EL MEOLLO DEL ASUNTO
Domingo Cultural
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Emelisa Callejas
Los que vamos a leer esto nos conocemos. No hace falta que le explique a usted quién fue el doctor Enrique Aguilar Cerrato. Usted lo vio, lo escuchó, probablemente lo saludó alguna vez de mano, o su mamá lo mencionaba como se menciona a la gente que uno respeta sin tener que justificar por qué. Así que no le voy a contar su biografía. Le voy a contar lo que me dijeron de él en Costa Rica, hace más de treinta años, sin que yo esperara oírlo.
Estaba en San José con mi amiga Mercedes Sofía Hernández, en un encuentro regional, escuchando al Ministro de Salud costarricense explicar su sistema de salud —el mejor de Centroamérica en ese momento, uno de los mejores de América Latina. Al terminar, me levanté y lo invité:
—Señor ministro, me encantaría invitarlo a que viniera a Honduras.
—¿Para qué, señora?
—Para que nos explique el sistema de salud de Costa Rica. Tal vez lo podamos implementar en Honduras.
—Qué triste, señora, lo que me está diciendo.
—¿Por qué?
—Porque este sistema nació en Honduras. Lo creó el doctor Aguilar Cerrato. El problema de los hondureños es sencillo: un gobierno construye una grada, y en vez de que el siguiente construya la próxima, la destruye para construir otra en su lugar. Así, siempre están en la primera grada. Nosotros, en cambio, construimos una escalera.
Me quedé con esa frase durante treinta años, sin saber muy bien dónde ponerla, hasta que leí a Juan Ramón Martínez preguntarse si Honduras es un país fracasado y enumerar presidente tras presidente como si todos hubieran fallado de la misma manera y por las mismas razones. Y pensé: no, Juan Ramón. Usted está viendo las gradas sueltas y llamándolas escombros. Yo estuve en un salón en San José donde alguien, de afuera, con la distancia que a nosotros nos falta, las vio y dijo: ahí hay una escalera empezada. Solo que la siguen empezando, una y otra vez, desde el primer escalón.
Se lo digo con nombre propio porque a usted y a mí no nos hace falta ningún estudio para creerlo. El Banco Interamericano de Desarrollo lleva veinte años documentando esto mismo en toda la región, y una investigadora hondureña le puso números al caso nuestro. Pero a nosotros nos basta con acordarnos del doctor Aguilar Cerrato: lo que construyó en seis años, y se destruyó en menos de dos períodos, sin que nadie, ni gobierno ni sociedad, pensara en seguir construyendo sobre un sistema que Costa Rica rescató y convirtió en el mejor de Centroamérica.
No es que a Costa Rica le hayan tocado mejores hombres que a nosotros. A nosotros nos ha tocado, cuando menos una vez, uno de los mejores que ha dado este país. Lo que a ellos les tocó fue no destruir la obra.
Esto no absuelve a nadie, y tampoco es una queja sin salida. Si el problema fuera que hemos tenido, uno tras otro, gobernantes mediocres, la solución sería elegir mejor. Pero si el problema es que aquí no hay ninguna determinación que obligue a un gobierno a dar seguimiento a lo que dejó el anterior, y a construir sobre lo que construyó el anterior, hoy tendríamos el mejor sistema de salud de Centroamérica, solo seguido por el de Costa Rica, que tuvo la certeza de copiarlo y mejorarlo. Tendríamos un Instituto de la Propiedad funcionando sobre lo que dejó Henry Merriam. Tendríamos la visión de Estado y los programas de asistencia y educación que impulsó Rafael Callejas. Tendríamos la capacidad de planificación y el consenso nacional que logró levantar Carlos Flores. Cada gobierno ha dejado por lo menos un programa que funciona.
Y una sola vez sí hubo continuidad real, para que se vea que no es imposible. Azcona, con la visión de abrir el país, dejó la ley de la maquila y el Programa Lempira Sur. Callejas los tomó y los hizo caminar. Pero ni esa continuidad aguantó más de dos períodos. Cuando llegó Reina, no le dio seguimiento a nada de eso. Y lo mismo pasó después con la Visión de País y el Plan de Nación que dejó aprobados Pepe Lobo, pensados justamente para que ningún gobierno los pudiera tirar solo porque llegara otro: JOH, apenas llegó, los engavetó.
El meollo es que en Honduras no le damos continuidad a nada, y eso es peor que la corrupción. Ricardo Maduro logró que le condonaran a este país casi toda la deuda externa, pero vio cómo esa misma deuda volvió a subir a niveles críticos apenas unos años después, porque tampoco eso lo cuidó nadie. La solución no está en la próxima elección. Está en la regla misma. Magníficos programas hemos tenido de sobra; lo que nunca hemos tenido es la seriedad de permitirles madurar.
Nosotros ya sabíamos esto, Juan Ramón. Lo sabíamos desde que el ministro costarricense nos lo dijo, hace treinta años, con esa tristeza sentida como la del que viene a darte el pésame.
(FUENTE: Emelisa Callejas Romero, FACEBOOK).

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