Contracorriente: EL NEGOCIO DE LA CRUELDAD

 Juan Ramón Martínez

El país no encuentra rumbo. El liderazgo nacional, no cuaja. Todavía se imponen los viejos líderes. Los fracasados que en su momento no conservaron ni siquiera las esperanzas iniciales. Diferenciar derecha e izquierda –como es el ejercicio habitual de los politólogos— no tiene sentido. El hilo que separa la “derecha” de la “izquierda”, ha sido muy tenue. Casi invisible. Por ello, algunos colegas resolvieron el problema, eliminando las diferencias. Aquí, todos son conservadores, todos iguales. Solo dejando un espacio en que se juntan en el “populismo”. Todo plano. O a la inversa. Aceptar el discurso único: yo soy lo que quiero ser y el otro solo existe cuando yo quiero que respire. Renuncia a la lógica e imposición de clasificaciones, basadas en visiones caprichosas e infantiles. El diálogo ha desaparecido. No hay discusión. Algunos políticos incluso prefieren hablar con los perros y las cabras. Solo se leen a sí mismos. O mediante intercambios de mercaderes. Produciendo lo que consideramos grave: la distancia entre el liderazgo, las posturas políticas con las urgencias y preocupaciones del pueblo. La opinión del pueblo vale poco. Lo que interesa es lo que piensa el “jefe”, el “comandante”.

Antes hablábamos más entre nosotros. Nos escuchábamos aunque sabíamos que las posturas eran irreductibles. Ahora, hablamos muy poco. Casi no nos conocemos. Estamos orgullosos y aislados, imaginándonos que somos el centro del planeta y que todos los demás son satélites girando a nuestro alrededor. 

El problema es que tal percepción se “proyecta” hacia el exterior. Honduras, afuera: no suena sino como calamidad; como impotencia. Nuestro gobernante no sale en las fotos. Antes Xiomara como mujer, le ponían en primera fila. Ahora no. Hay que buscar donde esta nuestro líder. Porque aunque no guste Asfura nos representa. Al tener dificultad para encontrarlo en las fotos; o leer alguna declaración suya o una cita de alguien sobre su postura en favor o en contra de algo, nos rodea la soledad y la impotencia. Cuando oímos que somos parte del “Escudo de las Américas”; o escuchamos las quejas de la “izquierda” lamentándose que nos hemos embrocado hacia la derecha, no encontramos más que mínimas diferencias. Desde el concepto que las elecciones son útiles y necesarias –menos para algunos marxistas leninistas que esperan “la segunda venida” de Fidel a la tierra– hasta la única diferencia singular: aceptar o no los resultados electorales. Mel no admitió que producidos los resultados los aceptaría. Trump –que está en las antípodas– sostiene que si no gana, las elecciones no son admisibles, porque le han hecho fraude. 

Petro –el presidente más de “izquierdista” por sus antecedentes guerrilleros– no admite que su candidato perdió las elecciones. Acepta el fin de su mandato, cosa positiva; pero no va más de someterse a la legislación y cuando debe salir de Colombia, solicita el permiso del legislativo. Todo para decir que no hay línea clara. O en el caso de Nasralla: no hay línea diferenciadora, porque lo que vale es la popularidad que viene no de las urnas, sino de que las redes. Y aquí, el burro botó a Genaro. Porque el voto paso de originario a ser un resultado.

Bukele es popular. Trump también. Igual Zepeda de Colombia o Sánchez en el Perú. La cuestión entonces es la legitimidad o el origen de esa popularidad. Bolsonarito, puede ganar las elecciones en Brasil. Es una posibilidad. Bukele, es imbatible, mientras controle las redes sociales y las pague con dinero público. Mel, no levanta cabeza porque no usa la crueldad como cebo: no tiene una postura contra los inmigrantes, no predica la muerte de los pandilleros. Cuando favoreció temas carcelarios como en El Salvador, el pueblo hondureño rechazó de plano tales posibilidades.

Queda entonces la crueldad. La muerte de los niños y las mujeres. Las matanzas en Rigores, en Jutiapa y en Olanchito. Estremece la muerte del niño que fue encontrado recogiendo leña en terreno ajeno. Los padres que esconden a sus hijos para conseguir recompensas. En fin lo que identificamos: la explotación de la crueldad.

No es descartable que en los crímenes colectivos o muertes de delincuentes reincidentes sea obra de la Policía, como institución; o trabajo extra de algunos oficiales que “trabajan” desde sus casas. El fin es el mismo. Bukele vive de la crueldad de los prisioneros. Aquí, viven de la crueldad de los muertos y el llanto de las familias. En los ochenta del siglo pasado, ocurrió algo parecido. Por otras causas. 

Teníamos un “Comisionado de los Derechos Humanos” que defendía a los amenazados. Ahora, ha desaparecido. ¡El negocio colectivo es la crueldad!

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