LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947-1965)

Juan Ramón Martínez

Capitulo VII

Los barracones de los campos bananeros en 1949

En mayo de 1948, mis padres determinaron que iniciara mis estudios primarios. Y entre la escuela cercana y al hijo a su lado, prefirieron la distancia y la ausencia del primogénito amado, por la calidad de la escuela primaria de Olanchito. La Modesto Chacón tenía, ante los ojos de mi mama, una probada calidad. Los profesores eran titulados y muchos de ellos, venidos de Olancho y precedidos de fama singular. O de otros lugares del país, como Danlí o Tegucigalpa. Además, pude vivir al lado del abuelo Victoriano Bardales, que se convirtió en un segundo padre y en un maestro que me hizo sentir los valores del conocimiento, las virtudes de la libertad y la superioridad del carácter altivo ante el poder. Para mí, niño de siete años exactos –había nacido el 18 de mayo de 1941– la separación de mis padres fue muy dolorosa. Durante el lento viaje en el viejo ferrocarril de la Standard, la primera media hora fue de llano solitario. No recuerdo si fue mi mamá la que me acompaño o había venido el abuelo para que empezara el largo camino en búsqueda de la libertad, la construcción de la mayoría de edad y el gozo por dirigir mi vida con mis propias manos. El abuelo y sus dos hijas, Donatila y Olimpia, vivián en una casa de bahareque, casi al final –cuando la calle se inclina hacia la quebrada La Andaluza– de la Calle la Unión que terminaba exactamente a la calle del ferrocarril en lo que entonces se llamaba la Estación. Muchos años después, Juan Fernando Ávila Posas, la rebautizo como La Calle de los intelectuales porque allí habían nacido o vivido Celeo Murillo Soto, Juan Ramón Fúnez Herrera, Juan Ramón Martínez y Juan Fernando Ávila Posas. Raül Núñez, el “gato”, mi compañero y vecino de los seis años escolares, decía que yo no era de Olanchito. Es un campeño. “Lo vi descender asustado del tren, como un pequeño monito con los ojos abiertos, deslumbrados por el primer automóvil que vio en su vida. No salió corriendo porque don Victoriano lo tenia tomado de la mano”. La broma y la forma como las contaba, siempre me gusto. Raúl Núñez, era además de buen bailador, -sin nalgas pero con un ritmo extraordinario que compartía con Juventina Cano en el Lux- buen contador de cuentos, alegador singular que tiempo después tendría el mérito de ser el único hombre con capacidad dialéctica y arrabalera, para enfrentarse verbalmente con la campeona de todas las mujeres agresivas de Olanchito, como lo fue Amelia Pérez, dueña de un lenguaje, duro, oportuno y agresivo. Además, porque confirma mi calidad de campeño a mucha honra, como siempre lo supo Raúl Núñez, mi querido amigo y compañero.

Melton Bardales, mi primo –hijo de la tía Julia Bardales Rivera– refiere que él me llevo a la escuela el primer día. Me dejó en la puerta y él ingreso a su aula. Él tenía siete años más que yo. Refiere que no ingrese al aula de primer grado. Que volvió los ojos atrás y me vio corriendo hacia la casa del abuelo Victoriano. Y que este, enérgico me devolvió y me hizo entrar al aula donde tendría mi primer experiencia educativa fuera del hogar de mis padres. El profesor de primer grado era Humberto Meléndez Posas, novio de mi prima Emelda Bardales, conocida cono Nena y con la cual un tiempo después contrajera matrimonio. La escuela me pareció muy aburrida. Era una repetición insoportable, en coro, de letras y palabras que no tenían sentido para mí. El profesor “Beto” Meléndez se mostraba afectuoso y como buen maestro sabía lo que estaba haciendo; pero el problema es que aquello no tenía la calidad que requería mi curiosidad infantil de entonces. Al final de un periodo de unos cuatro meses, me termine acostumbrando. De repente le encontré sentido a lo que pasaba y me agrado la convivencia con los compañeros –la escuela Modesto Chacón era exclusivamente para niños–; o descubrí algo que en la distancia de los recuerdos se diluye y se pierde. Pero, ocurrió que se produjo un incidente y mis padres me llevaron de regreso a su regazo. Después de uno de los recreos –cada clase duraba cuarenta y cinco minutos marcado por un timbre audible para todos los oídos ansiosos por “salir a recreo”— en la obligada formación para entrar al aula, tropecé con la acera de cemento y me estropee la uña del dedo grande del pie derecho. El golpe y la rotura de la piel produjo un sangrado considerable y el profesor Meléndez me envió con otro compañero a casa del abuelo Victoriano Bardales. Mis padres aprovecharon la oportunidad para llevarme de regreso al campo La Jigua. Y de allí no regrese a la Escuela Modesto Chacón, por lo menos durante el año 1948.

Después de 23 años de haber salido de su aldea natal, Pedernales, Concordia, Olancho, mi papa creyó que debía regresar para reencontrarse con su familia y presentar a su esposa y sus hijos. En octubre de 1948 –en el mes de las elecciones en que Juan Manuel Gálvez concurrió solitario al acto comicial, porque José Ángel Zúñiga Huete, el candidato del Partido Liberal alegando falta de garantías, había renunciado y se había refugiado en la embajada de Cuba en Tegucigalpa– mis papas y tres hermanos más: Antonia Ethel, Vany Edgardo y José Dagoberto, emprendimos un viaje inolvidable que sin duda, marcó mi vida para siempre. Salimos en tren desde La Jigua y dormimos en La Ceiba, en un hotel de la Avenida La República; y desde el que parado en balcón del segundo piso donde estaban las habitaciones, conocí el mar. Aquello fue inolvidable. No lo comente con nadie más. Ni siquiera con mi hermana más querida y con la cual me sentía más unido. Me guarde el recuerdo, para mí exclusivamente: las aguas infinitas, el ritmo de las olas y el vuelo de aves blancas, se me quedo guardado como el primer recuerdo en imágenes de mi memoria en desarrollo. Al día siguiente tomamos un avión de SAHSA –no estoy seguro de esto y tampoco del modelo de aparato— porque lo que recuerdo mas es el brillo del aluminio de la estructura del avión, los asientos mullidos y el ruido de los motores, mientras corría sobre la pista para tomar altura. Dio una vuelta y otra vez, desde arriba vi lo infinito del mar. Su continuo color y su capacidad para perderse en el infinito. Imagine que no tenía fin.

Doña Mencha se puso mal. A pocos minutos, se mareo y empezó a vomitar. Mi papa –en un acto de juzgue de valentía que celebre en silencio– se puso de pie y mientras el avión se bamboleaba, avanzo hasta las primeras filas y toco la puerta de los aviadores. Uno de ellos –Flavio Castro, era el copiloto— vino a ver a mi mama y le trajo un limón que mi papa le puso a mi mama en las sienes. No se podía hacer más. Ellos eran amigos y compañeros de bailes en Olanchito con Flavio Ramírez Castro. Pocos minutos después estábamos sobre las montañas verdes e infinitas, sin límites. Y a los veinte minutos el avión aterrizó en un lugar que alguien dijo que era Salamá, Olancho. Bajamos todos los pasajeros y después abordaron otros la nave que luego, corrió sobre la pista de tierra y se perdió tras las montañas verdes e infinitas. Algunas amistades de doña Mencha que vivián en Salamá, estuvieron para recibirla y animarla. Ramos y Lanza eran sus apellidos, recuerdo. Le ayudaron a que descansara sobre unas almohadas sobre la grama verde y compartieron alegría y cuitas que poco me interesaron. Mis ojos estaban sobre el caballo en el que viajaría y que tenía en sus manos para mí solo, mi primo Roderico Cruz, hija de la hermana mayor de mi padre, Antonia Cruz. Con Lico, casi de la misma edad, emprendimos el viaje hacia Pedernales, sin que nadie nos dijera nada. Dejamos atrás a todos y emprendimos la ruta por caminos diseñados por las bestias de carga y de montar, gozando la belleza de la tarde, el encanto de la briza y la compasión del sol que por la complicidad de algunas nubes blancas, atenuaban el rigor de la luz solar. Subimos pequeñas cuestas, bajamos por laderas para vadear quebradas y subir otra vez, sin encontrar valle alguno, hasta que al final, me dijo Rodero, aquí es La Bolsa; y ya vamos a llegar. Eran más de las seis de la tarde. Teníamos más de cuatro horas de cabalgar; pero la emoción del viaje solo, con otro niño de mi edad, me provoco infinitas alegrías. Estamos llegando Tito, me dijo Roderico. En esas luces son de la casa. A la distancia, con la noche que había derrotado a la luz, se veían alrededor de varias fogatas luminosas, grupos de personas que conversaban y esperaban para saludar a los visitantes. Mi papa era el primer olanchano que regresaba “triunfante” a su aldea de donde 23 años atrás se había ido, en una madrugada furtiva con los pies descalzos y con una “alforja atiborrada de ilusiones”. Inmediatamente me dormí. Después contaron lo que habían gozado en el encuentro de mis padre con sus amigos y su madre y hermanos: muchos trajeron, pan recién horneado, dulce de panela y algunos un poco de guaro. Se envolvieron en largas conversaciones en la que mi papa y sus amigos, recogieron sus recuerdos y los compartieron con mucha alegría.

Pocos días después, vestido con ropa de la costa norte, que contrastaba con las humildes telas de la aldea natal de nuestro padre, fui a la escuela primaria. Yo era, junto a la profesora Tilita Murillo, los únicos calzados probablemente. La escuela era uni-docente. Podía hablar con los alumnos de los grados superiores que tenían experiencias interesantes que contar para mí. Todo era mejor que en Olanchito, porque no había razón para aburrirse. Además, la profesora en un momento nos atendía a nosotros, y después a los demás, oportunidad que yo observaba con mucho interés. Fue lo mejor de todo el viaje. Me reencontré con las bellezas de la escuela y con el camino por el cual circularía mi vida, cargado de interrogantes. Recuerdo que la primera pregunte que le hice a la profesora algunos días después de ser su alumno, era porque allí no había como en Olanchito, “recreos cada 45 minutos”. Dijo, “los recreos hay que ganárselos; solo son para cuando se portan bien”. Y eran de más tiempo: íbamos fuera a un área vacía de aldea y jugábamos a la pelota, niños y niñas. Y algunas jóvenes florecidas en la edad del matrimonio o el apareamiento. Allí estuvimos como cuatro meses inolvidables. Regresamos por la misma ruta una vez que mi pada se dio cuenta que no podía establecerse allí, porque no había oportunidades económicas para el ni futuro para la educación de sus hijos. Su lugar estaba en la Costa Norte y allá regresamos. 

En mayo de 1949, regrese a la Escuela Modesto Chacón, donde me esperaba Cristelia Soto Sevilla, la mujer que me enseñó a leer y a ver el mundo con natural curiosidad. Por la madurez que mostraba, la edad –tenía ocho años– el director de la escuela quiso que se me promovieran al segundo grado, pero mi papá se opuso. Los compañeros, muchos de los cuales todavía mantienen contacto conmigo, formaron parte de una red de relaciones fundamentales para la forja de mi carácter. Soy ellos y yo, convertidos en el nosotros inolvidable.

 En 1950, en segundo grado el profesor fue Rafael Núñez España, originario de Danlí, que también se desempeñaba como director de la Escuela Modesto Chacón. Era el mejor alumno del grado y frecuentemente era llamado por los profesores de tercero y de cuarto grado cuando querían corregir e incluso avergonzar a los más duritos de entendederas, especialmente en aritmética. Me llevaban a corregir los errores cometidos por los alumnos avergonzados y me ordenaban que le diera un coscorrón cosa que siempre hice suavemente, -para disgusto del profesor que me pedía ser verdugo suyo- no porque fuera buen niño, sino porque sabía que no podía humillar más y ofender a quien después la emprendería conmigo. El ser buen alumno no exime de problemas. Por alguna razón el profesor tenía dudas de la fidelidad de su señora o del respeto de los mancebos de Olanchito. En razón de lo cual, me confió la tarea de vigilar la entrada de su casa. La instrucción fue muy sencilla: siéntese en el banco del parque y me dice si ha entrado alguna persona a mi casa. El residía en una casa que después fue la residencia de Arnulfo Fúnez y su esposa la profesora Celea Saravia, los papás de Tito Fúnez Saravia. Nunca vi, en los dos o tres días que estuve vigilando, entrar a nadie a su casa. Pero quien si me vio, fue Rita Rodríguez, amiga de mi abuelo que me pregunto qué hacia allí. Le conté lo que me había ordenado el profesor. No dijo nada. Pero inmediatamente se fue –en el ejercicio del control social de las poblaciones pequeñas sobre la conducta de los demás– a reportárselo a mi abuelo que vino a la escuela, le reclamó al profesor Núñez España y allí termino mi carrera de “vigilante” honorario. Núñez España – fuera de sus humanas inseguridades -- era muy buen profesor. Sabía lo que hacía con nosotros, nos enseñaba con dedicación e inició en mi caso, el conocimiento útil de las virtudes de la competencia y la nobleza de la dedicación al trabajo. En cierto tiempo del mes, nos pedía que cada uno de nosotros trajera de su casa un “regalo”: un banano maduro, unas tabletas de leche, confites envueltos, alfeñiques brillantes, rosquillas redondas y panes olorosas entre otras cosas. Cada uno traía lo que podía. La mayoría éramos muy pobres y como es natural, se repetían las contribuciones que se colocaban sobre la mesa del profesor, al frente de todos como trofeo goloso. Y se iniciaba la competencia, pregunta de aquí y pregunta para allá. Y con el método de “saca ruin” –en que el que falla– abandona la competencia, al final había un ganador. En la mayoría de los casos yo fui el ganador. Y como era regla, el ganador repartía entre todos sus compañeros el premio de forma que era en realidad un intercambio en que la competencia no empobrecía a nadie y más bien estimulaba a animaba a todos.  

Este mismo año, tuve mi primera intervención pública. El 15 de septiembre de 1949 la escuela Modesto Chacón, hizo en la plaza central, a la sombra del árbol de Ceiba –inmensa e indiferente, que veían pasar años y generaciones de Olanchito que espigaban desde allí, para destacar en el futuro– que presentar un homenaje al himno nacional. Varios alumnos de diferentes grados, dijeron de memoria, una estrofa del himno nacional. Al final, yo pronuncie, unas líneas escritas por mi profesor y que me aprendí de memoria, resaltando los valores de la patria y las obligaciones de cada uno en el servicio a su defensa y engrandecimiento. Fue la primera vez que comprendí el valor de los aplausos y el color de la fama y la singularidad.

Aquí en segundo graso empecé a anidar mis amistades que me acompañarían durante toda mi vida: Enrique Bardales,-mi primo-, Carlos Chahín, Menelio Maradiaga, Tomas Meléndez, Jaime Rosales, Joaquín Rosales, Constantino Martínez, Camilo Bustillo, Donaldo Puerto, Selim Janania, Raúl Núñez, Antonio Fuentes, Jorge Yunes (Cruz), Luis Alonso Ocampo, Abel Zelaya, Luis Alonso Castro, Vinicio Cano, Alirio Zelaya, Prospero Bardales, Francisco Villagra con los que aprendí a valorar la importancia de la amistad, la lealtad como principio fundamental; y la continuidad de la relación humana, como base para el desarrollo de la personalidad. Tiempo después descubrí que cada uno de nosotros, es la suma de sus padres, la complementariedad de los hermanos, la lealtad de los amigos y las obligaciones que uno tiene de servirlos a ellos y a la comunidad de la cual forma parte. Con la mayoría de ellos seguí el tercer grado con Máximo Chandía de Olancho y cuarto, quinto y sexto grado con Joaquín Reyes Figueroa, nuestro inolvidable mentor. En noviembre de 1954, concluimos nuestra educación primaria.

Pero en estos años escolares, descubrí también, algunas cosas irregulares o inexplicables. No puedo situar el año. Pero si recuerdo el nombre del alcalde don Felipe Ponce, dueño del Cine Gardel, de la Tienda Las Violetas, de varias fincas ganaderas y de la imprenta Gardel, donde Pablo Magín había hecho magisterio con Ramón Amaya Amador y Nicho Romero Narváez, jóvenes entusiastas, comprometidos con el afán de seguir la ruta de la vida intelectual. Un día. En la hora final de la tarde, el profesor dijo: mañana vengan bien bañados y con un ramo de flores cada uno. Iremos a celebrar el cumpleaños al señor Alcalde Municipal. Las dos peticiones eran complicadas. Tanto el baño obligado en que la tía Tila algunas veces me hizo llorar mientras me limpiaba las orejas como también conseguir las flores. En nuestra casa – la del abuelo y las tías – no se cultivaba ni siquiera una flor. Por suerte, la vecina Chabelita Núñez – prima del abuelo Victoriano – tenia en su patio un verdadero jardín de ruidosos colores tropicales. Fui y me dio con generoso gusto, un ramo de rosas rojas que lleve orgulloso a la escuela Chacón. De aquí, formados, todos los alumnos de las dos escuelas – la de las niñas, La José Cecilio del Valle que quedaba al lado del parque Morazán—fuimos a la casa de don Felipe L. Ponce. Nos formaron en forma ordenada. En un lado los niños y en el otro las niñas. No recuerdo que nadie haya hablado. Es probable que cantáramos, si es casi seguro; pero lo que si tengo grabado es que, en un momento salió a agradecer el gesto, el señor Alcalde Municipal. Era un hombre viejo – entonces todos me parecían así – de piel trigueña, vestido de blanco, con el abdomen un poco desalineado; y con una sonrisa que se notaba que no era de fácil salida en aquel rostro golpeado por los soles de la Costa Norte. Creo que nos repartió confites, lo que nos llenó de alegría a todos nosotros. Regresamos al aula, pero siempre me quedo la pregunta porque se le celebraba el cumpleaños al alcalde municipal y a mi abuelo no. Tardaría varios años para entender estas cosas que para entonces, era un asunto que los niños no entendíamos. Los asuntos del poder eran inexplicables entonces para un niño de 9 años de edad.

La preocupación fue momentánea. Las clases – dos jornadas, una en la mañana y otra en la tarde – y el sábado cívico, completaban la semana. En el sábado cívico no recuerdo alguna participación que me haya marcado. Más bien, recuerdo la admiración que sentía por los que cantaban a declamaban. O el mejor orador que entonces había oído. Raúl Núñez Sandoval, de sexto grado que aunque con secuelas de una poliomielitis que le había afectaba las piernas, tenía un talento especial para improvisar diálogos y ordenar piropos; o sentencias oportunas que obligaban los inevitables aplausos. William Chaina que era un “virtuoso” del acordeón, Vinicio y su hermano Vladimiro hábiles con las chapas sobre madera, Francisco Villagra el que mejor cantaba música ranchera; o Lino Murillo que desde muy pequeño tuvo que enfrentar los retos de cantar en público canciones que no siempre sabia en forma total. Y finalmente los desfiles “militares” el 15 de septiembre y el paseo de la bandera. Los primeros a partir de cuarto grado portando fusiles de madera que trabajábamos con delicadeza casi todo el año, en las aceras del parque, vestidos de uniforme blanco; y el paseo de la enseña nacional por las principales calles de la ciudad. Para al final de la tarde, la emoción mayor: quitarnos los zapatos – confeccionados en el pueblo, por “Orellana” – un salvadoreño avecindado – que sin hormas variadas, ofrecía un producto de cuero negro a tres lempiras el par que eran sobre los pies indóciles, una verdadera tortura que solo daba el placer de liberar los pies de la tortura del encierro, al final de la semana cívica, cuando nos los quitabamos.. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Contracorriente: ¡MEL NO ENTREGARA EL PODER!

Contracorriente: ¿QUIEN DIJO QUE SERIA FACIL DERROTAR A MEL?

PUNTERO SEMANAL (36)