LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947-1965)

Juan Ramón Martínez 

Capítulo V

En 1958, la producción de banano por hectárea, en la Finca de La Jigua, se desplomó. Las tierras del Valle Arriba recibían menos días de lluvia que las del Bajo Aguan. La vega del rio Yaguala no era muy profunda. Ni muy fértil. En 1957 cuando empezó la declinación, la mayor parte de los trabajadores fueron desplazados para trabajar en la cercana  Finca de Santa Cruz, ubicada a continuación de la vega del rio Yaguala, tributario del Rio Aguan. Mi papá, fue cortero en la finca Santa Cruz bajo las ordenes de don Pedro Cruz, padre de Rolando Cruz, economista graduado años después en la UNAH y autor de un bello libro de poesía titulado por “Los Persistentes” y firmado bajo el seudónimo de José Fortuna. Pero ya en 1958 la situación era incomoda. Tanto por el número de peones, como porque la Finca de Santa Cruz e igual que la otra que se abrió —y que nunca conocí—Bujajas, no aportaban una producción que compensara la caída de la Finca de la Jigua. Mi papá y otros más fueron trasladados hacia Nerones, municipio de Sonaguera.

En ese entonces cursaba el tercer curso de Magisterio en el Instituto Francisco J. Mejía de Olanchito. En un acto de silenciosa rebeldía y de constante resistencia a moverme de donde estoy a otro lugar, no participé en el traslado de la familia y sus bienes del hogar al nuevo destino laboral de nuestro padre. Mis papas no me urgieron realmente, por lo que creí que no me necesitaban. Para entonces, nuestra familia había aumentado: Ana del Carmen y Ada Argentina hacían parte de la prole Martínez Bardales. En un vagón de rejilla, se acomodaron todas las cosas que nuestra familia había acumulado: camas, catres, sillas mesas, ropa y numerosas cajas dentro de las cuales mi madre guardaba sus cosas en un orden que solo ella manejaba realmente.

Nerones, tiene nombre musical. Se refiere por muchos que los ejecutivos que manejaron la ampliación de la empresa bananera en la década de los cuarenta eran italianos; y uno de ellos, aficionado a la música clásica. Por ello llaman la atención los Nombres  de Trovador, Elixir (del Amor) Bohemia, Vally, Nerones, Santa Inés. Nerones, era para entonces, un campo mayor, mas comunicado que la Jigua—aunque más distante de Olanchito– y situado en una tierra más fertiles y ricas para el cultivo del banano. La productividad por hectárea siempre fue mayor y su tiempo de uso, es extraordinariamente diferente. Aun ahora –mas de sesenta años años después– sus tierras son aluviales, cerca del río Aguan y parte de un distrito de alto movimiento productivo. El número de viviendas era más del doble que el de la Jigua, de forma que el número de familias y de peones era mucho mayor. El mandador de Finca era Osvaldo Ramos Montoya, casado con Alba Luz Soto, prima hermana de nuestra madre. Las dos compartían un padre y una madre que eran hermanos naturales entre sí: don Victoriano Bardales Núñez y doña Mercedes Andino de Soto. Osvaldo Ramos Montoya y Alba Luz, eran los padres de una familia integrada por José Osvaldo, Oscar Antonio, Víctor Ramón, Leonardo Antonio y María del Carmen. Las relaciones entre las primas eran muy buenas y también entre el mandador y mi papa, aunque no creo que hayan alcanzado niveles de fraternidad usuales entre los olanchanos, porque nunca en ningún momento en que fui de visita a Nerones o pase las vacaciones de 1958, 59 y 60 nunca vi a Osvaldo Ramos Montoya y tampoco nunca fui de visita a las oficinas en donde ellos residían. En la distancia las mejores relaciones que desarrolle fueron con don Ricardo Becerra en la Jigua y Tulio Sosa, en Nerones. Don Tulio Sosa, igual que Becerra originario de La Ceiba, sucedió a Ramos Montoya.  En Nerones, igual que en La Jigua, las oficinas estaban segregadas de las casas de los peones. Mis hermanos, Vany Edgardo y José Dagoberto, eran compañeros de escuela primaria en Isletas con José Osvaldo de forma que el participaba con nosotros que éramos de mayor edad, en las jornadas del baño en La Borda que permitía el elemental ejercicio de la natación, donde la mayoría no fuimos muy destacados. Aunque Osvaldo Ramos Soto,-- muchos años después--, me confeso que la primera admiración que sintió hacia mí, eran los coletazos que daba, mientras me tirábas sobre el agua lenta y perezosa que sacada del rio Aguan, alimentaba las bombas que mantenían operando el sistema de irrigación de las fincas de Nerones y Guanacaste. El Mandador de Riego era Alonso Medina, de Nacaome Valle, hermano de Carlos Díaz, el hombre que en La Jigua me había regalado el primer libro que me obsequiaron en la vida. El capitán de Finca era Antonio Laínez, salvadoreño, esposo de Dorita. Tenían tres hijos, uno de los cuales, algunos años después,Toñito en su afán de aprender a volar aero naves se apresuró en los conocimientos y encendió una pequeña avioneta, la levanto; y al final termino precipitándose con ella al suelo, muriendo en el acto. Don Toño Laínez, era un hombre muy suave y muy educado que siempre me dispenso  afecto y cariño. Los nombres de algunos jefes de familia que he logrado guardar en mi memoria, además de los mencionados fueron: Rufino Martínez, Juan Ramón Munguía, Bonifacio Ortez, Teófilo Cruz, Pompilio Antúnez, Jorge Cabrera, Toto Matta, Ernesto Mejía, José España, Román Salgado, Alejandro Reyes, Santiago Viera, Joaquín Munguía, Rafael Munguía, Celso Cabrera, Santos Fúnez Antonio Rodas, Purificación Osorio, María Hernández –la enfermera— Luis Arriola, Marcos Arriola, Virgilio Cárcamo, Felix Cordero, Antonio Martínez, y Juan Martínez. En las orillas de la plantación de Nerones estaba el caserío Ceibita y carretera de por medio, en dirección al Rio Aguan, el caserío llamado El Café. Ambos, ofertaban algunos servicios oportunos: crédito en pequeñas pulperías, aguardiente de imprecisa legitimidad, un billar -- en Ceibita, manejado por Rigo – comidas apresuradas y café con pan, en “El Café”, precisamente.

Las viviendas de los peones –creo que eran más de cincuenta los barracones– estaban divididas en tres secciones: dos separadas por la vida férrea y una tercera entre la del lado derecho hacia el campo de futbol y el rio Aguan. Los barracones eran de menor tamaño  que los de la Jigua; pero respondían a la misma lógica. Aquí, cosa que no existía en la Jigua, al frente de la línea férrea, estaba el Comisariato y al lado el dispensario con una enfermera, medicamentos básicos y equipo para primeros tratamientos. Un médico llegaba una vez a la semana a dar consulta médica apoyado por una enfermera muy integrada en la vida campeña. Además, aquí había una Escuela Primaria –creo que nunca tuvo nombre siquiera, dos de mis hermanos que estuvieron allí no recuerdan ninguno– atendida por una sola profesora la que daba instrucción y enseñanzas a los niños que cursaban el primero, segundo y el tercer grado. Los niños para hacer su cuarto grado debían ir a Isletas, en donde estaba  -igual que en Coyoles Central– la Escuela Primaria más importante. Observaba más movimiento y más movilización de recursos los días de pago que en Campo Rojo. Y además, aquí, una vez al mes por lo menos, llegaba un moto carro con un equipo, con el cual, proyectaba en horas de la noche y al aire libre, películas, casi todas en español y producidas en México. La concurrencia en las noches de proyección cinematográfica, la concurrencia era total. Y a los peones, se les daba un ejemplar de un boletín escrito llamado “Reflejos”, que daba noticias sobre el interior del mundo bananero: nombramientos, onomásticos relevantes – de personalidades o autoridades—estadísticas de producción y conversaciones con los dirigentes sindicales, entre otras informaciones. Era dirigido por un señor de apellido Sánchez, miembro de una unidad de relaciones públicas que tenía sus oficinas en la Ceiba.  

La operación bananera siempre represento la modernidad agropecuaria. Tanto en sistemas, procesos, como en uso de equipos. Para finales de la década de los cincuenta – posiblemente estimulados por la reducción de costos que obligo las huelga de 1954 y por la competencia y exigencias de los mercados.-- había empezado modificarse algunos tramos del proceso productivo. Tres cambios nos parecen significativos y que hay que mencionar porque me llamaron la atención. El cambio más importante fue el de la sustitución de la aplicación química en contra de la sigatoca. En vez de riego desde el suelo, para entonces se usaban avionetas ligeras que desde el aire  regaban la plantación en forma más metódica y ordenada e incluso en manera más uniforme y sostenida. Para orientar al piloto, un hombre bandera, dirigía al conductor de la avioneta para que en cada pasado no se quedaran áreas sin riego. El segundo cambio es el transporte del banano a la bacadia. Para finales de las década de los cincuenta empiezan a usarse tractores que arrastran una plataforma con una base acolchonada, sobre la cual de trasladaba los racimos de bananos. Entonces se prescindió de las mulas que solo continuaron usándose como medio de transporte para el mandador, los capitanes de finca y otros supervisores. Y el tercero de repente el más significativo porque impuso la intervención de las mujeres como fuerza de trabajo en la empresa, fue la exportación del banano en cajas, “desmanados” del tallo en las llamadas “empacadoras” por mujeres que los lavaban, los seleccionaban; y los colocan en cajas de cartón de cuarenta libras. Este cambio, produjo una modificación de la base laboral de la empresa y modificó incluso las relaciones familiares en forma que poco se ha estudiado en el país, mejorando la posición relativa dentro de la relación familiar de las mujeres. Surgio el concepto de la Empacadora, como unidad productiva en la que se produca la caja de carton y además, se rellenaba – con los bananos con marca de vivos colores – con manos de banano que pesaban en su conjunto cuarenta libras. El banano llegaba mas protegido que antes a la mesa del consumidor.

En Isletas, estaba la Central de Distrito. Aquí vivía y despechaba el Superintendente de Distrito era Tulio Martínez y estaban las oficinas administrativas. Allí era alto funcionario entonces, Hernán Posas esposo de Nelmy Núñez Bardales, sobrina de mi mama, hija del tío Fabio Bardales Rivera, que entonces era el jefe de Comisariato de Sonaguera. Hernán Posas, era el “Cheff Clark”, una suerte de controlador de la operación numérica del distrito bananero. Sonaguera es de las poblaciones más antiguas del país, fundada durante la colonia y que era una suerte de descanso o parada inevitable de la jornada de los que viajaban desde Trujillo hacia el interior de la provincia de Honduras. Después de los años sesenta, la tía Julia Bardales Rivera, se estableció aquí en Sonaguera con sus hijas mayores Etelvina y Esperanza que contrajeron matrimonio con personas de esa zona.

En el campo Nerones, nació el último de mis hermanos. Todavía estudiaba en el Francisco J. Mejía y llegue de visita de vacaciones un fin de semana acompañado por Darío Turcios, mi primer gran amigo –ahora residente en la Lima– y ese mismo día, en horas de la noche nació el más joven de mis hermanos, Jorge Abel Martínez. Fue eso el 6 de julio de 1958. El parto fue atendido por una comadrona, en razón de lo cual, junto a mi invitado Darío Turcios, tuvimos que dormir en otro barracón, generosamente atendidos por una familia amiga de nuestros padres.. En una de las dos vacaciones, me sentí mal. Creo que tuve una infección intestinal. Mi mama y sus amigas creyeron que estaba “empachado” y para ello, recurrió a una de las vecinas que tenía más experiencia en hacer masajes. Sobar es el verbo usado. Se creía que los ganglios inflamados por la infección, podían destruirse mediante acciones físicas sobre los mismos. Y que ello, bastaba para reducir la infección, porque en vez de efecto, los ganglios inflamados eran la causa de la elevación de la temperatura corporal y el malestar. Una vecina, contemporánea de mi mama, frente a la exigencia suya que debía someterme a tal práctica, me hizo el procedimiento. Recuerdo más que todo, la turbación de la señora  que me pidió que me quitara los pantalones, porque no me volvía la vista en forma directa y mantuvo durante la operación que debió durar unos quince minutos, las manos heladas. Yo creía entonces que era porque estaba nerviosa conmigo o asustada por la tarea. Por las dudas al día siguiente me fui para Olanchito y el doctor Ayala, me recetó unos medicamentos y al tercer día me vine de regreso a continuar mis vacaciones con mis padres en Nerones, sin hacer comentarios negativos sobre el inicial tratamiento de la amiga de nuestra madre. No orque fuera prodente, sino porque mi mama no me habría permitido que pusiera en mala posición a sus amistades. Eso nunca jamás.

 Fuera de bañarnos en la Borda o en el río Aguan, era muy poco lo que podíamos hacer en las vacaciones de Nerones. Mi papa no tenía caballos entonces. Nunca supe que hizo con las bestias que manejaba en la Jigua. No tenía amigos de mi edad por lo que las actividades recreativas eran con mis dos hermanos menores: José Dagoberto y Vany Edgardo. En la primera de las vacaciones, se me ocurrió que en el bordo, que defendía al cambio del crecimiento de la borda por efecto del aumento del caudal del río Aguan que la alimentaba, sembrar yuca. Casi jugando encontramos en algún lugar cercano el “cangre” —las ramas— y las sembramos. La tierra era y sigue siendo muy generosa y pocos meses después me contaron que lograron cosechar una yuca blanca, suave y sabrosa.

De vez en cuando, especialmente en los meses en que las lluvias disminuían, algún circo de escasas dimensiones circulaba por los campos de la zona y en una de las veces se quedó dando funciones en el campo de Nerones. Llegó en una plataforma del tren, casi en forma clandestina y se instaló en un lugar baldío del campo de Nerones. El circo de Travieso, dijeron que se llamaba. La noche de la primera función, pusieron sobre la entrada un rotulo precariamente pintada en letras negras, la palabra Travieso. Era de instalaciones muy humildes y precarias: una manta agujereada y con muchos remiendos que convertía extendida alrededor de palos levantados al efecto, un coliseo; y en el centro del cual fue instalado un trapecio para hacer piruetas. Los que pagaban una entrada debían llevar de su casa las sillas para sentarse. El circo no tenía como proporcionar tales facilidades. El personal artístico era muy reducido: Era el cirquero Señor Travieso, su mujer que hacia de bailarina, un joven que era una suerte de operador múltiple servicios;  y  su hija una chica de unos doce o trece años con algunos atractivos iniciales. Mi mama y mi papa asistían a las funciones. A mi mama le gustaban los payasos y los actos de magia elemental con que divertían al público. Travieso era el anunciador, el cónico, el mago y además el trapecista, junto a la joven que también hacia de trapecista. Para sostener tal ritmo de trabajo, Travieso tenía que recurrir al consumo de aguardiente, inevitablemente. En una oportunidad, después de efectuar con éxito sus destrezas sobre el trapecio, cosa que provocaba mucho miedo a mi mama porque creía que se caería y terminaría muerto en sus pies, se cambió de ropa –mientras su hija y su esposa bailaban rumbas tropicales con unos músicos improvisados que había contratado de ceibita, Sabá o Sonaguera— salió a la pista con la cara embadurnada de pinturas y con enorme zapatos, contando chistes y haciendo bromas y  burlas. Muchas de las cuales, fueron el origen de apodos que se quedaron para siempre entre los desfavorecidos por los señalamientos de payaso Travieso.  Pero entonces el aguardiente ya había hecho sus efectos y sintiéndose emocionado, empezó a subir el tono a los chistes y el color de los chistes y bromas. Paso de rosados a chistes colorados que provocaron el disgusto de las mujeres –encabezadas por doña Mencha— que se pusieron de pie y se preparaban para abandonar el lugar, porque Travieso había empezado a decir vulgaridades. Entre la multitud disgustada, se abrió paso un hombre alto que sin decir palabra alguna, la emprendió a golpes en contra del payaso. Después de la segunda lluvia de golpes, el payaso que hacia reír, no sabía cómo reaccionar porque no entendía la causa de la agresión. Quiso huir; pero el agresor inesperado lo tomo del pelo lacio y lo detuvo mientras inauguraba la segunda tanda de golpes sobre su cara embadurnada. Travieso, algunos años después, -a principio de 1966-  en Langue Valle, donde yo era el director del Instituto John F Kennedy, me contó la anécdota, que con los primeros golpes recibidos, “mire usted profesor los tragos se le fueron a otro lado”; y que solo pudo sobrevivir porque en una de las embestidas de aquel hombre iracundo, dijo Travieso, “me caí y creí en los primeros aires de recobrada conciencia que para sobrevivir no debía levantarme”. Me hice el muerto. El hombre dejó de golpearme. Pero allí la función términos abruptamente. Todo el mundo se fue a dormir y el cirquero y su familia, esa misma noche recogieron las mantas, Levitaros los palos y los ordenaron a la orilla de la línea. Cerraron sus valijas. Amarraron el perro que los acompañaba. Al día siguiente el cirquero Travieso levanto sus cosas y en un carro que alquilo en Isletas, después del mediodía abandonó el lugar. No podía hacer otra cosa. “Mi honor y mi actividad artística, estaban destruidas y no debía seguir en ese lugar”. Era el objeto de las burlas de toda la gente. Supe, me dijo, que tenía que poner distancia. Ir a dar funciones fuera del distrito de Isletas.  “Pero santo remedio profesor, me di cuenta que iba por mal camino y que si seguía bebiendo, terminaría con mis huesos en una cárcel, hospital o muerto. Jure que no volvería a beber. Y desde entonces, no he vuelto a consumir alcohol en mi vida” termino muy orgulloso, como si hubiera concluida una clase magistral.

Yo había oído la historia en las conversaciones familiares porque no estuve presente. Dude si era el mismo incidente. Incluso si hubiera ocurrido realmente. Entonces le pregunte con alguna fingida ingenuidad ¿usted se acuerda dónde fue? En Nerones, Colon, respondió. Y el nombre del hombre que le agredió físicamente en  la función del circo? El nombre completo, no lo recuerdo; pero el apellido era el mismo que el suyo. Martínez, dijo casi orgulloso. Luego sonrió con gusto. Travieso era un hombre de muchas lenguas, con habilidades teatrales y sabía contar bonitas historias. Lo que había narrado era una buena historia. Entendió que me brillaba la cara del gusto al escuchar la historia de su vida. Juan Martínez, me atreví a decirle. Ese fue. ¿Usted lo conoció? Era un hombre alto como usted. Era mi papa, le dije alzando un poco la voz. Travieso se emociono y me dijo, “mire lo que son las cosas”. El terreno donde se celebraban las funciones del circo –al frente del parque justo al lado del Cabildo Municipal de Langue Valle— era propiedad del colegio y parte de las utilidades de Travieso y su circo ambulante, fueron los primeros recursos que usamos en la construcción del bello edificio que todavía es uno de los mayores orgullos de los sangüeños.

En 1961, ya graduado en el Instituto Francisco J. Mejía y trabajando de maestro en la Escuela de Varones Modesto Chacón, formaba parte además, del grupo de locutores de Radio Mercurio –la primera emisora que se instaló en Olanchito— que había llevado a la cívica ciudad el agrónomo egresado de la Escuela Agrícola El Zamorano Luis Enrique Aguiluz (apodado colocho en alusión al pelo castaño ondulado que lucia en su cabeza ). Aquí, con Carlos Urcina, Juan Fernando Ávila Posas, José “Pepe” Rascoff, Alberto Urcina, Ramón Duran Soto, Max Gil Santos y Felipe López (Pecadora) éramos los que producíamos los programas de la emisora, cuyas trasmisiones duraban todo el día, desde  las 5 am hasta las 9 de la noche. Los mejores y más populares locutores de todos nosotros eran Felipe López, apodado “Pecadora”, Juan Fernando Ávila Posas en la música juvenil de aquellos años y Luis Enrique Aguiluz, el más enterado de estos asuntos. Aguiluz era un hombre de enorme talento natural, brillante personalidad, extraordinaria simpatía personal y  mucho ingenio para la improvisación. Felipe López ( alias Pecadora) era un sastre que contaba que había llegado, posiblemente con sus padres a los campos bananeros, con procedencia de Cedros. Tenía mucho sentido del humor y hacia bromas a todo el mundo. Incluso al hombre más “delicado”, el Padre jesuita Guillermo Moore, Párroco de la Ciudad. Había editado un semanario satírico llamado La Pulga y donde llegaba le hacían rueda porque era muy bueno para contar historias y chistes. En Radio Mercurio –la Voz del Comercio– Felipe López era el “rancherólogo”, conocedor de la música ranchera mejicana, la favorita de los campeños. Era el más popular y reconocido en todos los campos bananeros cercanos a Olanchito en donde se escuchaba Radio Mercurio. Al mismo tiempo era el corresponsal de HRN en Olanchito. En aquellos tiempos no había teléfono y los corresponsales podían trasmitir noticias locales usando el Telégrafo Nacional, usando un máximo de treinta palabras en forma gratuita. Esa competencia los volvía personas muy importantes e influyentes. Felipe López era más hombre de palabras orales, no de letras escritas. Además, ignoraba totalmente el arte de escribir a máquina.  Por ello, frecuentemente me encargaba de redactarle y escribirle a máquina los telegramas que enviaba a la emisora más potente e influyente de Honduras. Esto además de darle impulso a su popularidad, lo volvía importante ante las autoridades locales del municipio de Olanchito, políticos de los alrededores; y especialmente ante los Ejecutivos de la Standard establecidos en Coyoles Central y de don Mauricio Ramírez, que era una suerte de representante corporativo de la transnacional bananera en la ciudad cívica. De modo que en varias oportunidades, Felipe López me invito para que algunos domingos, después de pedir y obtener un motocarro, fuéramos a Nerones -donde él me dejaba– y seguía por la vía ferrea hasta una aldea llamada Ilanga donde aparentemente tenía algunas admiradoras a las cuales él enamoraba. Ignoro, y nunca le pregunte, el grado que habían alcanzados esas supuestas admiraciones, que nunca personalice: no las vi y ni siquiera supe sus nombres. Felipe López era además, todo un caballero que no hablaba de sus conquistas amorosas con nadie. Y mucho menos conmigo que siempre sospecho que me haría un escritor. Llegábamos, frente al barracón donde mis padres y hermanos en Nerones, se detenía el motocarro. Me bajaba para estar con mis papas y el después de intercambiar saludos con mi mama, con quien se conocía muy bien, después reemprendía el viaje. En las últimas horas de la tarde se detenía ya de regreso de sus visitas de Ilanga, tomaba una taza de café ofrecida por doña Mencha, hacia bromas sobre el pan que le daba, y después emprendíamos el viaje de regreso. Felipe López falleció prematuramente en San Pedro Sula, donde después de 1963, se estableció. Murió joven y en forma que sus amigos nunca nos hemos explicado del todo. Fue un gran tipo que sin duda. Ocupa un espacio singular en la memoria de un tiempo muy creativo que vivió la ciudad de Olanchito.

Nerones era un campo más alegre que la Jigua y más visitado por vendedores ambulantes que iban de puerta en puerta ofreciendo medicinas populares, cosméticos baratos y ropa para hombres y mujeres. Estaba a bordo de la línea férrea, donde diariamente circulaba, en dos momentos el tren de pasajeros conocido como “La Balbina”. Las ofertas más populares eran la ropa de niños. Para mis hermanas, especialmente para Carmen y Titina, el objeto de sus mayores simpatías era unas “muñecas muy preciosas”. Los achines, llegaban los sábados por la mañana y en la tarde se iban de regreso en “La Balbina”. Los días de pago eran menos violentos que los que había visto en Campo Rojo. Pero hubo un caso que nos afecto mucho porque la victima era una persona conocida por nosotros y además, muy inteligente y popular. Se llamaba Antonio Rodas. Ahora – en la distancia -- creo que debió ser de Danlí y de los alrededores. Allí tengo varios amigos, como Mamilio Rodas y Zenobia Rodas. Era de piel blanca, muy preocupado en el vestir, fluido en el lenguaje y sumamente educado. Jugaba futbol y hacia pareja con mi hermano Vany Edgardo, el miembro de nuestra familia mejor dotado para la práctica exitosa de este popular deporte. Una vez a mi hermano Vani Edgardo lo reclutaron en forma violenta y forzada, -- como se acostumbraba entonces -- porque el comandante del IV Batallón de La Ceiba quería formar un equipo. Después manejó la posibilidad de jugar con el Olimpia, cosa que al final afortunadamente no se concretó. En el caso de su amigo Toño Rodas, el único defecto que no disimulaba era su afición para el juego de dados o chivo, como se le conocía entonces. En una oportunidad, en que jugaban a los dados, en la tercera sección de los barracones de Nerones, se inició una discusión en la que otra persona -cuyo nombre no tenemos– agredió a machete afilado a Toño Rodas, provocándole heridas mortales. Agónico fue trasladado al dispensario donde la enfermera inmediatamente pidió telefónicamente a Isletas --- a cinco kilómetros --una ambulancia. Después de algunos momentos de angustia colectiva llegó la ambulancia. Pero entonces la enfermera –como recuerda mi hermana Ana del Carmen que veía desde la ventana abierta del segundo piso del barracón de nuestra familia— grito desde la puerta del dispensario que ya no era necesario su presencia allí, pues “Toño Rodas había muerto”. Todos, en mi familia tuvimos mucho pesar porque Toño era muy popular y querido. Mi hermano Vany Edgardo, me contaron que tuvo problemas para dormir afectado en su sistema nervioso por el hecho violento.

Un problema de la zona, eran las inundaciones llamadas “llenas”. Allí el rio Aguan es fuerte, caudaloso y muy soberano. Como la zona donde estaba el barracón donde residía nuestra familia, era al lado de la borda – que dijimos que alimentaba con agua la bomba de riego de las plantaciones – cuando el rio aumenta el volumen de sus aguas, se desbordaba e inundaba la zona en donde estaba los barracones de la sección donde vivía nuestra familia. En una ocasión, recuerda mi hermana Ana del Carmen, tuvieron que salir del barracón e irse a refugiar en la parte de atrás del dispensario que era un terreno un poco más alto y donde no llegaba el agua. “La prima Nelmy Bardales Nuñez  –hija del tío Fabio Bardales y esposa de Hernan Posas– vino en motocarro desde Isletas para llevarnos; pero nuestro padre no acepto la ayuda. “Don Juan era muy apegado a sus cosas y no tenia tendencia a separarse de ellas. Pocas; pero había que cuidarlas dijo una vez”, recuerda mi hermana.  

A mediados de 1962, después de muerto el abuelo Victoriano Bardales y libre de la promesa hecha que no le abandonaría mientras estuviera vivo, empecé a preparar mis planes para el año siguiente presentar mi candidatura para una beca en la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán. Diario Turcios me había “amenazado” afectuosamente que si no me iba de Olanchito, terminaría convertido en un gordo Alcalde Municipal. Simultáneamente, en algún momento, nuestro padre creyó que era tiempo de dejar la empresa bananera, donde era peor y dedicarse a la actividad privada, manejando sus cosas y convirtiéndose en “empresario” agrícola. Pequeño; pero independiente. Para entonces, había adquirido una pequeña propiedad en la aldea de Coaca y tenía un “derecho” para cultivar en lo que se llamaba entonces La Zona, terrenos abandonados y en donde cultivo banano la Trujillo Railroad Co. en la década de los veinte. Mi madre y mi hermana Toñita, se opusieron a la idea de dejar la vida campeña. Y entonces me llamaron a consultas. Y fui de Olanchito un fin de semana a Nerones. Escuche a mi papá y oí los temores de mi madre y mi hermana que, seguían hasta entonces atrapadas en la idea que “no había vida posible y cómoda, fuera de la compañía frutera”. Yo negué el extremo y aunque no podía ofrecer apoyo porque simultáneamente iniciaba mi segunda aventura formativa, estaba seguro que en tres años después estaría en condiciones – como así fue en efecto – para ayudar al sostenimiento de la casa en caso de dificultades; y para apoyar el proceso formativo de todos mis hermanos. Al fin y al cabo, era el hermano mayor. Entonces, mi hermano José Dagoberto, con una beca de la Standard de 20 lempiras, estudiaba con dificultades para mis padres, en el Instituto Manuel Bonilla de La Ceiba. Al final respáldanos a nuestro padre en su decisión y nos preparamos, en una fecha determinada en que nos moveríamos con todos los bienes familiares acumulados desde Nerones hasta la aldea de Lérida, en donde tenía adquirida una casa donde residirían hasta 1975.  Para entonces en Lérida vivián Gregorio Canales –un  salvadoreño-, que era una avanzada de nuestra familia que ya estaba en Cuaca trabajando las tierras adquiridas y, posiblemente los más alentador, muchos amigos de nuestros padres, entre ellos varios compañeros bananeros que después de tener problemas en el campo bananero de El Cayo, -- distrito de Coyoles Central -- por pleitos con el Capitán de Finca, fueron expulsados y obligados a ubicarse en Lérida que entonces empezaba a verse como un foco de desarrollo y movimiento capitalista. Destacaban en el grupo Marcial Hernández, Rogelio Umanzor, Alfredo Molina y Luis Morán. En el mes de diciembre de 1962, se efectuó el traslado. Camas, mesas, sillas utensilios de cocina, ropa y plantas ornamentales fueron colocados en un vagón de rejillas y dejado en un ramal muy cerca del rio Aguan, frente a Lérida, en la Finca de la Paz. Las plantas ornamentales eran lo más pesado. Había que cargarlas desde donde quedo el vagón de rejilla hasta el rio y después a la nueva residencia que después de unos cuatro viajes, le dije a mi papa que votáramos las plantas. “Vos no coces a tu mama”, me dijo. “Mejor dejemos las plantas en la sombra y si ella lo descubre hacemos lo que ella diga”. Sabiduría de esposo viejo. En efecto, una vez que arregló su nueva casa echo en falta sus plantas y nos obligó a que volviéramos a traérselas donde afortunadamente no las habíamos tirado al río o a los “quineles”, sino que las colocamos en la sombra para que las flores no se dañaran.

Mis padres empezaron una nueva fase en sus vidas y la familia, hizo de Lérida otra estación en donde se anidaron nuevas amistades, conocimos gentes de otros lugares; y fuimos testigos del proceso de desarrollo de una región que sería unos años después el corazón de la reforma agraria. En diciembre de 1962, celebramos la navidad en Lérida, con nuevas amistades y en el calor de los viejos compañeros y compañeras  de nuestros padres. Ya fuera del mundo bananero, en una autonomía productiva que aunque al principio provocó ansiedad y preocupación a doña Mencha y a mi hermana Toñita, mi papa y yo anticipábamos que en lo económico sería más productiva para nuestra familia. En el campo bananero – mi papa lo supo siempre – no había oportunidades de acumulación de capital. Ellos empezaron con los 6.300 lempiras de las prestaciones.

. El 14 de febrero de 1963, tome un avión en Olanchito y empecé mis estudios en la Escuela Superior del Profesorado de la capital de Honduras. Llevaba en el bolsillo, sesenta lempiras que me obsequio “para tus necesidades del viaje”, dijo mi papá entregandome tres billetes de 20 lempiras cada uno. Allí iniciaría un proceso muy esperanzador que me permitió abrirme paso en la vida y volverme un ciudadano útil a nuestra familia y a Honduras. Mis hermanos menores concluirían sus estudios primarios en Lérida, porque en un viejo barracón de pino curado de la extinta Trujillo Railroad Co., había una escuela primaria muy cerca de la nueva vivienda de nuestros papas, atendida por varios maestros. La vida sería diferente –al orilla del bananal– pero con el río Aguan separando las vidas de las personas que más cerca hablaban a mi corazón. Después, concluirían sus estudios secundarios y mi hermano José Dagoberto, seguiría mis pasos en la Escuela Superior del Profesorado. Y en 1977, iniciaría mi última y más creativa fase de escritor.

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