LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947-1965)

Juan Ramón Martínez

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Capítulo VI

En 1936, cuando Juan Martínez llego a Olanchito, las cosas eran los más normales. La dictadura de Tiburcio Carías Andino estaba iniciando su consolidación hacia el más largo mandato continuo de un gobernante hondureño controlando los destinos nacionales. En términos de lenguaje había algunas palabras de poco curso: democracia, elecciones, organización sindical, partidos políticos, Partido Liberal y libertad. No se oían frecuentemente como otras en las conversaciones de las tardes en que en las pequeñas ciudades la gente sacaba sus sillas mecedoras a la acera frontal y conversaban sobre temas diversos con los peatones que normalmente eran personas conocidas. En 1930 la población total de Honduras era de menos de un millón de habitantes (980.793). 1. (Gobierno Central, Acuerdo 689, 23 de enero de 1930) El departamento de Yoro tenía 48.936 y Olanchito 20.345 habitantes. La mayoría de la población vivía en el sector rural. La capital Tegucigalpa tenía 43.000 habitantes. Solo Tegucigalpa, San Pedro Sula, Choluteca, La Ceiba y Tela, tenían realmente el carácter de ciudades modernas. Fuera de Tegucigalpa, La Ceiba, San Pedro Sula y El Progreso, la mayoría de las llamadas ciudades carecían de los servicios básicos: agua, luz eléctrica y alcantarillado sanitario. Tegucigalpa, era fuera del mundo bananero la excepción. Aquí había luz eléctrica y agua potable. Su población no llegaba a los cincuenta mil habitantes y la economía estaba alimentada por la actividad agropecuaria, fundamentalmente y destinada – casi en su totalidad -- preferentemente a la subsistencia. La excepción era la producción bananera de la Costa Norte que la de mejor calidad se exportaba hacia los Estados Unidos. El proyecto de Ferrocarril Interoceánico estaba para entonces atascado en la aldea Santiago Potrerillos, Cortés, de donde nunca avanzó. El Presupuesto nacional era de apenas 11.675,678 lempiras y la mayoría era destinado para la defensa ante el riesgo que los adversarios se levantaran en armas. El modelo de dominación militar sobre la población –el enemigo interno de los gobernantes nacionales– se basaba en la operación en cada departamento de un Jefe Militar –equivalente a un Jefe Político en el modelo de la España del siglo XX-, que tenía bajo su mando a guarniciones determinadas por la importancia del departamento y ejercía autoridad sobre todas las autoridades del departamento: municipales, judiciales y de receptoría de impuestos. Olanchito, estaba subordinada políticamente a la dirección del General Carlos F. (Fúnez) Sanabria que tenía bajo su mando un fuerte numero de soldados de infantería que movilizaba a Olanchito usando la vía férrea de la Trujillo para reprimir liberales y amenazar a dirigentes populares. Y en la ciudad, tenía como ejecutor de sus acciones al general Faustino P Cálix, muy vinculado a la empresa frutera Trujillo. El gobierno de Carías Andino era en la práctica, una dictadura: suprimió las elecciones, reformó la Constitución dos veces para darse continuidad en el mando hasta completar diez y seis años (16) y controlaba sin fisura alguna los tres poderes del estado. El objetivo justificatorio era el establecimiento de la paz. Ahora decir los corifeos del régimen, “todo mundo duerme con las ventanas abiertas”. Para lo que, al suspender las elecciones – nacionales y municipales --, suprimió los derechos de reunión y de organización política. Olanchito, por razón de su estructura productiva y por las visiones de los ganaderos, era una ciudad liberal, es decir una que no contaba con la simpatía del régimen que operaba desde Tegucigalpa y que tenía su principal y fiero supervisor en Trujillo. Portar armas de fuego, era prohibido absolutamente para los liberales y una prerrogativa a los nacionalistas que las exhibían como expresión de su superioridad. Las cárceles estaban llenas de presos liberales y en los juzgados de Trujillo y Yoro, que era la cabecera del departamento a la que estaba policialmente sujeta Olanchito, no había procesos en contra de los correligionarios porque decía el general Carías Andino, “que el gobierno estaba para servir a los amigos y para aplicarle la ley a los liberales”. En Yoro además, estaba el Presidio en donde cumplían sus condenas todos los infractores de la ley. Entre Olanchito y Yoro, solo existía un camino real, en el que se movían personas y cargas, usando bestias especialmente mulares, porque eran más resistentes para las largas jornadas. Con Trujillo, para la fecha que nos ocupa, el tren de la compañía bananera había suspendido el servicio cinco años antes, de forma que otra vez, la vía para comunicarse con la cabecera departamental de Colón, volvieron a ser las bestias y el camino la ruta que desde Olanchito conectaba con Medina, Briones, Sonaguera y Trujillo. Aunque la municipalidad de Olanchito y probablemente la de La Ceiba, era autosuficiente para la financiación de sus operaciones, estas tenían el carácter mínimo, de forma que la realización de obras públicas eran muy limitadas. Y en términos financieros generales, en cambio la operación económica del gobierno central era perenemente deficitaria y no existía, para atender las crónicas condiciones de iliquidez presupuestaria, ningún banco – público o privado -- que operara como prestamista del apurado gobierno que siempre tenía dificultades para completar las planillas al finalizar cada mes. Carias, que tenia fama de austero y de buen administrador había reducid a once los meses pagados a los funcionarios públicos. Aunque había mejorado el manejo de las finanzas en los tres años del gobierno de Carías Andino en que aumento el control sobre todos los ciudadanos y puso fin para entonces a los brotes levantiscos en armas de los caudillos liberales especialmente, todavía la situación en general no era buena para Honduras. Diez años antes en 1926 el gobierno nacionalista de Miguel Paz Barahona había emitido su propio sistema monetario con el Lempira como moneda oficial, valorada en 0.50 por dólar estadounidense. Como el gobierno no tenía capacidad de emisión, diez años después las monedas que circulaban en la costa norte eran mayoritariamente las estadounidenses. Pero se seguía hablando de pesetas y reales. Continuaba Honduras siendo, como había ocurrido durante la colonia, el país más frágil económicamente de la Capitanía General de Guatemala. Desde la última década del siglo anterior, Honduras se había articulado exitosamente con los mercados internacionales por medio de la exportación de banano a los mercados de los Estados Unidos. De forma que la presencia de la Vacaro Brother Co. en el Valle del Aguan, significa la presencia de una economía modernizadora que para la mayoría de los pueblos y representaba una esperanza sin duda y una oportunidad de trabajo para muchas personas, especialmente para los más jóvenes. Un año antes, en 1935, se habían levantado los rieles de la anterior compañía frutera que operara en la zona, la Trujillo Railroad Co. que no pudo enfrentar el reto de la sigatoka negra que daño las plantaciones; ni tampoco tuvo capital para darle continuidad a la ampliación del ferrocarril que desde Olanchito se prolongaría hasta Juticalpa, abriendo esas tierras al cultivo del banano como era su obligación contractual. De forma que la presencia de la bananera en el valle del Aguan y específicamente en el distrito de Olanchito, era una bocanada de aire fresco para la economía local y hondureña. Especialmente para las ciudades que no tenían otro ingreso que la actividad laboral de la mayoría de su población masculina empleada en actividades agropecuarias de subsistente. La Ceiba, para entonces era la ciudad más fuerte y esperanzadora de la Costa Norte, más que San Pedro Sula incluso. Olanchito, era otro caso especial. Tenía un patrimonio –la ganadería, la producción de lácteos y carne fresca o salada— una población muy escasa, --la mayoría autosuficiente-- y que en las tres décadas anteriores había sido marginal incluso durante los años en que la Trujillo operara en la zona y mediante la cual Olanchito articulo su economía bastante bien con la bananera trujillana. Por ello, Olanchito no recibió a la Vacaro con el entusiasmo que se hubiera imaginado. Los comerciantes – la mayoría inmigrantes palestinos-- desplazados por el cierre de operaciones de la Trujillo, se instalacion en su mayoría hacia Olanchito y el comercio local, creció en forma singular. Los ganaderos en cambio vieron, en la operación bananera un peligro para sus intereses. La mayoría no tenían títulos sobre sus tierras y temen perder la mano de obra necesaria porque la bananera viene pagando mejores salarios. Mientras La Ceiba, tiene un fuerte impulso económico e intelectual abre las puertas a los empresarios estadounidenses, Olanchito se cierra y ve con cierta suspicacia el ingreso de los inversores en una zona tranquila que ha estado dominada por las familias ganaderas del valle del Aguan, desdelos años de la colonia española.

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Juan Martínez, entonces de 28 años de edad, había emigrado once años antes desde la aldea Pedernales o las Piedras perteneciente al municipio de Concordia. Muy joven llegó a El Progreso y a los campos bananeros –del que tenía mejores recuerdos era de Cabeza de Vaca— y había aprendido las reglas elementales para sobrevivir. De modo que cuando llego a Olanchito, ya era un veterano joven que se identifica con las fuerzas del poder, conoce sus límites y sabe las formas de pactar con ellas. No tiene casi pupitre; pero si lo acompaña un fuerte sentido común. Una vez establecido en Coyoles Central e incorporado las tareas de la operación de la finca bananera, muestra enorme capacidad para escuchar instrucciones, cumplirlas y rendir cuentas, casi de memoria. Por ello, le confían las tareas más delicadas: la construcción de vías para canalizar las aguas lluvias o las vertientes naturales de los terrenos escogidos para el cultivo del banano. Y antes, desarrolla habilidades para el desmonte de las tierras: sabe lo que es una “abra”, tiene conocimientos para dirigir operaciones para socolar los cerrados bosques milenarios del valle; y lo más importante aprende todo lo relacionado con el cultivo del banano y el cuidado de las plantas, en sus primeros siete meses, ante de que florezca y empiece a mostrar los frutos: los robustos racimos de bananos. En la marcha, se gana la confianza de los capataces y mandadores. Saben que pueden confiarle las tareas y además, siendo un hombre alto, de pocas palabras y de mirada directa, su compañía les da confianza cuando tienen que visitar otras comunidades vecinas, especialmente Olanchito. Ignoramos en que momentos se hace hombre del Partido Nacional y ferviente seguidor de Carías Andino. Su adhesión al Partido Nacional lo acompaño siempre y jamás abandono su fidelidad al General Carías Andino. Siempre votó por él y sus candidatos Juan Manuel Gálvez y Julio Lozano. Cuando surgió el reformismo, tiempo después, se mantuvo firme en el Partido Nacional alrededor de Tiburcio Carías Andino. Después, muerto Carías en 1969, siguió con entusiasmo a Rafael Leonardo Callejas Romero.

Olanchito era en 1936, una ciudad pequeña. Tenía entonces seis avenidas y 10 calles. Todas de tierra. Afortunadamente con una leve inclinación desde el norte hacia el sur, por lo que las lluvias no dejaban aguas estancadas. El límite era por el norte y por el este por la quebrada La Andaluza; por el sur por la Estación diseñada para el ingreso del tren; y por el oeste el camino real a Trujillo. La pequeña ciudad tenia una plaza central que separaba a Iglesia Católica del Cabildo Municipal, dos escuelas primarias: la de varones Modesto Chacón y la de niñas, José Cecilio del Valle. Entre ambas no había más de 250 alumnos que cursaban hasta el quinto grado. La mayoría de los docentes eran empíricos y para entonces, el liderazgo lo tenían los mentores graduados de la Normal de Varones dirigida por el pedagogo guatemalteco Pedro Nufio: Francisco Murillo Soto era el de mayor edad y otros profesores graduados eran Antonio Sánchez Soto, Ranulfo Rosales, Francisco Gonzales Ramírez, Modesto Herrera Munguía, Santiago Herrera Munguía – que residio en Nueva York donde entre otras cosas aprendió inglés -- y, que se casó con una mejicana, la única que tenemos memoria que haya residido allí. Las dos escuelas estaban en la plaza central donde reinaba imponente una serena y confiada ceiba, que entonces era el kilómetro cero de la ciudad que un año antes de 1936, ha empezado a realizar la Semana Cívica, bajo el liderazgo de Francisco Murillo Soto. Esta actividad, iniciativa de los profesores exclusivamente marco a la ciudad. Desde entonces Olanchito fue conocida como la Ciudad Cívica. 

El país tenía una operación descentralizada, con la excepción de la pólvora y el aguardiente que por su condición de artículos estancados, eran distribuidos por el Gobierno Central, por medio de las Administraciones de Rentas. El transporte de la pólvora y el aguardiente se hacían por medio de aviones de la Fuerza Aérea de Honduras y se vendían como especies fiscales en las Administraciones de Rentas . Los servicios municipales en cambio, estaban en manos de las Alcaldías Municipales que durante el régimen de Carías Andino, dejaron de ser elegidas para convertirse en corporaciones municipales de nombramiento del presidente Carías Andino de acuerdo a la opinión de los Jefes militares de cada departamento. Las municipalidades fueron clasificadas y ordenadas. Las más pequeñas –Arenal y Sonaguera por ejemplo– eran alcaldía; y ciudades mayores como Olanchito, El Progreso y Trujillo se convirtieron en cabezas de Distritos Locales. Los servicios eran pocos: la Policía, la educación, el agua potable y la luz, vialidad o mantenimiento de los caminos y las vías telegráficas fueron y como es natural manejadas por el municipio. En tal modelo de dirección por parte de las alcaldías, así como las escuelas y demás servicios la ciudadanía tenía más participación. El Gobierno Central se reservaba el derecho de mantener una comandancia militar local, a cargo de un oficial de su confianza y unos soldados, normalmente descalzos, que portaban viejos fusiles con los cuales mantenían el orden; o perseguían a los delincuentes. Los profesores eran empleados de los alcaldes, en la medida que sus salarios provenían de los ingresos municipales. En lo referente a la calidad de sus tareas, un Supervisor en cada departamento, dirigía y supervisaba a las escuelas y verificaba los resultados del trabajo de los mentores. El Arzobispo de Tegucigalpa había convertido a Olanchito en Parroquia y para atenderla, siempre tuvo un sacerdote permanente. Para 1936, el sacerdote se llamaba P. Juan Orellana. Había sucedido a Ángel Castillo y éste a Guillermo R. Amador en 1925, padre de Ramón Amaya Amador (Mirna Orellana, La Iglesia Católica de Olanchito).

En cuanto a servicios públicos, Olanchito tenía entonces agua potable y luz eléctrica movida por un generador que ofrecía servicio nocturno durante unas pocas horas. Carecía de alcantarillado sanitario, no habia servicio de recolección de basura. Hasta siete años después, se funda el Instituto Francisco J. Mejía. Los hijos de los ricos de Olanchito, hacían dud estudios secundarios y universitarios en Tegucigalpa. Los miembros de las familias más poderosas: los Sosa, Quezada, Soto, Puerto, Lozano, Ponce, Posas, Calix, Murillo y Zelaya, estudiaron en el exterior: en Estados Unidos –aquí se hace dentista Sixto Quesada Soto– en México, cursa estudios de derecho Andrés Alvarado Puerto y Efraín Ponce; y medicina Felipe Ponce hijo. El primer médico que se estableció en Olanchito fue probablemente el doctor Tomas Ávila Ruiz, originario de Manto Olancho y graduado en Guatemala- Después llego el doctor Octavio Bennet, después el doctor Pompilio Romero, originario de Progreso, el doctor Chavariia de Tela y Raúl Madariaga de Comayagua. El Alcalde Municipal era en 1926 don José María Soto, un ciudadano muy respetable. Había introducido el agua potable a la ciudad. La figura más influyente de la ciudad era el general Faustino P. (Pacheco) Cálix, compañero de luchas guerreras con el presidente general Carías y que, rendía ordenes al general Carlos F. Sanabria que tenía su sede en Trujillo.

La sociedad de Olanchito estaba dividida en “primera” y “segunda” clase. La primera la integraban los propietarios, normalmente de fincas ganaderas, profesionales universitarios, militares y empleados públicos. Era una ciudad dominada por los ganaderos, desde sus orígenes. La diferencia era más notoria en las festividades bailables y las prendas de vestir usadas por damas y caballeros. En las fiestas de las de “primera clase” el grupo era selecto pero pequeño relativamente. Las mujeres vestían de largo y los hombres de saco y corbata. Las fiestas más numerosas y alegres, --con todo-- eran las de segunda. La música la aportaba un marimba con músicos originarios de Olanchito. Aquí concurría la emergente pequeña clase media: profesores empíricos y graduados, barberos carpinteros, hojalateros, modistas, hoteleros, cantineros, costureras y comerciantes, nacionales y extranjeros. Los extranjeros eran mayoritariamente palestinos, búlgaros, salvadoreños, estadounidenses, nicaragüenses y guatemaltecos. Nunca vivió un chino en Olanchito. Años después residió y estableció una panadería un miembro de una “clase inferior india”, llamada “culie” o intocables que fundo y opero la Panadera Indostan. Contrajo matrimonio con una dama de Olanchito y formo una familia muy distinguida y de generosos frutos. “Canchón Caribe”, -- ignoramos su nombre -- es posiblemente el primer negro que se establece en Olanchito. Después llegaron como ejecutantes de música. Los más famosos fueron Morris, Lincan, Alfonso Lacayo y Cruz Pery, que en la década de los cincuenta era el distribuidor del semanario “El Semáforo” y otros periódicos. En ese periodo entonces, las relaciones entre los inmigrantes bananeros se dieron igualmente en dos direcciones: los altos funcionarios de la bananera, las autoridades militares y los profesionales universitarios hondureños, establecieron relaciones con personas de la primera clase de la ciudad. Algunos contrajeron matrimonio con damas y caballeros de la ciudad. Los peones, en cambio, sus relaciones fueron con miembros de la segunda clase. En “Alerta” de Amaya Amador, hay una publicación en la que la “segunda clase” que el novelista de Prisión Verde animó para que se organizara, publica su junta directiva. El Presidente era Lino E. Santos, olanchano que había sido jefe de comisariato en la Trujillo y que establecido en Olanchito, había iniciado negocios con Felipe Ponce para regentar el Cine Gardel y un bar de copas para los visitantes y lugareños, atendido por el bar tender Domingo Urbina Rosales. La tesorera era Donatila Bardales Colindres, costurera y hermana de Mercedes Hermencia Bardales Colindres que iniciara relaciones afectivas con Juan Martínez posiblemente en 1938. Para entonces la joven Mercedes Hermencia, era trabajadora doméstica de Camila Saybe de Nicoly y cuidadora – casi dama de compañia -- de los dos hijos jóvenes del matrimonio de ella con Antonio Nicoly: Antonio hijo y Estela. De allí de esa casa, como me dijo tiempo después el cineasta Antonio Nicolay Saibe, “salió Mencha casada con tu papa Juan Martínez”.

Se casaron por lo civil –con la oposición de don Victoriano Bardales, nuestro abuelo que no le cuadraba la figura de Juan Martínez para que fuera esposo de su hija mayor – en octubre de 1939. Solo por lo civil. Porque aunque el pacto era que también fuera por lo religioso, Juan Martínez al final –por razones que nunca nos explicó- se resistió. Solo algunos años después, ya adultos los hijos mayores, contrajo matrimonio eclesiástico, gracias a los estímulos de una Santa misión que se había predicado en la zona. Se establecieron en Coyoles Central. En mayo de 1941, Menchita Martínez, viajó a La Ceiba a tener su primogénito. Viajo sola en el tren. Como decían las mujeres que “sabían” de maternidad, lo que tendría Menchita “será una niña”. Para Juan Martínez, que no tenía hijo alguno, aquello no fue una buena noticia. Cuando nuestra madre le pregunto qué nombre le ponía a la niña, le dijo que el que ella quisiera. Ocho días después que nació un varón al que le pusieron Juan –por él– y Ramón por el patrono de los mujeres primerizas, Juan Martínez dejó sus labores y viajo a La Ceiba muy emocionado, para regresar con su esposa y su hijo del cual, estaba tan complacido que en horas de la tarde se paseaba entre los barracones –el que no era muy visitador de las casas ajenas– enseñando orgullosamente a su primogénito. No hay que dejar de creer a García Márquez, que mientras respondía como se llamaba, lo imaginara que por lo menos llegara a Mandador de Finca, Alcalde y Presidente de Honduras. A Papa de Roma no creo que haya pensado, porque su catolicismo era muy larvario; e incluso no creemos haya sabido que el jefe de los católicos vivía en un palacio en Roma, como si estaban enterados los Buendía de “Cien años de Soledad”. Durante cuatro años, residió en Coyoles Central la familia Martínez Bardales, excepto una breve estadía de doña Mencha que residió en Olanchito, por razones de salubridad y cuidado de sus dos hijos: Juan Ramón y Antonia Ethel, que había nacido en 1943 en Coyoles Central. Una vez pasada las circunstancias que obligaron a que nuestra madre y nosotros dos de sus hijos viviéramos en Olanchito, -en casa alquilada– regresamos a Coyoles Central, desde donde Juan Martínez, fue trasladado para que prestara sus servicios a la empresa frutera en el campo de Culuco. 

Culuco es muy importante por dos razones: es el lugar del cual tengo los primeros recuerdos y además, es el escenario –el Macondo– en donde Amaya Amador sitúa los incidentes personales y colectivos de los personajes y circunstancias de su célebre novela “Prisión Verde”. Como es natural, los recuerdos son muy limitados, muy cortos y sin continuidad, típicos de un niño de cinco y seis años de edad. El primero de los recuerdos es traumático: un castigo, muy fuerte por parte de Juan Martínez hacia su hijo por haber cometido lo que a él le pareció una contravención que debía corregir: nunca recoger cosas comestibles del suelo. Era una tarde, después de la cinco de la tarde. Todo era silencio. Los hombres habían regresado de trabajar, la mayoría había dejado guindada en clavos la ropa sudada de faenar y descansaban después de cenar bajo los barracones donde residían; o conversaban en fáciles tertulias en las que algunos grupos jugaban a las barajas; o contaba cuentos de camino real. Recuerdo que nuestro padre descansaba, solitario, en una silla de madera y yo jugaba en el suelo de tierra haciendo figuras y tirando pequeñas piedras traídas del rio, solo. En ese momento a espaldas de nuestro padre que además de descansar me vigilaba muy atento –cosa que entonces no calibraba y menos valoraba– a lo que hacía o dejaba de hacer, circulaban varias personas. Adiós don Juan decían la mayoría, adiós respondía nuestro padre. Yo era su orgullo; pero además el objeto más importante de sus cuidados paternales. En un momento, en mi espacio vital atrvezo una figura de un hombre muy joven al que nunca había visto; y que mientras caminaba despreocupado y lento, chupaba un mango amarrillo que solo había visto los días de pago y que vendían mujeres garífunas que venían desde los morenales a comerciar durante los días de pago. El mango era amarillo hasta la temeridad. Casi a espaldas de nuestro padre, el hombre se aburrió del sabor dulce del mango y lo tiro al suelo, a unos dos o tres pasos de donde jugaba agachado sobre la tierra. El objeto, bello y tentador atrajo mi atención. Sin meditarlo, me levante y camine para recogerlo. Lo hice con mucha naturalidad y desde la mano, directamente me lo lleve a la boca. La pulpa y el jugo eran dulces y deliciosos. En la segunda vez, mordí y chupe el jugo del mango maduro, me vio mi papá y entro en cólera. Sin decir nada se incorporó ágilmente, me quito el objeto de mis delicias, que cayó al suelo y levantandome del brazo me levanto y me dio dos nalgadas inolvidables. Llore ruidosamente. Mi madre corrió a socorrerme y cuando vio el rostro disgusto de su marido, entendió lo ocurrido: al frente estaba el objeto de la codicia infantil, la dulzura del color y la belleza de lo prohibido. Mi madre me tomó en sus brazos, subió las gradas, me quito la ropa y me puso una pijama y me recostó en la pequeña cama de hierro en donde dormía, una vez que nuestra hermana Toñita había llegado a nuestra familia en la cuna de hierro que fue el primer espacio en donde tuve conciencia de vivir. Mi madre bajó otra vez y regresó con un vaso con agua y una pastilla, la que me dio a tomar. Me acostó y me calmo, cantando muy suavemente una canción desconocida, con la cual me sentí arrullado. Me dormí. Cuentan que esa noche sufrí de altas temperaturas y al día siguiente no baje a jugar. Estaba enfermo a resultas del castigo recibido. 

El segundo recuerdo tiene que ver con la novedad del agua que corría sobre un cause cubierto de cemento, en donde doña Mencha lavaba la ropa de casa, que tendía en el césped cercano para que el sol disipara la humedad. Nuestra madre, afanada moviendo sus brazos para restregar la ropa que envuelta en pompas de jabón, abandonaba las suciedades acumuladas por el uso de los dos niños que éramos entonces; o el sudor de las faenas de nuestros padres. En el recuerdo, no hay más movimientos que las mujeres golpeando la ropa contra las piedras o las tablas de lavar conocida con Wayboll, y agua silenciosa y monótona. Y el centro de mi atención, mi hermana, de unos tres años, parada viendo a su madre. Siempre me he preguntado porque ese recuerdo se fijó en mi memoria y las razones de haberlo preferido en todas las escenas de joven y estrenada capacidad de recordar. Mi hermana esta vestida. No habla, no dice nada y solo ve a la madre que hace una tarea que a ella le llama la atención. Nada más.

Unos pocos meses después o años. No lo sé, el siguiente recuerdo tiene otro escenario. No hay barracones de madera, ni cause de agua; y tampoco espacios donde circulan personas; ni vías férreas. Sin ruido, como si estuviéramos fuera del mundo. Se llama, me dijeron después “Tiestos”, un campamento provisional de chozas de madera rajada en pie, techo de manaca y piso de tierra, al natural, sin ningún tratamiento. Es en los recuerdos, el lugar más inhóspito en donde he vivido. Todo es nuevo y provisional. No recuerdo persona alguna, nadie tiene nombres y los únicos ruidos son las conversaciones ininteligibles. Es obvio que vivimos en un lugar nuevo, más hostil que nunca gamas. Probablemente un lugar de castigo para nuestro padre. No sé si lo recuerdo, pero es probable que nuestro padre estaba allí, junto a otros campeños que siguen trabajando en la compañía, posiblemente abriendo alguna nueva trocha para una finca adicional; o a saber qué. Es una tarde en la que la noche entra abruptamente en nuestras vidas. Hay gritos y petición de auxilio. Oigo a mi madre, “por favor vengan a ayudarme que Juan se ha puesto mal”. Los hombres vienen apurados y actúan. Mi papa, con su ropa de trabajo, camina y camina frente a la champa donde vivimos, con una taza de vidrio en las manos, sin decir nada pero con el rostro herido por el abandono de la conciencia. Tiene una crisis nerviosa -supe después- y ha quedado como paralizado, mecánicamente funcionando, pero sin saber qué hacer y porque lo hace. Los hombres fornidos como mi padre, campeños de pelo en pecho, luchan con él. Son hasta cinco personas, que al final, sin decir palabras –solo se escuchan los resoplidos del esfuerzo— lo dominan, lo tiran al suelo y con un mecate le atan las piernas y las manos, logrando entre todos, una vez inmovilizado, colocarlo sobre una cama. Tiene los ojos idos. Ha perdido el contacto con la realidad. Uno de los hombres va caminando, abriéndose paso en la noche primigenia, hasta las oficinas y pidió al mandador, después de explicar el problema, para que viniera una ambulancia para trasladar el enfermo a La Ceiba. No recuerdo más. Debí dormir. Al día siguiente, ni mi papá y menos, mi mama estaban con nosotros. Solo nos cuida María Cruz, prima lejana de nuestro padre, “señorita de las antiguas”, originaria del Rosario, Olancho que era con mi mama, probablemente dos de las únicas mujeres que sabían leer y escribir. Doña Mencha, que alguna vez dijo con dura ironía que mi papá se la había dado como regalo de bodas. Tiempo después. Cuchi, como siempre la llamamos, me explico, “mi primo se enfermó y está en el hospital, cuando mejore regresará”. Y mi mama, pregunte, “está con él”. No sé cuántos días pasaron y una tarde, regresó, más callado, delgado y con un color amarillo en la piel que nunca le había visto. Tiempo después reconstruí la escena: mi papa había tenido problemas de trabajo con el capitán de la finca, su compadre y por ello mi padrino Justo García –salvadoreño y abuelo de Ruth García Mallorquín muerta a manos de los militares en La Finca Los Horcones el 25 de junio de 1975- y éste le había impuesto un castigo que mi papa no pudo asimilar nunca, porque enviarlo a Tiestos fue una degradación que lo afecto siempre. Trasladarlo a Tiestos, un campamento provisional, comparado con Culuco, fue una desvalorización ofensiva y una disminución de categoría en una actividad que tenía pocas categorías. Aquí, algunos meses después, nació el 12 de febrero de 1946 –atendido por una comadrona– el tercer miembro de la familia, Vani Edgardo. Pasada la crisis, en un tractor fuimos trasladados a la Finca La Jigua. Aparentemente mi papa había sido rehabilitado. Llegamos en la noche y una pocas horas después, cogió fuego uno de los barracones pequeños y de menor altura; y nuestro padre, que siempre temió a los incendios, nos obligó a salir del barracón asignado y dormir sobre colchones, bajo las señales de las estrellas, en una noche que para un niño de piedad, no fue más que una aventura singular y una oportunidad para ejercitar la memoria, que para entonces había empezado a acumular recuerdos con gran apetito para alimentar estas memorias que entonces yo no sabía que algún día tendría que escribir. 

Un tiempo después, descubrí que aunque mi padrino llegaba de visita a nuestro barracón y mi mama atendía a su compadre con la naturalidad debida, mi papá, jamás le dirigió la palabra y nunca jamás se refirió a él. Lo saco de nuestras vidas y pese a los esfuerzo de Justo García por reiniciar su amistad con mi padre, este nunca cedió porque aparentemente no había aprendido –y creo que nunca lo hizo jamás– a bregar y perdonar las ofensas y olvidar las pequeñas diferencias con los que le habían faltado al respeto alguna vez. Cuando veo sus viejas fotografías, el rosto de mi papa es firme. Nunca se ríe plenamente. Tiene tan solo una sonrisa socarrona, como me dijo que mostraba en la cara mi papa, el segundo de mis padrinos, el doctor Tomas Avila Ruiz; y que yo acumulo como la primera critica que escuche en contra de nuestro padre y que en secreto, he guardado como prueba de mutua identidad. Y origen de la memoria rencorosa, el olvido complicado de las cosas complejas; y el ordenamiento de las ofensas, directas o indirectas recibidas. Por suerte, solo remojadas de ternura por la conducta cristiana de nuestra madre, que aunque tuviéramos dificultades, nos enseñó que debíamos perdonar a los que nos ofenden. Pero que yo no pude ir más adelante. No olvidar, tampoco perdonar la ofensa, aunque sin hacerle daño alguno al ofensor. Memoria, pero sin venganza, porque mi mama supo que no se puede vivir odiando, nunca jamás. Pero papá, también hizo pedagogía, poner distancia con el enemigo, para no darle la oportunidad de continuar la tarea de imponer su superioridad sobre las otras, nunca jamás. Con mi papá, nunca hablamos de esto. El manejaba las llaves de cuarto de las ofensas y creo que nunca se arrepintió de no olvidarlas jamás. Porque eso sí recuerdo que dijo, “una vez basta”. Dos veces es sumisión y cobardía, que nunca un hombre debe permitir jamás. Honor y dignidad siempre hijo me hablo una vez, -años después- es la base de la libertad mientras avanzábamos a pie buscando una vaca que se le había extraviado por caminos poco transitados en las cercanías de la aldea de Cuaca, municipio de Tocoa, en Colón antes que le contara que en pocos meses me iría a continuar mis estudios en Tegucigalpa. Debió ser finales de 1962. Cuando te vas, pregunto. El otro año. Debo ir a San Pedro Sula a hacer los exámenes de admisión para conseguir una beca. ¿Y qué estudiaras? Iré a la Escuela Superior del Profesorado para buscar una especialidad en Ciencias Sociales que me permita enseñar a los jóvenes en los colegios de segunda enseñanza. Eso es bueno. Siempre tienes que ir adelante. estoy seguro que te ira bien. Porque tienes que hacer lo que yo no pude. Si papá, yo soy su continuidad y lo que usted no logró, lo conquistare con el mismo esfuerzo suyo y lo hare en su honor. Está bien dijo, solo tienes que cuidarte y como hasta ahora, sepárarte de las malas compañías y de los vicios que estas traen consigo. Claro que sí papá. Allá esta la vaca, que buscamos hijo, me interrumpió. Preparo el lazo, la llamo por el nombre de mujer que prefería siempre darles; y camino adelante tirando de la cuerda, yo atrás animándola para que avanzara más rápido, hasta que la llevamos nuevamente al potrero de donde sin razón que solo las vacas conocen, se había fugado para caminar libre e indolente por el bosque verde de la Costa Norte de Honduras.

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