Contracorriente: DELINCUENCIA, MÁS ALLÁ DE LAS CIFRAS
Juan Ramón Martínez
El crecimiento de la población, la falta de orden en las ciudades; el crecimiento del sector informal de la economía y los cambios de edad en la pirámide de edad de la población, han incrementado el delito especialmente los relacionados contra las personas, sus vidas y bienes. Pero además en ninguna otra época habíamos visto morir a más jóvenes –en accidentes de tránsito o por acciones violentas de desconocidas– y más mujeres. La mayoría de madres solteras que se ganan la vida en actividades indefinidas; pero aparentemente comerciales.
La
explicación que el crecimiento de la población de las ciudades, tiene un efecto
negativo que suprime o debilita los controles sociales sobre el individuo, es
muy oportuna. Esta nueva realidad rompe la familia y aumenta el número de
las dirigidas por uno tan solo de los padres. Bien porque se han
separado; o porque la madre o el padre han emigrado a los Estados Unidos,
España o Italia. Las abuelas dirigiendo las familias, exhiben sus debilidades y
hacen creer a muchos que allí, se encuentra
una de las causas del surgimiento de las pandillas y su funcionamiento como
“familia” sustituta que da seguridad y afecto a sus miembros que llegan a
identificarse hasta el tatuaje. Es probable que el sistema educativo público
–donde asisten los pobres que son los que más incurren en delitos comunes y
sufren sus consecuencias– al fallar como ocurre, no forja el carácter y tampoco
crea en las nuevas generaciones los principios éticos correspondientes.
Pero algo
no cuadra. La población al crecer se ha vuelto numéricamente protestante
estadounidense de iglesia de tercera generación. Alejadas del calvinismo original. En un momento expuse esta
contradicción en una reunión entre los medios de comunicación y las iglesias
católica y evangélicas, lo que provocó una reacción
espontánea de Rene Peñalva: “los católicos están en la cárcel” mayoritariamente. Por supuesto fue
una conversación de tanteo que no hemos continuado y tampoco analizar
diferenciando en la práctica religiosa lo que es litúrgico
y lo ético. Varias madres –que nunca
aceptan que sus hijos sean delincuentes– han dicho que su hijo es una buena
persona, “porque se congrega en una iglesia cristiana.”
Desde luego
hay que valorar la calidad de la predicación católica. Tengo muchos años dándole seguimiento al problema y por ello, me
ha interesado el discurso que usan los sacerdotes y su esfuerzos –hay que
reconocerlo– para darle vida al evangelio para usar sus luces iluminando la
vida diaria de las personas. Puedo concluir que el discurso católico se ha
debilitado, los predicadores que hacen de la palabra la fuente de la ética que
compromete a una nueva vida conductual, escasean cada día que pasa. Esto es más grave cuando notamos –porque soy católico practicante– falta de energía en la
defensa de la vida desde la ética cristiana,
lo que establece que atentar contra el otro constituye un ataque a Cristo en la
medida en que en él está el cuerpo del redentor; y que
todos, en el amor, somos uno; y debemos amarnos.
No tenemos
dudas –porque aceptamos el seguro riesgo de la equivocación tanto de católicos como los evangélicos– que hace falta
indagar si el discurso evangélico, centrado
en la repetición en crudo del contenido bíblico, hace que los delincuentes más
sofisticados puedan justificar sus delitos en una ordenada manipulación de citas que rápidamente mostradas con pasión reducen a la
larga el compromiso cristiano precipitándose en brazos de la memoria
y no en la conducta personal. Especialmente en su relación con los otros.
Es fácil
caer en la tentación de creer que el infierno son los
otros. Los teóricos de la conducta reconocen como primer artilugio
justificatorio la expresión “yo no fui; fue el otro”... Pero fuera de estos
riesgos debemos ocuparnos de este asunto no para buscar culpables, sino que identificar
las áreas descuidadas; y que teniendo valor pueden ser útiles para encontrar salidas al problema que amenaza la comunidad. La
popularidad de los “caínes” que con el brazo levantado,
matan al hermano, destruyen el honor de todos y con sus acciones suprimen las
posibilidades que tengamos espacios para la realización existencial de cada uno
de sus miembros.
No hay duda
que hay otras variables por analizar. E incluso identificar si los hondureños
en el exterior delinquen menos. O si el cambio de religión en un nuevo sistema
social y político, produce una conducta mejor. Aparentemente en el exterior el
hondureño delinque menos. Sin descuidar por supuesto que allá opera un sistema de control social que no se
debilita cuando crecen las ciudades, como entre nosotros. Prevaleciendo el
estado de derecho siempre.

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