatila, Olimpia y Héctor. El
cadáver del abuelo fue enterrado ese mismo día en horas de la tarde en el
Cementerio de Olanchito. A las dos de la tarde, llegó mi madre – que llegó de
Nerones-- y el Tío Fabio, de Sonaguera. La muerte del abuelo Victoriano, me
estremeció profundamente. Es el primer miembro de nuestra familia que muere.
Además yo era su nieto favorito. Viví con él desde que a los siete años, en que
me matricularon en la Escuela de Varones de Olanchito Modesto Chacón. Entre
1948 y 1954, año de la Huelga Bananera, viví con él y las tías Tila y Pimpa y
los dos hijos de esta, Orly Wilfredo y José Dagoberto. Pasaba 10 meses en
Olanchito y dos meses de vacaciones en la Jigua. En 1955, mis padres me
anunciaron que al año siguiente no ingresaría al Colegio, porque no tenian
suficiente dinero para pagar la colegiatura del Instituto Francisco J. Mejía.
Ese año me quede en la Jigua, participe en los proceso productivos y como
“mosca” de mi papa, en unos contratos que él había conseguido con el mandador
don Ricardo Becerra: haciendo bozales para que las mulas no mordieran los
racimos de banano de conducían desde la mata, hasta la Bacadia; y doblando
plásticos que servía para proteger el racimo de banano y defenderlo de los
insectos. Nunca supe el valor de los contratos. Ni mi papa me dijo; y yo
tampoco le pregunte. Este año es muy importante para mi formación. Los viernes
al mediodía, viajaba a caballo unos cinco kilómetros a una parada de El Rápido
y compraba la revista Bohemia, que se editaba en Cuba – allá circulaba los
miércoles, a 15 centavos el ejemplar—y que en Honduras se lei la misma semana y
costaba 0.50 centavos de lempira. El contenido de esa revista fue muy
importante en mi formación. Tuve acceso al mundo de la política cubana, los debates
internacionales, los avances de la ciencia, los temas literarios, la marcha de
los deportes y la afición por la historia. Gracias a la Biblioteca Pública de
Nueva York, tengo en padf todos los ejemplares de la revista Bohemia de 1955,
los que he vuelto a leer con el mismo interés y deleite que lo hice hace ahora
71 años. Además en este año, cuide una milpa que mi papa sembró a las
orillas del rio Yaguala, evitando – en lo posible – que los loros picotearan y
le hicieran daño a las hermosas mazorcas de maíz blanco. En enero de 1956,
vendí lotería chica en los campos cercanos y en Teguajal, Santa Cruz y Arenal.
Vendía dos pedazos: el cliente pagaba 30 centavos y si ganaba yo le entregaba
veinte lempiras. Use para movilizarme, durante esas dos semanas, el caballo
Moro de mi papa. Caballo andador, de buena estampa y sobre una llamativa
montura Tuve mucha suerte. “Cayó el número 17 y nadie me lo compro. La
semana siguiente como era improbable que cayera el mismo número, nadie me lo
compro. Pero resulto que lo improbable se volvió probable: salió premiado el
número 17. De modo que la tercera semana de enero, me prepare para viajar a
estudiar a Olanchito. Mi papa me había conseguido una beca de 12 lempiras
mensuales y con cerca de 4º lempiras ganados en la venta de la Lotería Chica o
Menor, ingrese a estudiar al “Mejía” en el mes de febrero de 1956.
Frente a Coyoles Central – donde residían las
autoridades de la empresa nivel del distrito de Coyoles – se desarrolló el
caserío “El Carril”. Era una sola calle, de cantinas y prostíbulos, en que las
casas tenían las puertas abiertas y con unas cortinas coloridas y
chillantes, anunciaban que allí operaba una casa de placer. Aquí
los campeños tenían una oportunidad de mejorar sus opciones sexuales,
escogiendo entre varias prostitutas o cambiando de burdel. Por lo menos eran
doce prostíbulos los que contamos en una oportunidad cuando pasamos por allí.
Las riñas eran frecuentes y los muertos, por lo menos uno, en cada día de pago
mensual.
En Olanchito, en el periodo que narramos, no
hubo nunca un prostíbulo. Sin duda alguna mujeres, por diversas razones,
“vendían sus encantos”; pero lo campeños no visitaban a Olanchito para
satisfacer sus necesidades asexuales. Lo hacían por otras razones.
Especialmente para establecer relaciones con las mujeres solteras de la ciudad,
muchas de las cuales contrajeron matrimonio con campeños. Además aprovechaban
para hacer la compra de artículos de más calidad en la “Calle de los Turcos”
que concluía en la Estación del ferrocarril en donde la bananera tenía una
Bodega o Comisariato atendido por Rafael Melara Mercadal. En términos de
recreación la oferta de Olanchito era el trago en los salones o cantinas: tres
de ellos recuerdo: el Gardel, El Sitio Bar, El Salón Lux y El Salón Astoria.
Había música, pista de baile y bebidas. El wiski cinta roja y negra era muy
barato entonces. Los refrescos tropical y las coca colas costaban 15 centavos,
las cervezas Salvavidas 50 centavos y el trago de ron o wiski doble, un
lempira. También en uno de ellos ofrecían chuletas y sándwiches, porque la
oferta culinaria de Olanchito, entonces no era muy imaginativa.
En Isletas, la Aldea la Curva, era el espacio
del placer prohibido para darle satisfacción a las necesidades emocionales de
los desarraigados campeños de los campos del distrito de Isletas. En Sabá,
operaban varias burdeles para atender la clientela de los campos vecinos:
Bohemia, El Carmen, Vally, Copete y Nerones. Los campeños para llegar a Sabá,
tenían que pasar el Rio Aguan, para lo cual usaban una balsa que cobraba veinte
centavos. En el camino desde la balsa hasta el inicio de la plantación de
bananos, había una cruz metálica, sobre una base de cemento. Sobre el brazo de
la Cruz, se leía: Arturo Martínez Galindo, 1940. Una crecida del rio se llevó
la cruz y nadie se ha interesada en reponerla para señalar el lugar donde fue
asesinado uno de los más importantes cuentistas de nuestro país.
En la Ceiba, el Barrio Ingles, cumplía la
función de ofertar servicios sexuales pagados. Aquí, además del burdel, las
prostitutas, la “rockola” y las bebidas, también había pensiones y hoteles de
“mala muerte”. Allí era obligado hospedaje de los campeños que en la década de
los sesenta especialmente, llegaban a la Ceiba a cobrar sus prestaciones. Estas
solo se liquidaban en las oficinas de la Contabilidad Central, ubicadas en la
Ceiba. O por diversos motivos. Sobre el destino de algunos trabajadores que
habían llegado deslumbrados a la Ceiba a cobrar sus prestaciones y ser
robados, circulaban muchas historias en la zona. Recordarnos el caso de un
trabajador que había llegado de El Salvador o Aramecina, Langue o Caridad en el
departamento de Valle, que después de trabajar en la Standard por más de treinta
o treinta y cinco años, recibió sus prestaciones, mismas que las tenían que
cobrar en la Ceiba. Una vez con el efectivo, que cargaban en una bolsa de papel
manila, se iban al Barrio Inglés, sonde se hospedaban o a emborracharse,
celebrando que por primera vez en su vida tenían más de tres mil lempiras.
Había un burdel que lo dirigía un hombre apodado “Chachama”. “Era este
hombre una mala persona. Conocía las debilidades de los campeños. Y cuando les
veía con la bolsa de papel y por el bulto identificaba que allí llevaban el
dinero cobrado de sus prestaciones, los invitaba a beber, convenciéndolos que
para evitar riesgos, él les guardaría el dinero, por lo que podían
emborracharse sin cuidado. Muchos ingenios cayeron en la trampa. Le entregaban
la bolsa con el dinero para que se los guardara. Ellos mientras tanto se
emborrachaban de tal manera que perdían el sentido; y terminaban tendidos en el
suelo. El día siguiente, iban donde “Chachama”, que era a quien les habían
cuidado el dinero; y refieren que este se negaba a reconocer que ellos le
hubieran dado a guardar dinero alguno. Esos campeños, volvían, derrotados al
campo nuevamente a trabajar de “mosca”, como se le llamaba entonces al que
ayudaba a un trabajador que lo hacía a destajo, quien le pagaba algo para que
el ex trabajador de “regla” indemnizado; pero engañado por el pícaro de
Chachama, sobreviviera. Otros casos tristes era que ellos, sin haber visitado
sus pueblos o aldeas de donde habían emigrado veinte o treinta años antes, ya
viejos e indemnizados, regresaban. Sus hermanos ya habían fallecido. Sus
sobrinos les negaban que sus padres le hubieran dejado alguna herencia en forma
de alguna porción de tierra; o algunas cabezas de ganado. Así que igual que los
ex trabajadores engañados por el dueño del burdel de la ceiba, tenían que
regresar a los campos bananeros, donde algunos tenían una hija casada o
amachinada con algún trabajador de “regla”, una sobrina generosa o un conocido
o paisano; y los acomodaban para que igualmente, trabajar de “mosca”, para
sobrevivir por lo menos”.
En fin la vida en los campos bananeros fue para
algunas familias la ruta para salir de la pobreza; pero para otros –creemos que
la mayoría hasta finales de los sesenta cuando las mujeres lograron acceso al
trabajo, tuvieron una vida muy difícil. Por supuesto, mejor siempre que si se
hubieran quedado en su lugar de origen.
En octubre de 1962, acompañe a la Ceiba a
mi papá a cobrar sus prestaciones laborales. Por 26 años de trabajo le dieron
6.300 lempiras. Determino, una vez que le dieron el dinero que yo lo anduviera.
Determino que nos hospedáramos en La Pensión Lempira – porque el hospedaje
costaba precisamente un lempira – y estaba encima de una cantina burdel de mala
muerte, ubicado en el Barrio Ingles de la Ceiba. No me pareció muy recomendable
y menos seguro el lugar. Pero siempre confié en su buen juicio; y además, no
quería que sintiera que le faltaba al respeto. Para entonces era graduado en el
Fráncico J. Mejía como Maestro de Educación Primaria Urbana – dando clases en
la Escuela Modesto Chacón de Olanchito -- y me preparaba en los primeros meses
del año siguiente a viajar a Tegucigalpa a estudiar en la Escuelas Superior del
Profesorado. El lugar no daba confianza. Dormimos con otro compañero de mi
padre. Digo dormimos, porque yo no conocía al amigo de mi padre; y para
entonces siempre me había manejado a la defensiva. Por ello, casi no dormí, no
me quite la ropa; y mucho menos me distancie de aquel fajo de billetes que era
lo único que don Juan Martínez, tenía para iniciar su nuevo ciclo productivo,
trabajando en tierras de la zona de Cuaca y residiéndolo en la aldea de
Lérida. Mantuve los billetes en las bolsas delanteras de mi pantalón,
durante toda la noche. Mi hermano José Dagoberto, que entonces estudiaba en el
Instituto Manuel Bonilla, hizo mala cara cuando nos visitó, viendo para cada
lado, temeroso que algún compañero lo viera por allí. Sin embargo, no pasó
nada, afortunadamente; ni nos encontramos con “Chachama” como si les había
ocurrido a varios desafortunados campeños, compañeros algunos de nuestro padre.
Y que lo lamentaron siempre, hasta el fin de sus vidas sacrificada.

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