LOS INFIERNOS DE LA INOCENCIA EN LA POESÍA DE XALLI XIHUITL
El retorno a la infancia ha sido un poderoso motivo de la poesía, aunque ese viaje no siempre es hermoso y puede depararnos sombríos descubrimientos
Salvador
Madrid
“No
merecés recibir disculpas” (Editorial Efímera, 2025) fue primera mención
honorífica en el Premio Nacional de Poesía Los Confines 2025.
Tegucigalpa, Honduras. - Incómodo y perturbador, el
poemario “No merecés recibir disculpas” de la poeta Xalli Xihuitl es
un descenso sin concesiones hacia los territorios donde la infancia deja de ser
sagrada y los vínculos familiares revelan sus fracturas más oscuras.
A través de una exploración intensa de la
intimidad infantil, emergen el poder silencioso de los adultos, los rituales
que reemplazan al amor, la alienación cotidiana y la forma en que la exclusión
termina por normalizarse.
Aquí, la sensibilidad primigenia
se desgarra. El hogar, alguna vez concebido como refugio, se transforma en el
umbral perfecto hacia el abismo.
En verdad, no existe una manera
perfecta de amar; existe únicamente el riesgo inevitable de hacerlo. Y aunque
la adultez intente comprender esa imposibilidad, las preguntas permanecen
intactas: ¿quién nos protege en la infancia cuando el peligro habita allí mismo
donde debería existir el cuidado? ¿A qué promesa aferrarse cuando descubrimos
que ciertas heridas nunca abandonan el lenguaje de nuestra vida interior? ¿Por
qué creemos que, si amamos profundamente, la vida será afable, justa o, al
menos, estaremos a salvo de las traiciones y de la violencia?
Insistimos en la memoria cuando ya somos
adultos, pero descreemos de la memoria infantil. Damos por sentado que los
niños poseen una pureza capaz de sanarlos por sí misma, aunque no es así.
Es injusto dejar en manos de la inocencia el
peso de todas las emociones. Al final, como escribió Louise Glück: “Miramos el
mundo una vez, en la infancia. / El resto es memoria”. Y agrego, con humildad,
a estos dos versos inmortales que la memoria también puede ser luminosidad y
dolor.
Dentro de las nuevas voces de la poesía
hondureña, la de Xalli Xihuitl posee no solo una vocación técnica y una
verbalidad depurada, sino también un tono maduro, acompasado entre la explosión
de la intuición y la tutela de una razón que madura en el riesgo.
Se trata de una suerte de tensión estética que
se desmarca de la amputación y se niega al minimalismo, pero que tampoco se
extravía en los rizos del barroquismo o de esa subjetividad ininteligible de la
falsedad y el cultismo ambiguo.
Precisamente, esta pulsación constituye la
frontera que delimita milimétricamente el fuego y la pólvora en el plano
físico; pero, en el territorio de la poesía, representa más bien la tensión
entre la intuición que reclama un alarido y el pragmatismo que exige
clarividencia.
Este poemario destruye el idealismo —o el mito—
de la infancia como sinónimo de felicidad, perfección o idilio, y nos asoma a
los conflictos reales de la orfandad infantil, pero, sobre todo, a esa tara
psicológica mediante la cual insistimos en salvar aquella etapa de nuestra vida
a través de la selección de recuerdos memorables que nos permitan soterrar las
pesadillas.
Cuando fuimos niños quisimos sentir, imaginar,
pensar, opinar, ser un poco más leves; sin embargo, la sombra de nuestros
mayores no solo nos eclipsó, sino que, a veces, continúa siendo la camisa de
fuerza del futuro.
Viajar hacia la adultez, en nuestra sociedad,
puede significar descubrir que la caída es nuestro destino y, desde luego,
aceptar con docilidad, que la normalización y la fiereza de los adultos
constituyen la ley que gobierna el mundo, desembocando así en una suerte de
determinismo que confundimos con la tragedia, aunque sabemos que está más cerca
de la impostura, del molde espiritual, o lo peor del único horizonte
existencial.
Roberto Sosa escribió cuatro palabras
desoladoras sobre la infancia: “Nosotros nunca fuimos niños”. Sin embargo, su
raigambre y su origen poético proviene de una estricta lectura sociológica: esa
carencia del pan y de lo básico forma parte de un diseño edificado por el poder
político, y salvarse de ese infierno pasa por adquirir una conciencia o
aferrarse a ella. Sosa recurre al padre como una suerte de mesías en el vacío.
En Xalli Xihuitl, sin embargo, el desmontaje de
la infancia explora otro tipo de profundidad: la lectura del desamparo mismo.
Sus “preguntas” no son unilaterales ni pretenden únicamente interrogar, sino
signar, porque la pregunta es, en sí misma, una afirmación, y pertenece al
territorio del testimonio de la sobrevivencia y al cruel descubrimiento que la
inocencia puede ser una mala compañía y quizá la única en esa soledad interior
de los primeros años que luego nos pasará la factura cuando busquemos dónde
salvaguardarnos en la adultez y en su insistencia por encontrar explicaciones a
nuestras heridas, o cuando intentemos edificar un refugio para las alegrías e
instantes memorables que nos permiten vivir y creer.
La poesía, entonces, se nos revela de un modo
complejo: su belleza niega la belleza y su clarividencia solo sirve para
decapitar la transparencia, no la sombra. Porque es precisamente en la
transparencia de la infancia donde palpita el idealismo, la falsa luz, el
retorno feliz, la ambrosía del nostos, ese anhelo de regreso cuyos espejismos
producen la idealización, pero no necesariamente la verdad, ni aquello que
realmente existe.
El poemario también se sostiene sobre una sutil
violencia, una suerte de pulso rabioso que pareciera expandirse hacia la
estructura verbal y que bien pudiera rozar las fronteras de lo denotativo.
Sin embargo, existe un equilibrio magistral y
una deliberada negación de la evocación para anteponer frases directas,
sostenidas en el tempo y en una literalidad que, sin caer en lo bizarro,
edifica una poesía poderosa que prefigura una estética diferente que constituye
el germen de una innovación poética generacional en la obra de una creadora
brillante: “Tal vez el amor más grande fue el que más dolió”.
(FUENTE:
El Heraldo, Tegucigalpa, 13 agosto 2026).

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