LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947-1965)

Juan Ramón Martínez

Juan Martínez y “Menchita” Bardales, Coyoles Central, Olanchito, Yoro, Octubre de 1939.

Capítulo IV

El Campo La Jigua, estaba ubicado, sobre una  loma, de tierra blanca, entre el caserío de este nombre –hoy llamado Fifí- y la pendiente que terminaba en el cauce –que conocíamos como el “crike”- que drenaba las aguas de una vega del río Yaguala, que desde el departamento de Olancho, después de pasar las cordilleras de la Esperanza, se convertía –algunos kilómetros río abajo- en tributario del Río Aguán y Romano. Creemos que Finca La Jigua, fue desarrollada en los años 1943 y 1944. La finca era pequeña, relativamente hablando y el “campo” en donde vivian los peones era igualmente pequeño. Todos eran trabajadores permanentes. Los barrones eran pocos. No más de seis barracones altos de cuatro cuartos y ocho barracones largos pero de menor altura, una casa mulera y una casa para el encargado de las mulas. Vivian allí unas 20 familias estables y también trabajaban, en calidad de solteros, unos 30 personas. Todos, sin excepción eran emigrantes: salvadoreños, originarios del departamento de Santa Bárbara, de Valle y Choluteca y mayoritariamente de Olancho. En un caso, estuvo trabajando allí un “misquito” que en aquellos tiempos le llamaban “zambos”: fornido, de poca altura, piel oscura brillante y cabello lacio. En total creemos que junto a los niños en el campo La Jigua, debimos vivir no más de 60 personas.

A unos tres kilómetros y medio, en la parte alta, se encontraban las oficinas de la Jigua. Y en la parte baja, al lado de la línea férrea,  el Comisariato. Las Oficinas eran un espacio cercado. Inicialmente con alambre de púa y al final con malla de ciclón. Con puertas de entrada y salida aseguradas. En su interior: las oficinas mismas, donde el contador llamado time keper, llevaban las cuentas sobre el trabajo realizado, las tareas y los pagos para cada peón; y la información sobre riego y fruta cortada y exportada. Además, había viviendas altas, de madera, pintadas en color blanco, con la esquinas en verde, donde vivía el Mandador de Finca –la mayor y más elegante-, otra un poco menor en tamaño, para el Mandador de Riego y una tercera para el time beeper. Cada una tenía servidumbre, cocinera y “yardero” –un jardinero encargado del mantenimiento del césped de toda la zona de las oficinas- por lo menos dos hombres armados como guardianes; y al lado –pero fuera del espacio descrito– una mulera mayor donde cuidaban las mulas que usaban los altos empleados de la finca para movilizarse dentro de las plantaciones. Todo el conjunto interior tenía agua potable, luz eléctrica –proporcionada por una planta de diésel– y servicio telefónico en cada una de las viviendas. Cada una estaba amueblada y desde los útiles de cocina, la estufa de leña, los muebles y las camas, eran propiedad de la Standard.

En el campo la Jigua, Vivian en las casas grandes –de cuatro cuartos— escaleras sin pasa mano y sobre polines altos: Margarito  “el tunco”, el encargado de la mulera, José Reyes –el capitán de Finca y Margarita López, su señora- Cleofes Vilorio y doña Tila, Juan Martínez y doña Mencha Bardales, Pedro Ortiz, Teódulo Flores -que tenía dos hijas menores que cuidaba-, Rene Figueroa y Blanca. En los barracones bajos: la ocupación era la siguiente: el dispensario donde vivía doña Pía Zúñiga, la madre del poeta Manuel Nover de La Ceiba y que fuera muerto en Guatemala por esos tiempos. David Oliva y Francisca Turcios, Pedro Martínez y Juana Castro, Santa María Reyes, Marcial Hernández, Alfredo Molina (Santo Papa) y Consuelo; Rogelio Umanzor y Elena: José, Elenita y  Cruz. Doña Tula y su hijo Ramón, sus hermanos entre ellos Gustavo y Tulita; Manuel León Trejo y Carmela, papás de Norma y dos niños más; y  Cesar y Angelina Castro. Los solteros eran Arturo Puerto, Rómulo y Rafael Torres, Santa María Reyes, don Oscar Hernández –el barbero y músico- Jacinto Reyes, Manuel Reyes, Raul Galeano,  Fausto Raudales y Simón. En la orilla del rio Yaguala, vivía Anacleta Castro y sus hijos Efraín, Sara, Lidia y Marta. Al frente de la champa de manaca, había otra champa sin terminar, solo estaba el tabanco, donde vivía Gregorio Canales, Salvadoreño y “Crucito” Salgado, también salvadoreño. En la bomba de veneno, vivía el señor Rafael Herrera y su señora  María que tenía defecto en un pie y en la bomba de agua, Ricardo Vallecillo y su esposa Norma, que no mantenían relación con los campeños de la Jigua. Los niños y muchachos y muchachas, éramos entonces: los Martínez (Juan Ramón, Vany Edgardo, José Dagoberto, Ana del Carmen y  Ada Argentina) los hijos de Francisco Turcios y David Oliva (Juan Turcios y Daniel) los Castro (Cristina, Teresa, Alberto y el Edgardo el“Renco”) de Cesar y Angelina (Tancho, Ciriaco), Rolando hijo de crianza de Marcial Hernández (Chalateco) y sus hijos con Munda: Rolando, Luis, Juan Ramón, José Antonio, Luis Alberto y Adriana; Adolfito López, hijo de Margarita López, Oscar Ortiz hijo de Rufino Ortiz, Zacarías, Rossel y Tulio, hijos de Vilorio; y Norma Trejo, hija de Carmela y Mano de León Trejo. Además, en nuestra casa vivían don Goyo Corleto, salvadoreño que trabajaba con nuestro padre en un cultivo de hortalizas y María Cruz, una prima de nuestro padre y Lidia nuestra hermana de crianza. Parejas casadas, solo nuestros padres. El resto era unión libre o “amachinados”; pero muy estables. No recuerdo ninguna ruptura. Ni intercambio de mujeres y mucho menos, noticia o rumor alguno de infidelidad. Las muchachas a los quince años, los hombre solteros creían –y la mayoría de aquellos hombres y mujeres que se sentían en tránsito y expuestos cualquier circunstancia inesperada lo consideraban normal- que una muchacha de quince años, cualquier hombre soltero, podía tomarla de la mano; y robársela a la fuerza. No se trataba de la fuga romántica de los enamorados a los que se referirá en sus historias que contaba todas las noches don Goyo Corleto.  Sino de actos de pura violencia. En el tiempo de estos relatos, recuerdo la fuga –un poco consentida de Cristina Castro y de Teresa Castro, en una relación que me pareció en secreto un poco incestuosa– Cruz Umanzor, que se fugó con Rene Figueroa, padres de Julio las que se vieron con normalidad.

El caso de Norma Trejo, fue diferente. Era la más guapa. Tenía la ventaja que era blanca, pelo castaño claro, de estatura regular; y muy educada. Cuando don Oscar Hernández, construyó la primera y única marimba que sonó jamás en la Jigua, fue visto muy natural que le pusiera como nombre Norma. Era la más guapa de la comunidad. Todos los hombres solteros, contaban los días, y se preguntaban quien se robara a Norma Trejo. Pero Norma tenía otras ideas. En el momento que logró su condición de mujer, posiblemente cuando cumplió, los quince años, sus papas la depositaron en la casa de Juan Martínez y Mencha Bardales, para que todos la respetaran; y si alguien quería algo, debía cotejarla y de allí pedir la su mano, porque solo saldría de blanco a casarse ante el Alcalde Municipal, de Arenal. Los pretendientes no tuvieron tiempo de responder, porque de la noche a la mañana, Norma se integró en nuestra familia. Don Juan Martínez, era el hombre más respetado del campo. De perenne pistola al cinto, y era visto como una autoridad natural. Doña Mencha era mujer de mucha confianza: la rezadora, la partera y la comadre inevitable que incluso, cumplía las funciones de guardiana del dinero, cuando en aquellas familias pobres, sobraba algo después del día de pago, iban y lo depositaba en manos de nuestra madre que apuntaba en un cuaderno lo que le habían dado a guardar y el nombre del depositante.

Rómulo Torres, uno de los pretendientes de Norma, una tarde llego a “nuestro” barracón. Se sentó al frente de nuestro padre y luego se agregó al grupo doña Mencha. Les presentó su solicitud de permiso para cortejar a Norma Trejo. Parece que ninguno de los Martínez Bardales, se sorprendió; y después de intercambiar opiniones, más doña Mencha que hablo de lo difícil que era el matrimonio; pero que era para toda la vida, mis padres accedieron a la petición de Rómulo Torres. Este era un hombre alto –tan alto como nuestro padre– pero muy delgado. Debió tener entonces unos 25 años. No tenía vicios. Era muy trabajador y siempre andaba junto a su hermano Rafael Torres. A los dos les gustaba jugar futbol por las tardes. Después de la visita y a petición de Rómulo Torres, llegaron Carmela y Manuel León, -que le decían “Manoleon”- los que fueron informados de la petición. Ellos estuvieron de acuerdo. Conocían a Rómulo, les parecía un buen hombre; y además, lo que ellos no querían era que su hija fuera violada. Deseaban que fuera honrada y entregada en matrimonio. El cortejo duro varios meses. Doña Mencha insistió con Norma para que no contrajeran matrimonio muy rápido y que se dieran tiempo para conocerse. Yo estaba en Olanchito estudiando entonces en el primer año del colegio Mejía; pero después me contaron que Norma Trejo, vestida de blanco –maquillada por doña Mencha, apuro tanteo y esquivo espejo- zapatos blancos de tacón, flores amarillas sobre el cabello castaño, cubierta por el velo transparente y sobre el caballo moro de mi papá, fue llevada a Arenal, donde contrajo matrimonio con Rómulo Torres. Mis padres la entregaron al esposo. Los dos ya fallecieron; pero nunca se separaron. Sus hijos –fueron varios, no conocí a ninguno- viven  en San Pedro Sula, son personas correctas; y de bien. Varios de los nietos de Norma y Rómulo, viven en los Estados Unidos. En una oportunidad después de desayunar en el Comedor La Finca, en el Lago de Yojoa, al salir una joven muy hermosa me abordo y me pregunto, usted es hijo de doña Mencha, si le respondí. “Es que yo soy nieta de Norma Trejo y Rómulo Torres, vivo en Estados Unidos y mis papas, nos contaron la bonita historia que ella fue entregada vestida de blanco por sus papas, como si fueran sus padres, a mi papa cuando contrajo matrimonio en Arenal, cerca de la Jigua donde vivián”. Fue un gran gusto escuchar aquella joven, recordar una historia que siempre me ha hecho pensar que incluso en los peores escenarios, siempre hay espacios para la ternura humana, para el respeto a las mujeres; y para el ejercicio de la caballerosidad por parte de los hombres.

El campo la Jigua, era apacible y poco conflictivo. Por supuesto que hubo problemas. En un casa, la familia se rompió y la madre, dejo los hijos; tomo un tren y desde la Ceiba, abordo una goleta en la que, herida, busco refugio donde sus padres. Naufrago en el camino y dejo dos hijas huérfanas, una con irreversible discapacidad absoluta. Y en términos de muertes, fuera la de Galeano y la de Simón Vides, un campeño que fue a Teguiajal, entro a un estanco; pido un litro de aguardiente nacional y se lo tomo de una sola sentada como decían. Debió ser la mitad; pero lo suficiente para enloquecer. Se colocó el sombrero y con la mitad del aguardiente en la mano izquierda -porque en la derecha cargaban un filoso machete Collins- emprendió el camino hacia la Jigua. En los primeros quinientos metros, consumió el resto del alcohol. Minutos después este hizo efectos. Nublo su vista, trastornó el ejercicio cerebral y empezó a dar bandazos. Para cuando estaba dentro de la finca de bananos, el sueño lo venció en los momentos en que buscaba en el interior de una zanja del drenaje, un espacio para caer, el cuerpo rendido por el veneno del alcohol se entregó a la tibieza húmeda de la tierra recién raspada del talud. Se perdió Simón se dijo en el campo. Dos días después, empezaron a preguntar por él. Nadie fuera de Teguajal lo había visto. Fueron a Arenal y algunos caminaron por el rio Yaguala porque pensaron que borracho se había ido a bañar al rio para dominar la borrachera. Cleta Castro dijo que no lo había visto de regreso. Al séptimo día, una formación de zopilotes, que daban vueltas y se inclinaban hacia el suelo y después emprendían el vuelo nuevamente, alerto a los más perspicaces. Allí estaba el cadáver con los ojos perdidos, el estómago abierto, parte de las vísceras regadas sobre la tierra fértil, la boca abierta sin lengua y los dientes blancos al aire, como si en el último momento quisiera reírse de todos. 

Allí mismo, los campeños hicieron una fosa superficial, con piedras que trajeron del rio para impedir que los animales lo extrajeran y entregaron, lo que los zopilotes no habían terminado, a la tierra indiferente. Una cruz hecha con tarro y un nombre, es lo único que quedo. Los niños que pasaban por allí -incluidos nosotros– dejábamos siempre alguna piedra sobre la cruz y apurábamos el paso porque se contaba que donde moría un hombre o una mujer, salía su alma y el “muerto” asustaba a todos los que pasaban por allí, especialmente en las noches mas obscuras en que la luna se mostraba mezquina y distante.

Todos eran católicos. No creo que nadie no haya sido bautizado; o,  por lo menos que no le hayan “echado el agua”. Todos los niños que se enfermaban de diarreas y se ponían en riesgo de muerte, doña Mencha les echaba el agua, los bautizaba en nombre de Dios y del Espíritu Santo; y los bañaba, con lo que reducía la temperatura y frenaba la fiebre. La mayoría crecieron y se hicieron adultos. Dice uno de mis hermanos que sin embargo, un niño murió. Yo no lo recuerdo. El que lucía más agnóstico y poco creyente de casi todo era Marcial Hernández. Además era el más interesado en los temas de la organización sindical, hablaba con cierto desdén de los gringos,  criticaba  el imperio americano y señala con esperanza que algún día la libertad se iba a imponer. Don Gregorio Corleto que narraba historias en El Salvador, donde él era “Tenedor de Libros”; y hombre adinerado. En ningún momento dijo que alguna de las mujeres que había raptado las hubiera honrado llevándolas al altar. Nunca menciono iglesias, ni curas. Y mi papa –decía Margarito Pacheco, un lejano pariente de Pedernales que algunas veces llegaban de visita y se quedaba varios meses con nosotros- “mírelo doña Mencha, Juan nunca menciona a  Dios”, pero después descubrimos que andaba bajo su camisa, algunos amuletos; y prendas con oraciones a Santa Bárbara en el interior de bolsitas con granos de arena blanca para que el mal no le provocara daño a él y a su familia. Creía en los muertos, le tenía miedo a los aparecidos; y una vez que soñó con su padre, que había muerto reciéntenme, enfermó y estuvo un par de días sin ir a trabajar.

En este mundo de irregular evangelización, mi madre era la que confortaba a los enfermos, daba el pésame a los dolientes; y hacia las oraciones para ayudar a que las personas en trance de muerte pasaran a mejor vida. Carlos Díaz, capitán de agua –el hombre que me regalo el primer libro de mi vida, una “Gramática Española” para uso en las escuelas– murió después de ser brutalmente herido por un iracundo trabajador al que le reclamó por incumplimiento de sus tareas, clamando a Dios, conformado por nuestra madre que le ayudo a morir en paz.

Recuerdo una Semana Santa, que hizo una ceremonia de las siete palabras, con siete estaciones, con blancas  flores mezquinas y sabanas blancas clavadas en las paredes de los barracones, en donde ella narró el evangelio y a mí me confió la tarea de acompañarle, cargando una cruz de madera. Aquello impresiono mucho. No creo que lo haya intentado muchas veces porque no tenía mucho tiempo y trabajaba incansablemente y como confiaba en poca gente nunca tuvo cocinera sino en escasas ocasiones. En esa misma semana de católica celebración  Jacinto Reyes, cuyo nombre real era Jesús Reyes originario del Rosario, Olancho, que tocaba mandolina con extraordinaria habilidad en aquel universo de sordos, acompañando los acordes balbuceantes de la marimba “Norma” ejecutados por don Oscar Hernández, que además era barbero, organizó  al finalizar el sábado santo por la tarde, la muerte de Judas, el que había entregado al señor a cambio de treinta monedas. Construyo con ropa usada, un muñeco que amaneció colgado en uno de los barracones y ante la comunidad reunida, leyó el testamento de Judas, en el que con versos graciosos, Jacinto Reyes, en nombre de Judas, entregaba lo que el traidor había dejado a cada quien. Un machete aboyado a José Reyes, una vieja pelota desinflada a Santamaría, un sombre roto a Marcial Hernández, a Goyo Corleto un litro de guaro -él era alcohólico-, un cobija rota a Juana Castro y una olla a doña Mencha. Ese día todo el mundo sonrió alegre y feliz. Tanto por el castigo a Judas, como por la felicidad al escuchar los nombres de cosas que aunque inútiles; pero que tenían alguna relación con la actividad de las personas, eran entregadas, mientras Jacinto Reyes, leía versos con mucha gracia y habilidad.

Desde que don Oscar Hernández llego con su marimba “Norma”, las fiestas fueron inolvidables y con cierta frecuencia. El primer problema que enfrentó don Oscar era el de los músicos acompañantes. De forma que hasta que se formó el grupo, en el que Jacinto Reyes era el que tenía más oído para la música, no se efectuó una fiesta. Una vez que el conjunto de los músicos fue integrado, se hicieron fiestas frecuentes. En una de ellas, en 1955 –cuando no fui al colegio– participe en una de ellas. En el baile, en la parte baja de uno de los barracones alto, se pusieron lámparas Coleman y empezó la fiesta. El piso era de tierra y muy irregular. Fue acompañado de Nila, una joven que la había secuestrado un hombre en una aldea cercana de unos 17 años de edad, que los padres usando la autoridad habían rescatado y encarcelado al que había cometido el delito de rapto, violacion y estupro. El juez de Arenal –no entiendo porque razón– la entregó en depósito a don Cleofás Vilorio y su señora doña Tila, vecinos nuestros. Estuvimos varias semanas juntos; y creo que nos enamoramos. Y el día del baile, pues fuimos pareja que se abonó,-- dijeron muchos, conmigo. Un campeño de otra finca, llegó vestido de blanco y con el machete dentro del pantalón. Como se acostumbraba en un mundo con tan pocas mujeres, quien quería bailar se acercaba a una pareja, tomada a la mujer de una brazo; y se la “quitaba” al bailador que no hacia resistencia. Era algo establecido para compartir entre gente conocida y de alguna confianza mutua. Cuando nos vio a Nila y mí, bailando, la tomo del brazo, pero ella resistió. El abusivo pretendiente de bailarín, perdió el equilibrio por la embriaguez, cayó al suelo y se incorporó disgustado con el machete en la mano, emprendiéndola en mi contra. Como vi el movimiento; y entonces era muy ágil como corresponde a un niño de catorce años, inmediatamente salí corriendo. Mi papa no había ido al baile. No sabía bailar y tampoco le gustaba sino estaba con sus cervezas encima. Asustado, me calme en las gradas, para que mi papa no se molestara con el hombre que me había amenazado.

Pasados unos diez minutos, Lito Torres me llamo: Juancito, “venite al baile otra vez”. No, le dije, “ese hombre me puede matar”. “No te preocupes”. “Todo está resuelto” dijo “Lito” Torres. Entusiasmado con la posibilidad de seguir bailando con Nila de la cual me sentía enamorado, regresé. En efecto, el extraño campeño que me había amenazado estaba dormido –realmente la palabra era fondeado-, amarrado a uno de los postes laterales del barracón, con la nariz sangrando, el desordenado pelo lacio sobre la cabeza pequeña y la camisa blanca rota en los hombros. Los campeños le habían dado su lección porque ninguno aceptaba que alguien de afuera interrumpiera el baile y mucho menos que amenazara a uno de los niños más populares del campo la Jigua como era yo.

Era el único de todos, que había y terminado la primaria, lo que me hacía objeto de admiración de los campeños y de mis compañeros de juego, especialmente los cuatro primeros amigos míos: Efraín Castro, Oscar Ortiz, Juan Turcios, y Beto Castro. También Ciriaco Castro aunque este era más pequeño que nosotros, pero que siempre le gustaba andar conmigo, montado en un burro en el que iba a cortar leña en algunos momentos. Regrese al baile, todos nos olvidamos del extraño castigado y la fiesta solo términos mucho después de medianoche. Mi papa nunca supo que había salido huyendo. Y tampoco que había sido defendido en mis temores y ansiedades por la solidaridad campeña y la amistad.

Pero no hay que confundirse. Aquello no era un paraíso. Los miedos dormían aterrados y paralizados en algunos momentos flotando por encima de las mentes de los más jóvenes. El mayor miedo era la perdida del padre, la expulsión de la madre del campo bananero –porque su derecho a vivir en el campo se originaba en que el marido era un peón– y el que para seguir viendo huérfano, era teniendo un  padrastro, lo que era  para mí en lo personal, lo más horrible que imaginarse pudiera. El otro miedo era el despido del padre del trabajo. No había leyes que protegieron a los peones, los salarios eran establecidos unilateralmente y los precios de los artículos en el Comisariato establecidos por la misma empresa dentro de un mercado imperfecto dominado por ella, en cuya visión se notaba la ausencia de la oferta aldeana local, que carecía de fuerza y de interés, fuera de la exploración de la venta de licores, en donde operaban algunas manifestaciones de informalidad con la producción de “chicha” –alcohol basado en la caña y el maíz fermentado– y la comercialización de guaro.

Los despidos eran frecuentes, aunque contaban los desempleados con una salida natural: pasar de un campo a otro, cambiarse el nombre; y convencer al Mandador de la Finca para que le diera empleo o un contrato temporal. Pero lo peor de todo se llamaba la “bola negra”: el acuerdo entre los Mandadores de Finca de un sector, para determinar que un peón específico –por una conducta que ellos arbitrariamente consideraban negativa- no debía ser contratado jamás, por ninguno de ellos. Esto era lo peor.

Aquella comunidad de inmigrantes -mayoría olanchanos de Salamá, Silca y El Rosario– se manejaban de acuerdo a una escala de valores, construida y sostenida en las actividades de una vida dura y compleja. Sin contactos en el exterior, todo estaba volcado hacia adentro. Era aquí, en la pertenencia a la comunidad cerrada bajo el nombre de campeños, donde se encontraba la identidad de la que surgía la seguridad. Por ello, el primer valor de aquella comunidad era la lealtad. Todos debían acudir en auxilio del que tenían un problema. Y defenderse en la forma que fuera frente a alguien que le ofendía; o amenazaba su vida. “Evitar no es cobardía”, se decía; pero se exaltaba la valentía y la disposición de matarse con el otro, para lavar una ofensa; o defender a un amigo. Cualquiera ofensa, adentro o afuera, debía cobrarse. Una vez, Galeano –no recuerdo el nombre- en estado de absoluta embriaguez ante los ladridos nerviosos de un perro que lo desconoció con el machete que portaba, lo mató. El perro era de mi padre. Por ello, para muchos Galeano había ofendido a mi padre; y en consecuencia, mi padre tendría que cobrársela con el ofensor. Mi padre, desde su liderazgo en la comunidad campeña, no hizo nada. Marcial Hernández, me dijo una vez: “Juan debió responderle a ese malcriado”. Mi papa se abstuvo. Poco tiempo después, en una borrachera y en un intercambio de insultos, Galeano se fue a machete limpio en contra de otro campeño de fuera de la Jigua, igualmente embrutecido por el alcohol; que más hábil en el manejo del machete mato a Galeano. Papa dio un ejemplo que consolidó su liderazgo en la Jigua.

Las mujeres casadas o acompañadas, gozaban del máximo respeto. No recuerdo ningún caso de rompimiento por infidelidad de alguno de los miembros de la pareja. Primero porque la comunidad era pequeña y porque además, el código era que quien, lo hiciera se hacía acreedor a la muerte en manos del ofendido. Las mujeres “hechas y derechas” con hijos o no, se ponían de acuerdo con un hombre y se juntaban; y vivián como que se hubieran casado. En la Jigua de entonces, vivía con nosotros una señora que tenía cinco hijos; y ninguno era del mismo padre. Cuando la conocí estaba soltera y vivía con un hijo que era peón de la frutera.

La solidaridad con el que sufría, era una obligación ineludible, de modo que el sufrimiento del uno, era el de todos; pero además, cuando alguien faltaba, los demás atendían a los hijos que habían quedado solos. Cuando Marcial Hernández estuvo preso en Yoro, su hija Lidia vivió con nosotros e incluso cuando regreso, siguió haciéndolo porque él era un hombre soltero y ella se había convertido en nuestra hermana.

Pero habían también anti valores: el concepto que la vida era algo que nadie controlaba, de modo que había que vivir al día a día, gozando lo mas que se pudiera, porque el “destino” de cada uno estaba determinado y no podía modificarse nunca; y por más que quisiera todos tenían su día y una hora morir. Y nadie pasaba de esa fecha.

El trabajo, debía empezar desde los primeros años, por lo que nadie se preocupaba –fuera de nosotros y de Pancha Turcios y David Oliva- porque los hijos “entraran a la escuela”. Nuestro padre era objeto de críticas porque nosotros –que éramos tres varones entonces- no íbamos a trabajar ayudando a nuestro padre. Una vez que seguí a don Juan Martínez, me detuvo y me dijo que él no necesitaba de mi trabajo. Que era capaz de trabajar para sostenernos y que me regresara, porque debía  entender que lo mejor era formarse en la escuela, y en el colegio. Muchos años después, -ya retirado en Olanchito- hablamos con mi papa e hicimos cuentas de los amigos suyos en la Jigua. Revisamos la situación de cada uno  de ellos; y la mayoría -me contó- estaban “arruinados”. Y los hijos, no lo vuelven a ver siquiera, respondió. La única excepción éramos nosotros y la familia que integraron David Oliva y Francisca Turcios, cuyos hijos y nietos, -la mayoría- emigraron a los Estados Unidos y ahora retirados, los que no hicieron carrera universitaria en Honduras o en Cuba –caso de Wilfredo el ahijado de mi papa– tienen sus bienes asegurados y viven comodinamente en Juncal -una aldea de Olanchito- y en los alrededores. Una vez, les visite y fue una fiesta del recuerdo. David Oliva de cerca de cien años de edad, todavía manejaba con singular precisión la mayoría de los recuerdos de una época feliz e interesante.   

Al principio de 1954, la Jigua fue estremecida en una madrugada fría del mes de enero, por la irrupción de un grupo de soldados de la Básica que llegaron a practicar un registro y ejecutar un desarme general, en todos los barracones. El recuerdo que tengo, es el despertar brusco, un foco iluminándome la cara; y un hombre vestido de militar, con un casco redondo, ordenándome que me levantara de la cama donde dormía con frases ofensivas como “hijueputa levántate de allí” mientras me empujaba adormilado yo, para buscar entre cajas colocadas abajo en donde doña Mencha guardaba la ropa recién lavada sin planchar, buscando armas. Mi papa, que usaba pistola al cinto y que dormía con ella bajo la almohada, fue desarmado. La operación fue tan organizada que todavía guardo el recuerdo porque fue de tal forma que ninguno de los campeños de la Jigua pudo hacer resistencia alguna y mucho menos huir, esconder sus pistolas; o evitar ser desarmados. Ni siquiera oyeron llegar, pese a la cercanía de la línea férrea los motores de los transportes en que llegaron. Es probable que los trenes los hayan dejado en Coyoles y a pie se movilizaron, para llegar en silencio total, a la Jigua y sorprender a los campeños que dormíamos profundamente. Al día siguiente todos fueron a trabajar, sabiendo que el gobierno los vigilaba; y que se esperaban acciones políticas de parte de algún movimiento en donde los campeños tendrían alguna participación. En abril y mayo, mientras cursaba el sexto grado, los campeños en huelga que venían de Coyoles, Nerones, Bálsamo, Palo Verde, Naranjo y el Cayo se tomaron el parque local y pronunciaron sus discursos. Nosotros, que éramos alumnos del profesor Joaquín Reyes Figueroa, salimos del aula para ir al parque a escuchar a los huelguistas. No entendimos mucho de lo que decían, pero celebramos sin embargo, el respeto y la admiración que los profesores les dispensaron a los discursos de aquellos hombres desconocidos, cuyo lenguaje atropellado e incoherente muchos de nosotros no entendimos. Apenas recuerdo que el líder de los campeños en huelga, insistió en que tenía tres días sin dormir, luchando por mejores condiciones de trabajo.

El impacto de la huelga fue tal, que en la semana siguiente organizamos los alumnos de sexto grado una “huelga”, porque al no llegar el profesor Quincho, que algunas veces se les pasaban los tragos y no podían cumplir sus deberes. Entonces juzgamos que igual que los trabajadores bananeros, podíamos dejar de recibir clases. Nos quedamos fuera de la escuela –en el Parque Francisco Morazán-, durante una hora. Después, el director Manuel de Jesús Castro, nos introdujo al aula. Nos formó en fila, nos habló en forma enérgica y amenazante y nos exigió que dijéramos quien era el jefe de la protesta. Todos cumplimos nuestro compromiso de silencio. Hasta el final, el de mayor edad, sin ser el responsable, acepto que él era el Jefe de la “huelga”. Fue castigado después de haber  sido regañado por el profesor Castro. Se llamaba Francisco Villagra y era el de mayor edad de todos. Cantaba rancheras en los sábados cívicos y además, hablaba de mujeres diciendo que estaban enamoradas de él. Algunos le creíamos las buenas historia que contaba, porque era muy cercano y convincente. Yo agradecía el sacrificio de Chico Villagra, porque había sido uno de los tres –recuerdo a Alirio Zelaya y Luis Alonso Ocampo- que decidimos no ingresar al aula y que animamos la “huelga”, la primera protesta pública de mi vida. Muy breve, menos de una hora, pero me dejó enormes enseñanzas. Posiblemente marcó mi vida para siempre.

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