DE UN RANCHO NACIO “LA METROPOLIS DEL SUR” DE TEXAS Y AQUÍ SE SALVO LA REVOLUCION CUBANA

Juan Ramón Martínez

Vista de Ciudad de McAllen, Texas. (Sept 2026)

A Oscar Aníbal Puerto, compañero y amigo

En una sociedad donde todo está cambiando constantemente, aquí no hay el frenesí de otras ciudades: Llama la atención por sus altas palmeras, el clima duro propio del desierto y el respeto que le brindan los vientos. No hay registro que haya pasado nunca un huracán. Aquí los economistas prueban que las asimetrías – algunas veces — resultan favorables, porque esta es la razón del desarrollo y la mejor explicación del porque dos ciudades y dos países cooperan e intercambian bienes y servicios, atravesando el rio y generando bienestar para ambos lugares: McAllen y Reynosa. México y Estados Unidos. También hay otra historia: aquí se firmó un acuerdo económico entre dos políticos que permitió a dos hombres iniciar la revolución más longeva del mundo; y que pese a los años se resiste a terminar. Iniciado por un hombre obstinado, nacido en Cuba, ahora hace cien años.

Desde un rancho a una metrópoli

 McAllen refleja la evolución geopolítica del Valle del Río Grande y permite ver la transición de los pastizales áridos de la Corona Española hasta convertirse en uno de los centros de comercio internacional, salud y logística más importantes de la frontera entre Estados Unidos y México.

Antes de la llegada de los españoles, estas tierras estaban habitadas por grupos seminómadas. En 1749, José de Escandón lideró la colonización de la zona fundando asentamientos a lo largo del Río Grande entre otros Reynosa y Camargo. En 1797, la Corona Española otorgó “La Porción 63” a José Antonio Díaz, que abarcaba lo que hoy es el norte de McAllen. Durante esta época y después de 1821, la región operó bajo un sistema de rancherías donde familias españolas y mejicanas criaban ganado vacuno y equino. Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), el Río Grande se convirtió en la frontera internacional entre los dos países, incorporando la región al territorio estadounidense.

La Familia McAllen y la fundación (1850–1911)

La consolidación del McAllen Ranch y la fundación de la ciudad de McAllen constituyen un capítulo singular de la frontera texana-mexicana. El origen del rancho Santa Anita se remonta a la época del Virreinato del Nuevo Santander. En 1790, como dijimos antes José Manuel Gómez solicitó la concesión Santa Anita– un enorme territorio de unas 38,000 hectáreas– ubicado en lo que hoy es el norte del Condado de Hidalgo. Gómez construyó norias de agua y comenzó la crianza de ganado mayor y menor.  Contrajo matrimonio con Gregoria Ballí Domínguez, miembro de la familia Ballí. Los Ballí fueron una de las familias hispanas más prominentes del sur de Texas.

Tras la muerte de los fundadores la concesión Santa Anita fue fragmentándose por herencias. Sin embargo, la bisnieta de doña Gregoria, María Salomé Ballí (nacida en 1831), comenzó a reunir y heredar las distintas partes del rancho colonial, convirtiéndose en una de las empresarias y ganaderas mexicanas más acaudaladas.  

En 1848, tras la guerra entre EE. UU. y México, Salomé Ballí se casó con John Young, un inmigrante de origen anglo-irlandés que había establecido negocios entre Matamoros y Brownsville.  Young comprendió el valor de las tierras de su esposa y comenzó a comprar parcelas adyacentes y derechos sobre la concesión Santa Anita a otros herederos. Al fallecer en 1859, dejó a Salomé con un hijo –John J. Young– y un floreciente patrimonio ganadero y comercial.  Para administrar sus propiedades tras la muerte de su esposo Young, Salomé contrató a John McAllen (1826–1913), un inmigrante nacido en Londonderry, Irlanda. Había llegado a la región en 1849 y operado como comerciante en la zona fronteriza.  En 1861, Salome y John McAllen contrajeron matrimonio. Juntos emprendieron una ambiciosa estrategia de consolidación territorial.  Compraron las últimas fracciones de la concesión Santa Anita y adquirieron tierras hasta formar un latifundio de más de 65,000 hectáreas de extensión.  Durante la Guerra Civil de Estados Unidos (1861-65), el rancho sirvió de punto de abastecimiento de ganado, cuero y agua tanto para tropas confederadas como también para las del norte. Entre 1860 y 1870, el rancho resistió constantes incursiones de cuatreros en la franja fronteriza. La familia adoptó la marca de herraje «SM» (por Salomé McAllen), hierro que hasta el día de hoy sigue siendo un símbolo histórico en la ganadería del sur de Texas.  En 1862 nació el único hijo de la pareja, James Ballí McAllen.

Salomé Ballí falleció en 1898. La enorme hacienda se dividió por una demanda de partición en 1903 entre sus dos hijos:  John J. Young –su primer hijo– se quedó con la mitad oriental del rancho, conservando el casco histórico original de Santa Anita.  James Ballí McAllen y John McAllen –su hijo y su viudo esposo — recibieron la mitad occidental, conocida como San Juanito, que pasó a ser oficialmente la sede del McAllen Ranch.

Con la llegada del ferrocarril en 1904 (St. Louis, Brownsville and México Railway), John McAllen y su hijo James donaron franjas de tierra para que las vías atravesaran sus propiedades. En diciembre de 1904, junto con otros socios comerciales, fundaron la McAllen Townsite Company para parcelar y desarrollar el poblado alrededor de la estación del tren. Ese asentamiento recibiría el nombre del patriarca irlandés: McAllen.

A diferencia de muchas grandes haciendas españolas que desaparecieron o pasaron a manos ajenas, el McAllen Ranch es considerado uno de los ranchos ganaderos operados de manera continua por la misma familia, la más antigua de todo Estados Unidos. A principios del siglo XX, John y James McAllen introdujeron ganado Hereford y posteriormente razas adaptadas como la Beefmaster, modernizando la actividad productiva. A lo largo del siglo XX y XXI, los descendientes de la familia McAllen han mantenido el rancho como un referente de la ganadería comercial y la conservación de la vida silvestre en el sur de Texas.  La llegada del ferrocarril St. Louis, Brownsville and Mexico Railway transformó la economía local. La comunidad se incorporó oficialmente como ciudad en 1911.

En las primeras décadas del siglo XX, la construcción de extensos sistemas de irrigación usando aguas del Río Grande convirtió las tierras áridas en suelo fértil. La región fue promocionada como el “Valle Mágico”, atrayendo a agricultores del norte de EE. UU. McAllen se convirtió en un centro de distribución de cítricos (especialmente el famoso Ruby Red Grapefruit) y hortalizas, así como en un punto crucial para la mano de obra agrícola a mediados del siglo XX.

La apertura del Puente Internacional Hidalgo-McAllen y, posteriormente, la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN/NAFTA) en 1994, redefinieron a McAllen. La ciudad pasó de ser de una economía agrícola a otra de comercio fronterizo, logística internacional y manufactura maquiladora vinculada con Reynosa, Tamaulipas.

Un hotel, las negociaciones de dos políticos; y el inicio de la “revolución cubana”

El autor al frente de Hotel Casa de Palmas. (Sept 2026)

A la vera de la línea férrea, está el más viejo albergue de la ciudad, Se trata del Hotel “Las Palmas”. El viernes 31 de agosto de 1956, la recepcionista inscribió a un huésped que había llegado en automóvil desde Miami, Florida: era Carlos Prio Socarras (55 años), ex presidente de Cuba, Iba a acompañado por Juan Manuel Marquez. Se alojo en la habitación número 21 de la segunda planta. En el registro, la recepcionista escribió que provenía de Miami, Florida y que saldría el día siguiente. El sábado 1 de septiembre de 1956, llegaron al hotel tres personas—Fidel Castro, Faustino Pérez y Rafael del Pino — diciendo que querían hablar con Carlos Prio Socarras de la habitación 21. La recepcionista se comunicó con el número 21. Prio Socarras respondió que estaba bien. El hombre alto, que no dijo su nombre y dos más – Faustino Pérez, Rafael del Pino – parecía un ingeniero petrolero. Vestía ropa de trabajo y tenía sobre la cabeza un sombrero “stetson tejano”. Era un hombre alto. Medía 1.91 metros. Subió apresuradamente las gradas. Toco la puerta. El ex presidente de Cuba Carlos Prio Socarras (55 años de edad) le abrió. Se saludaron cordialmente pese a sus mutuas y conocidas diferencias. Los dos eran enemigos de Fulgencio Batista, dictador de Cuba.  Hablaron sobre la situación política. Fidel Castro (30 años) explico sus planes para derribar a Batista mediante la fuerza, la ruta de la expedición armada, la ubicación del punto de desembarco, la escogencia de la Sierra Maestra, sus ventajas – cercanía al mar, proximidad a una importante ciudad como Santiago de Cuba y las posibilidades de éxito. Prio Socarras por su parte, — que había sido depuesto por Fulgencio Batista – hablo de sus contactos con los diferentes grupos opositores, enfatizando en el papel de los militares y el posible levantamiento de algunos de ellos en contra del régimen. Menciono el nombre de uno de ellos, Barquin. Fidel Castro estuvo en absoluto de desacuerdo con una solución militar. Mas bien invito a Prio Socarras que se sumara a la invasión. El ex presidente Prio Socarras le dijo que él tenía planes para hacer otra invasión, en otro momento. Aquí, llego el instante de hablar de la forma como el ex presidente podía colaborar con el esfuerzo del joven revolucionario. Castro le hablo de lo que no tenía, de dinero. Le solicito 50 mil dólares en calidad de préstamo. Almorzaron juntos. Hablaron toda la tarde y hasta en horas de la noche, se despidieron. Cerca de las 9 pm, ya en la noche – aquí en el sol se pone después de la ocho pm– Fidel Castro y sus amigos – Faustino Pérez y Rafael del Castillo tomaron un automóvil y regresaron a México, pasando por la garita, usando el puente internacional sobre el Rio Grande. No había control migratorio para ingresar a México. Fidel Castro podía volver a México sin evidencia o prueba que hubiera dejado el país. Además “tenía asegurado el dinero para hacer la revolución”. Y se había salvado así mismo, porque con el apoyo conseguido, podía cumplir su promesa al pueblo de Cuba que — “en 1956 él y su grupo, serian héroes o mártires–” invadiendo a Cuba y derribando al gobierno con las armas en la mano. 

Pero llegar a McAllen, Texas no había sido fácil.   Fidel Castro se encontraba exiliado en México desde 1955, organizando su movimiento guerrillero, después de haber sido excarcelado del presidio de la Isla de Pinos, donde cumplía condena por el asalto al Cuartel Moncada de Santiago el 26 de julio de 1953. Para reunirse con Carlos Prío Socarras —quien residía en Estados Unidos y era uno de los opositores a Fulgencio Batista con mayores recursos económicos—, Fidel Castro tuvo que burlar la seguridad fronteriza. Una noche de verano, el joven revolucionario cruzó nadando el Río Grande en una zona cercana a McAllen para entrar de forma ilegal a territorio estadounidense. Muchos millares de inmigrantes, décadas después, usarían esta misma ruta para ingresar ilegalmente a los Estados Unidos.

A la orilla del Rio Grande – que es frontera entre México y Estados Unidos—había llegado el sábado 1 de septiembre de 1956, montado a caballo, acompañado por su amigo el mexicano ing. Alfonso Gutiérrez –Fofo–. Antes había dejado el jeep proporcionado y conducido por Gutiérrez, en el que se había trasladado de la ciudad de Reynosa hasta un recodo del rio, al que se lanzó y atravesó a nado las anchas aguas. El rio es amplio, de aguas tranquilas. Además, Fidel Castro era un buen nadador, remontó las aguas represadas y logró – con facilidad—pasar a nado al otro lado, donde lo esperaba un compañero con ropas secas. Abordó un automóvil y llegó al hotel Las Palmas. Eran las 10 de la mañana. En efecto el Hotel se llama “Hotel Casa Las Palmas” ubicado en la calle central de McAllen, en 101 North Main. Es un edificio de tres plantas, de estilo español, de patio interior y de ventanas con rejas de hierro. Fue construido en 1918. Tiene 260 habitaciones, la cornisa es blanca y el resto de las paredes, de color blanco hueso. En 1973 fue consumido por un incendio y reconstruido respetando su diseño original. Le agregaron un ascensor que usamos para llegar a la habitación donde Fidel Castro y Carlos Prio Socarras negociaron el financiamiento del más importante tramo de la invasión iniciada por Castro a Cuba en noviembre de 1956.

Carlos Prio Socarras y Fidel Castro en Funeral en La Habana, 1959

El 31 de agosto de 1956 Fidel Castro había terminado sus negociaciones con José Antonio Echeverria, presidente de la FEU de Cuba y principal dirigente del grupo anti batistiano más agresivo y violento de toda la oposición política a Fulgencio Batista. El Directorio Revolucionario que un tiempo después, intentará tomar el Palacio Presidencial para matar al presidente Fulgencio Batista e iniciar la revolución. En la toma de Radio Reloj, en donde Echeverria después de un leer un mensaje al pueblo – que no se escuchó porque por la exaltada voz suya, se disparo la señal y Radio Reloj quedó fuera del aire—y al regresar a la Universidad Central, fue interceptado por una patrulla policial y muerto en el intercambio de disparos. El encuentro, entre Echeverria y Castro, termino en un acuerdo de colaboración entre el M—26 de Julio y el Directorio Revolucionario, que se plasmó en lo que se llamó “La Carta de México”. El cable anunciando el acuerdo y que sería publicado por la prensa de Estados Unidos, lo conocería Fidel Castro en McAllen el mediodía del sábado 1 de septiembre. Después de estas negociaciones Castro viajo a la frontera a reunirse con Carlos Prio Socarras, ex presidente de Cuba y derribado en el golpe de estado por Batista el 13 de marzo de 1952. Este viaje, narrado por Faustino Pérez, parte de la ciudad de México y llega a Pachuca, Tamasuchale, Monte Morelos y de aquí hasta Nuevo León – a cincuenta millas de Monterrey – donde el grupo se divide. Fidel Castro, Faustino Pérez y Rafael del Pino se dirigen a Reynosa y Melba Hernández, Inez Amor y los otros, se dirigen a McAllen. Fidel Castro no lo puede hacer porque después del arresto que la policía federal de México le hiciera a él y al grupo, donde le decomisaron parte de las armas con que se preparaban para invadir Cuba, el gobierno de México le había quitado el pasaporte y le había impuesto la medida cautelar de no salir de territorio mexicano.  

Pero más que la ruta, la presión del tiempo y los esfuerzos para fijar la reunión con el ex presidente Prio Socarras en McAllen, lo más difícil para Fidel Castro, fue justificar el inicio de las negociaciones y solicitar el dinero de manos de un político que el había calificado como “un ladrón de la república”. Fidel Castro había dicho en varias oportunidades en que se hablaba de las alianzas entre los diferentes grupos que luchaban contra Fulgencio Batista que “jamás usaría el dinero robado a la república, porque seria deshonroso usarlo para hacer la revolución”. Fidel Castro, muchos años después confesó que fue un trago amargo para él negociar y pedir dinero a Prio Socarras; pero no tenía otra alternativa. Debía cumplir su palabra de invadir Cuba antes que terminara el año 1956. Promesa que, desde la perspectiva del tiempo, constituyó un error político. Tanto porque el compromiso era innecesario – porque fue más una bufonada de un joven irreflexivo – como porque era un error político–táctico el renunciar al factor sorpresa, previniendo al régimen enemigo que desde entonces, esperó pacientemente en las costas cubanas donde probablemente se efectuaría el desembarco, dándole ventaja al régimen de Fulgencio Batista que una vez ocurrido, mediante el uso de la aviación y tropa de infantería, casi diezmó por completo el grupo de los ochenta y dos combatientes que desde Tuxpan, en Veracruz, había viajado en el marco de una tormenta típica del caribe inestable, para invadir a Cuba y derrotar a Batista. Los sobrevivientes del desastre, se reagruparon y apenas, lograron veinte de ellos, subir a la “Sierra Maestra” e iniciar la lucha que el 31 de diciembre de 1958, dos años después, provoco la huida de Fulgencio Batista y la caída de su régimen y el inicio de la Revolución Cubana, la más longeva de la historia mundial.

El autor frente habitación 21 en Hotel Las Palmas (Sept 2026)

El dinero ofrecido por Prio Socarras, fue entregado tiempo después. Gracias a esos fondos que algunos historiadores creen que llegaron  a la suma de 100.000 dolores, Fidel  Castro logro completar su grupo revolucionario hasta llegar a 82 combatientes – entre ellos el joven Alfonso Guilllen Zelaya Alger de origen hondureño—, completar el pago por las armas necesarias, alquilar ranchos para el entrenamiento de los combatientes; y especialmente para reponer las armas incautadas por el gobierno de México en junio de ese mismo año. Y posiblemente lo más importante: sufragar la compra del yate Granma en el que se conducirían hasta la aventura de noviembre de 1956 que les llevo a decapitar el régimen  de Fulgencio Batista, dos años después. Mediante la creación de un foco guerrillero en la Sierra Maestra que condensó la opinión publica – en el ejercicio de un plan de mercadeo político insuperable — a favor de Fidel Castro y fue la prueba de la incompetencia de Fulgencio Batista porque, aunque contaba con un ejército superior jamás pudo eliminarlos. Lo que para algunos fue una epopeya, para otros fue el inicio de una larga tragedia y para no pocos, la tragedia de una revolución irrepetible, que empezó aquí en la bella ciudad de McAllen, en un hotel que todavía ofrece servicios, en la calle principal de esta ciudad, la Metrópolis del Sur de los Estados Unidos.

  • Bibliografía:
  • Revista Proceso, Mexico
  • Archivo Histórico Revista Time, Estados Unidos
  • El Guerrillero del tiempo, Katiuska Blanco
  • Revista Bohemia, Cuba, Biblioteca Nueva York

McAllen, Texas, 23 de Septiembre de 2026.

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