¡QUÉ MUCHACHO MÁS TERCO!
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Apenas se metió el sol por las ramas del tamarindo del patio, el viejo Ignacio arrastró la perezosa de cuero crudo hasta el empedrado del corredor. Volvió en su trajinar hasta la artesa de la tinaja y regresó a la silla trayendo en el sobaco de la derecha, el periódico y, en la mano izquierda con equilibrio de plomero, un platillo con un jarro de ponche guarnecido de rosquillas olanchanas.
Arrellanado, con un pie sobre el muro y el otro en
la raíz del árbol, parecía arroparse con El Cronista. Cerró el diario. Miró
hacia el lado del bramadero donde apersogaban las bestias. «Hija, tráeme los
otros espejuelos que estos ya se me asimplaron». «¡Ah, mi papá!, comentó tía
Cástula, los vidrios tienen la misma graduación. Se despanzurran los ojos»,
dijo cuándo nos echaba una cucharada de mantequilla en el plato.
Casi habíamos terminado de comer. Recuerdo muy bien
porque estaba moviendo una fría de pinol cuando llegó, respirando grueso por la
carrera, una de las hijas de la Tuturuta a contar con rapidez de locutor
deportivo que, en los chinamos de la plaza, habían matado a un estudiante de
apellido Barahona.
La noticia destrabó una bullaranga en la cocina.
Cuando terminó el mandato del viejo Ignacio de guarden silencio que no me dejan
leer tranquilo, mi primo y yo habíamos alcanzado el portón del patio en carrera
hacia el parque.
Allí estaba el mejor futbolista del valle, tirado
en el cascajo de la calle, frente al colegio, donde habían construido las
garitas de la lotería y las ruletas. La ronda de soldados impedía a la madre y
al hermano del muerto que acercaran su dolor al hombre que sobre el suelo
parecía dormido.
Los soldados, zopilotes frente a la carroña,
culateaban a los sacones y el sargento Juancho Sabandija —desde el círculo de
odio que parecía asfixiar el cadáver— gritaba a la desesperación de la madre:
«Vaya, vieja puta, déjese de pendejadas, busque en qué llevarlo».
Sólo abrieron aquel cerco de rencor para dejar
pasar una camilla que prestó doña Ada, la mamá del poeta Livio Ramírez, para
llevar al muerto que seguía rodeado por la cara de piedra del cabo Guadaña; de
la figura chaparra y barriga revientabotones de Chalo Buldog, de Miro
Lenguaraz, de Tano el tunco, de Santos Aspirina, del negro Emeterio y de otros
tres soldados caradeperro que no recuerdo sus nombres.
***
Esa noche contaron en la barbería de don Delfino
Carranza, allí por la cantina La Montañita del Niche Castillo que el teniente,
jefe del destacamento militar había despachado para la ciudad de Yoro al
sargento Celestino Nájera, el asesino.
En la madrugada, el teniente Migdalio Mirasiete,
bizco para más señas, pidió refuerzos a la tropa que cuidaba los bananales de
La Compañía. Y como nunca faltan orejas, unos dicen que fue el indio Petronilo,
otros que fue Andrés el destazador, quien le sopló a los chafarotes que la
gente quería meterle fuego al cuartel. Ahora se sabe que fue Toribia Tilcuache,
la esposa de Cándido, el mofrado, la que se entendía comiendo quedito con
Odilón, el ordenanza de la comandancia, quien llevó el chisme.
En marzo se supo que a Celestino Nájera le había
cortado las manos un indio de Guata, allá en un aserradero de Jocón. Después
vino el turco Fuad con el brete que lo habían pazconeado a tiros en una reyerta
de la gallera de El Progreso. En Semana Santa, se dijo, que estaba de
escopetero de un terrateniente de Tocoa.
«Pajas, dijo el viejo Ignacio, nadie le ha hecho
nada a ese infructuoso, ahí leí el otro día en el periódico y lo oí en Radio
América que el cabrón, ése, que mató al estudiante, es el jefe del Departamento
de Investigación Nacional en las fincas bananeras del Bajo Aguán. Y, si no me
creen, pregúntele al Jefe del Comisariato, don Coyo Lozano, el suegro de Luis
Zavala, que él, como hombre serio, allí mismo, ve, enfrente de mi casa me lo
confirmó que, después del 15 de septiembre, llegó a Isletas un estudiante de
apellido Isaula, creo que se llamaba, muy educado el muchacho, saludó, pidió un
refresco y un paquete de galletas y se sentó en una esquina, al final del
corredor. Minutos después, llegó Celestino Nájera, vestido de civil,
malencarado y altanero, como siempre a pedirle con voz golpeada los papeles de
identidad y, al negarse el joven, el sargento Nájera quiso darle un terceazo
con una cuarentaicinco y el estudiante saltó, hecho una fiera y le pegó una
tángana de karatazos y patadas, le quitó el arma y, con ella, le propinó dos
cachimbazos hasta dejarlo desmayado en el piso del comisariato y le arrancó la
chapa del Departamento de Investigación Nacional.»
***
Sentado en su silla de cuero crudo con un pie sobre el muro y el otro en la raíz del tamarindo, el viejo Ignacio le dijo a su compadre Chilo Nao, el vendedor de lotería, que él había leído y recortado la noticia cuando salió en El Cronista. Comentaba que todo le había salido bien a ese temerario muchacho, hijo de un tal Hilario Isaula, dueño de una hielera del puerto, que había alegría en los que miraron el relajo porque el matarife tenía traumacagados a los campesinos del valle y a los obreros de La Empresa Frutera. Era como si el joven los hubiera vengado a todos. Pero uno de los sacones que no quiso dar su nombre, le había dicho: «Compa, hágase pedo que este maje es el oreja número uno de la comandancia». Pero el estudiante de zampa vainas, el bruto, fue a la jefatura a entregar el arma y la chapa del agente. Y ahí sí se le juntó cielo y tierra, pues, de la malmatada que le dieron, lo dejaron hecho un yagual sanguinolento, deforme, quieto. Pero que él bestia ése —recordaba el viejo Ignacio que decía la nota— vapuleado y cachimbeado, seguía insultando, hasta la última hilacha de vida, a los torturadores.
(Fuente, Del libro: H de absurdo. Trípoli / Esparta, Siglo XX).

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